viernes, marzo 22, 2013

Danzas y bailes en el Guárico colonial

La celebración del Corpus Christi, la cual integraba la tarasca y los diablos danzantes, dejó de ser modelo de moralidad, convirtiéndose en una expresión popular distinta a la estrictamente religiosa.


Felipe Hernández G.

UNESR/Cronista de Valle de la Pascua

felipehernandez457@yahoo.com

 

A partir de la llegada de los europeos a tierra firme, y de la mano de obra esclavizada procedente de África, se establecieron nuevas formas de danza que se convertirían en las expresiones artísticas en la Provincia de Venezuela.

           

A partir del año 1595 se comenzaron a conmemorar festejos religiosos en las calles de Caracas y de otras ciudades y pueblos. Estas fiestas se realizaban en los días de Santiago Apóstol (patrono de la ciudad), el Santísimo Sacramento, San Sebastián y el Corpus Christi, entre otros. En todo caso, la que tuvo especial relevancia fue la del Corpus Christi, pues tenía una gran tradición en España desde principios de la Edad Media.

 

El Corpus Christi se remonta al 8 de septiembre de 1264, cuando a través de la bula “Transiturus” el Papa Urbano IV efectuó la aprobación universal, y mediante una alegoría artística, intenta demostrar al pueblo la superación del mal y los pecados a través de la Cruz de Cristo. En esa época la diversión se llevaba a cabo mediante manifestaciones teatrales, musicales y dancísticas que se oficiaban con una tarasca que representaba una figura de dragón gigante acompañado de diablos danzantes, cabezudos y enanos.

 

El 8 de mayo de 1595, es consignado en las actas del Cabildo de Caracas como el día en que se incluyen por primera vez bailes al Corpus Christi: “Mandase al maiordomo de esta ciudad tenga cuenta que se haga algún regocijo de alguna danza y comedia para el este año el día de corpus christi y gaste lo que fuere necesario”. Para este cometido, el Ayuntamiento designó a Melchor Machado, quien sería el primer maestro de danza en la Venezuela colonial. Para el año 1619, las danzas eran organizadas según las diferencias raciales de la población y con un claro carácter callejero. Así se verá en la participación de negros, esclavos, indígenas y mulatos.

            

La danza es prohibida pero no abolida: En 1697 se produjo la primera censura emitida por el obispo Diego de Baños y Sotomayor. En este caso, se intentó impedir los bailes de mulatas, negras e indias, porque los días de ensayo y los vestuarios que utilizaban eran grandes ofensas a Dios. Y esto se extendía a todas las mujeres que participaban en las danzas del día de Corpus Christi en toda la provincia de Caracas.

           

Así mismo, desde el Arzobispado de Caracas se promulgó un edicto prohibiendo “los bailes vulgarmente llamados fandango, zambique y danza de moros”. Así, el 20 de mayo de 1761, el obispo Diego Antonio Diez Madroñero (1757-1769), que se distinguió por su rigurosidad en la aplicación de cánones morales y religiosos, elementos importantes en la sociedad colonial de la época, expuso la resolución que suprimía las danzas. Esto último fue suscrito por los cabildantes, quienes se quejaban de los desórdenes, faltas a la moral y robos, entre otros agravios. Sin embargo, es probable que la costumbre de estos bailes que se llevaban a cabo por casi un siglo en Caracas haya permanecido en otras regiones de la Provincia, hasta bien entrado el siglo XVIII, y la desaprobación eclesiástica pudo haber influenciado en su desarrollo hacia otras expresiones dancísticas y musicales.

           

La celebración del Corpus Christi, la cual integraba la tarasca y los diablos danzantes, dejó de ser modelo de moralidad, convirtiéndose en una expresión popular distinta a la estrictamente religiosa. Por ello, su presencia fue desapareciendo de las festividades eclesiásticas de las calles de Caracas, para transformarse en una diversión carnavalesca. Esta manifestación hispánica esencialmente religiosa, se amalgamó con las costumbres y tradiciones que trajeron en sus mentes los esclavos africanos, lo que determinó un proceso de sincretismo donde se mezclan la fe cristiana con elementos rituales, musicales y dancísticos africanos.

 

Aunque no se conocen documentos que señalen que estas festividades se manifestaron en otros pueblos del interior a la usanza caraqueña, en distintas regiones del país estas manifestaciones dancísticas se han mantenido. En el Guárico, su representación ha perdurado hasta el presente, especialmente en la población de San Rafael de Orituco, y es parte fundamental del acervo folclórico y cultural de los valles orituquenses. 

