lunes, enero 22, 2007

Lourdes Guillermina Castillo Mier y Terán: “Doña Guillermina”

Las primeras letras las aprende Lourdes Guillermina, de las enseñanzas de su mamá, quien junto a otros niños enseñaba en ese apartado lugar. A los siete años se mudan al pueblo más cercano: Guayabal; los caminos que unían esos lugares eran trochas con pasos de quebradas y ríos, los medios de movilización eran bestias (caballos, mulas) y una que otra carreta.


Por Fernando Rodríguez Mirabal (*)


En un mundo convulsionado por la I Guerra Mundial, en una Venezuela rural y pastoril y ya iniciada la dictadura Gomecista, en un pequeño rincón del Estado Guárico, más allá de Guayabal, pasando por Caño el Diablo, específicamente en el pueblo de Cazorla; en un hogar conformado por: Don Hermógenes Castillo y Doña Mercedes Mier y Terán de Castillo en un casita ubicada en un campo cercano al pueblo Cazorleño nace un 20 de enero de 1.915 una hermosa niña a quien le pusieron por nombre Lourdes Guillermina, la menor de cinco hermanos: Braulio, el mayor; Luis, padre del General Luís Hermógenes Castillo Castro, relevante figura, de nuestras Fuerzas Armadas Nacionales; Mercedes Castillo de Arana y María Castillo de Jaspes.

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Guillermina Castillo Mier y Terán, en sus 92 años (Foto JOP)

Las primeras letras las aprende Lourdes Guillermina, de las enseñanzas de su mamá, quien junto a otros niños enseñaba en ese apartado lugar. A los siete años se mudan al pueblo más cercano: Guayabal; los caminos que unían esos lugares eran trochas con pasos de quebradas y ríos, los medios de movilización eran bestias (caballos, mulas) y una que otra carreta. Allí vivieron varios años, su padre se encontraba escondido y exilado por enemigo del régimen y gracias a un indulto otorgado por un General de apellido Jurado, lo libera y lo envía junto a sus familia a vivir a Mene, un pueblito del Estado Falcón, allí instala un pequeño comercio con venta de telas y víveres. Luís, uno de sus hermanos inicia estudios de contabilidad y ella aprende a cortar y coser trajes para damas y caballeros, a parte de trabajar en los oficios del hogar: cocinar, bordar y tejer a los veintiún años de edad se viene, junto a su hermano Braulio y sus padres a una siembra en Cantagallo, pero al poco tiempo se trasladan a vivir a San José de Tiznados con su hermano que lo designaron Prefecto de esa población por el entonces Gobernador del Estado Guárico, el Doctor Zamora.

Poco tiempo después se mudan a Valencia donde muere el Señor Hermógenes Castillo, su papá y allí nace su primera hija Dilia.


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Guillermina Castillo Mier y Terán, rodeada de sus hijos, nietos, bisnietos y amigos (Foto JOP)

En el año 1.945, conoció al gran amor de su vida a Jesús María Camejo González, un hombre de tez morena y de mediana estatura, nativo de Río Chico, quien era Asistente de Farmacia y gran conocedor de Botánica, hoy medicina naturista; bohemio, complaciente, educado y de gran sensibilidad humana; se une a él y nacen sus primeros hijos los morochos: Socor y Gisela, el primero Técnico Agropecuario (jubilado) y la segunda Técnico en Seguros, residenciada en un gran caserón de la avenida Bolívar de Ortiz propiedad del señor Justo Flores. El señor Camejo fue perseguido por la Seguridad Nacional por su condición de adeco. Se va un tiempo a San Juan de los Morros, donde nace su hijo José Eusebio (el popular Camejito) hombre de una vida publica y política agitada: fue presidente de la Junta Comunal orticeña, dos veces Alcalde de Ortiz y Diputado a la Asamblea Legislativa del Estado Guárico, llegando a ser su Presidente donde fue jubilado, incansable luchador social y muy arraigado al quehacer y el bienestar de su muy querido pueblo de Ortiz. Luego nace su hijo menor Pedro José.

