sábado, enero 05, 2008

LA DIASPORA CULTURAL AFRICANA EN LA MICRO REGION DE ORTIZ- TIZNADOS

Los africanos han tenido una presencia continua en Hispanoamérica por más de 400 años. Desde la época de la conquista, las huestes conquistadores trajeron africanos que viajaban en las expediciones de tierra adentro. Muchos de estos grupos arribaron después a Venezuela por el puerto de Coro – alrededor del año de 1550 -, procedentes de la Antillas caribeñas para trabajar en las minas de Buria, cerca de Barquisimeto.


POR JOSE OBSWALDO PEREZ*

Los africanos y sus comunidades colectivas encontradas alrededor del mundo constituyen la diáspora africana. La diáspora africana no sólo se refiere a Hispanoamérica, sino también a la migración global durante milenios. Las comunidades africanas pueden ser encontradas históricamente en Asia, en Europa, y en Australia. Pero, las comunidades más numerosas son la de los países de América (Norte, Centro, y Sur) y el Caribe. Las colonias caribeñas y sudamericanas tuvieron un predominio de africanos, y esta fusión claramente afectó la cultura aborigen. La migración forzada de africanos siguió un patrón invariable a través de la diáspora. El proceso de sangría demográfica evidencia cómo una migración de esclavizados significaría una migración de culturas. Mientras muchos esclavizados se movían alrededor de la diáspora, más cultura se transmitía pese a la aculturización a que fue sometida en sus respectivas zonas de asiento[1].

El comercio atlántico de esclavos proporcionó los medios de migración para la mayoría de los africanos en el Nuevo Mundo. Cada grupo migratorio africano trajo sus tradiciones y costumbres que, aunque no eran idénticas, eran similares y, a menudo, tenían rasgos afines. Las tradiciones culturales, se plegaron a las otras culturas, comenzando a mezclarse. Varios investigadores hablan de una combinación de rasgos y elementos africanos en Hispanoamérica que tomaron lugar entre grupo humanos provenientes de Senegambia y Guinea Bissau, entre los ríos Níger y Senegal. Regiones, por cierto, preferidas por los españoles y portugueses para traficar con los naturales de esas zonas por su laboriosidad, alegría y adaptabilidad. De las caletas de Benin, Biafra, Congo y Angola también provienen emigrantes esclavizados. De estas regiones, miles de esclavos de diferentes naciones étnicas entraron a Venezuela. Entre los grupos humanos podemos citar: Ewe, Fon, Efik, Efok, Mina, Bakongo, Loango, Caheo, Mondongo, entre otros[2]. Muchas de las personas de estas zonas tuvieron interacción a través del comercio y la guerra antes de su reintroducción en Hispanoamérica.

Los africanos han tenido una presencia continua en Hispanoamérica por más de 400 años. Desde la época de la conquista, las huestes conquistadores trajeron africanos que viajaban en las expediciones de tierra adentro. Muchos de estos grupos arribaron después a Venezuela por el puerto de Coro – alrededor del año de 1550 -, procedentes de la Antillas caribeñas para trabajar en las minas de Buria, cerca de Barquisimeto. Su llegada resulta de una crisis de mano de obra debido a la demanda creciente de trabajadores para las minas, las haciendas, los transportes de carga y, en fin, para todas las formas de trabajo. El déficit de mano de obra trató de llenarse con la importación de África de esclavos a comienzos del siglo XVI.

A su llegada, los africanos participaron en la construcción socio-económica y política de la Provincia de Venezuela a comienzos del siglo XVII, cuando empieza la importación más o menos masiva de población africana al territorio venezolano y, principalmente, hacia los Llanos de la Provincia de Caracas. Su contribución más importante fue su fuerza laboral en las haciendas y hatos ganaderos, que facilitó la acumulación de capital, la introducción de nuevas tecnologías y la globalización del comercio interregional basado en el desarrollo creciente de la agricultura y la ganadería en el siglo XVIII[3]. El tráfico negrero, llamado específicamente trata[4], se correspondía con la dinámica histórica abierta con los nuevos descubrimientos geográficos de los siglos XV- XVI y con “el espíritu de lucro del capitalismo”. Este sistema, según el historiador Brito Figueroa:

somete a sus intereses las aspiraciones de aventureros, navegantes y gobernantes; pone precio a su participación material y transforma los esporádicos y accidentales contactos entre europeos y africanos en una empresa mercantil-monopolista de gran envergadura, destinada - como en efecto ocurre- a fortalecer su creciente poder económico[5].


