viernes, enero 28, 2011

El fin de la Historia llega a Túnez

"La “Revolución del Jazmín” de Túnez aún no ha concluido, pero ya podemos ver las enseñanzas sobre la democracia y la democratización que de ella se desprenden y que se extienden hasta muy lejos del Magreb."


Tunez comprueba la tesis de Fukuyama

por Pierre Buhler

La “Revolución del Jazmín” de Túnez aún no ha concluido, pero ya podemos ver las enseñanzas sobre la democracia y la democratización que de ella se desprenden y que se extienden hasta muy lejos del Magreb.


Para poner en perspectiva histórica la Revolución del Jazmín, debemos recordar el 4 de junio de 1989, aquel domingo decisivo en el que los polacos expulsaron a los comunistas del poder con sus votos y, en el otro extremo de Eurasia, el Partido Comunista de China aplastó un incipiente movimiento democrático en la plaza de Tiananmen. Retrospectivamente, aquel día parece una encrucijada en el camino de la historia humana. Una vía conducía a la desaparición del comunismo y a un nuevo nacimiento de la libertad y la democracia –a veces sangriento y doloroso– en Europa. La otra trazaba un rumbo divergente, por el que China permanecía sometida al partido gobernante, pero creaba prosperidad para unas masas empobrecidas mediante un asombroso crecimiento sostenido.

Mientras transcurría el revolucionario año de 1989, Francis Fukuyama meditó, profética pero polémicamente, sobre si la vía elegida en Europa presagiaba el “fin de la Historia”. Siguiendo a Hegel, Fukuyama sostuvo que la Historia seguía una dirección –y conducía a un destino determinado– por dos razones. En primer lugar, la incesante difusión de la tecnología y del orden económico liberal, que tiene un efecto homogeneizador. En segundo lugar, la hegeliana “lucha por el reconocimiento” ha sido una poderosa fuerza rectora de la Humanidad, hasta el punto de conducir a innumerables individuos al sacrificio final.

Pero, mientras que existía un convencimiento generalizado de que el comunismo no era otra cosa que un callejón sin salida, el éxito económico de China y la violenta reacción autoritaria en Rusia tras la marcha de Borís Yeltsin del Kremlin hace un decenio, inspiró un análisis más pesimista. Aparecieron teorías sobre un “retroceso democrático” y hubo un resurgimiento de las “grandes potencias autoritarias” para revelar el potencial de sistemas que combinaban el nacionalismo con el capitalismo dirigido por el Estado, que propiciaba el crecimiento.
Algunos sostenían que el gobierno autoritario brindaba una vía mucho más segura hacia el bienestar que la democracia, otros ensalzaban las virtudes de los “valores asiáticos” y otros más afirmaban que la democracia en el mundo árabe o musulmán no haría otra cosa que preparar el terreno para que tomaran el poder los fundamentalistas islámicos. No es de extrañar que los autócratas de todo el mundo hicieran suyas esas opiniones.
Pero el mensaje de la Revolución del Jazmín de Túnez resuena bien alto y claro: el de democracia –y el del orden político en que está enraizada– no es un simple concepto occidental (ni una conspiración occidental), sino que ejerce una atracción universal, impulsada por el ansia de “reconocimiento”. Además, se puede establecer en una fase temprana de la modernización de un país.

Desde luego, con un gobierno autoritario se puede gestionar las fases tempranas de la industrialización, pero una “economía del conocimiento” no puede funcionar con mentes amordazadas. Ni siquiera los más lúcidos gobernantes autoritarios pueden gestionar la complejidad en esa escala… por no hablar de la corrupción que inevitablemente se cría en las protegidas sombras de la autocracia.

Para desmontar el “mito del renacimiento autocrático”, los politólogos americanos Daniel Deudney y John Ikenberry han examinado los casos de China y Rusia y han encontrado “pocas pruebas del surgimiento de un equilibrio estable entre el capitalismo y la autocracia que pudiera dignificar esa combinación como nuevo modelo de modernidad”. Si bien ninguno de los dos países cumple las condiciones para que se lo considere una democracia liberal, los dos “son mucho más liberales y democráticos que nunca y están surgiendo en ellos muchos de los fundamentos decisivos para una democracia liberal sostenible”, mientras que un obstáculo principal es las fuerzas centrífugas que la democracia podría desencadenar.