 

La primera noticia de los diablos de San Rafael, la aporta el obispo Mariano Martí (1969), en su visita pastoral del 23 de Marzo de 1783, cuando anota en su libro de Documentos… […] “…se celebra el corpus…”. Otra referencia histórica sobre la presencia de los Diablos en San Rafael de Orituco, la ofrece don Adolfo Machado (2009) en su obra, donde informa que “el día del Corpus de 1820, el Comandante realista Bartolomé Martínez, en unión de algunos oficiales tropezó con más de una comparsa de diablitos. Parece ser que las tropas patriotas aprovecharon esta circunstancia para disfrazarse de diablos y de esa manera tomar la población por asalto”.

 

Existen referencias que en el Guárico esta festividad también se celebraba en los pueblos de El Sombrero, Tucupido y San Juan Bautista de Espino, desconociéndose cuando se dejó de celebrar y porqué.

 

En consonancia con el devenir histórico, el 6 de diciembre de 2012, la Organización de la Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y la Cultura (UNESCO), aprobó en Paris-Francia, el ingreso de esta manifestación venezolana, compartida por 11 cofradías en el país, las cuales rinden culto al Santísimo Sacramento, nueve jueves después del Jueves Santo, como forma de recrear el triunfo ancestral del bien sobre el mal. Son ellas, las hermandades de Diablos Danzantes que celebran el Corpus Christi en: San Francisco de Yare, estado Miranda. Turiamo, Cata, Ocumare de la Costa, Cuyagua y Chuao, en el estado Aragua. San Millán y Patanemo, en el estado Carabobo. Naiguatá, en el estado Vargas. San Rafael de Orituco, en el estado Guárico; y en Tinaquillo, estado Cojedes. Los Diablos danzantes son la primera manifestación venezolana considerada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

           

Otro si: El Joropo Escobillado: El gobernador Luis Francisco de Castellanos se preocupó mucho en 1749 cuando llegó a su “superior conocimiento (…) que en algunas villas y lugares de esta Capitanía General de Venezuela” se acostumbraba “un baile que denominan Xoropo escobillado, que por sus extremosos movimientos, desplantes, taconeos y otras suciedades que lo informan”, había sido mal visto“por algunas personas de sesos (…)”.

 

REFERENCIAS

ALCALÁ, Ricardo. (2011): Una cita con la historia. Cuando Guárico conoció el terrorValle de la Pascua: El Reportero. Edición 48. Año 4. Diciembre 2011. p. 05.

ÁLVAREZ D’ARMAS, Arturo. (2012): Los Diablos en el Estado Guárico. Publicado en: Amigos Protectores de las Letras – Uruguay. http://letras uruguay.espaciolatino.com/aaa/alvarez_d_armas_arturo/los_diablos_en_el_estado_guarico.htm

ARETZ, Isabel. (1947): “La fiesta de los diablos”. En: Revista Venezolana de Folklore. Caracas: Tomo I, N° 2, julio-diciembre de 1947. pp. 91-110.

CALZABARA, Alberto. (1987): Historia de la música en Venezuela. Período hispánico con referencias al teatro y la danza. Caracas: Editorial Ex - libris.

CALZADILLA, Pedro Enrique y Elías Pino Iturrieta. (2002): La mirada del otro. Viajeros extranjeros en la Venezuela del siglo XIX. Caracas: Fundación Bigott.

DE BENEDITTIS, Vince. (2002): Presencia de la música en los relatos de viajeros del siglo XIX. Volumen II. Caracas: Universidad Central de Venezuela.

DUARTE, Carlos. (2001): La vida cotidiana en Venezuela durante el Período Prehispánico. Tomo 1. Caracas: Fundación Cisneros.

HERNÁNDEZ, Osman y Willmar Rodríguez. (2011): “La navidad vista por viajeros”. Publicado en:Memorias de VenezuelaNº 23. Caracas: Ministerio de la Cultura / Centro Nacional de Historia. Diciembre 2011. pp. 48-50.

MACHADO, Adolfo A. (2009): Apuntaciones para la historia (obra escrita entre 1875 y 1899). Introducción de Don J.A. De Armas Chitty. Altagracia de Orituco: Publicaciones de la Alcaldía del Municipio José Tadeo Monagas. Caracas: Tipografía de Miguel Ángel García e hijo.