En muchos casos, los africanos traídos a los hinterland negreros de los puertos de la Guaira, Puerto Cabello, Cumana y Barcelona[6], eran herreros, granjeros, alfareros y soldados, así como también marineros. Algunos otros trabajaban como mayordomos, empleados de servicio doméstico, actividades agrícolas y pecuarias y artesanales (artes y oficios). Los esclavos domésticos, realizaban tareas en la casa de habitación del dueño, junto con sus mujeres que se ocupaban de realizar trabajos como cocineras, lavanderas y criadoras de los niños blancos. En algunas circunstancias, y con la autorización del amo, podían alquilar su fuerza de trabajo; algunos de ellos hacían trabajos de herrería, carpintería, barbería, construcción de casas de adobe, fabricación de tejas o bloque de teja, entre otros oficios. Las mujeres eran solicitadas para cocinar, lavar, planchar, cuidar y, en muchos casos, para amamantar niños, cuando la madre moría en el parto o estaba enferma[7].

De los primeros establecimientos de esclavos, diversos grupos de esclavizados vivieron y trabajaron en los llanos de Guárico y Apure, mezclando tradiciones culturales, tecnológicas, y sociales en una perspectiva distintiva de mestizaje y creollización. La nueva cultura reflejó la entrada de esclavizados en el crecimiento de hatos ganaderos dedicados a la economía de agroexportación, principalmente de cueros y manteca. Ese espacio de vida no sólo fue un modo de hacer el lugar sino una forma de convivencia natural, entre los márgenes de una “tierra de frontera”, abierta y libre para la construcción endógena de una nueva “neoetnia” cultural: los llaneros[8].

Las recientes estudios realizados por Arturo Álvarez D` Armas, Irma Mendoza, Adolfo Rodríguez, Felipe Hernández y otros investigadores introducen un nuevo enfoque en los estudios africanos en la región llanera[9], lo que ha permitido conocer la gran importancia de la esclavitud negra en los hatos ganaderos y la propiedad territorial esclavista a lo largo del siglo XVIII y principios del siglo XIX. Adolfo Rodríguez, historiador etnocultural, señala que los esclavizados africanos llegaron junto con los dueños de hatos[10]. Los pobladores españoles y mestizos llevaron los primeros subsaharianos a los partidos de Tiznados, Paya, Las Cañadas y San Roque de Las Lajas, jurisdicción de San Sebastián de los Reyes, entonces unidades de producción agropecuaria en siglo XVII[11], para ser explotados. En medio de este espacio geográfico, el pueblo de Ortiz tenía una posición privilegiada. Era punto de paso o encrucijada para el comercio de ganado, cuero, tabaco y otros rubros hacia los centros de consumo urbano.

La cuantificada mano de obra africana en las haciendas de Guárico[12], es una muestra global de la concentración de esclavos en el ámbito de todo territorio colonial, tal como lo hemos comprobado en censos y matriculas de la microregión de Ortiz-Tiznados. Su presencia era notoria. Por ejemplo, en 26 sitios de hatos registrados para 1793 en San Francisco y San José de Tiznados, 14 negros esclavos administraban en calidad de mayordomos y suplían la ausencia del amo, cuatro lugares eran administrados por sus mismos dueños, cuatro por morenos libres y dos blancos (familiares del dueño del hato) administraban igualmente dos sitios para cría de ganado mayor[13].

El investigador Miguel Ángel Ortega[14] nos ofrece información sobre 345 esclavos, sin contar a los negros libres en la hoy Parroquia San Francisco de Tiznados, que ascendía a 1.132 almas. Igualmente debemos destacar la presencia de negros cimarrones en las montañas aledañas a los hatos y pueblos de Ortiz, San Francisco de Tiznados y San José de Tiznados[15].

