lunes, noviembre 13, 2006

La hora del Ángelus

— Infundid, Señor, vuestra gracia en nuestras almas, para que, pues hemos creído la Encarnación de vuestro Hijo y Señor nuestro Jesucristo anunciada por el Ángel, por los merecimientos de su Pasión y Muerte, alcancemos la gloria de la Resurrección. Amén. — Se escuchó el rezo en el largo zaguán de la Casa del Chaguaramo.


Por José Obswaldo Pérez

ERA TEMPRANO. Empezaba a rayar el día, cuando apareció el Padre Juan Ignacio Ibáñez – el entonces cura de Ortiz -, en el negocio del don Domingo Rodríguez Moreno. El establecimiento comercial ubicado entre la calle principal y calle San Juan, donde trabajaba Nicanor. Vestía de sotana negra y llevaba un homiliario en la mano izquierda. Ibáñez había llegado al pueblo de Santa Rosa, en noviembre de 1914. Estaba residenciado en la casa de la familia Navarrete, en una esquina de la Plaza Bolívar.


Ibáñez se acercó al mostrador y pidió - cortésmente y con cierta devoción -, sus predilectos tabacos de tres por centavo.


—Mea catirito — le manifestó el cura a Nicanor, con un acento peculiar —véndeme medio tabaquitoz de loz deamaz.


Mencionaba el monaguillo Nicanor que el acento peninsular del sacerdote era recordado por los vecinos del pueblo. Se trataba de un español con “una curiosa forma de hablar y era eso, su lenguaje, nos hacía recordarlo”, agregaba.


— Un día domingo, entrando en la casa de sus anfitriones, el párroco le dijo estas palabras a la señora Navarrete: “Mire señora, yo quisiera un burrico para llevar los chismes a Parapara”.


Entonces, la señora Navarrete repostó sorprendida:


— ¡Hay Padre! Pero, ¿cómo usted va a llevar los chismes de aquí a Parapara? No haga eso...


Era sólo pura gracia. El religioso provocaba con su humor esas historias del pasado venidas de pleitos entre vecinos de Ortiz y Parapara. Aún recuerdos perecederos de eternas querellas, muchas heredadas por años de sus antiguos benefactores. Eso lo sabía todo el mundo y el Padre Ibáñez se prestaba para hacer memoria, a veces, desde el púlpito de la liturgia dominguera o en las fiestas familiares de los vecinos. Así, se divertía y entretenía a los demás.


En otro tiempo, también, ocurrió otra cosa parecida. Una historia que Nicanor casi olvida por completo; pero, el trataba de recordarla, esforzándose, una y otra vez, para remendar algunos recuerdos de su abuela doña Evarista Moreno Vilera. Su confidente de esos remiendos de su memoria. El relato pertenecía a una pelea de parroquianos. A una disputa entre vecinos de Las Mercedes y Santa Rosa de Lima, antiguas parroquias de Ortiz, cuando un pasado atrás floreció en ellas rivalidades y conflictos limítrofes locales.


Todo comenzó con la protesta de los mantuanos de Santa Rosa de Lima contra los parroquianos de Las Mercedes. Los primeros se opusieron a que  últimos la realicen los oficios religiosos en la Casa de El Chaguaramo. Eso fue en 1911, cuando el gobierno del general Juan Vicente Gómez inició la reparación del templo orticeño, el cual estaba en malas condiciones. E igual le pasaba a la capilla de Nuestra Merced, prácticamente en escombros.


—Entonces los católicos de Las Mercedes vinieron a hablar con el Padre Juan Bautista Franceschini, para proponerle que pasara la iglesia y los oficios religiosos a la Casa de El Chaguaramo, pero los mantuanos de Santa Rosa no quisieron—, explicó Nicanor.


