Por Daniel R Scott
Revisando viejos artículos de periódicos que yacen sin pena ni gloria en los fondos olvidados de mi viejo baúl, me encontré con uno muy amarillo dedicado a mi abuelo, a Daniel Ramón Scott Gutiérrez. Se trata de un trabajo publicado por el finado Dr. Enrique Olivo en su columna "Crónica Sanjuanera" (que aparecía regularmente en el diario "El Nacionalista"), con fecha del 14 de abril de 1988, página 5. Como estoy finalizando mi tercer año de derecho y no tengo tiempo ni espacios mentales para comentar la reseña de quien otrora fuese el cronista de la ciudad, te transcribo, querido lector, el artículo integro, esperando que sea de tu agrado. Helo aquí:
"Ayer se cumplieron cien años del nacimiento de Daniel Scott, escritor y periodista. Daniel Scott Gutiérrez nació en San Juan de los Morros, el 13 de abril de 1888, entre gallos y medianoche. Y aunque su apellido pareciera indicar que tuvo ascendencia inglesa, el primer Scott, conjuntamente con su conyugue Paula Fráqueza era venido de Génova antes de viajar a Venezuela. A este Scott le sucedieron Andrés Jeremías Scott Fráqueza (casó con Rosaura Meléndez), Daniel Scott Meléndez (casó con Guadalupe Bolívar) y Antonio Scott Bolívar (casó con Sofía Gutiérrez) padre de quien ayer cumpliese un siglo de su nacimiento. Scott Bolívar murió en esta ciudad a la edad de 45 años, pasadas las 6:00 horas de la mañana del 8 de enero de 1903 a consecuencia de un tiro de máuser que recibió cuando intentó contener una avanzada de tropas gubernamentales comandadas por el benemérito general Juan Vicente Gómez. Hijos de Scott Bolívar y hermanos de Daniel Ramón Scott Gutiérrez fueron Antonio (Antonito) y Andrés Rafael, fallecidos trágicamente tras sendos lances personales, el primero en el cementerio San Miguel y el último en coincidencia de avenida bolívar y calle Salías de la ciudad.
"El quehacer de Daniel fue variado y fecundo. El 5 de noviembre de 1919 comunica por telegrama al presidente Gómez que fue 'probada con éxito favorable la planta eléctrica de esta población'; en febrero de 1922 dirige, redacta e imprime y edita el quincenario ARIEL, primer periódico que tiene la ciudad; más tarde propicia la colocación de un busto del Libertador en uno de los espacios urbanos de la población, entre tanto que logra formar la más completa biblioteca de los años veinte...Él mismo escribe y edita sendos libros: 'Desde mi Camello' y 'Los Zarzales de mi Vida'.
ARIEL, que de quincenario pasa a publicación semanal, tamaño tabloide, tiene un precio de diez céntimos, publica avisos y remitidos a precios convencionales, exige colaboración, no devuelve originales, acepta canje. El periódico es impreso en la imprenta a vapor propiedad del mismo Daniel. El número 29 correspondiente al 21 de abril de 1925 destaca en primera página los titulares de la solemne instalación de las Cámaras Legislativas y el triunfo de Luís Barrio Cruz en los juegos florales de Ciudad bolívar. Y como comerciales, el detal bien provisto de víveres y mercancías de Juan Montañez y los mayores de Fernando Alvarado, Ramón Vásquez y Manuel Antonio Olivo. Cintillos de diversos comercios y oficinas de Villa de cura y La Victoria ocupan también las páginas del periódico...
"No es posible dentro de esta crónica pergeñada al vuelo destacar todo el quehacer de Daniel Ramón Scott Gutiérrez. Su hijo Antonio, con sobrada capacidad para ello, por modestia, no ha escrito la crónica densa que merece su ilustre progenitor, que tan hermosamente enaltece el gentilicio sanjuanero y la sanjuanidad misma.
"Últimamente, la Asociación de Escritores Venezolanos, Capítulo Guarico, bajo la presidencia del abogado y escritor Pedro Natalio Arévalo, prepara un homenaje a quien por tantos títulos lo merece, Daniel Scott Gutiérrez, tanto más encomiable cuando ninguna voz se ha dejado oír para honrar a uno de los hijos más ilustres de la ciudad. Un homenaje que debe ser tan sencillo como fue la vida del homenajeado"
lunes, julio 14, 2008
lunes, junio 30, 2008
BAJO LAS SOMBRAS DE UN VERANO
La voz de la anciana, en una especie de flash back, se transmutaba en el tiempo y sus palabras se detenían en el discurso de un coterráneo, hombre de cierta cultura y orador predilecto de efemérides en la Plaza Bolívar de Ortiz. Se trataba del general Juan Marrón Cabrera[2], un personaje histórico, interesante en la historia local
“Todos los habitantes de Ortíz, Parapara y sus inmediaciones andan errantes por los montes, huyendo de las vejaciones, robos, asesinatos y violencias que cometen los rebeldes, quienes no respetan edad, sexo ni circunstancias: estos pueblos han quedado enteramente asolados, pues no han perdonado ni aun el mueble más inútil en su saqueo, único móvil que los anima para hacer la guerra.”[6]
En febrero de 1818, Simón Bolívar había escogido la ciudad de Ortiz como un sitio estratégico para su ejército. Su percepción era que aquella población contaba con “abundantes víveres y pastos”[7], a parte de las ventajas que brindaba el territorio para la conformación de su cuartel general.
El Desfiladero de la Muerte
Era 26 de marzo de 1818, un día denso cargado de calina vaporosa y ardiente sol. Hoy es una efeméride avivada a recordar un luminoso tejido de nuestra gesta histórica: próxima a conmemorar dos siglos de Independencia hispanoamericana. Quizás la única fecha cuando el Libertador Simón Bolívar permaneció más tiempo en Ortiz, cerca del sitio de La Cuesta, y se enfrentó con su ejército en una infausta batalla, en la cual haría correr mucha sangre en un combate indeciso de ganarlo.
Marzo, el mes guerrero, era una canícula de malos presagios.
Desde la perspectiva del espacio geográfico, el pueblo de Ortiz, donde el realista Miguel de Latorre se había establecido, era de figura casi cuadrada; de casas cerradas, ojos asustados, árboles mustios, pastizales pardos, silencio de espera. Una espera segura de muerte a lanzazos, machetazos, sables, fusiles y cañonazos. Ocupaba una pequeña planicie, en la margen izquierda del río Paya que cruzaba una llanura, situada entre pequeños cerros y el camino real de Calabozo a Caracas[8]. Allí, en el suelo tostado y caluroso, estaba la violencia hostil del general Latorre. Había tomado a la localidad en reemplazo de Pablo Morillo, general pacificador quien permanecía en franca recuperación de una herida recibida en la Batalla de Semen o La Puerta, en las inmediaciones de Villa de Cura y San Juan de Los Morros. El general Latorre parecía una serpiente moviéndose por aquella sabana.