En el poblado de Ortiz, visitado por el obispo Mariano Martí, el 5 de mayo de 1780, encontramos que vivían 107 esclavos, 90 negros libres y 99 pardos, los cuales representaban un 24,8% de la población total. Los negros libres y esclavos representaban un 16.9% de la población urbana del pueblo, lo cual nos da conocer una cuantificación bastante significativa. El censo de 1810, en víspera de la Independencia, se registraba 14,5% de pobladores negros y esclavos. En 1813, los esclavos negros alcanzaban el 8,5% de la población, pero los pardos libres eran mucho más numerosos, un 15,1%.

Estas cifras muestran una composición étnica reveladora en relación con el mestizaje de las clases sociales mediante un proceso de blanquecimiento que se venía acentuando aceleradamente, a principios del siglo XIX. Ya para momentos previos a la abolición de la esclavitud, la institución esclavista estaba en decadencia en el pueblo de Ortiz. Un esclavo costaba en 1858 aproximadamente 279 pesos. Cuando se puso en vigencia la Ley del 24 de marzo –y según un censo general del gobierno- un total de 129 esclavos habían logrado obtener su libertad por esta legislación: un grupo de 58 esclavos valorados en 16.230,58 pesos y otro clasificado entre 29 esclavos y 42 manumisos valorados en 12.775,50 pesos[16].

En un análisis de matriculas eclesiásticas e informes parroquiales nos permite determinar el número de negros, entre los años 1780-1813 habiendo censados unos 2.744 negros y esclavos, en una población total de 19.201 habitantes, equivalente a un 14,2%. La mayoría de los esclavos estaban concentrados en las áreas de influencia o zona rural, cuyas cifras verdaderas eran mucho más altas, como una característica del patrón rural disperso.

En conclusión, la huella de África en los llanos de Guárico y Apure es un factor principal y casi único en la construcción de nuestra cultura llanera. La recolección de estos datos estadísticos y las investigaciones recientes permiten dibujar los aportes culturales de los subsaharianos. Por ejemplo, el trabajo de los negros, zambos y mulatos tuvo importancia para la expansión de la economía colonial, el crecimiento del mantuaje y la expansión de la propiedad territorial.

El número total de esclavos de origen africano que entró con la trata esclavista al Alto Llano dictamina un papel considerable que contribuyó grandemente al desarrollo y el enriquecimiento de la cultura llanera, como médula importante en la etnogénesis de la cultura afrovenezolana, hoy integrada y diluida en la población venezolana como raíz principal de nuestro mestizaje.