Pero la mayoría de los países que no cargan con esa amenaza se han incorporado discreta o espectacularmente al orden liberal en los últimos decenios. Países asiáticos, como, por ejemplo, el Japón, Corea del Sur, Taiwán e Indonesia lo han hecho sin que sus supuestos “valores asiáticos” se lo hayan entorpecido.

Asimismo, América Latina, que en tiempos fue el terreno de juego de innumerables “juntas” y “golpes “, está ahora asentada en gran medida en el liberalismo político. Turquía está gobernada por un partido ligeramente islamista que respeta las reglas de la democracia y, en la primavera de 2009, la campaña presidencial en el Irán reveló un inmenso deseo de libertad.

Lo que resulta evidente de esos casos es que el desarrollo activa los dos cauces que, según Fukuyama, avanza la Historia: el cambio tecnológico y económico acumulativo y el deseo de reconocimiento. Los dos fomentan la habilitación individual, que es la puerta de entrada a la libertad y la democracia. Las vías difieren según los países, los reveses no escasean y pueden ser necesarios decenios para su consecución, pero el salto puede darse cuando las circunstancias están maduras… como en Túnez.

De hecho, la Revolución del Jazmín encarna todos los postulados del orden político liberal que ha estado defendiendo Occidente desde la Carta Atlántica de 1941: un anhelo de libertad, oportunidad y Estado de derecho. Además, la revolución de Túnez ha sido autóctona y no importada, como parte de un cambio de régimen por la fuerza.

Así, pues, el pueblo tunecino, encabezado por una clase media frustrada que se ha negado a dejarse intimidar, ha dado un saludable aviso sobre las fuerzas apremiantes y constantes que hoy en día impulsan el comportamiento de las personas y las naciones. Ilustran el efecto catalítico de la conectividad digital (claramente visible también entre las “clases que se comunican por Twitter” en China) y podrían infundir valor a otros pueblos árabes, como podría estar ocurriendo en Egipto, para exigir rendición de cuentas a sus gobernantes.

Sea cual fuere el resultado en Túnez, quienes, parafraseando a Woodrow Wilson, creen que la democracia hace que el mundo sea un lugar más seguro –y que con más democracia lo sea aún más– tienen toda clase de razones para alegrarse de un acontecimiento tan halagüeño.

Pierre Buhler, ex diplomático francés, fue profesor adjunto en Sciences Po de París.
Copyright: Project Syndicate/Instituto de Ciencias Humanas, 2011. www.project-syndicate.org

Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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miércoles, enero 19, 2011

Las raíces burguesas de la Revolución de Túnez

Tunez está en peligro

por Michel Rocard 
Túnez, uno de los 22 miembros de la Liga Árabe, está sumido en una crisis severa y profunda, si bien posiblemente tenga una resolución favorable. Es el país más pequeño del norte de África, pues su superficie es de 163.000 kilómetros cuadrados –más o menos el doble de la de Bélgica, Países Bajos y Luxemburgo– y tiene una población de 10,5 millones de habitantes.

Además, tiene mucho encanto y moderación en cuanto al clima, la historia y la cultura. En tiempos fue el pilar del dinamismo cultural y la influencia de la República y del Imperio romanos. Fue la primera región africana cristianizada, la tierra de San Agustín y la fuente principal del evangelismo católico en África. Originalmente, era sobre todo bereber y fue conquistada por los árabes e islamizada y durante siglos fue una colonia de la Sublime Puerta y, por tanto, turca.

Pasó a ser un protectorado francés, no una colonia –como en el caso de la vecina Argelia– en el siglo XIX. Esa diferencia explica la preservación, relativamente mayor, de las estructuras sociales y las tradiciones locales de Túnez.

Tras lograr la independencia en 1956, Túnez adoptó una constitución republicana de estilo francés, que estableció un sistema de gobierno presidencial. El primer presidente, Habib Burguiba, fue el dirigente del movimiento de liberación, que se alzó con la victoria mucho más rápidamente –y de forma mucho menos violenta– que su homólogo de Argelia. Burguiba, dirigente muy occidentalizado, mantuvo el carácter secular del Estado que heredó de Francia, así como muchos de sus vínculos económicos con Occidente (en particular, con Francia, naturalmente), de forma mucho más decidida que Argelia, después de conseguir la independencia.