Era 20 de marzo, cuando en el camino se unió su compañero Rafael López en el Paso del Caimán, cerca del caserío Tigüigüe, quien había salido del Tiznados con cerca de mil hombres de caballería para córtales los pasos a los patriotas. Desde allí marcharon juntos hasta los Bancos del Rastro, cerca de Calabozo, encontrándose con un aliando que les informó las acciones de los independentistas. El general Latorre olfateaba el peligro. Su intuición le hacía saber que sus adversarios estaban cerca de aquella andadura de persecuciones. Por eso, el sanguinario Latorre decidió retroceder a Ortiz, con sus mil 500 infantes armados.
Bolívar y José Antonio Páez se reunían en el Rastro, cerca de Calabozo. Ambos discutían la estrategia militar a implementar. Gracias a una afanosa marcha nocturna, Bolívar tuvo la fortuna de encontrarse con Sedeño en Guardatinajas, en la madrugada del 21 de marzo. Venía de regreso del Apure, adonde había animado al general José Antonio Páez a venir en auxilio del Libertador, logrado este sano propósito avanzaron tras los pasos de las tropas realistas. Páez suponía que el general Latorre andaba cerca y, rápido, emprendió camino en una persecución a paso redoblado. Pero, también, el ejército realista hizo lo mismo: redoblo su marcha hacia la Villa de Ortiz, sin hacer alto en el camino.
Al día siguiente, el 24 de marzo, el general Latorre llegó en horas de la tarde a Ortiz, tras un viaje de catorce leguas; creyó que los patriotas, aún impresionados con los últimos reveses, no se atreverían a abandonar la llanura por el momento. Juzgó que su columna era suficiente para defender la entrada de Ortiz de los rebeldes independentistas, destacó á López hacia el Pao para que resguardara el camino de Valencia, y le envió al general Pablo Morillo el parte militar del caso. En la Villa de Ortiz, el jefe realista corrió con sus batallones y tomó posiciones en las alturas de una galera, pedregosa y escarpada, “ocupando un punto bastante militar en las alturas que denominan el desfiladero de una cuesta antes de llegar a la población”[9].
Sobre el remate de la cuesta quedaron los batallones de la Unión con la caballería, y los otros dos, con fuerza de 950 plazas, ocuparon las cimas y flancos de las dos colinas, por entre las cuales asciende el camino. A las once y media se presentaron las tropas patriotas y principió en el acto el fuego de guerrillas, sostenido en lo más tendido del terreno por los jinetes, lográndose hacer retroceder á los enemigos avanzados hasta la posición principal. La situación del general Latorre era la más apurada: su infantería llegaba escasamente a 1.500 hombres y su caballería consistía en un escuadrón de milicias: su retirada se había hecho impracticable; y para evitar su ruina no se le ofreció más opción que tomar posición de aquellos cerros inmediatos al pueblo de Ortiz[10], que les facilitaba la defensa. No era posible atacarlos de frente.
A las once y media de la mañana del 26 de marzo, se presentó Bolívar delante de la posición de los españoles con 2.660 combatientes, quienes seguían su marcha por la cuchilla de la colina bordeando el camino real, en las inmediaciones del río Paya. El ejército patriótico encontró el enemigo situado en las alturas de esos pequeños cerros. Los cañones comenzaron a tronar, interrumpidamente, en ambos bandos. En el frente se oyó el choque de la caballería, el caballo contra el caballo; hombres contra hombres, sables contra sables, todos juntos al redoblar de una danza de bayonetas ensangrentadas.
La caballería del general Páez demostraba su carga titánica sobre el enemigo, bajo un caluroso sol del mediodía y en medio de un torrente de voces lejanas, desvaídas en el viento. En el campo de batalla, el regimiento de infantería patriota trataba de subir el escarpado y pedregoso cerro, en el que a veces se veían obligados a volver abajo, rechazando a las aprovechadas fuerzas realistas. El triunfo de los patriotas parecía seguro, pero no fue así.
La desesperación y el heroísmo se conjugaban en el cerro de La Cuesta, entre los pasos de centinelas y las voces de alerta. Páez, Bolívar, Cedeño, Vázquez, Iribarren, Anzoátegui, Plaza, Zaraza, Soublette y Monagas se sostenían en pie de combate, a espadas limpias y a cañonazos, luchando por los sueños de la libertad y para que los orticeños pudieran vengar afrentas y saciar su ira. Mientras de lado de las tropas monárquicas se hallan al frente los jefes Miguel de la Torre y Pando, los tenientes coroneles Manuel Bausá, Tomás García y el Comandante José Pereira. Estos venían de Villa de Cura y Bolívar y su gente de Calabozo.
Bolívar recorría el terreno a la derecha buscando la manera de atacarlos de flanco. Pero Páez desdeñoso y altivo, como hasta entonces se había mostrado, fastidiado de estar aguantando fuego, según sus propias palabras, y por la inacción del general Bolívar, quien no daba orden de atacar a la infantería, dispuso que dos columnas de carabineros y lanceros atacasen pie a tierra por el camino real[11], en un intento por penetrar por el río Paya y el flanco derecho de las fuerzas realistas. El resultado era de esperarse: los patriotas no pudieron tomar la Cuesta de Ortiz, debido a lo desventajoso del terreno quebrado y pedregoso para su famosa caballería de llaneros.
Los muertos caían. Las esperanzas iban desvaneciéndose, como la tarde en crepúsculo al despedir el día. La sed y el cansancio comenzaban a sentirse, mientras los ojos asustados del pueblo eran testigos de aquel tronar de cascos de caballos y gritos de hombres que se mantenían librando una batalla indecisa. La acción había sido sangrienta: en el campo quedaron 37 muertos de los realistas y se llevaron 50 heridos graves, entre ellos el coronel José Pereira; y los patriotas perdieron 12 hombres muertos y 30 heridos, según el parte oficial, pero sus pérdidas fueron mayores. Entre los fallecidos se encontraba uno de los oficiales más valerosos, Genaro Vásquez, quien perdió la vida en el empeño, sin lograr ninguna ventaja y ahogándose de la sed.
- Ya el sol estaba al ponerse – explica el Centauro del Llano en su Autobiografía- y como teníamos una sed irresistible y no había agua para apagarla, dispuso Bolívar que nos retiráramos al punto donde la había...
El Libertador ordenó la retirada al Hato San Pablo, en el sitio de San Juan de Paya, mediaciones del pueblo de Ortiz. Era casi las seis de la tarde. La orden fue ejecutada por el general José Antonio Páez, en medio de dos cargas para salvar la artillería. En la última el centauro fue victima de un ataque epiléptico y cayó al suelo echando espuma por la boca. El coronel James English[12] se aproximo a él y le roció la cara con agua y le hizo tragar algunas gotas, lo que lo restableció inmediatamente.
Desde el Hato San Pablo el Libertador repensó su estrategia militar contra sus enemigos, abriendo nuevamente su campaña sobre los llanos de Cojedes.
Efectos de la derrota.
