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lunes, marzo 09, 2026

Una olvidada mujer calaboceña

En una sociedad colonial marcada por el patriarcado y la discriminación racial, una mujer parda llamada Germana Piña logró abrirse paso con determinación en la Villa de Todos los Santos de Calabozo, hasta el punto de que una de sus calles llevó su nombre, desafiando así la doble opresión que pesaba sobre su condición de género y de color.


Por Ubaldo Ruiz

Representación de Germana Piña o de una mujer calaboceña de época
Germana Piña, una mujer calaboceña olvidada por la historia oficial.

Todos los indicios apuntan a que en los primeros grupos humanos fue el matriarcado su característica distintiva. En esos lejanos tiempos aurorales la mujer gozó de algo más que el respeto y la admiración de nuestros prístinos ancestros. Las sociedades primitivas reverenciaban a la mujer, por considerar que ellas eran las depositarias del don de la vida. Entonces se tenía resuelta una de las mayores incógnitas de la humanidad: ¿De dónde venimos? El clan sabía que todo semejante accedía a la existencia en este plano a través del vientre de su madre.

Pero la Historia vino a complicarlo todo. En consecuencia, el predominio de las damas en la sociedad humana cedió su paso al más férreo patriarcado. A partir de ese momento la mujer fue relegada a un plano de inferioridad y sometimiento al varón, que se convirtió en su secular explotador. Transcurrieron muchos siglos, pero el patriarcado permaneció con obstinación.

Durante los tiempos de dominación colonial española en Venezuela, junto al patriarcado se instaló una marcada discriminación étnica. La gente valía de acuerdo al color de su piel. Los Blancos estaban en la cúspide de la pirámide. Y a medida que el tono de la piel se tornaba más oscuro, se iba descendiendo hacia el foso de la segregación racial. De manera que en esas circunstancias ser una mujer de color significaba sufrir de una doble opresión. Sin embargo, es posible encontrar, precisamente en aquella sociedad machista y racista, a una parda (grupo social producto de la conjunción de los tres elementos étnicos) que tuvo la capacidad de sobresalir hasta el punto de que una calle de su población fue nombrada en su honor. Ella fue Germana Piña, y nació y vivió en la Villa de Todos los Santos de Calabozo.

Germana Piña debió nacer hacia los últimos años de la década de 1760. En 1768, aún niña, vivía en una humilde casita en las afueras de la población. El hogar estaba compuesto por sus padres, José Joaquín Piña e Ignacia Riveros, además de una hermana menor llamada Juana de la Cruz. Todos eran pardos. Unos años después se casó con otro pardo de nombre Francisco Noriega, pues en 1790 aparece viviendo con él en otra casa de la misma Villa de Calabozo, con un hijo de ambos de nombre Juan Merced.

Germana Piña aparece contratando en los documentos mucho más que su marido. Por ejemplo, en el mismo año de 1790, le compró un solar dentro de la ciudad al albañil Andrés José Carrera. Ese terreno estuvo ubicado en el entonces llamado Barrio Arriba o Barrio de la Merced, en lo que hoy sería el cruce de la carrera seis con calle cinco.

Una vez finalizada la guerra de independencia, en 1831, Germana Piña aún vivía en ese mismo lugar, quizás para entonces ya era una mujer anciana que se había ganado el respeto y aprecio de la sociedad de su tiempo. La carrera seis, en donde ella tenía su residencia, para ese tiempo tenía una denominación oficial, utilizada por el Registro Inmobiliario, de Calle de Las Piñas. Es probable que ella viviera allí con otra mujer, tal vez su hermana o una hija, u otra pariente. Sería muy interesante desentrañar los motivos que llevaron a que la calle en la que vivió Germana Piña llevara una denominación derivada de su nombre. Mientras tanto, recordemos a Germana Piña, una mujer que supo destacarse en el seno de una sociedad que la debió discriminar por partida doble.


Ubaldo Ruiz es docente universitario, actualmente Cronista Municipal de la Ciudad de Todos los Santos de Calabozo, estado Guárico.

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lunes, marzo 02, 2026

Los 80 de Óscar

Óscar Prieto Párraga
Óscar Prieto Párraga, referente del beisbol venezolano.