Ya entrado los años 1.950 el Señor Camejo adquiere dos propiedades en su muy querido Ortiz, el cual tomó como su segunda cuna: una casita ubicada en la entrada de Bucaral, frente a la casa que fue propiedad de la familia Ruppert y diagonal a la casa del Señor Felipe Blanco, allí vivió hasta su muerte en compañía de su esposa y de sus hijos. También adquirió un lote de terrenos muy queridos por él, donde tenía sembrado árboles y plantas de todas las especies, ese sitio lo llamaba “E1 Riego” y también le decía: “Delicias”; allí tenía su consultorio naturalista y fundó una de las primeras galleras que se construyeron en Ortiz.


Doña Guillermina pierde a su muy querido Camejo un 2 1 de septiembre de 1.973, víctima de una debilidad coronaria.

Doña Guillermina ha sido siempre una mujer muy trabajadora y cristiana, elaboraba para la venta: hallacas, pan de horno, galletas, pan y su especialidad un dulce de ciruelas que envasa con su propia receta, el cual dura más de un año. Consiste en hacerlo, dice ella, bien cargado de azúcar y papelón con sus especies, luego lo envasa en un frasco el cual le cubre la parte bordial del mismo y sobre el dulce le coloca vela derretida (esperma) y luego lo tapa, lo que le permite la larga duración. Lo certificó ya que he saboreado ese exquisito dulce, en varias oportunidades.

Hoy Doña Guillermina se siente muy feliz y agradecida a Dios por su larga vida, su único problema son dolencias en ambas piernas, que le impiden caminar. Sus hijos están todos felizmente casados; tiene 32 nietos y 20 bisnietos. Cuando hablé con ella para solicitar su autorización para hacerle esta semblanza, la encontré leyendo sin lentes, el diario E1 Nacionalista y me dijo que le gustaba mucho leer: Ultimas Noticias, El Nacional y El Aragüeño, aparte de la Biblia, la cual lee todos los días.

Actualmente vive en su vieja casita de Malariología, ubicada en el callejón N° 03 de la Avenida Roberto Vargas, quien fue su gran amigo. Me dijo: esta casita me la dio Raúl Leoni, afirmando, ¡Qué Presidente más bueno! Entre sus grandes amigas recuerda a Rosita Vegas, quien fue como su hermana, a mi madre María José de Rodríguez, María de la Cruz de Sojo, entre otras.


El pasado 20 de enero, Doña Guillermina cumplió 92 años los cuales celebró en grande, en compañía de todos sus familiares y amigos.

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[*] Profesor jubilado. Autor de la columna Semblazas Orticeñas, que sale todos los viernes en el Diario El Nacionalista de San Juam de los Morros.Cronista Municipal de Ortiz.

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viernes, enero 19, 2007

Los pasos de la Reedificación

LA NUEVA IGLESIA se construyó en el centro de la población, con el frente destinado a la plaza y la calle principal. Era el primer punto urbano que, con el tiempo, se fue extendiendo con sus espacios cuadriculados, hacia el oeste y sur de la población. Su construcción se inició a finales del siglo XVIII, tan pronto los orticeños fueron autorizados por el Obispo Mariano Martí. De esta fecha se comenzó un proceso de reestructuración urbanística en Ortiz, bajo el estilo hispánico. Todos los rastros del núcleo inicial del primitivo caserío desaparecen sin dejar huellas. De allí que se empieza una estabilización urbanística con el surgimiento de casas solariegas, con techo de tejas, amplios ventanales y fuerte construcciones de mampostería, cuyas tapias abarcan hasta tres solares[1].

Uno de los artífices de este desarrollo urbanístico va a ser el prebístero bachiller Don Francisco Javier García Castillo, cura párroco de Ortiz y Clérigo domiciliario del Arzobispado de Caracas, nombrado el 11 de febrero de 1789; pero, tomó posesión de la parroquia a principios del mes de abril de 1789. El nuevo párroco, según el historiador Oldman Botello, Cronista de Maracay, va a llevar a cabo una obra de civilización a la parroquia Santa Rosa de Lima, especialmente en la reparación y construcción del nuevo templo de Ortiz. Además, el párroco fomentará la edificación de “varias casas de tejas” para contribuir en el poblamiento de la comunidad[2].