En el libro del historiador y militar colombiano Francisco Javier Vergara y Velasco 1818 Guerra de Independencia, señala que la Batalla de Ortiz era consecuencia de un error estratégico, “fue mal empeñada y mal dirigida” y que por la ofensiva y el contraataque de los realistas trajo, posteriormente, consecuencias fatales para el ejercito independentista[13].
A esa misma conclusión llegaba el historiador y escritor José Manuel Restrepo en su Historia de la Revolución de la República de Colombia quien dice que aquel combate no tuvo más objetivo que sacrificar tantos valientes soldados, atacados con una caballería desde unas alturas bien defendidas por la infantería veterana[14]. Por su parte, el historiador Oldman Botello señala que escritor Vicente Lecuna, como de costumbre, le echa la culpa a Páez de lo pésimamente concebido que estuvo el hecho de armas y trata de salvar la responsabilidad de Bolívar, que era el comandante en jefe. Sin embargo, Bolívar mostró mucha terquedad y arrogancia.
El ejército patriota venía de una mala racha. Casi todo lo que se había ganado en el centro del país en los primeros meses del año, se perdió en la jornada de La Puerta, a pesar de la grave herida recibida por el general Pablo Morillo de un lanzazo a través de su cuerpo cuyas consecuencias no fueron fatales. Pero, grasso error de los patriotas en la Cuesta de Ortiz. Morillo dice más adelante que ésta fue una “brillante jornada”. Pero lo cierto es que estuvo indecisa. Muertos de ambos lados y ambos grupos se retiraron.
En resumen, la Batalla de Ortiz se caracterizó por su encarnizamiento[15]. Desde punto de vista estratégico, la disciplina y el saber militar triunfaron a lado del ejecito realista frente al valor valeroso y temerario del ejército patriota. Para éstos y para sus jefes las lecciones de la experiencia fueron terribles; pero estas enseñanzas permitieron que no se perdiera las próximas estratagemas de la guerra independentista que terminarán en el Campo de Carabobo.
En el pueblo de Ortiz, aún existe una leyenda conocida a través de Nicanor Rodríguez - memoria viviente que acompañó el devenir histórico contemporáneo de la población, quien por cierto este año celebramos su centenario de su nacimiento -, la cual se refiere a la aparición de la virgen de Santa Rosa de Lima en la Batalla de La Cuesta. Dentro de imaginario colectivo y religioso, la magnitud de la guerra fue sangrienta. Hubo muchos muertos y heridos. Los lesionados fueron llevados al templo. Muchos heridos advirtieron la presencia de la Santa Americana. Luego, testimoniarían haberla visto en su Altar con su vestido adherido de arestín y menudas hojas, como si ella se hubiese bajado del sagrario para socorre el dolor de los heridos soldados en el campo de batalla.
Hace más de 60 años después, se cumplía aquel pedido del general Juan Marrón Cabrera del 9 de Septiembre de 1917, quien había propuesto erigir en aquel sitio de batalla un “suntuoso monumento” para recordar la fecha gloriosa. Aunque no fue así, una columna recordatoria, hoy visiblemente rememora a un costado de la carretera nacional muy cerca del peaje de Dos Caminos, uno de prolegómenos de nuestra gesta independentista.
NOTAS
[1] Doña Evarista Moreno Vilera ejerció una gran influencia matriacal en los hermanos Nicanor y Arturo Rodríguez. Fue hija de Antonio Moreno Sierra y Rita Vilera Moreno. Nieta del famoso militar Roso Vilera, joven orticeño, quien se alistó en el ejército del general José Antonio Páez, en el Apure de 1818, y que continuó en campaña hasta el año 21, cuando llegó a Carabobo.
[2] Había nacido en Ortiz el 24 de Diciembre de 1864. Hijo de don Anastasio Marrón Matute y doña Apolinaria Cabrera Belisario.
[3] El Universal. “Por Telégrafo y por correo”, Caracas, 25 de enero de 1916.
[4] Nació, aproximadamente, en 1803 y casó en el 1828 con la orticeña Magdalena Matute (nacida en 1807).
[5] Gaceta de Caracas, numero 3, 14 de marzo de 1814, p.196
[6] Ídem
[7] Oficio del Libertador para el general José Antonio Páez. El Sombrero, 19 febrero de 1818. Gaceta de Caracas. No. 185, miércoles 29 de abril de 1818, pp. 1433-1434.
[8]VERGARA Y VELASCO FRANCISCO JAVIER (1960).1818 Guerra de Independencia. Bogota: Editorial Nelly, p 173.
[9] PÁEZ, JOSÉ ANTONIO. Autobiografía. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, tomo I, p.
[10]TORRENTE, MARIANO (1830). Historia de la Revolución Hispano-americana. Impr. de L. Amarita, p 286.
[11] PÁEZ, JOSÉ ANTONIO. Ob. cit
[12] Nació cerca de Dublín, Inglaterra, el 22 de Febrero de 1782. El General English, luchó junto a Bolívar en la Batalla de Ortiz, el 26 de Marzo de 1818, distinguiéndose por su valentía y arrojo, siendo promovido al rango de Coronel y segundo comandante de la Guardia de Honor, dirigida por James Rooke, una unidad completamente conformada por británicos. En 1818 Simón Bolívar gratamente impresionado por el desenvolvimiento militar de los británicos, encomendó al entonces Coronel English la tarea de reclutar una fuerza británica, lo cual cumplió a cabalidad. El 25 de Febrero de 1819, por su valentía demostrada en combate, fue ascendido al rango de General de Brigada. Ver la bitácora de Aurelia Fernández "English: Un Procer Olvidado". En línea: http://juangriego.wordpress.com/2008/02/12/english-un-procer-olvidado/.
[13] VERGARA Y VELASCO FRANCISCO JAVIER (1960). Ob. Cit., p 173
[14] Ídem, p 252
[15] REYES VITELIO (1957). Páez, venezolano integral: Biografía: el hombre, el Héroe, el magistrado. Caracas: Impr. Nacional , p 214
BIBLIOGRAFIA
BOTELLO, OLDMAN (1994) Para la Historia de Ortiz. Villa de Cura: Publicaciones de la Alcaldía del municipio Ortiz.
HERNÁNDEZ, RAMÓN (2007). José Antonio Páez. Caracas: Biblioteca Biográfica Venezolana
LANGUE, FRÉDÉRIQUE (2005, 12 noviembre). « Las elites venezolanas y la revolución de Independencia: », Nuevo Mundo Mundos Nuevos, BAC, mis en ligne le 12 noviembre 2005, référence del 19 de Junio de 2007, disponible en: http://nuevomundo.revues.org/document1181.html.
MATUTE, Evandro (1971): Ortiz. S/L
PÁEZ, JOSÉ ANTONIO. Autobiografía. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, tomo I, p.
PEREZ A, JOSÉ OBSWALDO (2000): Orígenes Históricos del pueblo de Ortiz. Ortiz: Ediciones de la Cámara de Comercio de Ortiz
RESTREPO, JOSÉ MANUEL (1942). Historia de la revolución de la república de Colombia, Tomo I, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Talleres Gráficos Luz.