NOTAS
[1] POLLAK ELTZ, ANGELINA (1972). Procedencia de los esclavos negros traídos a Venezuela. En: Vestigios africanos en la cultura del pueblo Venezolano. Caracas: Universidad Católica Andrés Bello, Instituto de investigaciones Históricas, p. 23 - 32. Véase también JOYNER, BRIAN D. (2003). African Reflections on the American Landscape Identifying And Interpreting Africanisms. Washington: National Park Service. U.S. Department of the Interior National Center for Cultural Resources. También en línea: http://www.nps.gov/history/crdi/publications/African%20Reflections.htm.
[2] Ídem.
[3] CARTATAY, RAFAEL (2005). Aportes de los inmigrantes a la conformación del régimen alimentario venezolano en el siglo XX. En: Agroalimentaria. Nº 20. Enero- Junio 2005 (43-55)
[4] El término “trata” es un eufemismo que busca eliminar la dimensión ética del concepto implícito en “la trata de esclavos”. Un término mucho más apropiado es el de “comercio negrero”, pues la palabra “negrero” ha conservado la carga de infamia que implica rebajar al ser humano a la categoría de mercancía. Véase a CASTELAR, EMILIO “Dimensión gráfica de la trata de esclavos”, en su Ensayo de la Abolición de la Esclavitud. En línea: http://www.ensayistas.org/antologia/XIXE/castelar/esclavitud/trata2.htm.
[5] BRITO FIGUEROA, FEDERICO (1985). El problema tierra y esclavos en la historia de Venezuela, UCV, Ediciones de la Biblioteca (Colección Historia, XIV), Caracas, p 155.
[6] JARAMILLO, MARCOS ANDRADE (1999). De la trata a la Esclavitud. Venezuela siglo XVIII. Caracas: Fondo Editorial ISPAME; p 78
[7] Véase la monografía de la profesora Ermila Troconis de Veracoechea: “El Trabajo Esclavo en la Economía Colonial” En: Boletín NC 345 (Enero-Marzo de 2004). Sesquicentenario de la abolición de la esclavitud en Venezuela (1854-2004)
[8] RODRIGUEZ, ADOLFO (1992) “Definición de la Neoétnia Llanera Colombo-Venezolana como utopía realizada” en: Romero Moreno, María Eugenia (1992): Café, Caballo y Hamaca. Visión Histórica del Llano. Coedición: Quito, Ecuador, Talleres Abya-Yala y Orinoquia Siglo XXI, Santafé de Bogotá, Colombia.
[9] Véase MENDOZA, IRMA (2005) “Presencia de la mano de obra esclava de origen africano en el Guárico Colonial. Siglo XVIII” En: Resonancias de la Africanidad. Caracas: Fondo Editorial Ipasme.
[10] RODRÍGUEZ, ADOLFO (2006, 29 Mayo): La Cultura Afrollanera en la formación de los llaneros. Conversatorio sobre influencia Árabe y Africana en Venezuela. Caracas: Universidad Bolivariana de Venezuela.
[11] PEREZ A, JOSÉ OBSWALDO (2007). Hatos y Toponimia. Un caso de apropiación de lugar en Valle de Tiznados. Siglo XVII. Valle de la Pascua: XI Encuentro de Historiadores y Cronista del Estado Guárico, 29,30 y 31 de Marzo 2007
[12] ARMAS CHITTY, JOSE ANTONIO (1981): “Zambos y pardos en un censo de población del siglo XVII” En: Semblanzas, Testimonio y Apólogos. Caracas: Academia Nacional de la Historia
[13] BRITO FIGUEROA, FEDERICO (2002). Historia Económica y Social de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Biblioteca de la Universidad Central de Venezuela, p, 1199
[14] ORTEGA, MIGUEL ANGEL (1992): La Esclavitud en el contexto agropecuario colonial. Siglo XVIII. Caracas: Editorial APICUM, colección Otro Discurso Nº 2, p 56.
[15] BRITO FIGUEROA, FEDERICO (2002). Ob.cit.
[16] MEMORIA DEL MINISTERIO DEL INTERIOR Y JUSTICIA. Censo General de los Esclavos que han quedado libre en virtud de la Ley de 24 de Marzo de 1854.

............................................................
*Periodista e Historiador. Profesor universitario
Compártalo:

viernes, enero 04, 2008

DESMEMORIA MUNICIPAL

La casa donde funciona la alcaldía de Ortiz es un patrimonio histórico local. Quienes la han visitado saben del valioso inmueble. Ese espacio fue recuperado en la década de los ochenta de la centuria pasada para casa de gobierno. Antes lo había sido como junta comunal y muchos años atrás, funcionó como dependencia gubernamental en tiempos del general Joaquín Crespo.
..........................................................................................................................................
Por José Obswaldo Pérez
fuegocotidiano@gmail.com

Quizás Elias Nedeer, Alcalde del Municipio de Ortiz, desconozca de historia local. Pero peor aún quienes aparentan ser sus asesores. La destrucción de un patrimonio histórico como la casa donde funciona la alcaldía del municipio es algo imperdonable. Una gran ignorancia que cuelga en su magistratura. La casa donde funciona la alcaldía de Ortiz es un patrimonio histórico local. Quienes la han visitado saben del valioso inmueble. Ese espacio fue recuperado en la década de los ochenta de la centuria pasada para casa de gobierno. Antes lo había sido como junta comunal y muchos años atrás, funcionó como dependencia gubernamental en tiempos del general Joaquín Crespo.