De acuerdo con documentos de la Iglesia, en febrero de 1810, García Castillo daba cuenta sobre “un hermoso templo” que habían levantado los habitantes y su párroco de aquella población. Dice, también, que a sus espesas se construyó “un puente de cal y canto y madera con terraplén y empedrado (...) para transitar una quebrada que corre por el centro de el”. Igualmente, comenta el prelado que en el sitio de Paya Abajo, se fabricó una capilla para facilitar a los vecinos de esa localidad la frecuencia del Santo Sacrificio de la Misa[3].

Precisamente, el Padre José Ayala dejó escrito en su relación de 1844, que ya existía " una nueva iglesia de una sola nave construida de paredes y rafa, un techo de obra limpia, con bautisterio, coro, sacristía y campanario con sus dos campanas útiles"[4].

De este modo, se proyectó la Iglesia Santa Rosa de Lima. En un principio, se había pensado de tres naves; pero, primero, se construyó la nave central, con techo de madera, teja y piso enladrillado. En efecto, más tarde, el gobierno nacional mediante un decreto de fecha del 26 de mayo de 1866, había aprobado auxiliar a la fábrica con cuatro mil bolívares[5] para culminar con las infraestructuras que aún faltaban.

Estos recursos no se cristalizaron sino un año después. En otra resolución de 18 de mayo de 1867, el Gobierno ordena la erección del templo, a petición de las autoridades locales; y, para tal fin, se designó una partida presupuestaria de Bs. 4.000 para el acometimiento de la obra que estaba a la disposición del Concejo Municipal y del párroco Juan Bautista Franceschini.

Dice el decreto:

Por disposición del Consejero de la Presidencia de la República, se auxilia la fabrica de la Iglesia de Ortiz (Estado Guzmán Blanco), en la cantidad de cuatro mil bolívares (Bs.4.000, 00) que será entregada, por una sola vez, con cargo al ramo de obras públicas, al Venerable Cura párroco de aquella iglesia, señor Prebístero Juan B. Franceschini[6]

No obstante, las promesas políticas sobre la construcción del nuevo templo terminaron siendo vanas. Diversos factores se habían opuesto a ese anhelo colectivo. Fue años más tarde, cuando el General Joaquín Crespo Torres, ordenó la reedificación del actual templo, admiración hoy de feligreses y turistas. En 1885, el gobierno nacional mandó hacer la proyección de la iglesia de Ortiz, la cual realizó el arquitecto Juan Hurtado Manrique[7] y con él, como asistente, su discípulo Alejandro Chataing.

Es por ello que, en enero de 1886, la Junta de Fomento, bajo la presidencia del presbítero Juan Bautista Franceschini, se dedicó con esfuerzo rescatar la iglesia, la cual se hallaba en "desmejoradas" condiciones por la "presión del tiempo". Dicha Junta, además, se encargó de recolectar fondos entre los vecinos, con lo cual reunió un total de 500 pesos que, en gran parte, ayudaron para comenzar la recuperación del templo.

Ricardo Núñez Gómez, joven periodista y educador cumanés residenciado en Ortiz - por iniciativa del gobierno de Antonio Guzmán Blanco, quien promovía la educación gratuita-, daba cuenta del mal estado en que se encontraba el templo orticeño, en el periódico El Indicador de Villa de Cura. Sin duda, aquellas notas periodísticas motivaron al presidente de la República, el general Joaquín Crespo Torres se comprometiera - durante una visita al pueblo de Ortiz, el 13 de mayo de 1886- a emprender “… toda su ascendente en la administración actual de país, para que el Tesoro Nacional erogase inmediatamente la cantidad de mil pesos, como contingente (...) a la reedificación del templo de esta ciudad".

Dice Núñez Gómez, en otro artículo publicado en El Progreso de Calabozo que, para junio de ese año, el gobierno ya había desembolsado los mil pesos prometidos y los mismos habían ingresado a la tesorería de la Junta Inspectora de la Fabrica de la Iglesia.

El 8 de diciembre de 1896, el presbítero Franceschini señala - en una carta dirigida al MOP-, los adelantos de la reedificación, mencionando que faltaba el techado y que los trabajos se habían interrumpidos desde 1895. "En esta obra se ha invertido (aproximadamente, hasta el último del mes próximo pasado) veinticinco mil pesos o sean cien mil bolívares", apunta el emprendedor sacerdote.

Más adelante el párroco destaca que " para poner este edificio a punto de techarlo, falta pues, concluir el presbiterio y cuatro columna con cinco arcos por cada lado de la nave del centro", acota.

