jueves, mayo 10, 2012

El Futuro de la Historia

¿Puede sobrevivir la democracia liberal a la decadencia de la clase media?


Por Francis Fukuyama

Algo extraño pasa hoy en el mundo. La crisis financiera global iniciada el 2008 y la actual crisis del euro son ambas producto del modelo de capitalismo ligeramente regulado que apareció en las tres últimas décadas. Y sin embargo, a pesar de la amplia cólera frente a las ayudas a Wall Street, no ha habido un gran resurgir del populismo americano de izquierda como respuesta. Es previsible que el movimiento Occupy Wall Street gane algo de fuerza, pero el movimiento populista dinámico más reciente hasta el momento ha sido el derechista Tea Party, cuyo principal blanco es el estado regulador que intenta proteger al ciudadano común de los especuladores financieros. Algo similar es cierto también para Europa, donde la izquierda está anémica y los partidos populistas de derechas ganan terreno.
Hay varias razones para esta falta de movilización izquierdista, pero la principal es un fracaso en el terreno de las ideas. Durante la última generación, la autoridad ideológica en temas económicos ha estado en manos de la derecha libertaria. La izquierda ha sido incapaz de presentar una agenda creíble aparte del retorno a una insostenible forma de anticuada socialdemocracia. Esta ausencia de una contra-narrativa progresista creíble no es sana, porque la competencia es buena para el debate intelectual tanto como para la actividad económica. Y es urgente un debate intelectual serio, puesto que la actual forma del capitalismo global está erosionando a la clase media sobre la que descansa la democracia liberal.
La ola democrática
Las fuerzas y condiciones sociales no “determinan” simplemente las ideologías, como Karl Marx mantuvo antaño, pero las ideas no son poderosas a menos que representen las preocupaciones de una buena parte de la gente normal. La democracia liberal es la ideología por defecto en gran parte del mundo hoy, en parte porque responde a, y es facilitada por, ciertas estructuras socioeconómicas. Los cambios en esas estructuras pueden tener consecuencias ideológicas, de la misma manera que los cambios ideológicos pueden tener consecuencias socioeconómicas.
Casi todas las ideas poderosas que han dado forma a las sociedades humanas durante los últimos 300 años fueron de naturaleza religiosa, con la importante excepción del confucianismo en China. La primera ideología secular que tuvo un efecto mundial duradero fue el liberalismo. Una doctrina asociada con la aparición de la clase media, primero comercial y después industrial, en ciertas partes de Europa en el siglo XVII. (Por “clase media” me refiero a gente que no se encuentra ni en lo alto ni en lo bajo de sus sociedades en términos de ingresos, que ha recibido al menos una educación secundaria, y que es dueña, o bien de propiedades, o bien de bienes duraderos o de sus propios negocios).
Tal y como fue enunciada por pensadores clásicos como Locke, Montesquieu y Mill, el liberalismo mantiene que la legitimidad del Estado deriva de la habilidad de éste para proteger los derechos individuales de sus ciudadanos y que el poder del Estado necesita ser limitado por su adhesión a la ley. Uno de los principios fundamentales a proteger es la propiedad privada; la Revolución Gloriosa de Inglaterra en 1688-89 fue crítica para el desarrollo del liberalismo moderno porque fue la primera en establecer el principio constitucional de que el Estado no puede legítimamente cobrar impuestos a sus ciudadanos sin su consentimiento.
Inicialmente, liberalismo no implicaba necesariamente democracia. LosWhigs que apoyaron el acuerdo constitucional de 1689 tendían a ser los mayores terratenientes de Inglaterra; el parlamento de aquel periodo representaba menos del diez por ciento de toda la población. Muchos liberales clásicos, incluyendo a Mill, eran muy escépticos acerca de las virtudes de la democracia; creían que la participación política responsable requería educación y participación en la sociedad —es decir, propiedades. Hasta finales del siglo XIX, el sufragio estaba limitado por la propiedad y los requerimientos educacionales en virtualmente todas las partes de Europa. La elección de Andrew Jackson como presidente en 1828 y la subsiguiente abolición del requerimiento de propiedad para votar, al menos en lo que respecta a los varones blancos, marcaron así una primera victoria inicial en defensa de un principio democrático más fuerte.