PARECIERA QUE aún persiste en el ciudadano común el recuerdo lejano de una tal batalla que no terminó definir a un vencedor. Desde la perspectiva geográfica de la historiografía nacional se la ha denominado como la Batalla de la Cuesta o Batalla de Ortiz. Otros, en cambio, basándose en la psicología social la bautizaron como La Indecisa, para casi ridiculizar a sus actores en una tragicomedia llena de heroísmo y ferocidad sangrienta. Pero, todavía, en esos recuerdos lejanos y perdidos en la memoria del olvido, doña Evarista Moreno Vilera[1] hablaba mucho del Libertador en la casa La Loretera. Sus hazañas heroicas por los pueblos de Venezuela, incluyendo al pueblo de Ortiz, recorrían los corredores de esa casona orticeña. Doña Evarista no podía esconder su admiración por el general Simón Bolívar, el Padre de la Patria y el libertador de cinco naciones. Su memoria se trasladaba a 1818, entre las pisadas de los cascos de los caballos, el grito de los jinetes y la pólvora incandescente que quemaba la piel de los valerosos soldados patriotas.
La voz de la anciana, en una especie de flash back, se transmutaba en el tiempo y sus palabras se detenían en el discurso de un coterráneo, hombre de cierta cultura y orador predilecto de efemérides en la Plaza Bolívar de Ortiz. Se trataba del general Juan Marrón Cabrera[2], un personaje histórico, interesante en la historia local; hombre político, maestro, periodista y corresponsal del periódico gomecista el Nuevo Diario. Orador, ejecutante del violín y estudioso de la historia patria. En una vibrante alocución de 19 de diciembre de 1915, Juan Marrón Cabrera hacía pasaje sobre la gesta heroica del Ortiz de 1818, en ocasión de la inauguración de un retrato del Benemérito Juan Vicente Gómez en el Concejo Municipal; discurso que luego circularía impreso en hoja suelta por la localidad[3].
Marrón Cabrera era la memoria del pueblo. En su cúmulo de relatos, todos venían de los rezagos recuerdos que le había dejado su abuelo don Leonardo Marrón[4], testigo de esta gesta republicana, orticeño militar que peleo al lado del general José Antonio Páez, en el valeroso ejército de los llaneros.
Días previos de aquella batalla, el pueblo de Ortiz era un laberinto de terror ante el Apocalipsis del hambre, el fuego, la muerte y la destrucción. Era el rigor de los representantes del Rey para mantener el orden y aprisionar a todo aquel que pareciera patriota o independentista. Pero, muchos huyeron ante el saqueo y las humillaciones. Era, en otras palabras, una pátina de tragedia. Los habitantes del pueblo debían pagar por su señalado patriotismo y su amor a la libertad.
En una carta suscrita en La Victoria por un señor llamado Rafael Delgado, el 11 de marzo de 1814, se describe el horror que padecían los orticeños:
“Por aquí he encontrado mucha gente de Ortiz, de Flores, etc, que por el horror que tienen a Boves se han venido hacia acá huyéndole. Por allá como tengo dicho, no se ve a nadie: cuando más estarán escondidos, pues los primeros que he visto hasta niñitos y mujeres, ha sido por aquí. Mentarles a Boves es mentarles el diablo.”[5]
La fama y el terror de los realistas se habían apoderado del asolado pueblo de Ortiz. Luego de haber sido quemado por los jefes españoles Domingo de Monteverde y Eusebio Antoñanzas, en 1812, la pequeña village permaneció en un permanente vaivén de angustia y miedo entre las entradas y salidas de los ejércitos realistas. En ese año 1818, fue fusilado el oficial patriota José Antonio Lecuna, herido y prisionero en la Batalla de Semen.
También, una información de La Gaceta de Caracas da cuenta de esta situación:
La voz de la anciana, en una especie de flash back, se transmutaba en el tiempo y sus palabras se detenían en el discurso de un coterráneo, hombre de cierta cultura y orador predilecto de efemérides en la Plaza Bolívar de Ortiz. Se trataba del general Juan Marrón Cabrera[2], un personaje histórico, interesante en la historia local; hombre político, maestro, periodista y corresponsal del periódico gomecista el Nuevo Diario. Orador, ejecutante del violín y estudioso de la historia patria. En una vibrante alocución de 19 de diciembre de 1915, Juan Marrón Cabrera hacía pasaje sobre la gesta heroica del Ortiz de 1818, en ocasión de la inauguración de un retrato del Benemérito Juan Vicente Gómez en el Concejo Municipal; discurso que luego circularía impreso en hoja suelta por la localidad[3].
Marrón Cabrera era la memoria del pueblo. En su cúmulo de relatos, todos venían de los rezagos recuerdos que le había dejado su abuelo don Leonardo Marrón[4], testigo de esta gesta republicana, orticeño militar que peleo al lado del general José Antonio Páez, en el valeroso ejército de los llaneros.
Días previos de aquella batalla, el pueblo de Ortiz era un laberinto de terror ante el Apocalipsis del hambre, el fuego, la muerte y la destrucción. Era el rigor de los representantes del Rey para mantener el orden y aprisionar a todo aquel que pareciera patriota o independentista. Pero, muchos huyeron ante el saqueo y las humillaciones. Era, en otras palabras, una pátina de tragedia. Los habitantes del pueblo debían pagar por su señalado patriotismo y su amor a la libertad.
En una carta suscrita en La Victoria por un señor llamado Rafael Delgado, el 11 de marzo de 1814, se describe el horror que padecían los orticeños:
“Por aquí he encontrado mucha gente de Ortiz, de Flores, etc, que por el horror que tienen a Boves se han venido hacia acá huyéndole. Por allá como tengo dicho, no se ve a nadie: cuando más estarán escondidos, pues los primeros que he visto hasta niñitos y mujeres, ha sido por aquí. Mentarles a Boves es mentarles el diablo.”[5]
La fama y el terror de los realistas se habían apoderado del asolado pueblo de Ortiz. Luego de haber sido quemado por los jefes españoles Domingo de Monteverde y Eusebio Antoñanzas, en 1812, la pequeña village permaneció en un permanente vaivén de angustia y miedo entre las entradas y salidas de los ejércitos realistas. En ese año 1818, fue fusilado el oficial patriota José Antonio Lecuna, herido y prisionero en la Batalla de Semen.
También, una información de La Gaceta de Caracas da cuenta de esta situación:
“Todos los habitantes de Ortíz, Parapara y sus inmediaciones andan errantes por los montes, huyendo de las vejaciones, robos, asesinatos y violencias que cometen los rebeldes, quienes no respetan edad, sexo ni circunstancias: estos pueblos han quedado enteramente asolados, pues no han perdonado ni aun el mueble más inútil en su saqueo, único móvil que los anima para hacer la guerra.”[6]
En febrero de 1818, Simón Bolívar había escogido la ciudad de Ortiz como un sitio estratégico para su ejército. Su percepción era que aquella población contaba con “abundantes víveres y pastos”[7], a parte de las ventajas que brindaba el territorio para la conformación de su cuartel general.