Una imagen clara, nítida y de prestancia fue el salón de secciones del Concejo Municipal. Quien allá estado allí debe recordar las innumerables sesiones del ayuntamiento, los debates y los discursos de orden donde la pluralidad política tenía cabida sin mezquindad y sin oportunismos obscenos. Por allí pasaron militares, religiosos, políticos, estudiantes, intelectuales, académicos, maestros, y cuenten ustedes. Desde aquel salón, las palabras de los oradores eran voz de resonancia y oído del pueblo llano que les asistía. Pero, en contraste y en el presente, hoy es un laberinto de paredes transformadas en cubículos que desforman toda una estructura y una realidad histórica.

El burocratismo de la alcaldía de Ortiz, sin consulta y con un estilo de mal gusto, transfiguró sus espacios internos para atender la demanda de cargos y la nueva estructura de la revolución bolivariana. Desde la atalaya de la conciencia del pueblo es una casa que, para sus habitantes, simboliza el asiento del poder local; pero, que más allá de eso, es una casa antigua, valiosa, recuerdo de las asoladas casas muertas rememorables del pasado angustiosos de los orticeños. Lamento que el burgomaestre tenga una falta de memoria y que, por errores administrativos, se destruyan bienes históricos. De nada vale promover la historia cuando uno no actúa con lo que hace.
Compártalo:

sábado, diciembre 15, 2007

Beatriz, la maestra

Beatriz se convirtió en un personaje fundamental en la vida cotidiana de Ortiz, |


Allí, en aquella vieja casona, iban los muchachos, hembras y varones, a recibir las primeras letras de manos de doña Beatriz de Rodríguez. Eran jóvenes pálidos, macilentos por los rastros de la pobreza, el paludismo y la fiebre española.


Por José Obswaldo Pérez

Cuando acontece el nacimiento de la maestra Beatriz Rodríguez de Rodríguez, el 21 de junio de 1883, el pueblo de Santa Rosa de Lima de Ortiz había comenzado su declive económico y, por supuesto, humano. Para esa fecha, ya la población había superado el flagelo de la fiebre amarilla, pero el paludismo comenzaba “a secarle las raíces a la ciudad llanera” (Otero Silva, 1975, p. 26), transformando lentamente lo que había sido un lugar de esplendor en una sombra de su propio pasado.

Beatriz nació en un ambiente católico y familiarmente estructurado. Bautizada el 25 de noviembre de 1883, sus padrinos sacramentales fueron su tío Antonio María Rodríguez y doña Teolinda Paúl de Rodríguez. Su nombre honoraba no sólo a su bisabuela Beatriz Rodríguez, casada con Enrique Sierra Matute, sino también a Ramona y Benigna, sus tatarabuelas. Era hija del general Pedro Pablo Rodríguez Moreno, político destacado y miembro de la elite liberal, y de doña Dolores Sierra García de Rodríguez, figuras respetadas en la localidad.

La familia Rodríguez Sierra no sólo se limitaba a los padres; Beatriz contaba con varios hermanos: Consuelo, Froilán Ramón Tiburcio de Las Mercedes, Benigna Natalia, Petra Rafaela y Petra Antonia. Además, tuvo dos hermanos naturales, Tomás Hernández y Antonio Matute (Domingo Silo Rodríguez, 2021, vía electrónica).

La formación escolar de doña Beatriz estuvo marcada por la influencia del presbítero Doctor Juan Bautista Franceschini —un corso de origen francés—, párroco de la Iglesia Parroquial de Ortiz desde 1877 y creador de la escuela para señoritas donde ella estudió. Doña Josefina Del Villar y Beatriz de León, preceptores de época, también fueron importantes en su educación. La maestra Beatriz era ávida lectora, disfrutaba del canto y la poesía; incluso la familia conservó un cuaderno lleno de canciones populares que ella recopiló a puño y letra, hallado en la bodega de su hijo Nicanor.

Su interés por las artes la condujo a participar en el teatro. Con motivo del primer Centenario de Antonio José de Sucre, el Concejo Municipal de Roscio, junto al padre Franceschini, organizó una obra teatral en la que varias jóvenes de la comunidad participaron. Beatriz representó a Colombia, con otras chicas asumiendo roles de países libertarios de Bolívar.