Un hombre que creció entre el olor a diamante y la voz de Pancho Pepe, y que terminó convirtiéndose en uno de los arquitectos más influyentes del beisbol venezolano, cumple hoy 80 años. Óscar Prieto Párraga, heredero de una pasión familiar y protagonista de algunas de las páginas más intensas de nuestra pelota, celebra una vida dedicada por completo a un deporte que también ayudó a transformar.


Por Javier González

A propósito de estar cumpliendo hoy, 2 de marzo, 80 años de vida, no hay mejor ocasión para recordar y celebrar la trayectoria de uno de los hombres que más hondamente marcó el espíritu de nuestro pasatiempo nacional: Óscar Prieto Párraga.

En el universo del beisbol venezolano pocos nombres resuenan con tanta fuerza como el suyo. Hijo, discípulo y continuador de una tradición que encontró en su padre, Óscar “Negro” Prieto Ortiz, empresario y apasionado promotor deportivo, Prieto Párraga fue mucho más que un exitoso gerente y copropietario de los Leones del Caracas: fue un hombre cuya vida se entrelazó con cada victoria, con cada desafío y con el latido mismo de la afición criolla.

Su destino estuvo marcado por el beisbol desde la infancia. Con apenas seis años, comenzó a asistir al recién inaugurado Estadio Universitario, acompañado por la mano del legendario narrador Francisco José Cróquer, “Pancho Pepe”, quien lo llevaba en su inolvidable “Bólido de Plata”.

Graduado como odontólogo en la Universidad Central de Venezuela (UCV) en 1970, un año que simbolizó su propia “Triple Corona” —por su título profesional, su matrimonio con Myrian Rojas y su incorporación a la directiva de los Leones—, Prieto Párraga supo combinar, el cuidado de sus pequeños pacientes en el Hospital Ortopédico Infantil con la responsabilidad de dirigir una organización beisbolística de enorme peso en la cultura deportiva del país.

Su voz y su visión, forjadas bajo la guía de su padre, lo llevaron a asumir la dirección general del Caracas en noviembre de 1980, tan solo cinco días antes de la renuncia del mánager Jim Leyland. Fue un inicio desafiante, pero también el preludio de una época de gloria constante. Con Prieto Párraga como gerente, el equipo no solo conquistó múltiples títulos en la Liga Venezolana de Beisbol Profesional (LVBP), sino que también dejó una huella imborrable en la Serie del Caribe de 1982, bajo la guía de Alfonso “Chico” Carrasquel.

Más allá de números y trofeos, lo que siempre fascinó de Prieto Párraga fue su forma de hacer beisbol: con respeto profundo por la gente, con una visión humana del deporte, y con una entrega que trascendió la simple administración para convertirse en legado. Su gestión al frente de la LVBP entre 2013 y 2017 impulsó programas claves como la formación de árbitros, el control antidopaje, un código de ética y la transmisión televisiva de todos los juegos, acercando la pasión del beisbol a cada hogar venezolano.

En 2023, su trayectoria fue justamente reconocida con la exaltación al Salón de la Fama del Beisbol venezolano, uniéndose, emotivamente, al mismo templo que honra también a su padre, haciendo de esta dupla familiar una de las más emblemáticas de nuestra pelota criolla, y la única en estar entronizada en el templo de los inmortales del Caribe.

En el año 2025, Óscar dio un paso trascendental en su trayectoria personal y profesional al publicar su libro Beisbol se escribe con S, una obra profundamente autobiográfica en la que comparte, con honestidad y sensibilidad, sus vivencias dentro del apasionante mundo del beisbol.

A lo largo de sus páginas, el autor narra sus primeros acercamientos al deporte, los desafíos que enfrentó en su formación, las lecciones aprendidas en el terreno de juego y las experiencias que marcaron su carácter tanto dentro como fuera del diamante. Más que una simple recopilación de anécdotas, el libro se convierte en un testimonio de perseverancia, disciplina y amor por el beisbol, resaltando los valores que este deporte le inculcó a lo largo de los años.