El Desfiladero de la Muerte
Era 26 de marzo de 1818, un día denso cargado de calina vaporosa y ardiente sol. Hoy es una efeméride avivada a recordar un luminoso tejido de nuestra gesta histórica: próxima a conmemorar dos siglos de Independencia hispanoamericana. Quizás la única fecha cuando el Libertador Simón Bolívar permaneció más tiempo en Ortiz, cerca del sitio de La Cuesta, y se enfrentó con su ejército en una infausta batalla, en la cual haría correr mucha sangre en un combate indeciso de ganarlo.
Marzo, el mes guerrero, era una canícula de malos presagios.
Desde la perspectiva del espacio geográfico, el pueblo de Ortiz, donde el realista Miguel de Latorre se había establecido, era de figura casi cuadrada; de casas cerradas, ojos asustados, árboles mustios, pastizales pardos, silencio de espera. Una espera segura de muerte a lanzazos, machetazos, sables, fusiles y cañonazos. Ocupaba una pequeña planicie, en la margen izquierda del río Paya que cruzaba una llanura, situada entre pequeños cerros y el camino real de Calabozo a Caracas[8]. Allí, en el suelo tostado y caluroso, estaba la violencia hostil del general Latorre. Había tomado a la localidad en reemplazo de Pablo Morillo, general pacificador quien permanecía en franca recuperación de una herida recibida en la Batalla de Semen o La Puerta, en las inmediaciones de Villa de Cura y San Juan de Los Morros. El general Latorre parecía una serpiente moviéndose por aquella sabana.
Era 20 de marzo, cuando en el camino se unió su compañero Rafael López en el Paso del Caimán, cerca del caserío Tigüigüe, quien había salido del Tiznados con cerca de mil hombres de caballería para córtales los pasos a los patriotas. Desde allí marcharon juntos hasta los Bancos del Rastro, cerca de Calabozo, encontrándose con un aliando que les informó las acciones de los independentistas. El general Latorre olfateaba el peligro. Su intuición le hacía saber que sus adversarios estaban cerca de aquella andadura de persecuciones. Por eso, el sanguinario Latorre decidió retroceder a Ortiz, con sus mil 500 infantes armados.
Bolívar y José Antonio Páez se reunían en el Rastro, cerca de Calabozo. Ambos discutían la estrategia militar a implementar. Gracias a una afanosa marcha nocturna, Bolívar tuvo la fortuna de encontrarse con Sedeño en Guardatinajas, en la madrugada del 21 de marzo. Venía de regreso del Apure, adonde había animado al general José Antonio Páez a venir en auxilio del Libertador, logrado este sano propósito avanzaron tras los pasos de las tropas realistas. Páez suponía que el general Latorre andaba cerca y, rápido, emprendió camino en una persecución a paso redoblado. Pero, también, el ejército realista hizo lo mismo: redoblo su marcha hacia la Villa de Ortiz, sin hacer alto en el camino.
Al día siguiente, el 24 de marzo, el general Latorre llegó en horas de la tarde a Ortiz, tras un viaje de catorce leguas; creyó que los patriotas, aún impresionados con los últimos reveses, no se atreverían a abandonar la llanura por el momento. Juzgó que su columna era suficiente para defender la entrada de Ortiz de los rebeldes independentistas, destacó á López hacia el Pao para que resguardara el camino de Valencia, y le envió al general Pablo Morillo el parte militar del caso. En la Villa de Ortiz, el jefe realista corrió con sus batallones y tomó posiciones en las alturas de una galera, pedregosa y escarpada, “ocupando un punto bastante militar en las alturas que denominan el desfiladero de una cuesta antes de llegar a la población”[9].
Sobre el remate de la cuesta quedaron los batallones de la Unión con la caballería, y los otros dos, con fuerza de 950 plazas, ocuparon las cimas y flancos de las dos colinas, por entre las cuales asciende el camino. A las once y media se presentaron las tropas patriotas y principió en el acto el fuego de guerrillas, sostenido en lo más tendido del terreno por los jinetes, lográndose hacer retroceder á los enemigos avanzados hasta la posición principal. La situación del general Latorre era la más apurada: su infantería llegaba escasamente a 1.500 hombres y su caballería consistía en un escuadrón de milicias: su retirada se había hecho impracticable; y para evitar su ruina no se le ofreció más opción que tomar posición de aquellos cerros inmediatos al pueblo de Ortiz[10], que les facilitaba la defensa. No era posible atacarlos de frente.
A las once y media de la mañana del 26 de marzo, se presentó Bolívar delante de la posición de los españoles con 2.660 combatientes, quienes seguían su marcha por la cuchilla de la colina bordeando el camino real, en las inmediaciones del río Paya. El ejército patriótico encontró el enemigo situado en las alturas de esos pequeños cerros. Los cañones comenzaron a tronar, interrumpidamente, en ambos bandos. En el frente se oyó el choque de la caballería, el caballo contra el caballo; hombres contra hombres, sables contra sables, todos juntos al redoblar de una danza de bayonetas ensangrentadas.
La caballería del general Páez demostraba su carga titánica sobre el enemigo, bajo un caluroso sol del mediodía y en medio de un torrente de voces lejanas, desvaídas en el viento. En el campo de batalla, el regimiento de infantería patriota trataba de subir el escarpado y pedregoso cerro, en el que a veces se veían obligados a volver abajo, rechazando a las aprovechadas fuerzas realistas. El triunfo de los patriotas parecía seguro, pero no fue así.
La desesperación y el heroísmo se conjugaban en el cerro de La Cuesta, entre los pasos de centinelas y las voces de alerta. Páez, Bolívar, Cedeño, Vázquez, Iribarren, Anzoátegui, Plaza, Zaraza, Soublette y Monagas se sostenían en pie de combate, a espadas limpias y a cañonazos, luchando por los sueños de la libertad y para que los orticeños pudieran vengar afrentas y saciar su ira. Mientras de lado de las tropas monárquicas se hallan al frente los jefes Miguel de la Torre y Pando, los tenientes coroneles Manuel Bausá, Tomás García y el Comandante José Pereira. Estos venían de Villa de Cura y Bolívar y su gente de Calabozo.
Bolívar recorría el terreno a la derecha buscando la manera de atacarlos de flanco. Pero Páez desdeñoso y altivo, como hasta entonces se había mostrado, fastidiado de estar aguantando fuego, según sus propias palabras, y por la inacción del general Bolívar, quien no daba orden de atacar a la infantería, dispuso que dos columnas de carabineros y lanceros atacasen pie a tierra por el camino real[11], en un intento por penetrar por el río Paya y el flanco derecho de las fuerzas realistas. El resultado era de esperarse: los patriotas no pudieron tomar la Cuesta de Ortiz, debido a lo desventajoso del terreno quebrado y pedregoso para su famosa caballería de llaneros.
