miércoles, agosto 22, 2007
miércoles, agosto 15, 2007
EL ATENEO DE CALABOZO CONVOCA A LAS LETRAS
En el marco de la celebración de sus 25 años de existencia el Ateneo de Calabozo declara abierta desde la presente fecha su XII Bienal Literaria con sus dos menciones, poesía Francisco Lazo Martí y cuento Daniel Mendoza, según lo informó el presidente del Ateneo de Calabozo, Rubén Páez.jueves, agosto 09, 2007
Una insinuación de recato
Filomena Bucal había sido la esposa del culto comerciante y general Luis María Ducler. Caballero que había llegado de Cumaná a Villa de Cura fundando La Perla, una de las mejores sastrerías que existía en esa localidad en 1897. Luego pasó a Ortiz, donde murió el 24 de octubre de 1910. Allí, Ducler se desempeñó en el cargo de Juez de Distrito y fue, además, secretario del Concejo Municipal; un gran orador y miembro de la Logia Sol de Los Llanos. Tenía a penas cinco meses de haber sido nombrado Mayordomo de Fabrica de Ortiz, cuando la muerte lo sorprendió y su noticia fue publicado en el diario El Universal, el 13 de junio 1910.
“Era una mujer de alta categoría, muy entrada en años, pero aún muy buena moza”, contaba Nicanor en esa noche cuando el cortejo de damitas llevaba a las nupcias a una hija del general Julián Correa. Esa misma noche, Ducler conoció a Filomena, una joven dama que había dejado sus zapatillas enterradas en medio del barrial del camino; a pesar de que, el general Correa había entablado la calle para que nadie se enlodara de fango, durante la marcha nupcial. Era agosto y agosto era sinónimo de lluvia y barrial en Ortiz
- Mañana le voy hacer una visita, señorita Bucal.
- Cuando lleve gusto, señor Ducler - había dicho aquella joven tímida al hombre afrancesado.
A poco tiempo Filomena y Ducler se casaron. Pero, fue corto su noviazgo, como sus días de maridaje. Su viudez la encontró sola y con tres hijas, tiernas y señoriales. Ducler había muerto.
Doña Filomena vivía en una vieja casona que todavía se le seguía insinuando como el burdel del pueblo, en medio de erróneas y situaciones pretéritas con la cual se originaban malos entendidos y confusas intenciones.
Esa noche de la insinuación, Filomena debió ponerse - bajo el manto del mosquitero- de un mal gusto con aquellas palabras que le lanzó un desconocido por la ventana; pensando - quizás en las mujeres de la vida- que, en un tiempo atrás, rindieron su culto a la carne y animaron a hombres y viajeros con sus oraciones de cuerpos desnudos, entre aquellas cuatro paredes donde se oteaba el silencio de las estrellas.
Juancho Rodríguez pasó esa noche con su atajo de ganado hacia La Romana, el joven pueblerino despreocupado - sin saber que la casa había sido comprada por los Ducler - llegó hasta aquel lugar mordiendo tentaciones y soñando con apetitos sexuales.
Tocó la puerta y nadie le respondió.
- ¿Quién es? - pregunto Filomena, minutos después.
- Yo amor querido, ábreme la puerta que vengo muerto de frío – dijo el joven.
Aquellas palabras de recato causaron estupor en los oídos de Filomena, luego que las escuchara perpleja en la soledad. Otra noche, el viejo Don Perfecto Diamón - amigos de los Ducler -, paso por la vieja casa de la Calle Cuartel, con un saco de verduras y recados de familia. Venía de la Sierra de Tiznados, con su único amigo un burro bisoño, al trote de un viaje largo.
Diamón tocó la puerta de la familia Ducler, y como era de esperarse Filomena y sus tres hijas se pusieron nerviosas, pensando en los vagabundos y aprovechadores de mujeres indefensas.
- ¿Quién es el que está tocando la puerta? – asistió Filomena.
- Yo, Perfecto Diamón – le respondieron, desde afuera.
- ¡¿Qué?! ¡Secreto de amor! – replicó Filomena, sobresaltada.
Inmediatamente, sin pensarlo dos veces, Filomena le respondió a su visitante: “ - Hazme el favor, sea quien sea, retírese de la puerta”.
Pero, seguidamente, una de sus hijas replicó:
- Nooo, mamá. No es Secreto de Amor, es don Perfecto Diamón; y parece que viene de la Sierra, porque nos trae un saco de verdura de casa de la tía Julia.