Beisbol se escribe con S no solo está dirigido a aficionados y jugadores, sino también a quienes buscan una historia inspiradora sobre esfuerzo y superación. Con un estilo cercano y reflexivo, Óscar logra transmitir la emoción de cada partido, la intensidad de la competencia y la importancia del trabajo en equipo, dejando claro que el beisbol, más allá de un deporte, es una escuela de vida.

Hoy, al recordar a Óscar Prieto Párraga, celebramos no solo a un amigo, a un ejecutivo exitoso, sino a un hombre que vive el beisbol como pocos: con el corazón en el terreno, con los valores como bandera y con el amor profundo por un deporte que, más que un juego, es parte de nuestra identidad. Su historia es, sin duda, un legado para las generaciones que vienen y una inspiración para todos los que sienten al beisbol como pasión de multitudes.

¡Feliz cumpleaños!, Óscar


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domingo, febrero 22, 2026

Pedro Sivira: El escritor que leyó el alma del llano en clave de petróleo

Pedro Sivira:Más allá de la ficción, su labor en el diario El Nacionalista de San Juan de los Morros consolidó su rol como guardián de la memoria histórica.

La literatura venezolana encuentra en Pedro Sivira (1945–2010) a uno de sus observadores más agudos. Aunque nació en Falcón, su pluma y corazón se arraigaron en el estado Guárico, convirtiéndose en la voz oficial de la transformación social provocada por la explotación de hidrocarburos en los llanos orientales.


Por José Obswaldo Pérez

Pedro Sivira (1945–2010) es reconocido como una de las figuras más singulares de la literatura vinculada al estado Guárico, pese a haber nacido en San Lorenzo, estado Falcón. Su identidad cultural se forjó en Las Mercedes del Llano, adonde llegó siendo niño y donde situó buena parte de su obra narrativa, periodística y ensayística. Desde allí construyó una mirada crítica y profundamente humana sobre la vida petrolera y sus efectos en la sociedad llanera.

En este contexto, Sivira desarrolló su carrera como escritor, periodista cultural, poeta y ensayista. Su obra se convirtió en referencia para comprender la irrupción del petróleo en los llanos orientales y las transformaciones sociales que produjo. Edgardo Malaspina lo definió como un “baluarte de la literatura guariqueña”, especialmente por su capacidad para fijar en la memoria literaria la vida de Las Mercedes del Llano durante su etapa petrolera.

Nacido el 29 de octubre de 1945 y fallecido el 20 de octubre de 2010, Sivira dejó una producción marcada por la crítica social, la sociología del petróleo y la reconstrucción de la memoria comunitaria.

Obra Narrativa Principal

Su obra narrativa está encabezada por dos novelas consideradas pilares de la literatura petrolera venezolana desde una perspectiva llanera:

  • Los fantasmas y los residentes (1976, registro editorial 1992): una exploración de la vida petrolera y los cambios sociales en Las Mercedes del Llano.
  • La W.C. Company (1993): continuación de su indagación sobre el impacto del petróleo en la cotidianidad y en las relaciones comunitarias.

Ambas obras destacan por su mirada desde adentro: no desde los centros de poder petrolero, sino desde los pueblos que vivieron la bonanza y la fractura social.

Pensamiento y Crítica Social

Sivira dejó además un proyecto inédito, Miserias del corazón, anunciado en 2010, donde profundizaba en su concepto del “síndrome de la borrachera negra”, metáfora sociológica con la que describía los efectos psicológicos y sociales del petróleo en el venezolano.

Uno de los ejes más originales de su pensamiento fue la idea del petróleo como patología social. Sivira utilizó terminología médica para explicar cómo la riqueza súbita distorsionó comportamientos, expectativas y estructuras comunitarias. Su lectura crítica anticipó debates posteriores sobre la dependencia petrolera y sus consecuencias culturales.

Labor Periodística

Además de novelista, Sivira ejerció el periodismo cultural en el Diario El Nacionalista, en San Juan de los Morros, con una prosa que combinaba memoria histórica, observación sociológica y crítica social. Su trabajo como cronista contribuyó a documentar la vida de Las Mercedes del Llano y a preservar la memoria de un territorio marcado por la explotación petrolera.


