En el corazón del Guárico decimonónico, entre las cenizas de la Guerra Federal y el renacer de la fe, surgió la figura de Jeremías Martínez Navarrete. Maestro a los quince años y creador autodidacta, su genio musical y pedagógico iluminó la parroquia de Ortiz antes de que una muerte prematura apagara, a los 25 años, a una de las promesas más brillantes del pensamiento llanero.
Por José Obswaldo Pérez
En 1864, cuando Venezuela estrenaba una Constitución federal y aún olía a pólvora la tierra removida por la Guerra Federal, nació en Santa Rosa de Lima de Ortiz un niño llamado Jeremías Martínez Navarrete. El país estaba exhausto, dividido, tratando de recomponerse como podía; y en los pueblos del Guárico —donde la música y la fe eran refugio— la vida se reconstruía con manos propias, sin esperar nada del gobierno o de la oposición.
Jeremías vino al mundo en una casa donde las notas musicales eran parte del aire. Su padre, José María Martínez Monasterio, era músico y servidor público; su madre, Adelaida Navarrete Ramos, guardaba la serenidad de las mujeres que sostienen un hogar en tiempos inciertos. Entre ambos le dieron al niño una mezcla de disciplina, sensibilidad y una inteligencia que pronto empezó a desbordarse.
Creció mientras el país pasaba por los gobiernos de Falcón, Guzmán Blanco y Crespo. Desde Caracas llegaban noticias de reformas, modernizaciones y decretos; pero en los pueblos la educación seguía siendo un acto de voluntad, sostenido por preceptores que enseñaban con lo que tenían: una mesa, un pizarrón gastado y la convicción de que el saber podía enderezar destinos.
A los quince años, en abril de 1879, ocurrió lo impensable: el general Domingo Carvajal lo postuló como preceptor interino de la escuela municipal. Un adolescente convertido en maestro. Aceptó el cargo sin temblar, como si la responsabilidad le hubiera estado esperando desde siempre. En un país que aún buscaba cómo organizarse después de la guerra, aquel nombramiento era también un gesto de confianza en la juventud y en la educación como tabla de salvación.
Pero Jeremías no era solo maestro. Era un creador. Un muchacho capaz de mirar un montón de piezas sueltas y ver un instrumento. Así construyó un órgano de varios registros, ensamblando teclas, tubos y martinetes “sin dirección de nadie, sin modelo ni escuela”, como lo testimonia un destacado periodista y músico cumanes residenciado por la época en Ortiz. Lo regaló a la Iglesia Santa Rosa de Lima, donde su música acompañó misas, procesiones y silencios hasta los años treinta, cuando el tiempo —y la desidia— lo fueron apagando. Hoy no queda nada del órgano, salvo el poema de don Arturo Rodríguez, que aún habla de aquel instrumento como si pudiera volver a escucharlo.
En 1883, con 19 años, Jeremías estudiaba Filosofía en el Colegio de Primera Categoría de Calabozo, uno de los centros más prestigiosos de la región. Los documentos lo describen como un estudiante brillante, disciplinado, de conducta intachable. Todo parecía anunciar una vida larga, dedicada a la enseñanza, a la música, quizá a la vida pública.
Pero el destino tenía otros planes.
En 1886, cuando debía presentar sus exámenes, las fiebres palúdicas que azotaban Calabozo y Ortiz lo sorprendieron sin misericordia. La enfermedad avanzó rápido. La prensa local lamentó su muerte con una tristeza que aún se percibe en los archivos: se había ido un joven excepcional, un talento que apenas comenzaba a desplegarse.
Jeremías Martínez murió en Calabozo el 20 de febrero de 1886, a los 25 años. Su vida fue breve, pero dejó una huella memorable: el de un muchacho que enseñó, creó, soñó y construyó un órgano que ya no existe, pero cuya música —dicen— todavía ronda las paredes de la vieja iglesia orticeña.