Esa noche, bajo una luna de cazar venados, Filomena Bucal se mecía en silencio. Había terminado siendo sorda, pero con el privilegio de conversar con los muertos. Siempre tenía las manos frías, faltas de calor; y su murmullo en su habitación se sentía como de otro mundo.
lunes, julio 30, 2007
Antonio Sedeño, un aventurero conquistador
EL CAPITAN ANTONIO SEDEÑO fue un personaje un tanto oscuro en la historia de la colonización en Venezuela. Sin autorización real se dedicaba a conquistar territorios y apresar indios para venderlos como esclavos. Esta circunstancia hizo que los hombres de Sedeño fueran siempre perseguidos por las tropas del gobernador, Jerónimo de Ortal, que representaba a la Corona española.
En 1512, de España llegó a Puerto Rico, con dos esclavos y el titulo de contador de la Real Hacienda, y con un salario de cuarenta mil maravedíes al año. De esta manera se inició formando parte de la administración colonial al ser designado contador de la Real Hacienda en Puerto Rico. Más tarde, en 1515 fungía de Regidor de la Isla.
En 1530 emprendió su carrera de explorador y conquistador al trasladarse a la isla de Trinidad, pero el terrible acoso al que le sometieron los indígenas motivará el abandono de la empresa dos años más tarde. En 1534 regresó a la isla para conquistarla definitivamente, no sin grandes dificultades al enfrentarse con Alonso de Herrera y Álvaro de Ordax por los derechos de conquista y gobernación.
En junio del 36 levanta ancla con ciento cincuenta hombres y setenta caballos, con ellos llega a los ríos San Miguel de Neveri y el Unare, este ultimo conocido popularmente como Castilla del Oro, por lo llano de sus tierras y por el oro de sus minas –las de Borbutara-. Luego, emprende entrada a tierra a dentro con miras de penetrar a Río Meta, y desde allí a El Dorado. La aventura americana del rebelde Antonio Sedeño lo lleva a pasa desolado por los rumbos de los Llanos de Paya, en 1538. Se metió a la tierra adentro, con el pretexto de proseguir en sus conquistas. Durante su marcha se cometen los mayores atropellos contra los naturales .
Ante las denuncias, la Audiencia envió al Licenciado Francisco de Castañeda con órdenes expresas de capturar a Sedeño; pero, en Valle de Río Tiznados encontró a unos indios con tatuajes “donde cogió la muerte, pues en el partido de Tiznados, la violencia de un veneno, que le dio una criada suya, puso fin a sus temeridades, y a su vida” .
En este sentido, hay muchas versiones sobre la muerte de Sedeño. Se dice que fue la morisca Fernández, quien era su concubina o cocinera la que confabuló, con otros enemigos, su muerte en mayo de 1538 ; y pero según otros, Sedeño murió “como término de un grave mal que lo aquejaba” .
El poeta conquistador Juan de castellanos, español sevillano, quien había tomado parte de algunas expediciones a tierra firme con gente que había sido de Antonio Sedeño y Jerónimo Ortal, describe a Sedeño como un hombre pequeño, de quien dice que fue de “buen talante, de grata condición y generoso; más en su pretensión tan gran gigante que tenía lo más por poca cosa” . Dice Castellano, en la Elegía XII, en la cual corrobora este aspecto de la vida del turbulento contador de Puerto Rico, de quien el cronista-poeta buscó la corteza lisa de un árbol para acomodarle, en latín y castellano, el siguiente elogio fúnebre:
Híc requíescít homo Sedeñus corpore parrus;
Rebus at in cunctis pectore magnus erat.(=Aquí de su brio falto
Reposa Antonio Sedeño./Que fué de cuerpo pequeño/Y en el ánimo muy alto.)
“ Hic requiescit homo sedenus corpore
Parvus, rebus at in cunctis
Pectores magnus erat”
El Fray Antonio Gaulín describe el hecho:
“ Enterrándolo en un espacioso valle, a quien los españoles dieron nombre de Provincia de los Tiznados por unos indios que en el habitaban, pintados siempre de negro con carbón molido y yerba mora sobre unas rajaduras, quienes introducidos aquel vetumen permanecían indelebles su pintura, que ellos tenían a superior gala; y desde entonces se conocerá este nombre Tiznados e un río, que corre por los llanos de la provincia de Venezuela y que cae al Portuguesa, y en todos los hatos de ganado que hay en sus márgenes y vegas circunvecinas.”