Algunos escasos intentos por parte de grupos marxistas de tomar el poder a los largo de los años fracasaron. A diferencia de otros países africanos o de Oriente Medio, Túnez siguió siendo en gran medida un país de libre empresa, que permitió cierto desarrollo industrial. En los últimos años, ha llegado a ser el principal exportador de productos industriales de África, al obtener mejores resultados incluso que Sudáfrica y Egipto.

En 1987, la salud del anciano Burguiba se deterioró demasiado para que pudiera continuar en su cargo. Su ministro de Interior, Zine el Abidine Ben Ali, una vez que fue nombrado Primer Ministro, no tardó en lograr que se declarara a Burguiba incapacitado y lo desalojó de la presidencia.

El nuevo dirigente ya se había hecho notar por haber reprimido el movimiento islámico, política que intensificó después de pasar a ser Presidente. Los ciudadanos tunecinos no musulmanes y seculares –y una gran parte de la opinión mundial, Francia en particular– se lo agradecieron. Excusaron la brutalidad que entrañaba la política de Ben Ali, al respaldar los resultados sin observar ni discutir los medios con los que se lograban.

Pero dichos medios acabaron conduciendo a la supresión casi total de toda libertad de expresión en Túnez: prensa censurada, encarcelamiento de periodistas, procesamientos políticos y detenciones arbitrarias en todos los círculos de la sociedad y no sólo en los que tenían vínculos con el movimiento islámico. El objetivo era el de suprimir todas las formas de oposición democrática.

Al final, el régimen de Ben Ali se convirtió en una simple dictadura. Su familia y él crearon imperios en la economía local, acaparando casi todos los sectores y creando una fortuna para sí mismos.

Pero se mantuvo la política de industrialización. Surgió una clase media auténtica, comparable con la de Egipto y a diferencia de cualquier otro país árabe, con la posible excepción de Marruecos.

Y después, como ocurrió en todos los demás países, la crisis económica mundial que comenzó en 2008 limitó el crecimiento y alimentó las tensiones sociales. Como la prensa y el Parlamento estaban amordazados, la única forma de aliviar dichas tensiones era la de salir a la calle.

La policía disparó a la multitud en varias ocasiones, pero resultó ser demasiado débil para intimidar a los manifestantes. El momento decisivo se produjo cuando el ejército se abstuvo de reprimir las protestas. Una vez que quedó clara la negativa del ejército a apoyar a su régimen, Ben Ali huyó a Arabia Saudí, después de que Francia se negara a acogerlo en el exilio.

Durante un corto período, hubo la esperanza de un gobierno de unidad nacional, en el que los restos del gabinete de Ben Ali y la oposición se unirían para preparar unas elecciones presidenciales, pero un público furioso no quiso saber nada con eso. La única opción que quedaba era una coalición compuesta de las antiguas oposiciones, que, dada la ausencia de un marco institucional respetado, hará que el regreso a la estabilidad sea lento, difícil y peligroso.

Así, pues, Túnez está en peligro. El islamismo podría acabar alzándose con la victoria, pero también es posible que Túnez esté experimentando la primera revolución “burguesa” del mundo árabe. De ser así, el levantamiento de Túnez podría ser un acontecimiento que provocara un cambio en toda la región.


Michel Rocard es ex Primer Ministro de Francia y ex dirigente del Partido Socialista.
Copyright: Project Syndicate, 2011.
www.project-syndicate.org
Traducido del inglés por Carlos Manzano.
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lunes, enero 17, 2011

Las palabras sí importan

El cambio más notable desde la trágica masacre en Tucson (Arizona) del 8 de enero ha sido el modesto resurgimiento de un discurso político más cortés.



por Marcela Sánchez
Algunos han clamado por leyes más estrictas de control de armas, al menos en la venta de pistolas semiautomáticas. Otros se han enfocado en la necesidad de mejorar el sistema de salud mental. Y muchos más han deseado un respiro en medio de las maliciosas peroratas políticas que contaminan los medios electrónicos.