En Europa, la exclusión de la vasta mayoría de la población del poder político y el ascenso de la clase obrera industrial abrió el paso al marxismo. El Manifiesto Comunista fue publicado en 1848, el mismo año que la las revoluciones se extendieron por todas las grandes capitales europeas, excepto el Reino Unido. Y comenzó así un siglo de competencia por el liderazgo del movimiento democrático entre comunistas, que estaban dispuestos a deshacerse del procedimiento democrático (las elecciones multipartidistas) a favor de lo que creían era una democracia sustantiva (la redistribución económica), y los demócratas liberales, que creían en ampliar la participación política manteniendo al mismo tiempo el dominio de la ley en defensa de los derechos individuales, incluyendo los derechos de propiedad.
Estaba en juego la adhesión de la nueva clase obrera. Los primeros marxistas creían que podrían vencer por la fuerza pura de los números: a medida que el sufragio se amplió a finales del siglo XIX, partidos como el Laborista del Reino Unido y el de los socialdemócratas alemanes crecieron y amenazaron la hegemonía, tanto de conservadores como de los liberales tradicionales. Hubo una fuerte resistencia contra el ascenso de la clase trabajadora, a menudo por métodos no democráticos; los comunistas, y muchos socialistas, a su vez, abandonaron la democracia formal a favor de la toma directa del poder.
A lo largo de la primera mitad del siglo XX, hubo un claro consenso en la izquierda progresista de que algún tipo de socialismo —certeza de que el control gubernamental de los lugares decisivos de la economía era necesario para asegurar una distribución igualitaria de la riqueza— resultaba inevitable para todos los países avanzados. Incluso un economista conservador como Joseph Schumpeter pudo escribir en su libro de 1942, Capitalismo, socialismo y democracia, que el socialismo emergería victorioso porque la sociedad capitalista se estaba autodestruyendo culturalmente. Se creía que el socialismo representaba la voluntad y los intereses de la amplia mayoría del pueblo en las sociedades modernas.
Sin embargo, incluso cuando los grandes conflictos ideológicos del siglo XX se desarrollaban en el plano político y militar, sucedían cambios críticos a un nivel social que minaban la hipótesis marxista. Ante todo, los estándares reales de la clase obrera industrial continuaron creciendo, hasta el extremo que muchos obreros o sus hijos pudieron unirse a la clase media. Segundo, el tamaño relativo de la clase obrera dejó de crecer y comenzó en realidad a declinar, sobre todo en la segunda mitad del Siglo XX, cuando los servicios comenzaron a desplazar a la fabricación en las que fueron llamadas economías “postindustriales.” Finalmente, un nuevo grupo de gente pobre o sin ventajas emergió por debajo de la clase obrera industrial —una mezcla heterogénea de minorías étnicas y raciales, inmigrantes recientes, y grupos sociales excluidos, como las mujeres, los gays y los incapacitados. Como resultado de esos cambios, en la mayoría de las sociedades industrializadas, la vieja clase obrera se convirtió tan sólo en otro grupo de interés doméstico, uno que empleaba el poder de los sindicatos para proteger sus ganancias de tiempos pasados.
En consecuencia, la clase económica resultó no ser el gran estandarte tras el cual movilizar a la población para la acción política en los países industriales avanzados. La Segunda Internacional tuvo una desagradable llamada de atención en 1914, cuando las clases trabajadoras de Europa abandonaron los llamados a la lucha de clases y se sumaron a líderes conservadores que predicaban eslóganes nacionalistas, un patrón que persiste hasta hoy en día. Muchos marxistas trataron de explicar esto, de acuerdo con lo que el académico Ernest Gellner llamó “la teoría de la dirección equivocada”:
De la misma manera que los musulmanes chiítas extremistas mantienen que el arcángel Gabriel se equivocó, entregando el mensaje a Mahoma cuando estaba destinado a Alí, a los marxistas básicamente les gusta pensar que el espíritu de la historia o la conciencia humana han cometido un terrible error. El mensaje movilizador estaba destinado a las clases, pero por algún terrible error postal fue entregado a las naciones.