Se desprende en la misma misiva del Padre Franceschini que el edificio se había principiado a construir en el mes de julio de 1886. A finales de 1888 estaba terminado todo el frente y casi todas las paredes laterales de la nave derecha e izquierda, siguiendo el plano del ingeniero Hurtado Manrique. Hurtado Manrique concibió la obra en el denominado estilo neoclásico y según la tradición, el diseño era una replica de una Basílica de Roma. Lamentablemente, Hurtado Manrique murió antes de culminar la iglesia, quedando construida parcialmente.

Para principios de 1893, durante una inspección de los trabajos de construcción, los ingenieros Jesús Muñoz Tebar y Mister Block examinaron y aprobaron la obra por su solidez y clase de material usado en ella. En la fábrica se había invertido aproximadamente 25.000 pesos o sea, 100 Mil.

NOTAS

[1] RODRIGUEZ DELLAN, E (1974): Dinámica Geográfica de un Pueblo. Contribución al estudio de la Evolución Urbana de Ortiz. Caracas: Universidad Central de Venezuela. Mimeografiado pp. 19-20
[2] BOTELLO, ODMAN (2005): El Padre Francisco García Castillo: Un civilizador en Ortiz. Siglo XVIII-XIV. Ortiz: Encuentro de Historiadores y Cronistas de Ortiz
[3] MARCO DORTA, ENRIQUE (1967). Materiales para la Historia de la Cultura en Venezuela 1523-1828. Caracas-Madrid., p 547
[4] ACHIVO ARZOBISPAL DE CARACAS. Inventario de la Iglesia de Ortiz. Sección Parroquia y Matrícula, Ortiz.
[5] ARCHIVO DEL CONGRESO NACIONAL. Tomo 12, p 600. No. 3628
[6] Ídem, tomo 4, p592.No.1585.
[7] Nació en Caracas el 23 de Enero de 1837 y murió en la misma ciudad el 17.7.1896. Fue un destacado arquitecto venezolano, quien estuvo involucrado en importantes proyectos arquitectónicos desarrollados en diferentes regiones del país, entre mediados y fines del siglo XIX. Fueron sus padres Nepomuceno Hurtado y Soledad Manrique.
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viernes, enero 05, 2007

El templo que no se ahogó bajo las aguas

A principios del siglo XIX, la vieja Iglesia de San Francisco de Asís estaba en ruina. Más tarde, el presidente de la República, General Joaquín Crespo Torres, dotó a este templo de la imagen del santo de Asís y la restauró con estilo neoclásico. Según arquitecto Gasparini, aquella arquitectura religiosa fue construida en el siglo XVIII, tal como lo revela la intervención de sus constructores, quienes supieron dirigir la obra con intención artística.


Por José Obswaldo Pérez


Ruinas de la Iglesia de San Francisco. Foto Fautino Perozo. Archivo de Ilio Colmenares

LA IGLESIA aparece con sus viejas columnas y paredes desgarradas por el tiempo. En la callecita La Presentación que conduce a una colina se halla esta imponente estructura, en medio de árboles que salen de paredones de adobe, donde también se anidan los comejenes, las avispas amarillas y otras alimañas. Pero, en medio de aquella soledad, entre el paisaje agreste y las cuerdas de alambre de púa que lindan el lugar contra toda memoria, aún su historia es implacable. Más allá de la funesta teoría de que sus muros se ahogarían bajo las aguas de la represa, como tampoco le sucedió al viejo pueblo.

Fue previamente una ermita o una especie de capilla pública, pequeña, hecha de bajareque. Al parecer se comenzó a construir en 1722, por los esfuerzos de varios vecinos, principalmente, por el rico terrateniente y encomendero don Marcos Jaspe Coronado, propietario de las posesiones Guaitoco (1791) y Corralito, con 2.000 reses que pastaban las sabanas más ricas del Tiznados (Botello, 1998; MacPherson, 1988:223).

La antigua capilla – la primera que dio origen a su iglesia- estaba ubicada en el llamado sitio o Hato Tiznados, propiedad del latifundista Agustín Ceballos. Funcionaba como “la matriz y la principal”, junto con siete oratorios distribuidos en el propio Tiznados. Esta ermita funcionó hasta 1728. Había sido una vicefeligresía; e inclusive, en 1720 o 1722, cuando fue elevado el sitio a parroquia, por disposición de las autoridades eclesiásticas. Fue su primer párroco el presbítero don Domingo José de Espinoza hasta noviembre de 1744, cuando renunció a su obligación.