MARTÍ, Mariano. (1969): Documentos relativos a su visita pastoral de la Diócesis de Caracas 1771-1784II Libro Personal. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. (Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 9.

SACHS, Carlos. (1987): De los llanos. Caracas: Conicit.

SANCHS, Curt. (1943): Historia Universal de la danza. Buenos Aires: Ediciones Centurión.

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jueves, febrero 21, 2013

Petróleo y mitología

El escritor venezolano Ibsen Martínez


Por Ibsen Martínez
1- Con casi cien años de actividad aceitera a cuestas, no hemos producido ningún libro de historia económica comprehensivo y útil que sea comparable a, digamos, El café en Colombia, de don Marco Palacios.
Las visiones prevalecientes en nuestra literatura sobre el tema, ya sea en obras de ficción o en las pretendidamente fácticas, acerca de cómo nos hicimos una nación petrolera -y más aún cómo nos convertimos en esa monstruosidad llamada “petroestado”- han sido poco felices, por decir lo menos.
Roland Barthes, el desaparecido pensador estructuralista francés, afirma en un ensayo dedicado a las “narrativas históricas” -o “relatos”, como los llaman los posmodernos de lengua romance- que el tropo primordial al que con más frecuencia recurren los historiadores imposta una “voz objetiva” que , según él, “a menudo solo resulta ser una forma particular del género ficción”.

No sé si Barthes tuvo en esto razón -sospecho que sí, aunque solo sea porque soy un escritor de ficciones-, pero de algo sí estoy seguro, luego de años enfrascado en el tema: es poco lo que hay digno de llamarse “objetivo” en buena parte de lo que entre nosotros pasa por “historia petrolera”.

La mayoría de nuestros “relatos” -como llaman los posmodernos a casi cualquier cosa que pueda leerse- muestran un descaminador sesgo anti-norteamericano y, machaconamente, recurren a fórmulas que hablan de “imperialismo” y de “enclaves neo-coloniales”. En el proceso, yerran a menudo el tiro y muestran su ignorancia, sobre todo al confundir los designios de las corporaciones petroleras con los del Departamento de Estado o el Pentágono.

Todo esto puede resultar sumamente engañoso gracias a las paparruchas “posmarxistas” que se han fundido en la corriente primordial que riega casi todos los cultos sincréticos del mundo académico, notablemente el estadounidense. Así, toda laya de “relatos” dan hoy forma a muchas inconmovibles nociones acerca de nuestra historia como país petrolero. Ejemplo protuberante es el relato de cómo surgió la Opep.

La versión oficial -la que se nos enseña en la escuela elemental, el bachillerato y la universidad- sostiene que el doctor Juan Pablo Pérez Alfonso, un distinguido abogado venezolano, fue el “padre” de la Opep.

Pérez Alfonzo, notable profesor de la Universidad Central de Venezuela, no era geólogo ni ingeniero de yacimientos. Sin embargo, en el curso de los años 40 y 50 llegó a convertirse en el indiscutible vocero de los intereses nacionalistas venezolanos y de las políticas públicas que, bien o mal, habrían de atenderlos.

“Era un hombre ascético y parsimonioso”, nos dice de él Stephen G. Rabe en un penetrante retrato moral del doctor Pérez Alfonso, que detestaba el despilfarro en cualquiera de sus formas, incluyendo, desde luego, el de los recursos naturales de Venezuela. Constantemente predicó a sus compatriotas un evangelio de frugalidad. Según propia admisión, era un calvinista en una tierra de Jauja despilfarradora. Como muchos otros adecos, padeció 10 años de duro exilio durante el cual vivió por un tiempo en Washington, luego del derrocamiento de Rómulo Gallegos en 1948.
“Toda una década de reflexión afiló la visión de Pérez Alfonso acerca del papel que su nación y el petróleo deberían jugar en la economía mundial. En una era de sobreoferta y precios declinantes insistió en que el petróleo, el bien primario por excelencia de la civilización moderna, tenía un valor ‘intrínseco’ muy por encima de su valor de mercado y que por ello debía dosificarse y preservarse en bien de las generaciones futuras. Sus observaciones de la vida estadounidense, hechas durante su exilio, lo persuadieron de que las naciones industriales estaban desperdiciando imprudentemente un recurso invaluable”. (Stephen G. Rabe, The Road to Opec, United States Relations with Venezuela, 1919-1976, University of Texas Press, Austin, 1982. Pág. 159.)

