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Crónica/A ORILLAS DEL RÍO SAN JUAN

Cuando cesó de llover salí para ver mejor: más allá de un barranco de tupida y verde vegetación (crece el cactus, el mango, la guayaba, un cocotero y mil hierbas más) el río, con lo contaminado que se encuentra, no ha perdido ese sencillo atractivo silvestre que sin duda poseía cuando el indígena lo cruzaba camino a su choza o cuando el cruel ojo español lo vio por primera vez en su letal expedición de conquista. ........................................................................................................................................................ Por Daniel R Scott Se nos vino encima el cielo con una lluvia torrencial que golpeó con violencia nuestro techo de cinc. Me asome por unas de las ventanas de la habitación. Diez metros más abajo se divisan las aguas del río San Juan. "Pero no se preocupe amigo" me dijo una señora con un tono de voz despreocupado y tranquilizador. "Vivo aquí desde 1958 y sus crecidas jamás han alcanzado a estas casas". Suspiré aliviado. Cuando cesó de llover salí para ver mejor: más allá de un barranco de tupida y verde vegetación (crece el cactus, el mango, la guayaba, un cocotero y mil hierbas más) el río, con lo contaminado que se encuentra, no ha perdido ese sencillo atractivo silvestre que sin duda poseía cuando el indígena lo cruzaba camino a su choza o cuando el cruel ojo español lo vio por primera vez en su letal expedición de conquista. A estas mismas corrientes bajaba al San Juan de antaño para calmar la sed, lavar la ropa, pescar, refrescarse y para hallar momentos de esparcimiento. ¡Cuantos jolgorios y sabrosos sancochos alegraron sus orillas! Y la ancianita con sabe Dios cuantos años encima hablando de cuando Juan Vicente Gómez vino a San Juan para descansar por los de los Baños Termales. Eso sí que era vivir. Para esos días era más caudaloso y limpio que hoy. Cierta vez mi papá (Don Antonio Scott Power) me regaló el oro de uno de sus más lejanos y difusos recuerdos de su niñez: se veía sobre los hombros de su padre a mitad del río. "El agua le llegaba por el pecho" decía papá con esa balbuceante y postrera voz herida por la edad y el mal de Parkinson. Estamos hablando de 1917 o 1920. Igual da. Otra leyenda creída y contada por una de las familias más viejas del terruño relata como mi abuelo ( Daniel Scott Gutierrez ) enterró en sus orillas un cofre de morocotas que, meses más tarde, al volver y no poder hallar el sitio exacto de su ubicación, le hizo perder la razón. "¡Yo lo puse aquí, yo lo puse aquí!" repetía sin cesar y delirante. La vieja familia a la que me refiero tiene el "yo lo puse aquí" como proverbio. "Hija: ¿donde pusiste el peine? ¿Que no lo encuentras? ¿No está donde lo pusiste? ¡Estás igualita a Don Daniel diciendo: yo lo puse aquí, yo lo puse aquí! ". Pero claro, se trata de una historia sin fundamento. A este Scott le hizo perder la cordura el exceso de lecturas y el sempiterno dolor humano. Comentaba también papá que cada roca, playa, orilla o recodo del río poseían nombres e identidad propia. Mencionó algunos pero lamentablemente ya los olvidé. La vida de los habitantes de mi terruño giraba en torno a las diáfanas y vitales aguas de su río, y en su comunión diaria con él, le asignaban los nombres que las configuraciones de su curso sugerían. Pero, como era de suponer, el advenimiento de la modernidad con su estela de polución lo convirtió en otro río anónimo y malogrado de los tantos que afean a esas no menos feas ciudades de las que nos sentimos tan orgullosos.

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