Gellner argumentó que la religión ejerce una función similar al nacionalismo en el Medio Oriente contemporáneo: moviliza con éxito a la gente porque tiene un contenido espiritual y emocional del que carece la conciencia de clase. De la misma manera que el nacionalismo europeo fue llevado por los europeos del campo a las ciudades en el siglo XIX, también ahora el islamismo es una reacción a la urbanización y el desplazamiento que tiene lugar en las sociedades del Medio Oriente contemporáneo. La carta de Marx nunca será entregada a la dirección marcada como “clase social.”
Marx creía que la clase media, o al menos el pedazo de eso que él llamaba burguesía que era dueño del capital, seguiría siendo siempre una minoría pequeña y privilegiada dentro de las sociedades modernas. Lo que sucedió en su lugar es que la burguesía y la clase media acabaron constituyendo la amplia mayoría de la población en los países más avanzados, causando problemas al socialismo. Desde tiempos de Aristóteles, los pensadores han creído que las democracias estables reposan sobre una clase media y que las sociedades con extremos de riqueza y pobreza son susceptibles al dominio oligárquico o a la revolución populista. Cuando gran parte del mundo desarrollado triunfó al crear sociedades de clase media, el atractivo del marxismo se desvaneció. Los únicos lugares del mundo en que el radicalismo izquierdista persiste como fuerza poderosa son sitios con gran desigualdad, como algunos lugares de América Latina, Nepal y las regiones empobrecidas de la India.
Lo que el politólogo Samuel Huntington etiquetó como la “tercera ola” de la democratización global, que comenzó en el sur de Europa en los setentas y culminó con la caída del comunismo en Europa Oriental en 1989, aumentó el número de democracias electorales alrededor del mundo —eran alrededor de 45 en 1970 y terminaron siendo más de 120 a finales de los noventa. El crecimiento económico ha conducido a la aparición de nuevas clases medias en países como Brasil, India, Indonesia, Sudáfrica y Turquía. Como ha señalado el economista Moisés Naim, esas clases medias están relativamente bien educadas, poseen propiedades y están tecnológicamente conectadas con el mundo exterior. Son exigentes con sus gobiernos y se movilizan fácilmente como resultado de su acceso a la tecnología. No debería sorprendernos en absoluto que los principales instigadores de los alzamientos de la Primavera Árabe fueran tunecinos y egipcios bien educados, cuyas ambiciones de trabajo y participación política se veían bloqueadas por las dictaduras bajo las que vivían.
La gente de clase media no apoya necesariamente a la democracia por principio: como todo el mundo, son actores egoístas que quieren proteger su propiedad y posición. En países como China y Tailandia, mucha gente de clase media se siente amenazada por las demandas redistributivas de los pobres, y en consecuencia se han puesto del lado de gobiernos autoritarios que protegen sus intereses de clase. Tampoco las democracias logran necesariamente cumplir siempre con las esperanzas de su propia clase media, y cuando no lo hacen éstas se inquietan.
¿La alternativa menos mala?
Existe hoy un amplio consenso global sobre la legitimidad, al menos en principio, de la democracia liberal. En palabras del economista Amartya Sen: “Aunque la democracia no es aún practicada universalmente, ni aceptada uniformemente, en el clima general de la opinión mundial, el gobierno democrático ha alcanzado el estatus de ser considerada como generalmente correcta.” Es comúnmente aceptada en países que han alcanzado un nivel de prosperidad material suficiente como para permitir a una mayoría de sus ciudadanos pensar en sí mismos como clase media, que es por lo que tiende a existir una correlación entre altos niveles de desarrollo y democracia estable.
Algunas sociedades, como Irán y Arabia Saudita, rechazan la democracia liberal a favor de una forma de teocracia islámica. Sin embargo, esos regímenes han llegado al final de su desarrollo, siguen vivos tan sólo porque están instalados encima de amplias reservas de petróleo. Existió antaño una amplia excepción árabe frente a la Tercera Ola, pero la Primavera Árabe ha demostrado que el público árabe puede movilizarse contra la dictadura tan rápidamente como aquel de Europa Oriental y América Latina. Esto no significa, desde luego, que el camino hacia una democracia que funcione bien vaya a ser sencillo en Túnez, Egipto o Libia, pero sí sugiere que el deseo de libertad política y participación no es una peculiaridad cultural de europeos y americanos.