En 1746, cuando se efectuó la primera visita pastoral a cargo del monseñor Juan García Abadiano, ya había en este lugar cura e iglesia parroquial dedicada a la advocación de San Francisco de Asís. Una fecha clave, por cuanto se considera como la referencia más antigua del nombre de la población; así se confirma en una matrícula de 1758, cuando la localidad tenía 1.763 habitantes y era cura del lugar, el párroco bachiller Santiago Armada, una figura conocida en el quehacer artístico de la historia colonial venezolana.

Más tarde, desde 1765, fue su titular el presbítero Don Diego Báez Simancas, quien se convirtió en el impulsor de la Iglesia de San Francisco de Asís de Tiznados, junto con el ganadero Don Pedro Alcántara Nieves, tío de Juan Germán Roscio. Ambos habían donado partes de sus tierras para permitir la fundación del pueblo y crecentar el número de habitantes.


El párroco Báez Simancas había nacido en Baruta, el 2 de febrero de 1735; perteneciente a una distinguida familia de origen canario. Se ordenó de cura el 18 de agosto de 1765, tiempo en que se le había designado titular del curato de Tiznados (Martí, 1998; tomo II: 194). Su familia, también, era propietaria del Hato Mapurite o San Diego (ubicado hoy en el caserío que se llama Matafraile, vía Calabozo), el cual para el año de 1791, esta unidad de producción tenía unas 500 reses.

El inventario levantado por el presbítero Báez Simancas nos revela cómo era la iglesia, cuáles eran sus imágenes, y las dimensiones de su estructura. Dicha relación había sido efectuada el 14 de septiembre de 1765, cuando el párroco entregaba por primera vez – escasamente a un mes de haberlo asumido- el curato al padre doctor José Lorenzo Fernández de León, catedrático de la Universidad de Caracas, hoy conocida como la UCV.

La descripción de la iglesia, según esta relación documental, era de barro, sencilla, cubierta de palma; media de largo 20 varas por 6 de ancho. Tenía dos puertas “de dos manos” con sus aldabas sin cerraduras; la capilla mayor tenía dos ventanitas y en el altar gradas de madera; la estructura del altar mayor, de adobe. Las imágenes: una de San Francisco de Asís; un cuadro de Nuestra Señora de Altagracia, otro de Nuestra Señora de las Mercedes; otro de Santa Rosalía; una cruz de Jerusalén de un tercio de alto, un púlpito y un sillón de madera.

En dicho inventario, también, se menciona los objetos e imágenes de la Capilla de Guaitoco, ya desaparecida y en ruinas, por lo que se trasladaron a San Francisco sus pertenencias: una imagen de Nuestra Señora del Rosario con corona de plata, la cual estaba partida en tres partes; un sepulcro de madera; una imagen de dos tercios de alto de San Nicolás de Tolentino, otra de San Juan Bautista, una cruz de madera. La Capilla de Guaitoco era la más delicada en contenido de imágenes religiosas de gran valor. La misma fue mantenida por los ricos ganaderos y agricultores de la zona, pero “la dejaron arruinar”, según la expresión que utiliza el escribano del inventario. Históricamente se dice que fue en esta sencilla iglesia donde se bautizó al doctor Juan Germán Roscio, prócer de la independencia y otros líderes de la gesta hispanoamericana nacidos en suelo franciscano.

Hoy, muchas de estas imágenes se encuentran en la actual Iglesia (de cobertizo de zinc y bloques de concreto). Por ejemplo, un Cristo dentro de un sepulcro de talla muy rudimentaria, hecho por algún artesano ingenuo, se le tiene como milagroso y se le profesa que crece unos escasos centímetros cada año y debido a la presión de sus piernas provocó la ruptura del vidrio del catafalco en el cual se mantiene expuesto. Entre otros inventarios, en la iglesia se conserva dos campanas de la época de 1861 y 1867, respectivamente.