En 1959, luego del derrocamiento del general Marcos Pérez Jiménez, Pérez Alfonso se convirtió, a pedido de su amigo don Rómulo Betancourt, en nuestro ministro de Minas e Hidrocarburos. Aspiraba por entonces a controlar los precios mundiales del crudo instaurando un cartel de países productores que enfrentara al cartel de las corporaciones petroleras multinacionales.

A principios de 1960, Pérez Alfonso y Abdula Tariki, el ministro de petróleos de Arabia Saudita, se reunieron en El Cairo donde nuestro ministro confió a su homólogo sus pareceres. En agosto de aquel mismo año -hace ya 50 años- fue fundada la Opep en Bagdad. Fin de la versión oficial.
2- Ciertamente, se trata de una edificante historia acerca de un tenaz ciudadano del Tercer Mundo enfrentado a los grandes y voraces clientes de los países productores de crudo. Y por cierto que, en lo esencial, no es falsa.
Pero el modo en que desde siempre ha circulado entre nosotros, tanto en reseñas periodísticas como en textos de estudio, minimiza -cuando no oculta por completo- el hecho de que, durante su exilio en los Estados Unidos, Pérez Alfonso estudió intensamente y con mucho provecho, según se vio años después, las estrategias reguladoras desarrolladas por la División de Gasolina y Crudo de la Comisión de Ferrocarriles de Texas (TRC, por Texas Railways Comission) durante los años veinte del siglo pasado. Más aún, llegó a sentir una gran admiración por el señor Clarence G. Gilmore, a su vez un distinguido abogado, por largo tiempo comisionado jefe de la TRC.
“En el contexto de las tensas relaciones entre el gobierno estatal y los hombres de empresas, en el estado de Texas prosperó en los años veinte un sentimiento de conservación del preciado recurso natural”, afirma William R. Childs, un autorizado estudioso de la historia de las políticas reguladoras en los Estados Unidos. (William R. Childs, “Origins of the Texas Railroad Commission’s power to control production of petroleum: regulatory strategies in the 1920″, Journal of Policy History, Vol. 2, No. 4, 1990).

Según Childs, la TRC es una verdadera rara avis entre las contadas entidades reguladoras estadounidenses de todos los tiempos. Lo fue en la medida misma en que cooperó con la incipiente industria petrolera texana en su lucha contra los monopolios refinadores y ferrocarrileros del este, impuestos por John D. Rockefeller (Standard Oil ) y William Brickell (East Coast Railway) a los pequeños y medianos productores independientes del estado.

El señor Gilmore, al frente de la TRC, logró reconciliar las estrechas doctrinas legales que en su país favorecían a los más grandotes y abusones con la idiosincrásica naturaleza de la naciente industria petrolera en su estado natal. Creía que con una administración paritaria del recurso natural -entre productores y la agencia gubernamental que dirigía- era posible racionalizar costos y ganancias y conservar las reservas del crudo.

El mayor logro de la TRC fue establecer, concertadamente entre los productores tejanos, un sistema de cuotas de producción que estabilizara los precios por la vía del volumen de oferta. Ni más ni menos que lo que, cuarenta años más tarde, Pérez Alfonso, con el asesoramiento de dos antiguos funcionarios de la TRC, desarrolló como la propuesta aceptada sin reservas por los países del Golfo Pérsico.

La conservación de los recursos naturales y un sistema regulador de la producción son la nuez del pensamiento de Pérez Alfonso en cuanto a cómo Venezuela ha debido salir del subdesarrollo. Que no lo haya hecho no es culpa de este, quien murió desconsolado en 1979. Hay algo sin duda aleccionador en el modo en que un irreductible luchador nacionalista como lo fue Pérez Alfonso inspiró su acción política futura en el legado de la agitación antimonopolios, que en los estados del Sur, allá por los lejanos días de 1890, dio lugar a la creación de la Texas Railways Comission.
Así, la Opep bien puede ser vista como una impensada consecuencia del movimiento regulatorio del gran capital que cundió en los Estados Unidos a comienzos del siglo pasado. Las tendencias del negocio petrolero mundial que lucían fatalmente favorecedoras de las Siete Hermanas fueron enfrentadas por un honesto abogado latinoamericano que no tuvo empacho en estudiar con ahínco un momento muy especial de la historia del capitalismo en el país rival de los intereses del suyo propio. Y dio a luz un organismo internacional que, valga lo que valieren sus dirigentes de hoy, desde hace medio siglo es un factor insoslayable del juego petrolero global.