Fue un “no” rotundo. Las familias aristocráticas de Santa Rosa se habían opuesto. Así, se originó una disputa, en la que ningún vecino de ambos sectores podía pasar de un lado a otro. La situación fue agravándose y el asunto llegó hasta el presidente del Estado. De este modo, el mandatario tuvo que intervenir con un delegado del gobierno regional. El designado fue el doctor Manuel Emilio Toro Chrimíes, un destacado jurista de El Socorro, y residenciado en Aragua. Con inteligencia y apremio logró reunir a las partes del conflicto en la Plaza Bolívar,


—Un puente de ladrillo – decía Nicanor —, fue la línea divisoria entre las dos parroquias, ahora cubierto de cemento.


A parte de los hermanos Rodríguez, quienes con ejercicio memorialista aportan algunas anécdotas de este asunto ocurrido a principios del siglo XX, más nadie recuerda el hecho. Porque quienes la vivieron hoy son difuntos.


Infundid, Señor, vuestra gracia en nuestras almas, para que, pues hemos creído la Encarnación de vuestro Hijo y Señor nuestro Jesucristo anunciada por el Ángel, por los merecimientos de su Pasión y Muerte, alcancemos la gloria de la Resurrección. Amén. — Se escuchó el rezo en el largo zaguán de la Casa del Chaguaramo.


Una vez unas liceístas haciendo de periodistas de El Estudiantil, vocero de los estudiantes del liceo local, le preguntaron a Nicanor, ¿cómo se hizo el monaguillo de las Casas Muertas? Y él les respondió con interés, empezándole por contar su vida de niño y reencarnándole la imagen del muchacho sacristán, limpiador santos en la Iglesia Santa Rosa de Lima de Ortiz.


Nicanor era un jovenzuelo, un poco flaco. Se gastaba unos pantalones corto y aunque estaba en la edad de usarlos más largos —como mandaba la costumbre de la época—, no se los ponía. Había sido el monaguillo de varios curas del pueblo. Desde el Padre José Carmelo Matute, pasando por los párrocos Vera, Ibáñez, Peña, entre otros.


—Bueno, como he dicho siempre: Casa Muertas fue escrita en esta casa y cuando Miguel Otero Silva la terminó se la releyó a mi mamá, así como a otras personas que vivíamos aquí— dijo, humildemente.


La otra tarde el niño Nicanor salió de la bodega, donde trabajaba para ayudar al Padre Peña en las labores eclesiásticas.


— Voy a ir a limpiar la Iglesia, tío Domingo—dijo.
— Pues, anda muchacho — le respondió el tío, el antiguo concejal y representante civil del municipio.


Era casi siempre. Domingo Rodríguez Moreno, hombre bondadoso y con derramada sencillez, le daba el permiso. Por su parte, Nicanor tenía esa gratitud con Dios: ayudar al Padre Pernía (o el Padre Peña como era su verdadero apellido) en la misa, en la limpieza de la iglesia junto con otros muchachos de la época. Luego de las labores caseras, Nicanor salía corriendo de la bodega de don Domingo, luciendo  sus canillitas delgaditas a cumplir con el gesto humano de desempolvar a los santos y adórnalos con flores hechas de tela bañadas con esperma de vela.

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miércoles, octubre 04, 2006

Bajo el ocaso de las estrellas

por José Obswaldo Pérez

AQUELLA NOCHE el cielo anunciaba tempestad. No había estrellas. Era 1910. El suceso del Halley había pasado desapercibido, aunque los cables telegráficos y las reseñas de los periódicos anunciaban que podía verse como una fugaz luz en el firmamento. Pero, el comenta no se vio y las noticias en el pueblo sólo hablaban de la muerte del general Nicanor Arturo Rodríguez Moreno, el progenitor de Nicanor.

- Fue algo lamentable – dijo con aflicción y nostalgia.

El cuerpo y las mortajas del general Nicanor Arturo Rodríguez Moreno había sido traída de San José de Tiznados, en un coche bajo un manto de estrellas decembrinas. Había sido Jefe Civil de aquel municipio a petición del general Roberto Vargas Díaz, entonces presidente del Guárico, quien por instrucciones de él había renunciado a la Jefatura Civil de San Juan de los Morros, el 4 de septiembre de 1909 - en aquel tiempo perteneciente a la Jurisdicción de Aragua -, para ponerse al frente de esta otra.