Hasta ahora, sin embargo, el cambio más notable desde la trágica masacre en Tucson (Arizona) del 8 de enero ha sido el modesto resurgimiento de un discurso político más cortés. La nueva sesión del Congreso, que debía comenzar con un debate extremadamente contencioso en torno a la propuesta republicana de revocar la reforma de salud del presidente Obama, empezó en cambio con llamados a la unidad y la reanudación del bipartidismo.

Probablemente, esa camaradería no dure mucho, pero es factible inferir que los políticos y sus redactores de discursos serán mucho más cuidadosos con las palabras que usan de lo que lo fueron antes del 8 de enero. Y ese no es un tributo insignificante a la memoria de los seis individuos que murieron y los 14 que resultaron heridos, incluida la representante de Arizona, Gabrielle Giffords.

Digo eso no porque crea que el lenguaje político agresivo necesariamente incita a la violencia.

Si lo hiciera, Venezuela habría hecho implosión durante los 11 años de mandato del presidente Hugo Chávez. Durante ese lapso, el país -donde casi la mitad de la población posee un arma- se ha convertido en uno de los países más polarizado políticamente en la historia reciente. Líderes antichavistas han pedido el asesinato del primer mandatario en los medios, mientras que el gobernante venezolano ha amenazado con usar tanques militares para contener a sus rivales. Apenas la semana pasada, Chávez recibió a los nuevos miembros de la oposición en la Asamblea General con la promesa de "triturarlos". A pesar de la acalorada retórica, Venezuela no ha visto tragedias como la de Arizona.

Tampoco creo que modificar el discurso político aminore la violencia.

Del otro lado de la frontera de Venezuela, en Colombia, la agresión política ha sido un rasgo permanente desde la independencia. Entre las décadas de 1940 y 1950, liberales y conservadores se mataron unos a otros por sus diferencias doctrinarias. Para poner fin al caos, líderes moderados de ambos bandos prometieron bajar el tono de la retórica, elevarse por encima de las divisiones partidistas y acordaron compartir el poder e intercalar su turno en la presidencia por casi dos décadas. Si bien el sectarismo se superó y ningún cura católico desde entonces ha dicho a sus feligreses que matar liberales no es pecado, este tipo de violencia persiste.

No obstante, al cambiar el discurso y cultivar un tono más cortés se crean las bases para elevarse por encima de la maldad detrás de una tragedia como la de Arizona y enfrentar las consiguientes decisiones. Como afirmó Obama durante el homenaje a las víctimas el 12 de enero: "Sólo un discurso público más cortés y honesto podrá ayudarnos a enfrentar nuestros retos como nación en una forma que enorgullecería" a las víctimas.

Algunos han argüido que es difícil extraer algún tipo de lección de un acto de violencia aislado - si bien despreciable, y que sugerir lo contrario es simplemente politizar la situación y profundizar más la polarización del país.

De hecho, algún día tal vez se demuestre que el presunto asesino, Jared Loughner, era inmune al clima político del día, de alguna forma sordo ante el mundo que lo rodea; y que Giffords, en realidad, no fue más que una persona en el momento y lugar equivocado.

Pero como advirtió en una entrevista Francisco Leal, sociólogo y profesor honorario de las universidades Nacional y Los Andes en Colombia, una manera como las sociedades ignoran retos graves es explicar masacres como la de Arizona en términos de "manzanas podridas". Para Leal, hoy en día una acumulación de factores en Estados Unidos - racismo, recesión económica, obstruccionismo político, indulgentes leyes de control de armas - están creando un "caldo de cultivo" para más actos de violencia.

Tras lo que pasó en Tucson, algunos han lamentado que el poder de las palabras fuera una gran influencia para una mente trastornada. Pero eso es como lamentar que el sol brille.

La palabra es poderosa por naturaleza. Para quienes escogimos ganarnos la vida escribiendo, es precisamente esa capacidad de hacer bien lo que nos atrae. Alguna vez el premio Nobel de LiteraturaGabriel García Márquez, confesó que eligió su oficio porque conduce "a lo único que me ha interesado desde niño: que mis amigos me quieran más".