Publicado originalmente en el diario El Mundo Economía y Negocios
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domingo, febrero 17, 2013

El tiempo del historiador



Germán Carrera Damas
SIMÓN ALBERTO CONSALVI

A fines de febrero será presentada por Los Libros de El Nacional la obra En defensa de la República del historiador Germán Carrera Damas.
A solicitud del editor escribí una breve introducción. Quiero compartir ese texto y una breve posdata, porque se trata de un libro que demanda la atención y la reflexión de los venezolanos. La posdata se explica porque, como es obvio, el historiador envió sus materiales al editor antes del 7 de octubre. Los hechos que se han sucedido desde entonces confirman las aprensiones del intelectual que, al dolerse por el destino de su país, veía venir con claridad la demolición de la República. La introducción dice así:

“En enero de 2005, el historiador Germán Carrera Damas dirigió a todos los venezolanos, pero de manera especial a sus colegas de oficio, el primero de lo que con el tiempo se consagrarían como sus ‘mensajes históricos’. Aquel primer mensaje fue un campanazo y una advertencia, y decía: ‘Lo que inicialmente parecía ser disparate historicista se ha revelado como parte de una estrategia ideológica dirigida a despojarnos del orgullo derivado de haber creado, como pueblo, la porción más sentida y significativa de nuestro pasado inmediato, el régimen sociopolítico democrático, nuestra obra fundamental del siglo XX.

“A partir de entonces, como un cronista antiguo que observaba y anotaba y llevaba la memoria de los días y de sus avatares, el historiador fue registrando los episodios que iban confirmando sus tempranas aprensiones: los asedios sistemáticos a la historia, sus negaciones y deformaciones y, sobre todo, los propósitos de destrucción de lo que con gran propiedad llamó ‘nuestra obra fundamental del siglo XX’, o sea, la democracia pluralista que garantizaba alternabilidad, equilibrio de poderes, rendición de cuentas, derechos humanos, etcétera. Paralelamente, el historiador volvía la mirada a todo lo que se quería o pretendía destruir como ocurrió, por ejemplo, con su tercer mensaje, ‘Recordar la democracia’. Pedagógicamente confrontaba el régimen democrático con el desorden anárquico y personalista que se presentaba como alternativa.

“Los ‘mensajes históricos’ se multiplicaron con los días, al tiempo que los sucesos políticos (o las tácticas) variaban de curso y tomaban otros atajos. En uno de ellos se refirió a ‘La larga marcha de la sociedad venezolana hacia la democracia’. En otro, a ‘Lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos’. En el 19° abordó el tema de ‘El vano intento de enterrar el Proyecto Nacional Venezolano’. El 20°, ‘Demoler la República’. El 59° (22 de diciembre de 2011) se tituló de esta manera: ‘Derrotado por la democracia, el militarismo arremete contra la República’. El avance de la llamada ‘revolución bolivariana’ había optado por fórmulas más radicales, ante la resistencia que le oponía o le opuso la sociedad civil.

“Ahora se trataba de demoler la República, erosionar sus bases y destruirla. En este mensaje, el historiador confiesa: ‘Hace algún tiempo que vengo dando, por esta vía, la voz de alerta ante lo que he denominado la demolición de la República, concebida como la manera de abolir el ejercicio de la Soberanía Popular como fuente necesaria de la legalidad y legitimidad del Poder Público’.  Como fracasó en sus intentos de burlar la soberanía popular ‘valiéndose de toda suerte de ventajismos y disposiciones atrabiliarias, contuvo sus afanes antipopulares’.

“Las sociedades –escribe el doctor Carrera Damas– se desenvuelven en el curso del tiempo histórico, y éste no admite la delimitación entre pasado, presente y futuro. Sólo analíticamente,  y para los fines de la comprensión específica y relativa de procesos y acontecimientos, cabe establecer demarcaciones cronológicas aproximadas. Pero teniéndose en cuenta, siempre, que a lo largo del tiempo histórico corre un haz de líneas perdurables que determina el que toda demarcación, por lata y convencional que fuere, debe tener en cuenta la dinámica de continuidad y ruptura que rige la correlación incluso de las etapas históricas revolucionariamente contrapuestas’. Con estos principios como guía y método, el historiador analiza el proceso venezolano desde sus orígenes.