Finalmente, la obra de Pedro Sivira sigue siendo una referencia para estudiar la transformación de los llanos orientales durante el auge petrolero y para entender cómo ese proceso moldeó identidades, tensiones y relatos locales. Su literatura, anclada en Las Mercedes del Llano, continúa iluminando la relación entre espacio, memoria y petróleo en Venezuela.


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jueves, febrero 19, 2026

Charles Chaplin y el Beisbol Venezolano

¿Qué une al genio del cine mudo con los diamantes de la Caracas de antaño? En mayo de 1918, un año después de que el propio Charles Chaplin subiera al montículo como pitcher abridor en Los Ángeles , su sombra icónica se proyectó sobre el beisbol venezolano. A través de un misterioso premio enviado en una caja sellada para recompensar al primer jugador ponchado en un juego benéfico para la Cruz Roja , el intérprete de "Charlot" selló un vínculo histórico y poco conocido que entrelazó para siempre la parodia del cine de Hollywood con los primeros pasos del deporte rey en Venezuela.


POR JAVIER GONZÁLEZ

La historia del beisbol en Venezuela está marcada de episodios fascinantes, desde sus primeros juegos a finales del siglo XIX hasta su consolidación como el deporte favorito de millones. Entre esos hitos destaca una anécdota singular que une dos mundos aparentemente distantes: el cine mudo de Hollywood y el beisbol criollo.

Charles Chaplin en el montículo

Charles Chaplin como pitcher abridor en el Washington Park, 1917.

La tarde del sábado 31 de marzo de 1917, en Los Ángeles, California, se llevó a cabo un juego de exhibición para la Cruz Roja Internacional. Lo extraordinario fue que reunió a actores divididos en “cómicos” contra los “melodramáticos”. Entre los cómicos destacó un joven Chaplin de 28 años, quien fungió como pitcher abridor, combinando diversión con destreza atlética.

Un año después, el 18 de mayo de 1918, el beisbol venezolano organizó un juego similar en Caracas con el mismo fin benéfico. Fue allí donde surgió una contribución especial: Chaplin envió un premio misterioso en una caja sellada para otorgar al primer bateador que resultara “struck out”, ponchado

Beisbol en Caracas 1918

Encuentro benéfico entre Cruz Roja y Cruz Blanca en Caracas, mayo de 1918.

La nota sobre este premio fue publicada en la prensa venezolana, destacando que el galardón había sido enviado en una caja sellada de aspecto atractivo, aunque su contenido era “misterioso”, generando expectación entre los organizadores y los aficionados.

Chaplin no solo se había convertido en un ícono del cine mundial, sino también en un entusiasta seguidor del beisbol —un deporte que practicaba y admiraba— y su gesto fue interpretado como una curiosa forma de apoyar el desarrollo de este deporte emergente en Venezuela.


Javier González es historiador venezolano residenciado en España.

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miércoles, febrero 18, 2026

El Entierro de la Sardina de Naiguatá

Entierro de la Sardina de Naiguatá
Procesión del Entierro de la Sardina en Naiguatá. Foto: Elvin Barreto

La tradición sobrevivió a censuras, recesos y cambios sociales. En los años 80 surgió la famosa parranda que daría origen a Las Sardinas de Naiguatá, agrupación de proyección internacional. Hoy, pese a restricciones oficiales que incluso impidieron la coronación de la Reina de la Sardina en 2026, la comunidad mantiene vivo el rito “contra viento y marea”, reafirmando su identidad y su alegría colectiva.


Por Elvin Barreto*


La memoria de los viejos naiguatareños —entre ellos Eduardo Hugo Arratia (†), Jesús María Yriarte (a) "Chichero" (†), Armando Cáceres (a) "Taparita" (†) y José Montes (a) "Vigueta"— aportó valiosa información a la investigación etnográfica realizada por quien escribe.

Según sus relatos, fueron los Cáceres, una familia de pescadores venidos de Margarita, quienes iniciaron en 1915 el llamado "Entierro de la Sardina" en el querido y tradicionalista pueblo de Naiguatá, como un festejo familiar para ofrendar a la naturaleza por la abundancia de la cosecha y la pesca.