En 1907, a los 24 años, Beatriz contrajo matrimonio con su primo el general Nicanor Arturo Rodríguez Moreno, funcionario público del gomecismo. De este matrimonio nacieron cuatro hijos, aunque la vida les fue esquiva: una niña falleció al nacer y otro, Fernando Antonio, murió poco después de contraer gripe. Sólo Nicanor y Arturo lograron superar enfermedades que devastaban la infancia en esos años difíciles.

Tras el fallecimiento de su esposo en diciembre de 1910—en funciones de prefecto civil de San José de Tiznados—, Beatriz fue designada como maestra de la Escuela Federal Mixta número 34 en 1911. Desde entonces, su figura se alzó como un símbolo de abnegación en la historia contemporánea de Ortiz (Matute, 1971). Miguel Otero Silva la inmortalizó en su novela Casas muertas(1955), bajo el personaje de la señorita Berenice, quien le proporcionó vital información sobre la historia del pueblo. En una narración, su hijo Nicanor recuerda cómo Otero Silva se presentó en su casa buscando relatos del pasado.

El propio escritor admitió que Beatriz fue su entrevistada más valiosa, aportando anécdotas que enriquecieron su obra literaria (Otero Silva, 1977, p. 45). La descripción que brindó del personaje de la señorita Berenice resonaba con la realidad de Beatriz: “Era una mujer pálida, de una pulcritud impresionante... siempre recién bañada y vestida de blanco”. Sin embargo, en un documento oficial del Ministerio de Educación, se la describía como “blanca, de ojos verdes y cabello rubio”, reflejando la mirada superficial de la burocracia.

También, Evandro Matute Aguirre, juez y escritor orticeño, ofreció su perspectiva sobre Beatriz en un escrito titulado "Ortiz", resaltando su conexión inquebrantable con la tierra natal y los desafíos que enfrentó. Escribe Matute lo siguiente:

“Orticeña siempre. Erguida en la penuria de esta tierra. Y empecinada. Tercamente afanada en construir. Ella vivió el ayer de las sólidas casas. Y después, la yerme soledad de Ortiz. Mientras muchos huían.”

Beatriz no sólo educó; se convirtió en un personaje fundamental en la vida cotidiana de Ortiz, enfrentando la desidia educativa del período gomecista. En un viejo caserón conocido como Casa Atravesada, que había sido propiedad del General Joaquín Crespo Torres, comenzó su labor docente. Allí, recibía en sus clases a niños y niñas que llegaban pálidos y debilitados, sedientos de conocimiento en medio de un contexto de enfermedades endémicas y pobreza.

El espacio improvisado se hacía funcionar a pesar de sus limitaciones; Beatriz enseñaba en “el corredor, ocupado por tres largos bancos sin respaldar, la mesa de la maestra y un viejo pizarrón que la señorita Berenice encharolaba todos los años” (Otero, 1975, pp. 31-32). La Casa Atravesada se convirtió en refugio para muchos. Más allá de ser maestra, Beatriz asumió el rol de madre y enfermera de sus alumnos. Los niños acudían a ella en busca de alivio para sus dolencias, convirtiendo la escuela casi en un lugar de sanación tanto física como espiritual.

Hacia la tercera mitad del siglo XX, su legado se consolidó en la historia de la educación regional y local. En octubre de 1972, el primer liceo público del municipio Ortiz recibió su nombre como homenaje a su dedicación altruista y su significativa contribución a la educación (Matute, 1971). Beatriz falleció el 1 de agosto de 1961, pero su recuerdo perdura entre aquellos que fueron sus discípulos. Aún resuenan en los corazones de muchos orticeños las lecciones vitales de fortaleza, dignidad y sencillez que ella impartió con amor y compromiso.

Beatriz Rodríguez de Rodríguez es, sin duda, un símbolo de resiliencia y dedicación en un pueblo que resistió la adversidad y buscó la luz a través de la educación. Su vida es un testimonio de cómo, a pesar de las sombras del pasado, el espíritu de lucha y el deseo de mejorar pueden prevalecer y transformar comunidades.