Imagínense que maravilla sería que los políticos estadounidenses escogieran sus palabras ahora con un objetivo similar: ganarse el respeto de sus amigos - y también de sus rivales. Como lo sugirió Obama en su discurso en Tucson, si bien las palabras pueden herir, también puede ser utilizadas para sanar.

Marcela Sánchez ejerce el periodismo en Washington desde comienzos de los noventa. Esta es su columna semanal

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viernes, enero 07, 2011

La muerte de un liberal

The Economist online | ISLAMABAD

Salman Taseer.Foto Reuter
¿DONDE está el Pakistán tolerante? Su luz tenue pudo haber sido apagada por el asesinato de un importante político progresista y crítico del extremismo: Salman Taseer.

El señor Taseer, que había estado liderando una lucha solitaria para derogar la  ley sobre la blasfemia perniciosa  de  Pakistán, fue asesinado a tiros en pleno día en el centro de Islamabad el martes 4 de enero,  por uno de sus propios guardias de seguridad. El asesino dijo, más tarde, que actuó a causa de la campaña del Sr. Taseer contra la ley sobre la blasfemia. El gobernador,  de 66 años de edad, de Punjab, la provincia más poblada de Pakistán, había asumido el caso de una pobre  mujer cristiana, Asia Bibi, quien fue condenado a muerte por blasfemia a finales del año pasado.

La ley, introducida en la época colonial pero retomada maliciosamente  en la década de 1980 por el dictador fundamentalista general Zia-ul-Haq, se presta para abusos. Decenas de personas son condenadas cada año, algunas veces los rumores se utiliza a menudo como prueba y los acusadores inventan transgresiones verbales.
El asesino del Sr. Taseer, Mumtaz Qadri, puede haber actuado solo -una investigación para determinar lo que ocurrió comenzó-, pero su causa cuenta con el apoyo de Pakistán. Tras el asesinato, una amplia alianza del clero del país emitió una declaración perdonando al  asesino y celebrando su asesinato. "Ningún musulmán debe asistir al funeral o incluso tratar de orar por Salman Taseer o incluso expresar ningún tipo de remordimiento o pesar por el incidente", dijo Jamaate Ahle Sunna Pakistán, una organización que representa a la secta moderada Barelvi, la rama dominante del Islam en el país.

El asesinato, sin duda,   amedrentara  e intimidará a los dirigentes políticos de Pakistán, que se había asustado de  la postura de Sr. Taseer mucho antes de su asesinato. De hecho, el propio Sr. Taseer , de Partido Popular de Pakistán (PPP), que encabeza el gobierno, no había apoyado su llamado a la ley sobre la blasfemia  para ser abrogada.

El gobierno del PPP, que ya está  débil,  perdió  a un compañero  clave de la coalición el fin de semana, dejándolo como una administración de minorías. El partido está muy sacudido por el homicidio que recuerda el asesinato de la líder del PPP, Benazir Bhutto, en 2007. A pesar de su manifiesto, se compromete a buscar la reforma de la ley, pero el  partido está demasiado ocupado con su lucha por la supervivencia política para escoger un debate sobre la ley de blasfemia. Así como otros problemas acuciantes de Pakistán, incluyendo una economía en picada y una insurgencia islamista furiosa, también tendrán que esperar.

Traducción: Fuego Cotidiano
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Fundo Tacatinemo

Por Daniel R Scott

"Antes el mundo era el Cielo" (Cosmogonía de la etnia yekuana, del Alto Orinoco)