Tenía 42 años y había nacido en Ortiz, en el año de 1868 y su muerte ocurrió más tarde, el 18 de diciembre de 1910. Era hijo de Doña Evarista Moreno Vilera y Don Fernando Rodríguez Moreno. El 18 de julio de ese año, el general David Gimón Itriago – nuevo presidente del Guárico – lo había llamado a formar parte de la Junta de Fomento del municipio San José de Tiznados, junto con su amigo, el sanjosedeño Jesús María Herrera.

- A mi juicio – explicaba Nicanor- mi papá cometió una equivocación al haber renunciado a la Jefatura Civil de San Juan de los Morros, lugar donde se le apreciaba y respetaba tanto.

El Coronel Nicanor Arturo Rodríguez fue comerciante, político y distinguido personaje de la aristocracia orticeña. Llegó a ser concejal y presidente del Concejo Municipal, en el año uno. Asimismo, participó en diversas funciones y actividades públicas.

- ¡Caramba! Mi papá – decía- era un hombre muy palúdico para haber escogido irse a ese pueblo, que estaba en completo abandono, no tenía médico ni camino para llegar allá.

La muerte del Coronel Rodríguez se debió a una fiebre larga, causada por el paludismo. En esos días, El Universal publicó su fallecimiento en una pequeña nota necrológica, que decía: “Ayer murió en San José de Tiznados el Coronel Nicanor Arturo Rodríguez, quien se desempeñaba en la Jefatura Civil de aquel municipio”. Y otra, que igualmente señalaba: “La muerte del señor Nicanor A. Rodríguez anoche en San José de Tiznados, enluta a varios hogares de esta ciudad”.

Cuando falleció el padre de Nicanor Rodríguez había muerto también Doña Filomena de Ducler, la maestra de la única escuelita de Ortiz, a la que asistían los niños palúdicos del pueblo, regularmente a buscar sueños y esperanzas.
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ENTIERROS DE MUERTOS VIVOS

- Es mejor morir, Ángela, que mal está sufriendo. No te voy a llevar a casa; sé que eres mi esposa, pero tendré que hacerlo, no valdrán tus quejidos; todos los muertos de este pueblo se quejan cuando están cerca del hoyo.