Castellanos puso poesía a las heroicas aventuras del valiente capitán Antonio Sedeño e hizo una crónica de su muerte en el río Tiznados, diciendo de él en sus versos de Elegías de Varones Ilustres de India:
“ Do el río Tiznados desencierra
su licor a llano convertido,
Yendo ya por la falda de la sierra
A la sombra de un árbol extendido
Dieron estos varones a la tierra
El valero cuerpo fallecido
Y en la corteza lisa por su muerte
Una letra pusieron de esta suerte:
Hic resquiescit homo Sedeñus Corpore Parvus
Rebus at in curetis pectores magnus erat
(Aquí de su brío falto reposa Antonio Sedeño,
que fue cuerpo pequeño, y en el animo muy alto)
A orillas del Rio San Juan
Cuando cesó de llover salí para ver mejor: más allá de un barranco de tupida y verde vegetación (crece el cactus, el mango, la guayaba, un cocotero y mil hierbas más) el río, con lo contaminado que se encuentra, no ha perdido ese sencillo atractivo silvestre que sin duda poseía cuando el indígena lo cruzaba camino a su choza o cuando el cruel ojo español lo vio por primera vez en su letal expedición de conquista.
Por Daniel R Scott
Se nos vino encima el cielo con una lluvia torrencial que golpeó con violencia nuestro techo de cinc. Me asome por unas de las ventanas de la habitación. Diez metros más abajo se divisan las aguas del río San Juan. "Pero no se preocupe amigo" me dijo una señora con un tono de voz despreocupado y tranquilizador. "Vivo aquí desde 1958 y sus crecidas jamás han alcanzado a estas casas". Suspiré aliviado. Cuando cesó de llover salí para ver mejor: más allá de un barranco de tupida y verde vegetación (crece el cactus, el mango, la guayaba, un cocotero y mil hierbas más) el río, con lo contaminado que se encuentra, no ha perdido ese sencillo atractivo silvestre que sin duda poseía cuando el indígena lo cruzaba camino a su choza o cuando el cruel ojo español lo vio por primera vez en su letal expedición de conquista. A estas mismas corrientes bajaba al San Juan de antaño para calmar la sed, lavar la ropa, pescar, refrescarse y para hallar momentos de esparcimiento. ¡Cuantos jolgorios y sabrosos sancochos alegraron sus orillas! Y la ancianita con sabe Dios cuantos años encima hablando de cuando Juan Vicente Gómez vino a San Juan para descansar por los de los Baños Termales. Eso sí que era vivir.
Para esos días era más caudaloso y limpio que hoy. Cierta vez mi papá (Don Antonio Scott Power) me regaló el oro de uno de sus más lejanos y difusos recuerdos de su niñez: se veía sobre los hombros de su padre a mitad del río. "El agua le llegaba por el pecho" decía papá con esa balbuceante y postrera voz herida por la edad y el mal de Parkinson. Estamos hablando de 1917 o 1920. Igual da. Otra leyenda creída y contada por una de las familias más viejas del terruño relata como mi abuelo ( Daniel Scott Gutierrez ) enterró en sus orillas un cofre de morocotas que, meses más tarde, al volver y no poder hallar el sitio exacto de su ubicación, le hizo perder la razón. "¡Yo lo puse aquí, yo lo puse aquí!" repetía sin cesar y delirante. La vieja familia a la que me refiero tiene el "yo lo puse aquí" como proverbio. "Hija: ¿donde pusiste el peine? ¿Que no lo encuentras? ¿No está donde lo pusiste? ¡Estás igualita a Don Daniel diciendo: yo lo puse aquí, yo lo puse aquí! ". Pero claro, se trata de una historia sin fundamento. A este Scott le hizo perder la cordura el exceso de lecturas y el sempiterno dolor
humano.Comentaba también papá que cada roca, playa, orilla o recodo del río poseían nombres e identidad propia. Mencionó algunos pero lamentablemente ya los olvidé. La vida de los habitantes de mi terruño giraba en torno a las diáfanas y vitales aguas de su río, y en su comunión diaria con él, le asignaban los nombres que las configuraciones de su curso sugerían.
Pero, como era de suponer, el advenimiento de la modernidad con su estela de polución lo convirtió en otro río anónimo y malogrado de los tantos que afean a esas no menos feas ciudades de las que nos sentimos tan orgullosos.