Los muertos caían. Las esperanzas iban desvaneciéndose, como la tarde en crepúsculo al despedir el día. La sed y el cansancio comenzaban a sentirse, mientras los ojos asustados del pueblo eran testigos de aquel tronar de cascos de caballos y gritos de hombres que se mantenían librando una batalla indecisa. La acción había sido sangrienta: en el campo quedaron 37 muertos de los realistas y se llevaron 50 heridos graves, entre ellos el coronel José Pereira; y los patriotas perdieron 12 hombres muertos y 30 heridos, según el parte oficial, pero sus pérdidas fueron mayores. Entre los fallecidos se encontraba uno de los oficiales más valerosos, Genaro Vásquez, quien perdió la vida en el empeño, sin lograr ninguna ventaja y ahogándose de la sed.
- Ya el sol estaba al ponerse – explica el Centauro del Llano en su Autobiografía- y como teníamos una sed irresistible y no había agua para apagarla, dispuso Bolívar que nos retiráramos al punto donde la había...
El Libertador ordenó la retirada al Hato San Pablo, en el sitio de San Juan de Paya, mediaciones del pueblo de Ortiz. Era casi las seis de la tarde. La orden fue ejecutada por el general José Antonio Páez, en medio de dos cargas para salvar la artillería. En la última el centauro fue victima de un ataque epiléptico y cayó al suelo echando espuma por la boca. El coronel James English[12] se aproximo a él y le roció la cara con agua y le hizo tragar algunas gotas, lo que lo restableció inmediatamente.
Desde el Hato San Pablo el Libertador repensó su estrategia militar contra sus enemigos, abriendo nuevamente su campaña sobre los llanos de Cojedes.
Efectos de la derrota.
En el libro del historiador y militar colombiano Francisco Javier Vergara y Velasco 1818 Guerra de Independencia, señala que la Batalla de Ortiz era consecuencia de un error estratégico, “fue mal empeñada y mal dirigida” y que por la ofensiva y el contraataque de los realistas trajo, posteriormente, consecuencias fatales para el ejercito independentista[13].
A esa misma conclusión llegaba el historiador y escritor José Manuel Restrepo en su Historia de la Revolución de la República de Colombia quien dice que aquel combate no tuvo más objetivo que sacrificar tantos valientes soldados, atacados con una caballería desde unas alturas bien defendidas por la infantería veterana[14]. Por su parte, el historiador Oldman Botello señala que escritor Vicente Lecuna, como de costumbre, le echa la culpa a Páez de lo pésimamente concebido que estuvo el hecho de armas y trata de salvar la responsabilidad de Bolívar, que era el comandante en jefe. Sin embargo, Bolívar mostró mucha terquedad y arrogancia.
El ejército patriota venía de una mala racha. Casi todo lo que se había ganado en el centro del país en los primeros meses del año, se perdió en la jornada de La Puerta, a pesar de la grave herida recibida por el general Pablo Morillo de un lanzazo a través de su cuerpo cuyas consecuencias no fueron fatales. Pero, grasso error de los patriotas en la Cuesta de Ortiz. Morillo dice más adelante que ésta fue una “brillante jornada”. Pero lo cierto es que estuvo indecisa. Muertos de ambos lados y ambos grupos se retiraron.
En resumen, la Batalla de Ortiz se caracterizó por su encarnizamiento[15]. Desde punto de vista estratégico, la disciplina y el saber militar triunfaron a lado del ejecito realista frente al valor valeroso y temerario del ejército patriota. Para éstos y para sus jefes las lecciones de la experiencia fueron terribles; pero estas enseñanzas permitieron que no se perdiera las próximas estratagemas de la guerra independentista que terminarán en el Campo de Carabobo.
En el pueblo de Ortiz, aún existe una leyenda conocida a través de Nicanor Rodríguez - memoria viviente que acompañó el devenir histórico contemporáneo de la población, quien por cierto este año celebramos su centenario de su nacimiento -, la cual se refiere a la aparición de la virgen de Santa Rosa de Lima en la Batalla de La Cuesta. Dentro de imaginario colectivo y religioso, la magnitud de la guerra fue sangrienta. Hubo muchos muertos y heridos. Los lesionados fueron llevados al templo. Muchos heridos advirtieron la presencia de la Santa Americana. Luego, testimoniarían haberla visto en su Altar con su vestido adherido de arestín y menudas hojas, como si ella se hubiese bajado del sagrario para socorre el dolor de los heridos soldados en el campo de batalla.
Hace más de 60 años después, se cumplía aquel pedido del general Juan Marrón Cabrera del 9 de Septiembre de 1917, quien había propuesto erigir en aquel sitio de batalla un “suntuoso monumento” para recordar la fecha gloriosa. Aunque no fue así, una columna recordatoria, hoy visiblemente rememora a un costado de la carretera nacional muy cerca del peaje de Dos Caminos, uno de prolegómenos de nuestra gesta independentista.
NOTAS
[1] Doña Evarista Moreno Vilera ejerció una gran influencia matriacal en los hermanos Nicanor y Arturo Rodríguez. Fue hija de Antonio Moreno Sierra y Rita Vilera Moreno. Nieta del famoso militar Roso Vilera, joven orticeño, quien se alistó en el ejército del general José Antonio Páez, en el Apure de 1818, y que continuó en campaña hasta el año 21, cuando llegó a Carabobo.
[2] Había nacido en Ortiz el 24 de Diciembre de 1864. Hijo de don Anastasio Marrón Matute y doña Apolinaria Cabrera Belisario.
[3] El Universal. “Por Telégrafo y por correo”, Caracas, 25 de enero de 1916.
[4] Nació, aproximadamente, en 1803 y casó en el 1828 con la orticeña Magdalena Matute (nacida en 1807).
[5] Gaceta de Caracas, numero 3, 14 de marzo de 1814, p.196
[6] Ídem
[7] Oficio del Libertador para el general José Antonio Páez. El Sombrero, 19 febrero de 1818. Gaceta de Caracas. No. 185, miércoles 29 de abril de 1818, pp. 1433-1434.
[8]VERGARA Y VELASCO FRANCISCO JAVIER (1960).1818 Guerra de Independencia. Bogota: Editorial Nelly, p 173.
[9] PÁEZ, JOSÉ ANTONIO. Autobiografía. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, tomo I, p.
[10]TORRENTE, MARIANO (1830). Historia de la Revolución Hispano-americana. Impr. de L. Amarita, p 286.
[11] PÁEZ, JOSÉ ANTONIO. Ob. cit
[12] Nació cerca de Dublín, Inglaterra, el 22 de Febrero de 1782. El General English, luchó junto a Bolívar en la Batalla de Ortiz, el 26 de Marzo de 1818, distinguiéndose por su valentía y arrojo, siendo promovido al rango de Coronel y segundo comandante de la Guardia de Honor, dirigida por James Rooke, una unidad completamente conformada por británicos. En 1818 Simón Bolívar gratamente impresionado por el desenvolvimiento militar de los británicos, encomendó al entonces Coronel English la tarea de reclutar una fuerza británica, lo cual cumplió a cabalidad. El 25 de Febrero de 1819, por su valentía demostrada en combate, fue ascendido al rango de General de Brigada. Ver la bitácora de Aurelia Fernández "English: Un Procer Olvidado". En línea: http://juangriego.wordpress.com/2008/02/12/english-un-procer-olvidado/.