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por José Obswaldo Pérez

ARTURO RODRIGUEZ contaba que, cuando niño, se colocaba en las barandas de la Casa Atravesada, a contar los muertos que a tempranas horas de la mañana iban desfilando hacia el cementerio hasta casi tarde de la noche, hora en que los espíritus y las almas en pena salían a retozar con el ganado en el silencio de la soledad. - Yo me ponía a contar a los muertos, desde por la mañana hasta las nueve o diez de la noche, cuando todavía seguía la procesión de moribundos y, entonces, mi mamá me llamaba adentro. Las enfermedades fueron aniquilando la población y, poco a poco, convirtiéndola en una aldea de fantasmas, cuyos rostros exhibían aflicción y tristezas. El aguijón del aedes había cobrado sus víctimas sin respetar edades, sin que valieran las medicinas, los rezos ni los más variados menjunjes para espantar aquella diabólica peste. El pueblo estaba casi deshabitado. Todos habían emigrado. Y eran tantos los moribundos que los muertos los enterraban vivos. Llegaban a la sepultura sin la conformidad de la Ley de Dios. No había tiempo para el toque de las campanas ni menos para preparar el difunto. Eran días del éxodo, decía Doña Evarista, la abuela de Nicanor, moviéndose en la mecedora. Y con ese hablar característico iba dibujando un cuadro desalentador que colmaba la historia del pueblo en un relato necrológico de drama y muerte, miseria y ruina. - La peste vino y dio en toda Venezuela. Pero, aquí fue más terrible porque encontró el terreno abonado. Un pueblo palúdico, con hambre, y en el último estado de abandono como estaba en esa época - señalaba Arturo Rodríguez, bajo la sombra de una mata de mango en el solar de su casa. - Acabo con lo que quedaba - señaló. La mayoría de los pobres eran llevados al cementerio en chinchorro o en la Urna de la Caridad. Un ataúd negro, fabricado para uso público del Concejo Municipal que prestaba sus servicios gratuitamente a las desamparadas víctimas del paludismo, la hematuria, el vomito negro y últimamente a los de la peste española. - A mí me dio dos veces y gracias a Dios que la pase – cuenta Arturo -. En esa época vivíamos en la Casa Crespera que estaba en la Calle del Ganado y que ahora llaman la avenida Doctor Roberto Vargas. Una casa que era propiedad del general Joaquín Crespo Torres y por allí, al frente, pasaban los muertos hacia el cementerio. Esa noche de 1910, una dama anciana contaba - entre solloza -, en el salón del velatorio que la niña Crístina Paúl, hija de unos de los generales Paúl, había fallecido de calentura o de fiebre alta, manteniéndola postrada por siete días en cama, con el desconcertante consuelo de la muerte. - Aquí no entierran otro muerto más - dijo el Jefe Civil -, el cementerio está clausurado. Su cuerpo estaba frío e inerte. El olor a mortina se hacía sentir en el salón apesadumbrado, pero finamente decorado con flores frescas de los jardines de la casa. Pero, el cadáver de Columba no podía descansar religiosamente, junto a las almas del antiguo camposanto, el de los antepasados familiares, que en el pueblo llamaban el Cementerio de Los Españoles. No la enterraron sino a los tres días después, porque el Jefe Civil del municipio, Ismael Capote, no autorizaba aquel entierro y porque los familiares de la difunta se aferraron a aquella alma de Dios debía ser sepultada en el cementerio viejo de Ortiz. - El cementerio está clausurada por mandato del general Gimón y no voy a desobedecer sus órdenes y permitir allí otro entierro- sentenció tajantemente Capote, el gernamen del pueblo. La pobre Columba fue enterrada en el recién inaugurado Cementerio Nuevo o en el « Pate’ vacal», como lo llamaba la gente. De nada valieron los reclamos de la familia. Ni las protestas. Fue todo vano. Todo quedó con el remedio de sepultarla allí. - La pobre se distraía jugando con las mariposas de colores en el jardín- decía la dama anciana entre solloza, rezos y murmullos de lapida. Al otro día, al amanecer, todo continúo igual. Colmenares, el sepulturero de las almas de la peste y el conocedor de todas las penurias del pueblo, mantenía su rutina diaria. Era un hombre corpulento, negro. Y según, quienes lo conocieron, había venido al pueblo del oriente con una buena estrella, porque no le había caído ni « coquito». Era un hombre saludable para aquel trabajo, poco recomendado y deseado en una ciudad de Apocalipsis. Una noche se le oyó hablar metido en un chinchorro que los muertos salían en la media noche con el torpe paso de las reses, retumbando en el silencio. El enterrador de muertos – y casi muertos- estaba preso por matar a su esposa. La había matado en el camposanto. Se llamaba Ángela Escobar y la trajeron en un chinchorro quejándose de la muerte. Sin embargo en esos días, como no había nadie quien lo sustituyera del oficio, el jefe civil coronel Ignacio Carreño España resolvió anular la pena y soltarlo. - Es mejor morir, Ángela, que mal está sufriendo. No te voy a llevar a casa; sé que eres mi esposa, pero tendré que hacerlo, no valdrán tus quejidos; todos los muertos de este pueblo se quejan cuando están cerca del hoyo. Pero, es mejor moría Ángela, que mal estar sufriendo – dijo el negro Colmenares, antes de sentenciarle la muerta a su mujer. · ¿Qué cuarto es éste? – preguntó Ángela, en su delirio. Colmenares le hecho la tierra encima y Ángela ese día no volvió a ver la luz. Se marcho esa tarde, dentro de su agonía, olorosa a guarapo de papelón.