Según otra Relación de 1769, levantada por Joseph Luís Cisneros, el sitio Tiznados estaba a una distancia de dos leguas de Parapara y la iglesia estaba “cubierta de paja”, la cual servía el Cura Capellán licenciado Joseph Francisco de Espinoza, quien atendía a dos capillas, una en el sitio El Limón y otra en La Platilla, hoy jurisdicción de San Lorenzo Tiznados.

Desde el de 2 de marzo de 1779, el doctor fray Juan Miguel Mérida, religioso mercenario del Convento de Caracas, era regente de la curia de este pueblo, en sustitución del titular el padre Diego Báez Simancas, por encontrarse enfermo con “una fístula” en la ciudad de Villa de Cura, motivo por el cual solicitó su renuncia a esta Capellanía (Martí, 1998; tomo II: 194). Mérida era Maestro de la Orden de Mercenarios y estaba borlado en la Universidad de Caracas.

Durante la visita del Obispo Martí en 1780, la descripción del templo era de una sola nave “… de corta capacidad, cuyas paredes son de bajareque doble, algo deterioradas…” La iglesia estaba ubicada a medio cuarto de legua del pueblo, en lo alto de un cerrito, fácil de subir (Vila, 1991). Señala el Obispo Martí que el templo estaba dedicado a San Francisco de Asís. Tenía capilla mayor o presbiterio con un altar de madera al frente; detrás estaba la sacristía. En la fachada tenía un campanario de dos cuerpos; en el interior estaba el baptisterio. Además de la puerta principal, había dos colaterales. La fábrica se hallaba bastante deteriorada. En el interior estaba el cementerio cercado de bahareque. (Vila, 1991:143).

El siglo XIX de la ruina

A principios del siglo XIX, la vieja Iglesia de San Francisco de Asís estaba en ruina. Es en 1802, el 23 de junio, cuando el párroco de la misma, Pedro Joaquín de Armas se dirige al teniente justicia mayor de San Francisco, don Antonio Pérez, solicitando que se emprenda la construcción de una nueva iglesia. Se nombran entonces, de común acuerdo, dos peritos para evaluar las minas de la iglesia vieja cuya cumbrera había cedido. Estos expertos fueron José Antonio Figueroa en albañilería y el carpintero Estanislao de la Torre. Comprobado el mal estado de la iglesia procedieron a emitir su opinión sobre los costos y otros detalles de la nueva: los trabajos de carpintería alcanzarían a 2.500 pesos. Los de albañilería 2.890 pesos. Un total de 5.390 pesos. Tendría 28 varas de largo por 9 de ancho, tres varas más de ancho que la antigua (Botello, 1998: 37).

La solicitud estaba debidamente respaldada y fue elevada a la consideración superior de las autoridades eclesiásticas. El doctor Don Andrés de Narvarte, destituido caraqueño que llegó más tarde a ocupar provisionalmente la presidencia de la República, fue comisionado ante el obispo de Caracas don Francisco de Ibarra para solicitar la autorización, la cual fue otorgada, con la condición de que se levantara preferentemente en el mismo sitio de la anterior o en uno cercano. También, el gobernador y capitán general de la Provincia de Caracas, Capitán General Don Manuel de Guevara y Vasconcelos, aprobó la obra el 27 de septiembre de 1802. Se conservaría el mismo cementerio y la construcción sería costeada del culto y las contribuciones de los vecinos. Es esta la iglesia que, en el presente siglo, permanece en ruinas y aún se levanta airosa sobre una colina donde nunca llegaron las aguas de la represa, como se pensó.

Más tarde, el presidente de la República, General Joaquín Crespo Torres, dotó a esta iglesia de una imagen del santo de Asís y la restauró con estilo neoclásico. Según el arquitecto Gasparini, aquella arquitectura religiosa fue construida en el siglo XVIII, tal como lo revela la intervención de sus constructores, quienes supieron dirigir la obra con intención artística. De hecho, esta infraestructura representó la riqueza monoeconómica de la zona: la de los criadores de ganado y propietarios de hatos. Sus restos aún describen lo que fue: una iglesia de tres naves y de líneas bien equilibradas, artísticamente fabricada.

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

ARMAS ALFONZO, ALFREDO (1971): La tierra de Venezuela y los cielos de sus santos. Caracas: Ernesto Ermitaño Editores.