por manaure
Cuando se me propuso, la noche de mi cumpleaños, emprender un viaje o absurda peregrinación nostálgica al viejo fundo de papá, nuestro huerto del Edén familiar, el mismo que fue el deleite de nuestra niñez, mi reacción inicial fue responder con un enfático y rotundo "¡No!". Tras una prolongada ausencia de dos décadas, temía de veras lo que pudiese o no pudiese encontrar en esas tan queridas hectáreas. Le temo a ese "cuerpo etéreo con que están hecho los recuerdos", (Ramón Sampedro) porque los tales no son reales cuando salen de nosotros y se confrontan con la realidad. Los recuerdos, a decir verdad, no son reales en ningún lado. El último capítulo de la obra "Las Memorias de Mama Blanca" de nuestra querida escritora Teresa de la Parra me había dado una gran e inapelable lección al respecto. La familia vende la hacienda paterna y parte a Caracas para "civilizarse". Pasan dos años. Las niñas del relato, presas de la nostalgia, les dio por evocar sus días en la hacienda "Piedra Azul". Para ellas, ese período era "la edad de oro en el paraíso perdido". Querían visitar el lugar. Escribe la autora: "Seguras de que habíamos dejado allá un tesoro de felicidad, queríamos poseerlo de nuevo, aún cuando fuese por algunas horas". Pero la madre, más sabia, no quería saber nada del asunto. "Mamá no quería volver a su antigua hacienda. No tanto porque el viaje fuese largo, pesado y polvoriento, sino porque sabía por advertencia del corazón que es peligroso el enfrentarse a las cosas sobre las cuales, desde lejos, ponemos a reposar nuestros recuerdos". Pero tanto insistieron las niñas que finalmente la madre accedió. ¡Que alegría! Pero finalmente, ¡que horror! El viaje al pasado fue un verdadero fiasco. "En lugar de las sombras familiares, hallamos en todas partes una cosa dolorosísima: el nuevo dueño de Piedra Azul era un rico, gran amante del progreso, animado de una actividad insaciable para idear y realizar reformas. Vale decir que nuestro querido Piedra Azul, disfrazado de otra cosa, también lloraba, con los gritos desoladores de sus reformas, el habernos perdido a nosotras". Y por eso no quería ir. También estaba el temor que me inspiraba aquel sueño recurrente y perturbador que se me presentaba en las noches, cada seis meses, con la precisión mecánica de un reloj onírico: yo regresando viejo y cansado al fundo para encontrarlo todo revuelto, cambiado o desaparecido. ¿Advertencia del subconsciente, producto de leer a Teresa de la Parra? No lo sé; pero finalmente eché a un lado mis temores, me armé de perverso valor y me incorporé al viaje ritual rumbo a la meca de nuestros más caros y preciados recuerdos. Así somos los seres humanos de imprudentes y arriesgados.

Salimos al amanecer del sábado 30 de agosto. Lucía en en los cielos un sol radiante y hermosísimo, adecuado para viajar y contemplar paisajes. De san Juan de los Morros llegamos a Ortiz, de Ortiz pasamos a El Sombrero, y saliendo de el Sombrero seguimos por las Lajitas y los Laureles para, finalmente, doblar a la izquierda y rodar una hora por caminos rojizos, en parte polvorientos y en parte empantanados. ¡Cuantas veces, ida y vuelta, recorrimos estos parajes de arbusto y maleza en el Opel y el Jeep de mamá y papá! Nuestro recorrido estuvo señalado de paradas simbólicas en puntos emblemáticos del camino para recordar, suspirar y tomar fotografías: el montículo aquel donde se dibuja el suave azul del horizonte llanero, el puente de metal oxidado que se alza sobre el caño, el gran roble siempre cargado de extraños nidos, el potrero donde solíamos cazar conejos y venados al caer la tarde. Todo tramo tenía historias o su personalidad particular.