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miércoles, julio 12, 2006

El Cementerio viejo de Ortiz

La historia del cierre total del camposanto significó el entierro final de la heroica comarca. Con él terminaba las glorias de una población que llegó a ser bautizada en siglo XIX como “La Flor de los Llanos”, por su pujante economía agropecuaria y sus signos de bienestar social. No era para menos.



Por José Obswaldo Pérez *

EN 1910, el presidente del estado Guárico, el zaraceño David Gimón declaraba clausurado el viejo cementerio de Ortiz, conocido hoy como Cementerio Colonial o el de Los Españoles. El cierre de esta obra pública, inaugurada durante el septenio gubernamental del general Antonio Guzmán Blanco, marcaba el fin de una de las épocas más negras de su historia local: escenario testigo de la hecatombe epidémica de un pueblo que se negó a morir. Con ella se daba paso a otra historia de la salubridad pública municipal: la construcción de un nuevo osario que, después, se conocería entre las familias pudientes como el “pata e’vacal”, para referirse a una hierba abundante que crecía en aquella zona aledaña al naciente Barrio La Romana.


La historia del cierre total del camposanto significó el entierro final de la heroica comarca. Con él terminaba las glorias de una población que llegó a ser bautizada en siglo XIX como “La Flor de los Llanos”, por su pujante economía agropecuaria y sus signos de bienestar social. No era para menos. Había llegado a ser la sexta ciudad más importante Venezuela. Ortiz con el nombre de Cantón, entonces Departamento Bermúdez, estaba dividido en dos parroquias: la de Santa Rosa de Lima de Ortiz con 8.042 habitantes y la de Las Mercedes con 2.121 habitantes. Tenía tres prefecturas. Cuarenta casas de mercancía y víveres. Ganadería y una brillante actividad cultural.

El viejo cementerio colonial de Ortiz fue construido en 1873. Según el primer censo oficial de Venezuela -auspiciado por el septenio guzmancista-, se puede extraer una descripción de la nueva obra. “Un cementerio nuevo y de bastante capacidad cuya portada y una pequeña capilla en su interior no estaba concluida para octubre del año próximo pasado...
[1]

Durante la colonia, el lugar de los muertos no fue un espacio opuesto al patio de la iglesia. Esto se demuestra con la visita de Monseñor Mariano Martí a Ortiz, el 05 de mayo de 1780, cuando deja constancia que no había cementerio
[2] y ordenaba su pronta construcción. Pero, mucho antes de su edificación, los cadáveres de la gente más acaudalada eran enterrados en la Iglesia Santa Rosa de Lima, de acuerdo a sus rasgos y sus meritos o según el tramo de sepultura que permitía su condición económica[3]; mientras las personas de menores recursos se sepultaban en solares determinados por la autoridad o bien en los patios de las propias casas de los dueños, aunque esta última opción no era común en el centro urbano sino en los caseríos o hatos.

Esta misma condición se observa en el viejo cementerio de Ortiz, el cual estaba dividido en dos secciones. Un sitio para los ricos y otro para las clases más humildes. Esta discriminación social se acentúa con su “ensanchamiento” para finales del siglo XIX. Asimismo, el camposanto estaba compuesto por nichos y tumbas de dos y tres pisos, decoradas con ángeles y cruces de hierro forjado elaborados por artesanos de la localidad. Era, realmente, un lugar sagrado; un espacio, cuya singular belleza arquitectónica.

Debido a la expansiva epidemia que comenzaron hacerse sentir en la población, en el año de 1879, el doctor E. Velásquez – médico del pueblo de Ortiz- propone el gobierno nacional la construcción de un nuevo cementerio en “un lugar más conveniente a sotavento i suficientemente apartado de la población y de los manantiales que la surten de agua potable
[4].