Procesión del Entierro de la Sardina en Naiguatá
Ricardo Díaz (92 años) y José Montes (83 años) protagonistas del Entierro de la Sardina de Naiguatá. Foto: Elvin Barreto

En sus inicios, según contaron aquellos recordados personajes, al atardecer del miércoles de ceniza, "la procesión del entierro" partía del desaparecido embarcadero Casapanare (hoy parte del club Puerto Azul). Recorría las limitadas callecitas del "pueblo arriba", pues, "pueblo abajo" no existía. Era sólo sembradío. Llevando una silueta de sardina junto con una muestra de verduras reales. Al compás de un cuatro, las maracas, el güiro y un estimulante "frasco de aguardiente", la escueta procesión entonaba el improvisado coro:

¡Fo, fo, fo!
la sardina se murió
y la llevan a enterrar.
¡Ay, ay, ay!
no la entierren en la tierra,
entiérrenla en el mar...

La procesión de músicos y acompañantes retornaba al embarcadero para velar a la "fallecida" entre cantos y tragos, hasta que en la madrugada lanzaban la silueta al mar con las ofrendas. Eran años en los que Naiguatá aún no contaba con energía eléctrica.

Para 1932, se electrificó el pueblo, según nos contó el maestro Ramón Longa.

Con el tiempo, la tradición se nutrió de nuevos participantes, entre ellos Ciriaco "Canta Bonito" Iriarte, quien años después destacaría como un reconocido cultor popular. En 1942, se incorporaron Juan Montes (padre), Neptalí Longa (padre), Luis Iriarte y Teodoro Merentes, entre otros.

Viudas de la sardina y cortejo fúnebre
Viudas de la sardina y cortejo fúnebre.

Ellos introdujeron la teatralización del "cortejo fúnebre": un supuesto sacerdote, un monaguillo y las famosas "viudas de la sardina" (hombres vestidos de mujer con maquillaje estrafalario y luto). También sumaron a un personaje disfrazado de diablo.

La puesta en escena era así: adelante, los hombres cargaban la silueta de la sardina dentro de una barca artesanal con frutos reales. Detrás, el cura y el monaguillo oraban por el "descanso eterno", seguidos de las viudas en llanto lacónico, acechadas por el diablo y su tridente. La procesión avanzaba entre talco, perfumes, papelillos y chistes de doble sentido, culminando para finales de los años 50's en la playa Los Pocitos.

Con el fin de la censura de la dictadura militar, la fiesta abrió espacios para la denuncia social y política: carencias, pobreza y corrupción eran satirizadas. Muchos recuerdan la silueta del barco "Sierra Nevada" (famoso caso de corrupción), diseñada por el músico Ricardo Benito Díaz (a) "Ricardo Mion", quien cumplirá 93 años este 3 de abril.

La celebración dejó de ser familiar para convertirse en un emblema de toda Naiguatá, con la participación activa de las familias Corro, Domínguez, Iriarte, Berroterán y Hernández. Entre otras familias emparentadas con las mencionadas.

También destaca el rol de mujeres como Matilde Domínguez Corro, "Anita" Berroterán, Margarita Longa y Aleja Corro, así como el maestro Ramón Longa, promotor de los carnavales y el tambor de San Pedro, de Naiguatá.

Parranda Las Sardinas de Naiguatá
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La creatividad popular sumó la "Coronación de la Reina de la Sardina" cada lunes de carnaval. Entre "las reinas" destaca, en 1958, la coronación del joven caraqueño Erick Francheschi, quien entonces cortejaba a la joven Camila Pereira y fue padre de sus hijos mayores: Lelis, Mercedes y Erick.

En los años 60's, tras un breve receso, la tradición fue retomada por Roberto Izaguirre (a) "Robin", junto con Juan Montes (a) "Vigueta", Ramón Quintero, José Ávila, Manuel Lamas, Alejandro Brito y Héctor Cáceres. A finales de los 70's se unieron Félix Rodríguez y Juan Manuel Nahí Longa (a) "Comiquita". Ya en los 80's, Ricardo Díaz incorporó el acompañamiento musical formal conocido como "la parranda", que dio origen a la agrupación de renombre internacional "Las Sardinas de Naiguatá".

Este 2026, por restricciones oficiales, no se realizó la tradicional coronación, lo que ha causado malestar. Sin embargo, los naiguatareños realizarán el entierro "contra viento y marea", pues las tradiciones de un pueblo alegre no se prohíben por caprichos.

¡Que viva el Entierro de la Sardina de Naiguatá, patrimonio cultural de todos!

*Investigador y docente de la Universidad Simón Bolívar - Núcleo del Litoral. Estado La Guaira.

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martes, febrero 17, 2026

Un día de carnaval

Fotografía de Alfredo Colina, Ortiz, 1955 |


La calle, con su casa envejecida al fondo, muestra las huellas del tiempo: paredes que han visto pasar generaciones, techos que han resistido aguaceros y silencios.


Por José Obswaldo Pérez

Quizás esta fotografía pertenezca a un día de carnaval de 1955. Los niños—hembras y varones—, delatados por sus latas y vasijas rebosantes de agua, exhiben la ropa empapada y esa alegría irrepetible que solo la infancia puede sostener sin esfuerzo. Sus sonrisas, abiertas como puertas al verano, parecen iluminar más que el propio sol de la tarde.

La calle, con su casa envejecida al fondo, la que habitó Antonio María Salgado y su esposa Trina, muestra las huellas del tiempo: paredes que han visto pasar generaciones, techos que han resistido aguaceros y silencios. A un lado, el poste de luz eléctrica —moderno para la época— se yergue como símbolo de un progreso que llegaba a cuentagotas. Era alimentado por una planta que encendía sus motores a las seis de la tarde, extendiendo su resplandor hasta el amanecer, como si velara los sueños del pueblo.

El testimonio visual es obra de un testigo silencioso, el reconocido fotógrafo valenciano Alfredo Cortina, quien capturó esta escena en 1955. Pero la imagen es más que un registro técnico: es una ventana abierta a un instante crucial en la historia de nuestro pueblo de Ortiz. En ella conviven la inocencia, la tradición y el lento despertar de la modernidad. Es un fragmento de memoria colectiva que, al mirarlo, nos recuerda quiénes fuimos y cómo comenzó a transformarse nuestro mundo.


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sábado, febrero 14, 2026

Una pausa entre el hombre y el árbol

Elvira Mugno y miguel Malaspina, fundadores de la familia Malaspina en Venezuela. ARCHIVO

Entre aquellos hombres que un deseo de mejor vida aventara hacia Venezuela, vino muy joven Miguel Malaspina. Era de pequeña estatura, moreno, borrascoso. Su cólera verbal era continua. Casi siempre levantaba en alto un bastón enorme. En el fondo fue siempre generoso y cordial.


Por Argenis Ranuárez

A los pueblos del llano en Venezuela, durante la segunda mitad del siglo pasado, llegaron en plan de aventura, con su dialecto cantarino y sus ojos azules, muchos hijos de Italia.

Son varios los que se recuerdan. Muchos, que venían a ensayar fortuna en esta fértil tierra pobre. En Ipire se radicó Juan Cavalieri, virtuoso en el trabajo, incansable, construyó casas y dejó hijos. Vicente Aronne, laborioso como Cavalieri, y los Mugno, gente fina. A Miguel Mugno le vimos bajo el sol terrible, tal vez en misión artística, ambulando por aquellos pueblos. Recordamos haber visto en su habitación, junto al conocido paisaje de Nápoles donde un árbol sujeta contra un cerro a un castillo, la figura de Leonardo de Vinci. Era un óleo desvaído, quizá recuerdo de familia. Miguel Mugno decía, mirando la figu-ra del Maestro: Nadie ha sido tan múltiple.

Entre aquellos hombres que un deseo de mejor vida aventara hacia Venezuela, vino muy joven Miguel Malaspina. Era de pequeña estatura, moreno, borrascoso. Su cólera verbal era continua. Casi siempre levantaba en alto un bastón enorme. En el fondo fue siempre generoso y cordial.

Malaspina formó familia. Elvira Mugno, mujer ejemplar, le dio ocho hijos y su carácter atenuaba al del marido. Elvira Mugno continúa siendo una mujer excepcional: rezaba a Dios y decía a sus hijos hermosas palabras.

Cuando Malaspina se embriagaba, su obsesión era denigrar del general Juan Vicente Gómez y exaltar al Mocho Hernández. Por esto le recluían en la cárcel del pueblo.

Bien recuerdo una madrugada de diciembre, hace años. Malaspina, ebrio, cantaba desde la cárcel. Pocas veces he oído una música más triste que aquella que subía entre la niebla de la amanecida. Era una balada napolitana. Resumía una honda angustia, un viejo y hondo duelo nómada, de esos duelos que afloran, fluyen y se evaden. La armonía lenta se diluía en crescendos. El verso crecía dentro de la armonía de la balada. En aquel amanecer de diciembre, mientras lejos subía la música sencilla de las coplas, de aguinaldo, la tristeza de un hombre, lejos de su patria, recogía en una canción dulces ternuras remotas.

Miguel Malaspina hablaba apresurado. Tanto, que confundía a menudo voces españolas con italianas. Además, en toda discusión debía prevalecer su opinión. Pero así, con toda su vehemencia, en horas de regocijo o de dolor, el anciano era compañero obligado de ricos y de pobres.

De la familia numerosa vio caer algunos hijos. Al mayor le quemó una fiebre, una fiebre que le talló de los pómulos a los pies. Una hija que se consagró a la escuela y formó hogar honorable, murió cerca de Zaraza, y otra se quedó fría en las llanuras de Río Claro. Malaspina recibió los golpes con firmeza. Con el corazón arrugado daba a los suyos voces de aliento como un capitán en la tormenta con el barco haciendo agua.

La adversidad continuó hostigándole y el anciano se encorvó un poco. Un día cualquiera se fue a pique la vida del hijo a quien confiara la orientación de la familia. La humanidad del hijo de Italia sintió una desgarradura como esas con que el rayo abre un roble. Muchos meses anduvo a tientas. En el rostro empezaron a asomársele grietas profundas.

Entre el hato y el pueblo vive cinco años más. Quien le vea sobre el caballo observará que priva en el hombre un empeño en acallar duelos, un afán de aparecer con la altivez de los veinte años.

La barba blanca está en punta. Los ojos han borrado un poco su brillo. Aunque con el busto inclinado, es el hombre que ha resistido con sangre fría varios golpes adversos.

Por allí se dice que para embellecer la plaza del pueblo era necesario derribar el samán centenario que montaba guardia en el centro de la plaza, y Malaspina interviene en forma ruda. Tumbar al samán era como echarlo a él por tierra. Aquel árbol lo sembró y aporcó tal vez un antecesor suyo. Algo de aquella ramazón estaba en sus venas. Al anciano desconcertaba la peregrina y absurda idea de embellecer los parques derribando los árboles.

El hombre ya estaba cerca de la tierra. Aquel dos de noviembre, en el cementerio, algunos oyeron un monólogo ante las tumbas de sus hijos. Tal vez no fue al cementerio sino la sombra de Miguel Malaspina.

Su fondo rústico no le permitía buscar evasión al dolor contenido, distraer con otras emociones su sufrimiento. Por eso irá como un sonámbulo y le hallarán con lágrimas.

Miguel Malaspina llegó a Venezuela con el señuelo de ser rico, como ya lo habían sido varios conterráneos suyos. Formó familia honorable. Tuvo sus borrascas como un sino que le perseguía de lejos. Con todos fue generoso. La adversidad le había estrujado. Allí estaba, al fin, anciano, con pocos haberes. Si él hubiese podido soñar a esa hora de su vida vencida.

Comenzaba una lluvia fina, y el anciano, junto a su casa oyó un ruido hacia la plaza vecina. Inquirió y le respondieron que habían derribado al samán. Trató de incorporarse y se desvaneció. Debió sentir como un hachazo del lado izquierdo. Después se fue apagando. La noche halló en el pueblo de Ipire dos árboles caídos.

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