BOTELLO, OLDMAN (1998): Los Tiznados. Caracas: Congreso de la República. Ediciones de la Cámara de Diputados.

CASTILLO LARA, LUCAS G (1980).Los mercedarios y la vida política y social de Caracas en los siglos XVII y XVIII. Caracas: Academia Nacional de la Historia.

CASTILLO LARA, LUCAS G (1984): San Sebastián de los Reyes. La ciudad Trashumante. Tomo I. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.

DE ARMAS CHITTY, J.A (1979): Historia del Guárico. Tomo I, II. Caracas: San Juan de los Morros: Publicaciones de la Universidad Rómulo Gallegos.

HERNÁNDEZ GONZÁLEZ, MANUEL (1999).Los canarios en la Venezuela Colonial, 1670-1810‎,

LEAL, IDEFONSO (1983).La Universidad de Caracas en los años de Bolívar, 1783-1830‎,

MACPERSON, TELASCO A (1941): Diccionario del Estado Miranda. Caracas: Editorial Elite.

MARTÍ, MARIANO (1998): Documentos relativos a su visita a la Diócesis de Caracas. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.

PINTO C, MANUEL (1967). Principio y formación de San Juan de los Morros

VILA, MARCO A (1978): Antecedentes Coloniales de Centros Poblados de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Facultad de Humanidades, UCV.

VILA, PABLO (1991): El Obispo Martí. Tomo II Caracas: Universidad Central de Venezuela. Facultad de Humanidades y Educación.

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martes, enero 02, 2007

Toponimia y política / NOVO NOMECLATOR QUINTA REPUBLICAN0

En la actual administración del chavismo – régimen inaugurado en 1999, a raíz de elecciones libres y democráticas- se quiere, en esta materia, acabar con el pasado. La tesis chavista es la refundación de la república. La V republica, como la han denominado.

por JOSÉ OBSWALDO PÉREZ

LA DENOMINACIÓN DE NOMBRES es un proceso complejo. Intervienen factores políticos, históricos y sociológicos. Así como antropológicos y psicológicos. Pero, principalmente, lo que corresponden a la memoria histórica de los pueblos. Cambiar los nombres a los lugares, a los espacios es asunto peligroso. Es un riesgo cuando un nombre se ha enraizado en la cultura local y después se le quiere renombrar.


En la actual administración del chavismo – régimen inaugurado en 1999, a raíz de elecciones libres y democráticas- se quiere, en esta materia, acabar con el pasado. La tesis chavista es la refundación de la república. La V republica, como la han denominado. Esa refundación de la patria pasa por una redefinición de los espacios de la vida cotidiana mediante substitución de la toponimia vigente por una toponimia nueva correlativa al “proceso revolucionario bolivariano”.


El hecho no es nada nuevo en Venezuela[1]. A raíz de la muerte del dictador Juan Vicente Gómez y posteriormente los gobiernos siguiente, incluyendo el Pacto de Punto Fijo, se bautizaron y rebautizaron sitios y espacios públicos, de acuerdo a la tendencia de turno. Hoy el chavismo, como una expresión de un proceso de cambio, que se viene gestando desde 1980, pretende, con la idea de reivindicar a personajes de la historia venezolana, borrar una etapa de la historia venezolana. Se intenta reelaborar una nueva historia, políticamente manipulada. La idea, como dice el historiador Pino Iturrieta, es cambiar la memoria del venezolano “para que se establezca un puente entre la Independencia de Venezuela y la Quinta Republica. Se busca borrar todo lo demás, pero especialmente el siglo XX[2]




Más allá de un simple cambio de nombre, las nuevas denominaciones representan la ruptura con el Pacto de Punto Fijo y la inauguración de una nueva era. Los cambios de nombres en los últimos años son el reflejo de las líneas gubernamentales en el área política, económica, cultural o militar. ¿Pero se mantendrán en el tiempo? El historiador Damas Carrera señala que estas modificaciones no tendrán ningún efecto en la conciencia histórica.”Este es un gobierno nominalista, es decir, cree que ponerle nuevo nombre a las cosas o rehacer las ya hechas. La historia nos enseña que esa manía de gobiernos no propiamente ilustrados ha llevado a situaciones hasta ridículas