[13] VERGARA Y VELASCO FRANCISCO JAVIER (1960). Ob. Cit., p 173
[14] Ídem, p 252
[15] REYES VITELIO (1957). Páez, venezolano integral: Biografía: el hombre, el Héroe, el magistrado. Caracas: Impr. Nacional , p 214
BIBLIOGRAFIA
BOTELLO, OLDMAN (1994) Para la Historia de Ortiz. Villa de Cura: Publicaciones de la Alcaldía del municipio Ortiz.
HERNÁNDEZ, RAMÓN (2007). José Antonio Páez. Caracas: Biblioteca Biográfica Venezolana
LANGUE, FRÉDÉRIQUE (2005, 12 noviembre). « Las elites venezolanas y la revolución de Independencia: », Nuevo Mundo Mundos Nuevos, BAC, mis en ligne le 12 noviembre 2005, référence del 19 de Junio de 2007, disponible en: http://nuevomundo.revues.org/document1181.html.
MATUTE, Evandro (1971): Ortiz. S/L
PÁEZ, JOSÉ ANTONIO. Autobiografía. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia, tomo I, p.
PEREZ A, JOSÉ OBSWALDO (2000): Orígenes Históricos del pueblo de Ortiz. Ortiz: Ediciones de la Cámara de Comercio de Ortiz
RESTREPO, JOSÉ MANUEL (1942). Historia de la revolución de la república de Colombia, Tomo I, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Talleres Gráficos Luz.
lunes, junio 23, 2008
Realizan coloquio de Historia en honor a Irma Mendoza
La Editorial Viento del Sur y la Asociación Editorial Guárico están organizando en la ciudad de San Juan de los Morros, Venezuela, el primer Coloquio de Historia de Venezuela en Homenaje a la doctora Irma Mendoza (en la gráfica, ), destacada docente e investigadora de la Universidad Rómulo Gallegos.El coloquio se realizará el próximo viernes 11 de julio de 2008, en el Teatro de Bolsillo de la Casa Artesanal, frente al Mercado Viejo, Calle Roscio, con la participación de distinguidos historiadores e investigadores nacionales.
Las palabras inaugurales estarán a cargo del Doctor José Marcial Ramos Guédez, catedrático Historiador venezolano, doctor en historia por la Universidad Santa Maria (USM) y profesor universitario. Ha publicado El Negro en Venezuela: aporte bibliográfico, El Negro en la novela venezolana, De la Révolution Française aux révolutions créoles et négres (coautor) y Simón Bolívar y la abolición de la esclavitud en Venezuela, 1810-1830, entre otros libros.
El evento estará dividido en dos ciclos. El primer ciclo de ponencias contará con la presencia de los historiadores Oldman Botello, Felipe Hernández, Arturo Álvarez D´ Armas y José Obswaldo Pérez y el segundo ciclo tendrá la participación de los investigadores, historiadores y ensayistas como Adolfo Rodríguez, Oneyda Martínez, Ubaldo Ruíz, Jeroh Juan Montilla, Edgardo Malaspina y Fabiola Bolívar.
Dentro ambos ciclos de ponencias habrá un espacio de preguntas y respuestas por parte del publico asistente y una velada musical con la presentación de los grupos Quinteto Los 5 amigos y Tenor Ramón Garay. Finalmente, el coloquio culminará con las palabras de la profesora Irma Mendoza.
viernes, junio 13, 2008
Ildefonso Leal: una intensa experticia por la Venezuela ilustrada
Por Adolfo Rodríguez*
Una labor sin precedentes ha cumplido Ildefonso Leal (IL) en el desmantelamiento de las sombras que pesaban sobre una de las más deslumbrantes manifestaciones del pasado colonial venezolana. Logra así un despeje de unos espacios donde bullían inquietudes inimaginables hacia el conocimiento bajo una circunstancia en la que sólo parecía ondear la espada y el incensario. Un tesonero rastreo que le permite poner, al alcance de los lectores de su país, ese vasto inventario de libros y bibliotecas coloniales como la impronta representada por la Universidad Central en la gestión de un liderazgo sin precedentes en la forja de una conciencia nacional. Una de las tantas capas de oscuridad que se habían aposentado sobre un país vanagloriado sólo por hechos de sangre. El pasado que Leal contribuye a exhumar es éste que desemboca de modo fulgurante en los sucesos de 1810 y 1811, con una resonancia tal como para mantener aún expectantes a los venezolanos en torno a las etapas fundacionales de la actual república.
Esa proeza indagadora ha de desempeñarla IL durante los más frescos años de su vida. Nace en Lagunillas (Estado Zulia), en 1932, hace licenciatura y doctorado en Historia en la Universidad Central de Venezuela, postgrado de Historia de las Américas en la Universidad de Sevilla, ejerce la docencia en la UCV hasta que se jubila como profesor titular, es Director del Archivo Histórico y Cronista de esa máxima casa de estudios y Miembro de Número de la Academia Nacional de la Historia, donde asiste asiduamente en ese ejercicio amoroso de dar con los hechos que conforman de manera irrecusable una noción de patria más reconfortante y luminosa.Los títulos de sus obras son indicativos de esa orientación que signa sus principal producción intelectual: Historia de la Universidad Central de Venezuela (diversos aspectos y facetas), la cultura venezolana en el siglo XVIII, Libros y bibliotecas en Venezuela colonial, El Correo de Trinidad Española el primer periódico publicado en Venezuela, Crónicas de historia de Venezuela, Documentos para la Historia de la Educación en Venezuela (época colonial).
Ildefonso es un habitante señero de la ciudad de Los Teques, donde cursa segunda enseñanza en el Liceo Francisco de Miranda y establece su residencia permanente, su ámbito familiar y privilegiados contertulios. Fu comisionado en 1979 para fundar el Ateneo de Los Teques, dirige la prestigiosa Biblioteca de Autores y Temas Mirandinos, es Cronista de la ciudad y autor de El Libro Parroquial Más Antiguo de Los Teques, Nacimiento del Régimen Municipal de Los Teques (Actas del cantón Guaicaipuro), Los Teques: testimonios para su historia y columnista del diario Última Noticias para dar cuenta allí de lo que nos enorgullece y lo que conviene enderezar.
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*Licenciado en Letras. Historiador. Doctor en Ciencias Sociales.
lunes, junio 09, 2008
EL BENDITO AMANECER DE UN 23 DE ABRIL
"Francamente no me imagino al eslabón perdido o a Adán y Eva empecinados en la ingrata tarea de cagarse sobre el medio ambiente para arrebatárselo a las futuras generaciones."