“Al editar estos papeles, conferencias, foros, diálogos, ‘mensajes históricos’, Los Libros de El Nacional contribuye al registro y comprobación de lo que el profesor Carrera Damas llama ‘demolición de la República’. No cabe duda de que se trata de un aporte fundamental y de una toma de posición ejemplar del ciudadano y del historiador”.

Posdata, febrero 2013:
El presidente Chávez Frías resultó vencedor en la tercera reelección el 7 de octubre de 2012, pero llegado el 10 de enero de 2013, día fijado por la Constitución para su juramentación, no pudo hacerlo. Al dirigirse al país la noche del 8 de diciembre, el jefe del Estado contempló la posibilidad de que no podría juramentarse, y señaló lo que constitucionalmente debía hacerse.

Quienes se suponen sus albaceas desconocieron su carta de navegación, por incapacidad o temor, y recurrieron al TSJ que, inexplicablemente, condenó a la nación a una crisis constitucional sin precedentes. En defensa de la República aparece en el momento en que textos como “Derrotado por la democracia, el militarismo arremete contra la República”, parecen confirmarse como una antigua condena.

Fuente: El Nacional
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domingo, febrero 10, 2013

Retorno hacia Briceño-Iragorry


Quizá sirva el pesimismo de ayer para mirarnos en el espejo aterrador de la actualidad...


ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL

Como se sabe, Mario Briceño-Iragorry fue un destacado historiador y pensador que luchó por la democracia venezolana durante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. En su batalla contra la autocracia dejó letras fundamentales, en las cuales manifestó profundo pesimismo ante el destino de la colectividad. Pensé que exageraban los sombríos análisis de los hombres de su época, postrados ante la militarada de turno, pero considero que ahora vale la pena volver a esas observaciones que no tocan directamente al gobierno que lo aventó al ostracismo y a experimentar duros padecimientos, sino a la sociedad que hizo poco para evitar los desmanes de una década ominosa. Quizá su comentario sirva para entender muchas de las acciones, pero especialmente las omisiones de la sociedad de nuestros días. 

En Mensaje sin destino, uno de sus textos más conmovedores y retadores, se detiene en la incapacidad de los venezolanos que inician la segunda mitad del siglo XX, para enfrentar los retos de la modernización y la democracia. La gente sin preparación para la arquitectura de un proyecto ciudadano y para evitar el huracán del imperialismo, predomina en sus páginas. La trivialidad de la comarca minera que marcha de espaldas a su historia, es el fardo que más pesa en su pluma. Un agobiante fardo, no en balde asegura que: "no somos pueblo en estricta categoría política, por cuanto carecemos del común denominador histórico que nos dé densidad y continuidad de contenido espiritual, del mismo modo que poseemos continuidad y unidad de contenido en el orden de la horizontalidad geográfica". Afirmación pavorosa, debido a que niega la existencia de nexos con la obra de los antepasados y la consiguiente posesión de elementos comunes para desarrollar una conducta compartida a través de la cual se pueda concretar un proyecto republicano. 

Pero, ¿por qué llega a una sentencia tan contundente y negativa? Lo sostiene más adelante: "para que haya país político en su plenitud funcional se necesita que, además del valor conformativo de la estructura de derecho público, erigida sobre un área geográfico-económica... exista una serie de conformaciones morales, espirituales, que arranquen del suelo histórico e integren las normas que uniforman la vida de la colectividad... Se requiere la concepción de un piso interior donde descansen las líneas que dan fisonomía continua y resistencia de tiempo a los valores comunes de la nacionalidad, para que se desarrolle sin mayores riesgos la lucha provocada por los diferentes modos que promueven los idearios de los partidos políticos. Antes que ser monárquico o republicano, conservador o liberal, todo conjunto social debe ser pueblo en sí mismo". Del fragmento se desprende una alarmante conclusión: Venezuela apenas existe como jurisdicción política en términos superfluos, es una configuración en el aire, un edificio sin sillares. 