A medida que nos acercábamos a la casa del fundo se me aceleraban los latidos del corazón y relampagueaban en mi mente las terribles advertencias de los oráculos de Teresa de la Parra: "Debemos alojar los recuerdos en nosotros mismos sin volver nunca a posarlos imprudentemente sobre las cosas y los seres que van variando con el rodar de la vida. Los recuerdos no cambian y cambiar es la ley de todo lo existente". Yo me inquietaba. "Oh Teresa déjame en paz!" pensaba. "¡Quédate dentro de tus libros y del Panteón Nacional" Cuando al fin llegamos, me bajé del rustico, caminé unos cuantos pasos y me situé frente a la casa. Abrí bien los ojos y por Dios que no les miento si les digo que... ¡Estaba intacta! Solo los muros exteriores que resguardaban los corredores sufrieron daño, pero alguna mano experta supo restaurarlas. El resto no había variado ni sufrido cambios o alteraciones. Por esta vez o por ahora, Teresa de la Parra se había equivocado: ni la mano del hombre ni las garras del tiempo la habían tocado o desgarrado. Permanecía tal cual papá la diseño y construyó en ¿1971? Parecía una joya de cal que me sonreía bajo el sol, como dándome la bienvenida. Eso sí: la casa anterior a esta, la de barro y techo de hojas de palmas, la que se construyó unos metros más adelante, a la que llamábamos cariñosamente "la Casa Vieja", la misma que nos alojó la primera vez que llegamos aquí, desapareció sin dejar rastro, tragada y vuelta a tragar por la maleza, los arbustos y el olvido. Por mucho que me orienté y busqué, no la pude hallar. La naturaleza había reclamado sus espacios con violencia y triunfado, elevando al cielo un victorioso grito de ramas y hojas verdes. Después de enredarme el pie en unos bejucos y caer de bruces sobre la hierba, me puse disimuladamente en pie, me limpié la ropa y, después de verificar que nadie me había visto, desistí de mi búsqueda.
Las acacias y cotopriz que mamá sembró uno detrás del otro como disciplinados soldados en formación nos ofrecieron las sombras que protege de las inclemencias del sol llanero. Aquí se siente la mano y obra de mi madre, siempre amante de los árboles y los jardines. Cuando entré a la casa y elevé la mirada, noté que los troncos y la madera que sostenían la techumbre de cinc se hallaban como nuevos. "Veo que han restaurado parte del techo" se me ocurrió comentar, a lo que mi anfitrión respondió: "No señor, de allí no han quitado nada. Este es el mismito techo que le puso su papá". Tal fue la cara de sorpresa que puse que volvió a decir: "Es que los viejos de antes sabían en qué época del año cortar la madera para que dure, que es cuando la luna está en menguante. En cambio ahora ya no la cortan así y se pudre rápido".

Me dejaron a solas. Los demás toman cerveza afuera. La casa y yo dialogamos dulcemente, comunicándonos mutuamente imágenes de un pasado grato y afín. El grueso y compacto sedimento de los recuerdos que dormían se agitó en mil partículas de oro dentro de mi corazón, señalándome mil caras y episodios que giran vertiginosamente y que no me siento capaz de describir. Son cosas indecibles que la pluma se muestra incapaz de abordar con el debido talento. Se trata de mi abuela Carlota Power caminando todas las tardes en dirección al caño para ver sus corrientes y solazarse en los recuerdos de a finales del siglo XIX, la vaca "palmasola" que cada amanecer daba la leche que tomábamos en esta misma casa, el canto madrugador mojado de rocíos del que ordeña a las vacas en el corral de troncos de palma, el finado "Fucho" fraguando el queso en la quesera de bambú, el bagre y la guabina que mordían nuestros anzuelos, la tarde que me perdí por horas con mi hermano menor, las zambullidas que nos dábamos en la laguna cercana y mil cosas más que es demasiado largo e interminable para consignar aquí.

Se podría escribir un libro, hablando de cosas tales como las visitas más absurdas y estrafalarias que recibimos en esas soledades, como la de aquellos tipos con cara de gansters que cazaban con ametralladoras, o la de aquella familia de Argentina descendientes de alemanes que abandonaron su país concluida la Segunda guerra Mundial. Eso fue la semana santa de 1976 y según palabras de ellos mismos, el padre había sido oficial de la SS. Era gente rara que guardaban armamento muy sofisticado dentro de finos estuches de madera y terciopelo e intentaban atrapar las guabinas con cañas de pescar. Uno de ellos, rojo como un tomate, cabello blanco como la nieve y ojos de un azul intenso, siempre llevaba consigo un equipo estéreo donde lo único que sonaba eran cassettes con la música militar que hacía marchar al ejército nazi en sus ansias de conquista. El otro, sería apenas un niño cuando Alemania firmó la rendición incondicional, y la nieta, una presumida arrogante de modos racistas y quizá antisemitas.

¿Y qué decir de los lugareños, los amables campesinos, gente buena y simple, los verdaderos protagonista de toda historia que tenga estos escenarios? Medardo trabajando con las fuerzas y la nobleza de un buey, la vieja y chiflada María Socorro que casi nos mató con aquellos frijoles que lavó con kerosene antes de prepararlos en el fogón, aquel sordomudo al que no le entendíamos las señas y que caminaba más que un perdido, el "tuerto Quintana" que era uno de los que ordeñaba, el bueno de "pescuezo torcido" que intentó enseñarme a nadar en las lagunas que reflejaban el infinito cielo azul y otros tantos que ya murieron pero, como dijo alguien, los tengo vivos y sonrientes en mi corazón.

El 24 de diciembre de 1975 celebramos la navidad aquí, en esta misma sala. Fue la época utópica en la cual creíamos ciegamente que llegaríamos a ser grandes hacendados o terratenientes. ¡Vaya pretensión! Al final regresamos a San Juan de los Morros con las tablas en la cabeza, unas cincuenta gallinas ponedoras que no ponían huevos y una lora que silbaba alegre estrofas mutiladas del Himno Nacional. Pero esa vispera de navidad hubo abundancia de musica, hallacas, ponche crema y vinos, y al día siguiente un amanecer colmado con los regalos del niño Jesús. Pese a que yo conocía todos los secretos acerca de la persona y obra del Niño Dios, no por eso ( ¡Oh alma incrédula no te lo merecías! ) dejé de recibir mi regalo. El corazón materno supo encarnar a un dadivoso Hijo de Dios cada 25 de diciembre y a los "tres reyes magos" durante toda la vida.

En plena zona central de estos llanos, a pesar de estar a muchos kilómetros y horas de cualquier centro urbano, estábamos muy cerca de la civilización. Un escandaloso motor de camión nos suministraba energía eléctrica y una enhiesta antena atrapaba en sus bigotes de metal las señales que nuestro primitivo televisor en blanco y negro traducía en imágenes. Esto nos mantuvo al tanto de lo que sucedía en el mundo en los días que viajábamos al fundo, que eran por lo general los meses de julio/septiembre de la década de los setenta. Papá apagaba la planta diez minutos después de acostarnos pero nunca antes del noticiero. "Murió el cantante norteamericano Elvis Presley" anunció RCTV en agosto de 1977, y un año más tarde, en agosto de 1978, la misma RCTV volvió a anunciar: "Murió el Papa Pablo VI." Además teníamos un tocadisco mas parecido a un sarcófago de caoba donde colocábamos a girar "Hey Jude" o "Abbey Road" de los Beatles...
A partir de 1979 el fundo comenzó a decaer por falta de ingresos y de obreros. No se ordeñó más, ni se siguió haciendo el queso, y los cuatreros acabaron con las pocas vacas que quedaban. Ya a partir de 1983 papá lo mantuvo mas por distracción que por cualquier otra cosa hasta que decidió venderlo, en 1992. A sus ochenta años ya no podía seguir atendiéndolo ni seguir viajando ida y vuelta por una vía tan peligrosa para cualquier anciano de su condición.

Este viaje valió la pena: hubo una dulce concordancia entre el recuerdo y las cosas materiales que pueblan el presente. Complace saber que algunas cosas logran escapar de los estragos del tiempo. Sí, algún día se perderá la batalla final y todo esto tomará el mismo camino de la "Casa Vieja", pero ahora no deseo perder el tiempo con tales pensamientos.

Antes de marcharnos nos detuvimos en "Las Araguatas", un fundo vecino, para darnos un baño en las aguas de una laguna. Mis sobrinos, que vienen por primera vez, estam felices nadando y gritando. Yo me pavoneo hablándoles de estos sitios, exhibiendo con orgullo mi pasado, como un general retirado que narra una batalla bien librada y ganada con honor. Sobre nosotros el cielo es un cuadro inmenso penetrado de luz donde flota en perspectiva de lienzos un manto de nubes que va disminuyendo de tamaño en la medida que se extiende hacia el horizonte. Tal cuadro o inmensidad de llano y cielo te llena el ojo de asombro y te hace el alma un poco más grande. Claro: confinado uno entre paredes, tráfico y edificios, el corazón, hecho por Dios para todo lo grande, se sobresalta cuando lo echan dentro de la majestuosidad.

Nos fuimos por donde mismo venimos, pero la nostalgia y la felicidad se acurrucaron dentro de una choza de bahareque.

16 de Septiembre de 2008
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