Fuentes consultadas

OTERO SILVA, MIGUEL (1975). Casa Muertas. Barcelona, Editorial Seix Barral.

OTERO SILVA, MIGUEL (1977). «Prueba oral de un novelista», en Prosa completa, p. 45

Concepción Lorenzo,Nieves María (1997). La fabulación de la realidad en la narrativa de Miguel Otero Silva. España: UNIVERSIDAD DE LA LAGUNA.

Compártalo:

miércoles, diciembre 05, 2007

PIEDRA DE SOL, CINCUENTA AÑOS

En septiembre de 1957 se publicó “Piedra de sol”, el poema de Octavio Paz que hoy se reconoce como uno de los momentos más altos de la poesía hispanoamericana. A cincuenta años de distancia, algunos poetas comentan brevemente sobre el poema y sobre la relación que han tenido con él. Letras Libres.com dedicará los próximos días a reflexionar sobre “Piedra de sol” e invitamos a nuestros lectores a compartir sus propios comentarios.
- Cincuenta piedras, de Luis Vicente de Aguinaga (martes 4)

- Recuerdo y celebración de "Piedra de sol", de
Rafael-José Díaz (miércoles 5)

- Poetry is the subject of the poem, de José Eugenio
Sánchez (jueves 6)
- Aquí, ahora, de Julio Trujillo (viernes 7)




Compártalo:

Capitán Juan Antonio Pérez de Ávila

El Capitán Juan Antonio Pérez de Ávila heredó de su padre Domingo Pérez de Ávila y Zapata las tierras de La Platilla, cerca del río del mismo nombre y con una, amplia extensión. Desde entonces se conocía a este lugar como La Platilla Pereña, por el apellido de su fundador.


Por José Obswaldo Pérez*
NORBERTO MOISÉS PÉREZ Y SU FAMILIA es el último chozno descendiente del Capitán Juan Antonio Pérez de Ávila y Brea de Mendoza, raigambre de las familias caraqueñas asentadas en los llanos de Caracas entre los años 1660-1745 y que fundaron el mestizaje colonial en nuestra población[1]. Moisés (quien aparece en las otografías) es un humilde trabajador, que se ha dado a la tarea de investigar documentos de este descendiente familiar en el Archivo General de la Nación. Vive en Ortiz, y desde allí nos cuenta que el Capitán Pérez de Ávila y Brea de Mendoza - hijo del también Capitán Domingo Pérez de Ávila y Zapata[2] -, era nativo de San Luís de Cura tenia grandes propiedades e inmuebles de terrenos en La Platilla, Barrancas y la posesión San José (Laguna de Piedra).

El Capitán Juan Antonio Pérez de Ávila y Brea de Mendoza era a su vez nieto de Don Domingo Pérez de Ávila hijo de Don Lucas Martínez de Porras y Ruiz y de Doña Micaela Pérez de Ávila[3]. Natural de Caracas donde fue bautizado el 29 de octubre de 1617. Al parecer, estuvo muy involucrado en lo relacionado con la fundación de la Villa de Parapara, pero no logró su objetivo y ésta quedó como parroquia de la jurisdicción de San Sebastián de los Reyes. Para 1639 aparece en la Lista de Forasteros de San Sebastián que se le presentó al Gobernador Rui Fernández de Fuenmayor para la acción de Curazao, y el 20 de noviembre de 1669 en La Victoria firmando el testamento del Capitán Francisco de Brea Lezama en calidad de testigo por ante el Teniente de Justicia Andrés Arráez de Mendoza. Fue electo Veedor de Los Llanos en 1661 por el Cabildo de Caracas. Casó dos veces: la primera, con Doña Juana Zapata de Cárdenas; la segunda, con Doña Leonor Ramírez de León. Con su primera mujer Doña Juana Zapata de Cárdenas procrearán a Domingo Pérez de Ávila y Zapata.