Trabaja el tema en otros aportes esenciales como La hora undécima y Aviso a los navegantes, que llaman la atención de los lectores de su tiempo y los animan a reaccionar contra la tiranía, pero también en cartas que solo conocen sus destinatarios y en cuyos folios se expresa en términos desgarradores. Veamos, por ejemplo, tres fragmentos de misivas remitidas a su amigo el jesuita Pedro Pablo Barnola. El primero: "no puede usted saber cómo me siento por las noticias venezolanas. Mientras más me llegan, más contristado me pongo. El anuncio de tanta porquería me conduce a estados de postración que hacen temer por mi salud". El otro: "con qué entusiasmo he escuchado a gente tenida por honesta, haciendo el panegírico de asesinos y de ladrones públicos. Eso me duele mucho". El tercero: "Venezuela es un caso moral. Lo que hoy reina en nuestro país es una farsa de orden, con cuyo apoyo se relaja la conciencia nacional". La magnitud y la tristeza de la rabia que no manifiesta en sus impresos, la frustración que lo embarga y que no desnuda del todo en los ensayos dirigidos al público, encuentra descarga en un puñado de allegados entre quienes está un sacerdote de su intimidad. 

Mario Briceño-Iragorry escribió sobre los horrores de su tiempo y para los venezolanos de entonces, desde luego. La pesadumbre de una época negra lo llevó a producir páginas que en esencia se vinculan a vivencias específicas y que no se pueden considerar en la posteridad como juicios inamovibles, ni como sentencias inapelables. Como todas las plumas, la suya tuvo ataduras temporales. Fue prisionero de su historicidad, como todos los hombres. Sin embargo, como el país insiste en reflejarse en pecados remotos, o que parecen remotos; en situaciones que permiten acudir sin exageración al socorro de las analogías, pese a que habitualmente son arbitrarias; en faltas que no parecen inéditas, sino semejantes a otras anteriores; en aprietos debido a los cuales la referencia hacia llamados a la conciencia hechos ayer con lucidez y valentía se convierte en obligación, no es inoportuna la vuelta hacia las páginas de un pensador que dio la cara sin remilgos cuando lo obligó su rol de hombre público y de autor reconocido. Tal vez sea distinta la sociedad de nuestros días, pero tal vez no tanto. Quizá sirva el pesimismo de ayer para mirarnos en el espejo aterrador de la actualidad, y para después tratar de librarnos de su imagen y de lo que hicimos o dejamos de hacer para formar parte del cuadro. De allí el retorno que el escribidor intenta hacia las lecciones de un gran venezolano. 

eliaspinoitu@hotmail.com
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sábado, febrero 09, 2013

Fiestas del rey Momo en Espino

Por Felipe Hernández G

Eran días de locura. Los habitantes del apartado pueblito de Espino en los días de carnaval se desataban. Los muchachos de aquel entonces le ponían frenesí a la comparsa. A baldazos de agua, pintura de colores vivos, carbón, carmín, labial, negro hollín y huevos, como en una batalla corrían desaforados por las calles...

El carnaval, tradicional festividad anunciada en el calendario para celebrarse tres días antes de la Cuaresma, daba permiso a todos los espinenses para el descontrol. Era la oportunidad que esperaban especialmente los adolescentes y jóvenes del pueblo para transgredir convenciones...

El carnaval llegó a América con los españoles, que festejaron el juego con agua incluso desde los primeros días del proceso de conquista y colonización...

Siempre había la presión de la iglesia para aguar la fiesta de carnaval, aunque conocimos a algún sacerdote que disimuladamente se escapaba y hasta se atrevía a lanzar alguna palangana de agua.

Salvador Gazzoa Aguilar, Luis Pérez Padrón, Juvenal Ramírez Pérez, Monche Padrón, Manuel Esteban Meza, Rubén, Joel y Gilberto Escalona, Lourdes Padrón, Amelia Pérez, Bertha Gómez, Carlos Infante, Eletis Martínez, y tantos otros cuyos nombres reposan en el subconsciente de la memoria colectiva...

El carnaval con su frenesí irá decayendo con el tiempo y sufriendo transformaciones; hasta llegar al carnaval seco. Aunque prohibido por las autoridades, el juego con agua y bombas, muchas veces congeladas, nunca ha desaparecido de un todo...

No puede desconocerse que la festividad del carnaval ha perdido su fuerza, pasando a ser simples fiestas, generalmente privadas para evitar el vandalismo generado por algún baldazo de agua y garantizar la seguridad ciudadana. Sin embargo, a pesar de todos los cambios y vicisitudes, el agua, limpia, sucia o de dudosa procedencia, escasa, prohibida, pero aun así desparramada, siempre fue, es y será la reina del carnaval en Espino, en otros pueblos del Guárico y de Venezuela.

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