NOTAS



[1] TORT, J. Los cambios de nombre de los municipios durante la revolución y la guerra civil españolas (1936-1939). El caso de Cataluña. Scripta Nova. Revista electrónica de geografía y ciencias sociales. Barcelona: Universidad de Barcelona, 15 de enero de 2003, vol. VII, núm. 133, [ISSN: 1138-9788].
[2] 20 Lugares e instituciones rebautizadas por el chavismo. Siete Días, El Nacional, domingo 31 de diciembre de 2006.
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jueves, diciembre 28, 2006

Relatos del Mediodía

José Obswaldo Pérez

EL HASTÍO Y LA SOLEDAD se observaba desde la Bodega Santa Rosa de Lima, cuando el carro Pakard negro cruzó la calle solitaria. Era la una de la tarde y el lugar estaba silencioso. Tres personas descendieron del vehículo, bajo la mirada solemne de dos ancianos que conversaban de sueños, fantasmas y muertos. La ciudad se había esfumado en su otrora imponente, entre macizas paredes de ladrillo y gruesos maderones de acapro. Una arquitectura de señoriales casas atrapadas, entre moho y los escombros, quedaban para la vista de todos como la imagen de su pasado glorioso.



Sin embargo, todo había cambiado.

Y entonces, se oyó el murmullo que venía de la plaza. El sol llanero continúo con su implacable persistencia hendiendo las calles vacías, mientras los habitantes descansaban la siesta. Adentro, detrás del mostrador, sentado en una silla de mimbre, un hombre hablaba. Contaba - en esa hora pesada -, las historias de cada tapia llagosa, de cada uno de los ventanales de viejas casonas pidiendo misericordia. Su conversación se diluía dentro aquel vaho de paredes descascaradas, olorosas a rincones húmedos. Era casa y bodega a la vez. Allí guardaba los recuerdos y las tristezas, tras la última vida de pulpero.

Su casa-bodega estaba ubicaba frente a la Calle Real o Calle Comercio (ahora llamase la avenida Bolívar), donde existió algo poco común a otros lugares de la población: una biblioteca atiborrada de libros, carpetas, álbumes, periódicos viejos y una vieja máquina de escribir, la que utilizaba para el oficio de juez del pueblo. Allí leía hasta el cansancio. Era un sin número de materiales y papeles del pasado, su tesoro de recuerdos. Los tenía, desde muy joven, guardados; y se había nutrido y alimentado autodidácticamente de ellos. Era su única herencia.

Pero, ahora, el hombre en su senitud, languidecía. Detrás de aquel negocio exhibía el ocaso de las últimas estirpes familiares del pueblo, descendientes de los fundadores de la ciudad. Por aquella casa, en cada rincón, aparecía Díos tras esas paredes de memorias, en esos ratos de angustias y rezos en silencio. Allende, estaba ubicado el pequeño altar del Siervo José Gregorio Hernández - que junto a las ánimas benditas- se le tenía toda la devoción y la fe religiosa de la familia. Más allá, recorriendo cuartos y pasando por el zaguán estaba el retrato siempre iluminado de su madre. Una mujer que debió ser hermosa en sus tiempos de mocedad y que, después, llegó a ser la maestra del municipio.

Cruzó las piernas, levantó la cabeza hacia arriba y luego procedió a remendar, poco a poco, los recuerdos del viejo Ortiz. No estaba solo. Estaba su hermano y un amigo de la casa, escuchándolo detenidamente; sumergidos en esas historias encantadoras. Cuentos que nos llevaban a viajar por la ciudad de antaño, casi todas las tardes como un exorcismo ritual. En ese momento, interrumpió su esposa y entró al recinto de conversación con tres tácitas de café con leche. Una costumbre hogareña, una rutina diaria de esa hora de bostezos y cabeceos de sueños.

- Aquí está el café, está caliente- dijo.

Todos saborearon gustosos la nata bordeada a las tazas de café con leche. El hombre siguió hablando. Su vista se volvió hacia un agujero en el techo de la casa, dejando filtrar en aquellos ojos de almíbar sus tristezas y su soledad. Ojos que parecían buscar en ese viaje el pasado ido y la evocación de sus orígenes. Ojos que reflejaban los recuerdos de la infancia, las primeras experiencias de la juventud y los fantasmas de sus historias. Pura nostalgias perdidas por aquellas calles solas en un cómplice silencio y un calor sofocante.

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