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El amanecer de este 23 de abril, tiritando de frío, se nos vino encima con el bramido de muchas aguas. Es el primer aguacero del año. Enhorabuena. Días atrás el techo y el metal de puertas y ventanas alcanzaron su punto de ebullición bajo los calores casi líquidos del mes de marzo. Porque dentro de la casa todo parecía hervir como el contenido de una olla sobre la hornilla encendida. La mesa, las sillas, la biblioteca, la cama y otros bienes muebles (y vaya con la jerga jurídica) parecían burbujear y exhalar sus vapores. Pero la tierra y los árboles, hasta ayer sedientos y quemados por las iras del sol tropical, parecen musitar en lenguaje mineral y vegetal una oración de gratitud a los cielos preñados del agua vital. Mi esposa (mi amada Fell, la ex productora y ex conductora de "La Hora del Amor") que ama las primeras lluvias de cada amanecer por asociarlas en su corazón con nuestros más caros y gratos recuerdos de nuestro noviazgo y matrimonio, entró a la habitación con mi taza de café en la mano derecha y un canto de alegría en sus labios juveniles. Y yo, como de costumbre, en el ritual de recitar, en palabras que se empeñan en ser versos, todo mi amor a las primeras lluvias del año. Sabe Dios cuántas veces lo hago desde que estoy adornado con la facultad de escribir. Es que uno se siente renovado y vivificado cada vez que llueve en abril o mayo. Es como la terapia antiestrés del período pluvioso por los lados de la línea del Ecuador.
Por Daniel R Scott
El amanecer de este 23 de abril, tiritando de frío, se nos vino encima con el bramido de muchas aguas. Es el primer aguacero del año. Enhorabuena. Días atrás el techo y el metal de puertas y ventanas alcanzaron su punto de ebullición bajo los calores casi líquidos del mes de marzo. Porque dentro de la casa todo parecía hervir como el contenido de una olla sobre la hornilla encendida. La mesa, las sillas, la biblioteca, la cama y otros bienes muebles (y vaya con la jerga jurídica) parecían burbujear y exhalar sus vapores. Pero la tierra y los árboles, hasta ayer sedientos y quemados por las iras del sol tropical, parecen musitar en lenguaje mineral y vegetal una oración de gratitud a los cielos preñados del agua vital. Mi esposa (mi amada Fell, la ex productora y ex conductora de "La Hora del Amor") que ama las primeras lluvias de cada amanecer por asociarlas en su corazón con nuestros más caros y gratos recuerdos de nuestro noviazgo y matrimonio, entró a la habitación con mi taza de café en la mano derecha y un canto de alegría en sus labios juveniles. Y yo, como de costumbre, en el ritual de recitar, en palabras que se empeñan en ser versos, todo mi amor a las primeras lluvias del año. Sabe Dios cuántas veces lo hago desde que estoy adornado con la facultad de escribir. Es que uno se siente renovado y vivificado cada vez que llueve en abril o mayo. Es como la terapia antiestrés del período pluvioso por los lados de la línea del Ecuador.
Pero no todo es poesía ni odas: casi nos inundamos, y tuve que salir muy de mañana después de la taza de café, el canto de Fell y todo el material de utilería arriba escrito, bajo el frío aguacero para destapar cañerías, limpiar de hojas secas canales de desagües y subirme al techo para ver por donde cuernos se filtra el agua que moja peligrosamente el cableado eléctrico de la casa-capilla. Lo último que quiero es saltar por los aires con todos mis enseres por culpa de algún cortocircuito. Una vez arriba, cientos de gotas me salpican el rostro, dejándome un sabor a espesos nubarrones en el paladar. Me siento distinto, libre feliz. Elevo la mirada al cielo, el cual se me antoja unas húmedas cenizas de algún descomunal fogón apagado desde el Paleolítico. El río, hasta ayer un hilo de agua reposada cubierta por una especie de nata verde e inmóvil donde los sapos no se cansaban de croar y croar en los pesados días de sequía, hoy es un anchuroso y turbio caudal que arrastra veloz todo tipo de inmundicias y desechos industriales que echan dentro de la fría atmósfera matutina de abril un desagradable olor a basura y a desinfectante vencido. "Esta creciente lleva más basura que agua" dice mi esposa asomándose temerosa por la ventana oxidada que da hacia las orillas del río, mientras yo, con el agua de la lluvia en la médula, inevitablemente pienso lo que cuesta creer hoy que algún poeta de antaño que no recuerdo se haya referido al río Guaire como "el espejo de los luceros de la noche". Pero claro, eso fue en algún pasado bienaventurado y remoto.
Este río San Juan fue el límpido balneario de muchos sanjuaneros, ya estoy candado de decirlo y mucho más de escribirlo. Días atrás tomé un taxi que me llevara a la casa-capilla. El conductor, hombre hiperactivo y parlanchín de unos ¿60? años dijo: "¿Ah sí? Conozco el lugar. Cuando niño acostumbraba escapar de la escuela y bañarme por esos lados del río. ¡Qué limpio era!" Como siempre que se me habla de estos temas, suspiré hondo, con resignación y desencanto, y no dije nada al conductor. Y me dio por filosofar. Y por pensar en lo que me dijo que sucedió un día de 1970 o 1971 mi buen amigo el profesor Rafael Pérez. El río San Juan había amanecido, bajo los primeros rayos del sol, con hermosos destellos plateados Una superficie con destellos de plata, pero... se trataba de una capa de peces muertos que flotaban sobre las aguas del caudal. Al fin las cloacas y otras sustancias se habían encargado de aniquilar su fauna acuática. Dice Rafael que el hedor a peces muertos era insoportable. Eso dice.
Con nuestro pensamiento y las herramientas que nos ha dado la evolución de nuestra raza hemos creado una civilización que lleva muy dentro de sí el germen de su propia destrucción. Ya sabéis a lo que me refiero: polución, calentamiento global y demás sandeces por el estilo. Quiero añadir quizás a manera de mal chiste que si acaso queremos salvarnos de la extinción como raza debemos emprender un éxodo utópico a la Prehistoria y volver a vivir de la caza, la pesca y la recolección de frutas. Volver a algún tipo de "Año Cero" como proclamaba el "Khmer Rojo" en ¿Camboya? Aunque no estoy del todo seguro si los primitivos habitantes del Paleolítico y del Neolítico contaminaban o no su medio ambiente. Quizá todo comenzó en lo que algunos peritos llaman la "Revolución Neolítica", cuando comienzan a surgir las primeras aldeas, percusoras de nuestras actuales urbes.Finalmente ¡que triste papel nos toca vivir hoy a los que nos queda algún vestigio de fibra sensible! Hurgar como mendigos entre los desechos de la postmodernidad, levantar capa tras capa de basura a ver si dejamos al descubierto la superficie primigenia y poética que poseía la creación justo al día siguiente de haber evolucionado o haber sido creado.
Francamente no me imagino al eslabón perdido o a Adán y Eva empecinados en la ingrata tarea de cagarse sobre el medio ambiente para arrebatárselo a las futuras generaciones.
20 de Mayo de 2008