Sin embargo, la medida de salubridad pública que toma el gobierno fue la de su “ensanchamiento”, para lo cual destinó unos pocos recursos financieros para que las víctimas del paludismo pudieran ser enterrados en el antiguo cementerio de los españoles. Pero, debido al crecimiento de su espacio físico, se declaró su cierre en el año de 1910.

El viejo cementerio de Ortiz fue la propiedad común de los vivos, como lo había sido anteriormente el derecho de ser enterrado en el lugar en el que se habían pagado los diezmos, pero sobre todo con el derecho acostumbrado de ser enterrado en el lugar en donde uno había vivido o donde estaban sepultados sus seres queridos. Por eso, su clausura trajo consigo disputas como las ocurridas entre el Jefe Civil, Ismael Capote, y algunas familias que aún se resistían a enterrar sus deudos en el nuevo cementerio
[5].

Dos escritores venezolanos han hecho mención del viejo cementerio de Ortiz, como escenarios de hechos narrativos. El primero fue el doctor Daniel Mendoza- escritor orticeño-, quien escribió lo siguiente:

En su desvencijado cementerio había enterrados varios seres
caros a mi alma.
Mi tristeza fue más honda al ver sus tumbas arropadas por
los matorrales, circuidos de barandales herrumbrosos, resquebrajados.
Me
aleje de aquel sagrado sitio con el corazón oprimido
.”
[6]

Mientras, el otro escritor es Miguel Otero Silva en Casas Muertas, donde describe el lugar de la siguiente manera:

Se divisaba ya la tapia del cementerio, su humilde puerta con
cruz de hierro en el tope y festones encalados a los lados. Carmen Rosa
recordaba el texto del cartelito, escrito en torpes trazos infantiles, que
colgaba de esa puerta: “No salte la tapia para entrar. Pida la llave». La tapia
era de tan escasa altura que bien podía saltarse sin esfuerzo. Y no había a
quien pedir la llave porque nadie cuidaba del cementerio desde que murió el
viejo Lucio. El gamelote y la paja sabanera se hicieron dueños de aquellas
tierras sin guardián, campeaban entre las tumbas y por encima de ellas,
ocultaban los nombres de los difuntos, asomaban por sobre de la tapia
diminuta"
.
[7]

El 5 de julio de 1911 – ya en el siglo XX- fue inaugurado por el presidente estado Guárico, David Gimón, el nuevo cementerio de Ortiz, en conmemoración del Centenario de la Creación del Estado Guárico, con todos los protocolos de un acto pomposo[8].

Más tarde, en la década de los años 70 – del siglo pasado-, la profanación de los sarcófagos causo alarma en los medios de comunicación social. Las denuncias recayeron en los saqueadores de tumba que se dedicaban a conseguir piezas de oro u otras pertenencias de valor de los difuntos. También la acusación rebotó a los estudiantes de medicina y antropología de la Universidad Central de Venezuela, quienes habían roto nichos para expropiarse de huesos y cráneos de cadáveres para investigaciones y estudios científicos.

En el mismo siglo- en el año 96-, una inundación causó el derrumbe del portón principal, un vestigio -que si se quiere- fue el emblema simbólico de las viejas tapias que adentraban a los curiosos en el misterioso lugar sagrado. Apenas sus ruinas representan hoy una estampa de la floreciente ciudad de Ortiz de finales del siglo XIX. Un espacio que puede recuperarse para atracción turística. Recientemente el Instituto del Patrimonio Cultural hizo un inventario de objetos y cosas históricas e incluye a muchas espacios y objetos de Ortiz. Nuestro viejo cementerio está incluido como parte de nuestro patrimonio.