El Capitán Juan Antonio Pérez de Ávila heredó de su padre Domingo Pérez de Ávila y Zapata las tierras de La Platilla, cerca del río del mismo nombre y con una, amplia extensión. Desde entonces se conocía a este lugar como La Platilla Pereña, por el apellido de su fundador. Estaba compuesta con un lindero norte a sur desde la Serranía Alta de San Juan hasta las Galeras de Mapire, donde tenía un sitio de hato que su padre había comprado en 250 pesos a Ambrosio Arteaga, y al parecer además compró a sus hermanos la mayor parte de las tierras de su padre[4].

La posesión de La Platilla Pereña contaba con una fuerza de trabajo en 1752 de 40 esclavos, cifra respetable, lo que da cuenta del caudal económico de sus propietarios[5].

Casó en Parapara hacia 1720 con Doña Juana o María Nicolasa Pérez, india de la región. Fueron vecinos de Parapara, jurisdicción de Villa de Cura, y tuvieron por hijos: a María Mónica, Bartolomé, Bernardino Antonio, María, Pedro José, Cecilia, Margarita, Juan José, Josefa Andrea y Feliciana Flora Pérez de Ávila.

De sus hijos podemos destacar a Don Bartolomé Pérez de Ávila y Pérez quien cedió en abril de 1787, al pueblo de San José de Tiznados una parte de sus terrenos que tenía en la Barranca de los Pérez para fomentar el nuevo vecindario y así contribuir con la fabricación de la Iglesia[6], la cual estaba en construcción desde 1781. De Doña Josefa Andrea desciende la línea de la familia de don Norberto Moisés Pérez.

Los Pérez de Ávila se entroncaron después con apellidos como Araña, Tovar, Toro para configurar los Pérez de Araña o Pérez de Arana, Pérez de Tovar y los Pérez del Toro, propietarios de tierras en los tiznados.

NOTAS

[1] El historiador Oldman Botello dice que esta familia “no tenía complejo de clase no de castas; su lema era el trabajo de la tierra en sus posesiones” Ver BOTELLO, OLDMAN (1999): Parapara y vuelaplumas. Orígenes y Evolución Histórica. Trabajo no publicado.
[2] El Alférez Domingo Pérez de Ávila y Zapata, natural y vecino de Caracas, hijo de Don Domingo Pérez de Ávila y Doña Juana Zapata de Cárdenas. Casó con Da. Catalina de Brea Lezama y Mendoza. Se estableció en tierras de su propiedad en el sitio de La Platilla, feligresía de la parroquia de Santa Catalina de Siena de Parapara, jurisdicción de San Sebastián de los Reyes. Estas tierras, según lo declara en el testamento, tenían por linderos de oriente a poniente todas las cabeceras de la Quebrada de Parapara hasta las Barrancas de Tiznados, de norte a sur desde la Serranía Alta de San Juan hasta las Galeras de Mapire, con el río de San Antonio, donde tenía su morada en el sitio de este nombre, casa de vivienda y varias pertenencias; una extensión de aproximadamente 40.000 hectáreas. Dentro de ellas, años después, serían erigidas las parroquias de San Francisco y de San José de Tiznados, que pertenecerían a las jurisdicciones de San Sebastián y de la Villa de San Luís de Cura.
[3] Micaela de Ávila- encomendera dueña del valle de Guatire-, llamada también Pérez de Ávila, era hija de Don Domingo Pérez y de Doña Juana de Ávila y del Barrio, nieta materna del Alférez Gabriel de Ávila y de Doña Luisa del Barrio, bisnieta materno-materna de Don Damián del Barrio y de Doña Luisa Hernández Mateos.
[4]Caracas, Registro Público, Testamentarías, Escribanías Hugo Cróquer, 1743. Ver a ITURRIZA GUILLEN (1967). Algunas Familias Caraqueñas. Tomo I, pp. 10-12.
[5] BOTELLO, OLDMAN (1999): ob, cit.
[6]La nueva iglesia tendría una longitud de 40 varas de largo por 9 de ancho; una sola nave, de bajareque doble, cubierta de tejas, encalada por dentro y por fuera enladrillada.
_______
**José Obswaldo Pérez es periodista, profesor universitario e historiador venezolano
Compártalo: