sábado, mayo 21, 2011

Los olores de la soledad

- Hueles a soledad, muchacho. No sé si has notado que a veces va uno por la calle y siente al pasar una persona que arrastra un halo de soledad. Y se percibe la fragancia, el perfume de una sana y alegre soledad, o el tufillo de una soledad dañina.






Por Ernesto Ochoa Moreno 

Cuando entré, el padre Nicanor, mi tío, no me respondió el saludo, sino que se me quedó mirando y advertí que, casi físicamente, husmeaba como buscando un olor que hubiera llegado prendido a mi piel. No me gustó.

- ¿Qué huele, padre Nicanor? O mejor, ¿a qué huelo, tío? Usted me perdona, pero el ser viejo y mayor en dignidad no le da derecho a descortesías. Le confieso que no me gusta que usted me reciba olisqueando como un perro.

- No te incomodes, muchacho. Olfateo tu alma, no tu cuerpo. Nos pasa a los curas. Andamos a la husma de aromas del espíritu.

- ¿Y a qué estoy oliendo, entonces?

- Hueles a soledad, muchacho. No sé si has notado que a veces va uno por la calle y siente al pasar una persona que arrastra un halo de soledad. Y se percibe la fragancia, el perfume de una sana y alegre soledad, o el tufillo de una soledad dañina.

- A ver, tío, a ver. Barájemelo más despacio. Luego hay una soledad buena y una soledad mala.

- Tú conoces mi teoría de que así como en la salud del cuerpo se habla del colesterol bueno y el colesterol malo, en la salud del alma también hay que analizar, y tratar, una soledad que es dañina y termina desatando conflictos interiores graves, y otra soledad, saludable siempre, que mantiene la armonía del espíritu y enriquece y madura a la persona.

- Pues " se non e vero, e ben trovato ", padre Nicanor, como diría usted en su nunca olvidado italiano que aprendió en Roma y en el que -me cuenta Mariengracia- habla usted dormido o cuando empieza a disvariar. Lo difícil es diagnosticar la soledad.

- Hay que ir a las causas y a los síntomas, como en la medicina. Es mala la soledad que nace del desencanto, de la frustración, de la depresión y que lleva al mal genio, a refunfuñar de todo y de todos. Uno se vuelve inaguantable y acaba siendo aislado por los demás. La peor soledad es la de la incomprensión: no comprenderse ni aceptarse uno mismo; no comprender ni aceptar a los demás; no sentirse comprendido, no comprender ni aceptar la vida, el mundo, la realidad. Como tú, ahora.

- ¿Yo? ¿Cómo lo sabe, padre Nicanor?

- No lo sé, lo olfateo. Se te nota el azogue, la intranquilidad, la impaciencia, el mal genio bajo la piel y eso desata un hedorcillo espiritual maluco.

- Vea, pues, ya me gané mi regaño. Entonces hábleme de la otra soledad.

- Es, hijo, una soledad que brota de la serenidad interior, como una "fonte", que diría san Juan de la Cruz, el poeta de la "soledad sonora". Una soledad sonreída, que no te crispa ni ofende a los demás. Es simplemente la aceptación de la condición humana. De tu condición humana y de la de los otros. No es aislamiento, aunque a menudo se vive en solitario.

- Padre Nicanor, no hable para santos ni para ángeles. Por favor, hable para humanos.


- Pues te digo que esa soledad no es precisamente una actitud religiosa, aunque suele estar iluminada por una fe y tarde o temprano se abre a un ser trascendente, a un Dios.

- Utopía, pura utopía, tío.

-Seguramente, muchacho.

Y eso qué tiene de malo. Después de todo, la utopía es lo único y lo último que nos queda después de todos los finales.

- Si usted lo dice. Yo mejor me voy. Me parece que si juntamos nuestras soledades, buenas o malas, para que mutuamente se rediman, hacemos de ellas una sola soledad compartida. Que eso es la vida, padre Nicanor: una soledad compartida. Y esa es más creíble utopía, pienso yo. 




Fuente: El Colombiano
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viernes, mayo 20, 2011

Todos somos maestros

Diría de forma tajante que, inevitablemente, por nuestra natural permeabilidad a la experiencia con otros, querámoslo o no, seamos conscientes de ello o no, todos somos formadores, todos impactamos, para bien o para mal, en el entorno comunitario en el que transcurren nuestras vidas.


Por Óscar Henao Mejía
Es usual asociar el oficio de enseñar con los maestros adscritos al sistema de la enseñanza. Vale la pena aclarar que el territorio educativo no se ciñe sólo a los límites de la escolaridad. La escuela es, apenas, una de las escenas, quizás la de mayor importancia, en el recorrido de la formación.

Pero el territorio real y más genuino es la vida misma, en cada lugar y en cada momento. A cada instante los seres humanos, niños, jóvenes o adultos, estamos recibiendo de la experiencia en la cual desdoblamos nuestra existencia, motivaciones, informaciones, modos de moverse por el mundo, que afectan, de forma positiva o negativa, el edificio personal que vamos construyendo. Quienes interactúan con nosotros impactan permanentemente en los modos que vamos incorporando y asimilando.

Diría de forma tajante que, inevitablemente, por nuestra natural permeabilidad a la experiencia con otros, querámoslo o no, seamos conscientes de ello o no, todos somos formadores, todos impactamos, para bien o para mal, en el entorno comunitario en el que transcurren nuestras vidas. En cada momento aprendemos de otros y enseñamos a muchos otros, generalmente sin decir palabra, simplemente, con nuestra peculiar manera de transcurrir por el mundo.

El número de aprendices varía, según el entorno y las circunstancias. Algunos dan lecciones para uno, dos, tres o más hijos. Otros, además de la prole de casa, tenemos audiencia en aulas de amplio número de estudiantes. Muchos otros impactan desde su particular rol en su profesión, en su responsabilidad, en las tareas que les corresponde.

Por eso, igual que recuerdo ahora al primer maestro de escuela que marcó mi vida de forma significativa, Don Astor Carvalho, me viene a la memoria también Doña Lucila Bustamante, de quien aprendí, de la forma más bella, sin escuela ni exámenes, y con generosa dosis de cariño, las primeras letras, al lado de mi inolvidable amigo -otro hermano de la infancia- Gerardo Baena.

Y, de la misma manera que evoco a quienes en la escolaridad me contagiaron el gusto por la literatura, los que encontraron pretextos para despertar mi sentido crítico, los que a través de la música lograron darme la dimensión estética, los que me enseñaron a ser recursivo, los que le dieron "clic" a mi sentido común y los que me empujaron a tantos retos, hago el reconocimiento a un sinnúmero de maestros anónimos que en la cebra del semáforo, en las colas del banco, en la parada del bus, en el supermercado, en el puesto de verduras, en las salas de cine, tuvieron un gesto, una palabra, un ademán, que me hicieron sentir que había algo nuevo para aprender, que había algo importante para emular.

Todos, inevitablemente, somos maestros. El problema es saber qué es lo que realmente enseñamos. 
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No teman al Juicio Final

Hay sitios New Age que están anunciado el fin del mundo para el 21 de mayo. ¿De dónde surgen las teorías milenaristas y qué dice exactamente la Biblia sobre el final de los tiempos?


El Juicio Final de Miguel Ángel / Wikipedia, la enciclopedia libre 
por Henri Tincq
En estos días, los escenarios apocalípticos abundan, ligados a fenómenos de pánico, despertando temores milenaristas.

Recalentamiento climático, crisis económica, guerras y terrorismo, terremotos y tsunamis: las desgracias del tiempo agravan los temores y serían signos premonitorios de un trastorno cósmico. Especulando con el fin del mundo y el advenimiento de una nueva era de la humanidad, los movimientos escatológicos proliferan y se extienden, en los sitios de Internet, con previsiones apocalípticas.

Una de ellas, apoyada en el calendario maya, caro a los fieles del New Age, anuncia para el 21 de marzo de 2011 la elevación de todos los creyentes para el Juicio Final y para el 21 de octubre de 2011 el fin del mundo.

La cercanía del año 2000 ya había reactivado esos movimientos de pánico, atribuidos, en la Edad Media, a los terrores del año mil. Esta creencia en un terrible juicio último, ligado a la venida de un Mesías y al final de los tiempos, remonta a lo más lejos de las tradiciones monoteístas.

Esta idea dio nacimiento a un prodigioso florecimiento artístico, del que la más célebre obra es el Juicio Final de Miguel Angel, fresco que decora el muro de la Capilla Sixtina en Roma. Los tímpanos de las catedrales romanas son igualmente ricos en esculturas sobre el tema, que dan testimonio de las fases de angustia atravesadas por la humanidad: los hombres deben convertirse so pena de perecer.

Es hacia el segundo siglo antes de Jesucristo, en un contexto de guerras y persecuciones, que nace en el mundo judío la literatura apocalíptica. Se funda en la creencia en un sistema de redistribución, en el más allá, entre los buenos y los malos. Surgen relatos que reportan al fin de los tiempos un espectacular juicio colectivo de todos los hombres. Desde el 160 antes de Jesucristo, el profeta Daniel en el Antiguo Testamento, predecía:
"Será un tiempo de angustia tal que no se conoce desde que existe una nación. Muchos de los que duermen sobre el suelo polvoriento se despertarán, éstos para la vida eterna, aquellos para el oprobio, para el horror eterno".

La venida del Mesías de los judíos -el mesianismo- debe preceder el fin de los tiempos y ese día del Juicio. Todos deberán rendir cuenta de los actos buenos y malos que hayan realizado. Las almas serán juzgadas en otro mundo, recompensadas o castigadas según hayan sido virtuosas o viciosas.

Los desastres judíos del año 70 (destrucción de Jerusalén) y del año 135 después de Jesucristo -revueltas contra el ocupante romano- confortaron la creencia en una justicia futura. Después de una estadía en sheol (una zona intermedia), las almas irán al jardín del Edén, las otras a la gehena (infierno). Las penas son temporarias y purificadoras: al cabo de un cierto tiempo, el alma puede entrar al paraíso, salvo los pecadores más recalcitrantes.

La tradición cristiana se inspira en esta visión judía. El regreso de Cristo a la tierra debe preceder el fin de los tiempos y la era del Juicio.

Un fin de los tiempos imposible de definir. Nadie conoce la hora del fin del mundo y el retorno de Cristo, dijo Jesús en su primera venida a la tierra (Evangelio de Mateo 24-36). Sin embargo los movimientos apocalípticos más o menos sectarios, que proliferan en la corriente evangélica estadounidense, anuncian el regreso de Cristo como inminente, prediciendo el fin de los tiempos, un gran caos cósmico y la hora del Juicio.

Son movimientos milenaristas : del libro bíblico del Apocalipsis según San Juan retuvieron que un período de felicidad de mil años -un milenio- transcurriría en el nuevo orden que seguirá a la vuelta de Cristo, luego del derrumbe brutal del orden antiguo y del antiguo cósmico.

Esas creencias milenaristas ya hicieron levantarse a multitudes de pobres fanatizados en el Medioevo que aspiraban a una mejora de sus condiciones materiales de vida. Vuelven hoy con fuerza. Siempre acecharon los espíritus en las épocas turbulentas y dieron argumento a cada fundador de una secta milenarista para fijar la fecha de la vuelta de Cristo, los mil años de felicidad, el fin del mundo, el Juicio, la recompensa a los justos y el exterminio de los malvados. Esos anuncios encuentran un impacto extraordinario en los períodos de crisis como las que atravesamos hoy. Alimentan la imaginación y despiertan mitos como el del Paraíso perdido.

Las iglesias oficiales no comparten estas creencias arcaicas y fundamentalistas. Simplemente recitan en su Credo que "Cristo volverá en su gloria para juzgar a los vivos y a los muertos".

Los cristianos esperan ciertamente el regreso de Cristo. Esperan que vuelva, en una fecha desconocida, en la gloria de un mundo en el cual justicia y fraternidad tendrán pleno sentido. En un mismo movimiento, esperan la vuelta de Cristo y su Juicio que, dice el Evangelio, no es un proceso del cual salen condenados y elegidos. Es la constatación de lo que el hombre habrá hecho de su libertad.

"El que haya salido de sí mismo y haya ayudado a los demás, ése ya se ha juzgado y se ha abierto a la felicidad eterna", dice el Evangelio de Mateo (25). Volverá, no como presidente de un tribunal para juzgar las almas según sus méritos, sus buenas o malas acciones. No para juzgar a los hombres sino para salvarlos.

(*) Henri Tincq es un periodista francés, especialista en cuestiones religiosas, columnista de los diarios La Croix y Le Monde. Autor de Los Católicos, entre otros ensayos.

(Traducción de Infobae América)



Fuente: Slate.fr
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martes, mayo 17, 2011

La perpetua Soledad Loreto Ramos



Soledad Loreto Ramos
Por V. Loreto
¿Cómo es posible que una muchacha rica se quede soltera? Esto, hijos míos, es algo que nadie puede explicar -decía la Abuela Fabiana-, le propusieron algunos pretendientes. Sus dos hermanas y sus tres hermanos casaron a su debido tiempo, pero ella, Soledad -se quedó soltera. Muchos fueron a visitarla, primos de Puerto Cabello y hasta de Coro iban tras ella. Su padre don Pedro Isaac era rico ganadero con muchas tierras en Ortiz. Su madre procedía de una culta familia de Puerto Cabello.

En su juventud Soledad Loreto no fue fea ni mucho menos, aunque si excesivamente delgada, alta, sin busto y blanca mediterránea como su madre. Tenía negro los ojos e igual el cabello, aunque al paso de los años se le entrevero con gris. En el Ortiz ochocentista, al cabello de este color le llamaban hierba de cementerio. Sin embargo, las primas más feas que ella, se casaban. Las solteronas eran un raro fenómeno en aquellos tiempos, incluso en familias adineradas. En fin, ya lo sabéis -repetía la abuela Fabiana-, en los Loreto no tenemos conventos de monjas.


Hay muchachas que no pueden encontrar marido a causa de su carácter amargo o debido a que son demasiados exigentes. Pero Soledad no tenía tiempo para ser amarga. La causa de todos sus males radicaba en su locura por los vestidos y las ropas. Sencillamente, Soledad solo podía pensar en trapos.

La sesera de Soledad estaba totalmente envuelta en ropas y vestidos. Hasta cuando le presentaban a un hombre, lo primero que observaba cuando después comentaba el encuentro, era el modo en que iba vestido. Decía que llevaba el cuello de la camisa abierta y sucio, o los zapatos sin brillo. Se fijaba en cosas a las que las demás mujeres apenas prestan atención. Una vez dijo que a cierto hombre le salían pelos de los orificios de la nariz, lo cual le daba gran asco. En otra ocasión dijo que el futuro marido, que le habían propuesto, don Juan José Matute olía mal. En sus rabietas solía decir. "Todos los hombres apestan". Son unas palabras terribles. Además tenía la rara costumbre de lavarse constantemente y si le daba la mano a alguien en minutos estaba en el aguamanil con un fiasco de sales para oler.


En el viejo Ortiz, cuando alguien se hacía un vestido o un traje le duraba años. Sin embargo, si Soledad llevaba un mismo vestido tres veces ya le parecía que lo había llevado demasiado. Al morir su padre, Soledad heredo muchos bienes, eso le dio a Soledad gastar parte de su fortuna en cosas que ponerse encima.

A pesar de su soltería, la invitaban a bodas, cumpleaños y fiestas de esposales. Tenía gran número de parientes. Soledad les ofrecía regalos y cada regalo era para ella un gran problema, sí, porque procuraba que todos los chismes que regalaba fueran exactamente los adecuados a la ocasión.

Soledad repetía a menudo: "He de ir a probar". Siempre tenía que acudir al zapatero, a la modista o las tiendas de Caracas y Valencia. Y todo lo que llevaba tenía que armonizar. Si el vestido era verde, verdes debía ser los zapatos y verde el sombrero, verde la sombrilla para salir con el conjunto a la calle. Era además, suscriptora de revistas de moda, en las que se describían todos los nuevos estilos en el vestir. Cuando Soledad paseaba por las calles, los transeúntes se detenían a mirarla. Luego comentaban.

Muchos creen, que en el pasado la gente vestía mal, pero no era así ni mucho menos. Muchos se vestían con gran lujo y mil detalles. Ahora bien, en el caso de Soledad la afición a vestir bien llegaba a constituir una locura. Todo su armario estaba lleno a rebosar. También lo hacía por los muebles y las antigüedades.

Soledad, cuando iba los domingos a la Iglesia de la Santísima Santa Rosa de Lima, no oraba sino que miraba las ropas de las demás mujeres. Soledad no dejaba de hablarle al oído de la acompañante, de vestidos y joyas, sobre lo que aquella llevaba, lo que la otra se ponía encima.

En muchos años, Soledad Loreto tenía su persona una calidad macilenta que las ropas no podían ocultar, arrugada y con las prendas desbarajustadas como si hubiera dormido con ellas.
Existe la creencia de que las solteronas nunca alcanzan una edad avanzada.

Tonterías. Soledad sobrevivió a sus dos hermanas y a sus tres hermanos. Perdió los dientes y se quedó con la boca desguarnecida. Se le cayó casi todo el pelo, pero a pesar de esto, iba a los modistas y buscaba gangas, igual que en su juventud. Un día, Soledad comenzó a distribuir sus bienes para después de su muerte. Hizo un testamento y en el había tenido en cuanta a todos sus parientes, aunque solo a las mujeres, no a los hombres. Comenzó a guardar sus ropas protegiéndolas con bolitas de naftalina, tenía doce baúles llenos de ropas,

Debo pensar -dijo Soledad-, debo hacer los preparativos necesarios para el otro mundo. También tenía listo sus mortajas. Estaba confeccionado con telas del más puro hilo, con encajes preciosos y en gran abundancia, y unos velos dignos de una reina, y que para deslumbrar a los gusanos. A los 82 años de edad, fue enterrada en el cementerio de Ortiz la Señorita Soledad Loreto-Ramos.

Fuente:Publicado en el Diario El Nacionalista, 27 de septiembre de 1999
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lunes, mayo 16, 2011

Strauss Kahn, víctima de la tiranía de lo urgente

La experiencia demuestra que la escala de tiempo más rápida impone su ley a las otras. Así, los mercados y los medios imponen sus soluciones a los otros espacios; pueden destruir en pocos instantes una reputación económica, política y ética construida a lo largo de una vida: la realidad de un pasado no vale nada comparada con la apariencia de un presente.

Dominique Strauss Kahn . Foto AP
Por Jacques Attali
La terrible acusación que pesa sobre Dominique Strauss Kahn (DSK) es la ocasión para recordar que nuestra sociedad, que se ha vuelto sin fronteras, vive ahora en cuatro escalas de tiempo simultáneas. De ello se desprende que reglas de juego contradictorias se entrechocan, calendarios distintos se superponen, ritmos diferentes se penetran unos a otros.

La primera escala de tiempo es la del derecho, la de la investigación policial y la del procedimiento judicial; su ritmo está a discreción de los investigadores y de los jueces. Se impone a priori sobre todos los demás.

La segunda escala de tiempo es la de la política, que obedece a un calendario electoral preciso, en general inmutable.

La tercera escala de tiempo es la de los mercados y los medios de comunicación: obedece a la exigencia de la respuesta inmediata, de la novedad permanente, de la impaciencia y de la competencia; más aún desde la aparición de Internet.

La experiencia demuestra que la escala de tiempo más rápida impone su ley a las otras. Así, los mercados y los medios imponen sus soluciones a los otros espacios; pueden destruir en pocos instantes una reputación económica, política y ética construida a lo largo de una vida: la realidad de un pasado no vale nada comparada con la apariencia de un presente.

El tiempo de los medios lleva, entonces, a considerar que todo defecto de los políticos, incluso no demostrado, merece ser denunciado y los excluye de la vida pública. Esto lleva a buscar hombres cada vez más perfectos para ejercer funciones cada vez menos importantes, en las cuales por otra parte son cada vez más fácilmente reemplazables.

Los mercados son los últimos beneficiarios de este fracaso de lo político.

Dominique Strauss Kahn es víctima de estas contradicciones: los medios quieren, respecto a su caso, obtener y dar respuestas inmediatas a interrogantes que la justicia tardará meses en resolver, lo que lo excluye de las instancias políticas por venir.

Incluso si un día es disculpado, en el plano judicial, del terrible crimen del cual se lo acusa, habrá sido ya irreversiblemente condenado en el terreno político. En detrimento de la causa por la cual DSK ha luchado siempre: un estado de derecho planetario y una gobernancia mundial democrática y justa que domine a los mercados.

Esta tiranía de lo inmediato se manifiesta también en otras circunstancias y explica ampliamente la anarquía de la mundialización. Así, en materia financiera, las exigencias de respuestas mediáticas renovadas sin cesar lleva a los políticos a descuidar las soluciones de fondo, a rechazar la puesta en marcha del derecho y de las instituciones jurídicas planetarias necesarias, en provecho de las fotos que permite el G20 para gran beneficio, aquí también, de los mercados financieros.

Más allá de este caos, una última escala de tiempo viene siempre, al final, a sacudir a las otras tres y a darles todo su sentido irrisorio: la de la enfermedad o la muerte. El destino del hombre es el de olvidar esto, para no pensar más que en actuar en el interior de los otros espacios, bajo la tiranía de lo urgente.

A menos que se tenga la audacia de proyectarse fuera de las rutinas, de pensar el mundo más allá de todo calendario y de atenerse, con obstinación, a sus sueños.

(Traducción de Infobae América)


Fuente: Slate.fr


Jacques Attali es un economista y escritor francés. Cofundador y editorialista de Slate.fr y columnista de la revista L'Express. Preside Planet Finance y es autor de numerosos libros, siendo uno de sus últimos títulos Crisis, ¿y después?
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