NOTAS

[1] APUNTES ESTADÍSTICOS DEL ESTADO GUÁRICO (1967). Caracas: Biblioteca de Temas y Autores Guariqueños. Edición Oficial, 1876.
[2] MARTÍ, OBISPO MARIANO (1988). Documentos Relativos a su visita Pastoral de Diócesis de Caracas 1771-1784. Tomo II. Libro Personal. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia; p179
[3] Ídem; p 181
[4] Archivo Nacional. Tomo CMXCVI, folio 195. Ver también el trabajo de RODRÍGUEZ DELLÁN, E (1974). Dinámica Geográfica de un Pueblo. Contribución al estudio de la Evolución Urbana de Ortiz. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Mimeografiado.
[5] PEREZ A, José Obswaldo. Donde el pueblo el tiempo es el Olvido. Inédito.
[6] MENDOZA, Daniel (1918): El Llanero. Madrid: Editorial América. Capitulo XVI. Los Morros de San Juan. Centinelas del Llano. La Gran Ortiz. Págs. 189-194.)
[7] SILVA OTERO, Miguel (2001): Casa Muertas. Biblioteca del El Nacional. Capitulo I. Un entierro; pp. 5 - 6.
[8] El Universal, 6 mayo de 1911.
BIBLIOGRAFÍA

Documentos

APUNTES ESTADÍSTICOS DEL ESTADO GUÁRICO (1967). Caracas: Biblioteca de Temas y Autores Guariqueños. Edición Oficial, 1876.
ARCHIVO GENERAL DE LA NACION. Tomo CMXCVI, folio 195
ALCALDÍA DE ORTIZ (1994): Titulo de posesión de Tierras del Pueblo de Ortiz. Ortiz: Concejo Municipal. Material no publicado. Mimeografiado.

Bibliografía

ALVAREZ, Pedro Fidel (1996). Ortiz y su cementerio. Proyecto Guárico. Boletín Informativo. No.1. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Departamento de Arqueología y etnografía; pp 11-13
BOTELLO, Oldman (1994) Para la Historia de Ortiz. Villa de Cura: Publicaciones de la Alcaldía del municipio Ortiz.
MENDOZA, Daniel (1918): El Llanero. Madrid: Editorial América. Capitulo XVI. Los Morros de San Juan. Centinelas del Llano. La Gran Ortiz. Págs. 189-194.)
RODRÍGUEZ DELLÁN, E (1974). Dinámica Geográfica de un Pueblo. Contribución al estudio de la Evolución Urbana de Ortiz. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Mimeografiado.
SILVA OTERO, Miguel (2001): Casa Muertas. Biblioteca del El Nacional. Capitulo I. Un entierro.
VILA, Marco A (1978): Antecedentes Coloniales de Centros Poblados de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Facultad de Humanidades, UCV.
VILA, Pablo (1991): El Obispo Martí. Tomo II. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Facultad de Humanidades y Educación.

Hemerográfica

PEREZ A, José Obswaldo (2002, Agosto 19) Algunas Noticias del Cementerio viejo de Ortiz. Valle de la Pascua: Diario Jornada; p. 2

Diccionarios

FUNDACIÓN POLAR (200): Diccionario de Historia de Venezuela. Caracas:
MAC PERSON, Telasco A (1941): Diccionario del Estado Miranda. Los Teques.
________________
*José Obswaldo Pérez es periodista, profesor universitario e historiador venezolano.
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miércoles, junio 14, 2006

FIESTA, DISCURSO Y PUEBLO (y III)

porJosé Obswaldo Pérez


Los años cuarenta serán los años de la resurrección del pueblo de Ortiz. Otra vez como el ave fénix, diría Núñez Gómez -el antiguo cronista del siglo XIX -, surgirá de la ignominia y del olvido a que fue sometido. De aquel pueblo de apogeo cultural sólo quedaba un retrato social que Don Guillermo R. Matute, el periodista orticeño y corresponsal de la agencia Prensa Venezolana (Peve), describiera en el diario Heraldo, en un artículo en el que reclamaba por el bienestar de su pueblo. “Ortiz, siempre Ortiz”, sería una de las notas periodísticas donde exigiría: “Este viejo pueblo, floreciente y activo hace medio siglo, hallase casi agónico, sin que se sienta aquí un influjo benéfico por parte del ministerio de Sanidad y Asistencia Social”.

A esta lucha progresista se sumaría el presidente del estado, el intelectual Pedro Sotillo, quien haría todo por lograr el saneamiento de esta comunidad. Es, así, como en ese año 44, una misión técnica agropecuaria estudiaría el resurgimiento de la población, con lo cual el Ministerio de Agricultura y Cría accedería darle agua tratada a la población. “El abastecimiento de agua potable – escribe Don Guillermo Matute – es la tragedia máxima de este pobre pueblo...”.


Otro de los hechos más recodados por los orticeños para esta década, fueron las grandes fiestas que se realizaron en lo que se conoció como el Centro Cultural Pro-mejoramiento de Ortiz, que fundo el profesor Luis Acosta Rodríguez, en 1947. Según el acta constitutiva señala: “… una institución sin fines de lucro, para trabajar por el mejoramiento social, cultural, educativo, deportivo, sanitario y ambiental de la población”.


El Centro Pro-Cultural de Ortiz tuvo una vida muy fructífera; fue el lugar de cita de grupos musicales y teatrales como el Retablo de Las Maravillas (conocido hoy como Danzas Venezuela), con la actuación de la famosa artista Yolanda Moreno y que fundó el profesor Manuel Rodríguez Cárdenas. Otro artista recocido que hizo presentación fue Cesar del Ávila, guitarrista y cantante, conocido por aquella letra que dice así: “ Un negro con una negra es como una noche sin luna y un negro con una blanca es como leche y espuma; así combinan los colores de nuestra industria nacional”.


A principio de la década llegó a Ortiz, Humberto Bustamante, hombre con suficientes conocimientos de pentagramas. Bustamante era oriundo de Villa de Cura y se residenció posteriormente en Ortiz en los años 50. A mediado de esa período, cuando funda una escuela de música, que personalmente dirigía y que dedicará parte de su tiempo a forma jóvenes. Allí tendría, entre sus alumnos, a Pedro Gallosa, quien aprendería la habilidad de componer y escribir canciones. A Don Silverio “Chipilo” Velásquez, Víctor Seijas, Domingo Rodríguez, Hilario Mirabal, Julio Sánchez, Carmen Piña y Graciela Hidalgo, entre otros.



Bustamante conquistó la simpatía de los orticeños y se ganó el apodo de “El pisador”, por aquello de que cada año procreaba un muchacho. Y él solía decir, con humor: “Con estas canas que tengo voy a las barbas”. Don Chipilo Velásquez, telegrafista y memorialista de esa época, recuerda aquellas retretas donde Bustamante y Eduviges Estrada eran la atracción local. “Quizás Bustamante le devolvió la alegría a Ortiz”, subraya Velásquez.


Por otro lado, habría que acotar que sobre Bustamante y Eduviges Estrada dice Evandro Matute (1985: 11) lo siguiente: “... por las calles del pueblo venía el destartalado tambor de tres pistones de Humberto Bustamante, el saxofón de Manuel Eduviges Estrada, acompañado por un clarinete y otros dos instrumentalista que el mismo Bustamante había improvisado en aquella ocasión...”. Y más adelante señala que Bustamante y Estrada no eran músicos excelentes “Pero cuando tocaban solían soplar con toda el alma sincera que llevaban en los paseos musicales, en los toros coleados, en las procesiones y otros actos”. (Matute, 1985: ídem).



Bustamante murió en San Juan de Los Morros, aciano; de su herencia musical nada quedó y la incuria volvió a reinar sobre Ortiz. Don Pedro Gallosa resumía con pesimismo, aquella última etapa de la historia musical de Ortiz, como una página muerta: nada de partituras, nada de composición de canciones ni bandas en las calles. Simplemente, todo se había acabado.
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