El más serio desafío a la democracia liberal en el mundo actual llega desde China, que ha combinado un gobierno autoritario con una economía parcialmente de mercado. China es heredera de una larga y orgullosa tradición de gobierno burocrático de alta calidad, que tiene cerca de dos mil años. Sus líderes han administrado una transición increíblemente compleja desde una economía centralizada, planificada a la manera soviética, hasta una dinámica abierta y lo han hecho con admirable competencia —más competencia, seamos francos, que la mostrada por los líderes estadounidenses en la administración de su propia política macroeconómica reciente. Mucha gente admira el sistema chino no sólo por sus logros económicos sino también porque puede tomar amplias y complejas decisiones rápidamente, en comparación con la agonizante parálisis política que ha golpeado tanto a los Estados Unidos como a Europa durante los últimos años. A partir, sobre todo, de la reciente crisis financiera, los chinos han comenzado a alardear del “modelo chino” como alternativa a la democracia liberal.
Es improbable que este modelo llegue a convertirse en una alternativa seria a la democracia liberal en regiones fuera de Asía Oriental. Ante todo, el modelo es culturalmente específico: el gobierno chino se encuentra construido en torno a una larga tradición de reclutamiento meritocrático, oposiciones para los cargos públicos y deferencia hacia la autoridad tecnocrática. Pocos países en vías de desarrollo pueden esperar emular este modelo; aquellos que lo han hecho, como Singapur y Corea del Sur (al menos en un periodo anterior), ya estaban dentro de la zona cultural china. Los mismos chinos son escépticos acerca de si su modelo puede ser exportado; el así llamado “consenso pekinés” es una invención occidental, no china.
Tampoco está claro que el modelo pueda sostenerse. Ni el crecimiento basado en la exportación ni la aproximación a la toma de decisiones desde lo alto continuarán dando buenos resultados para siempre. El hecho de que el gobierno chino no permita la discusión abierta del desastroso accidente del ferrocarril de alta velocidad el pasado verano y no pueda poner al Ministerio de Ferrocarriles responsable del mismo bajo su control, sugiere que existen otras bombas de tiempo escondidas tras la fachada de la toma eficiente de decisiones.
Finalmente, China se enfrenta con una gran vulnerabilidad al final del camino. El gobierno chino no obliga a sus funcionarios a respetar la dignidad básica de sus ciudadanos. Casa semana hay nuevas protestas sobre confiscación de tierras, violaciones ambientales o corrupción por parte de algún funcionario. Mientras el país crezca rápidamente, esos abusos pueden ser escondidos debajo de la alfombra. Pero el crecimiento rápido no durará siempre, y el gobierno tendrá que pagar un precio en rabia contenida. El régimen ya no tiene ninguna guía ideológica en torno a la que organizarse; es dirigido por un Partido Comunista, supuestamente comprometido con la igualdad, que preside sobre una sociedad marcada por una dramática y creciente desigualdad.
Así la estabilidad del sistema chino no puede de ninguna forma considerarse garantizada. El gobierno chino argumenta que sus ciudadanos son culturalmente diferentes y siempre preferirán una dictadura benévola, promotora de crecimiento, a una democracia confusa que amenacé la estabilidad social. Pero es improbable que una creciente clase media se comporte en China de forma tan distinta a como se ha comportado en otras partes del mundo. Otros regímenes autoritarios pueden intentar emular el éxito de China, pero hay pocas oportunidades de que buena parte del mundo pueda parecerse a la China de hoy dentro de cincuenta años.
El futuro de la democracia
Existe una amplia correlación entre el crecimiento económico, el cambio social y la hegemonía de la ideología liberal democrática en el mundo actual. Y en este momento, no crece ninguna ideología real plausible. Pero algunas turbadores tendencias económicas y sociales, de continaur, amenazarán la estabilidad de las democracias liberales contemporáneas y destronarán la ideología democrática —tal y como es comprendida en la actualidad.
El sociólogo Barrinton Moore afirmó rotundamente en una ocasión: “Sin burgués no hay democracia.” Los marxistas no consiguieron su utopía comunista porque el capitalismo maduro generó sociedades de clase media, no sociedades obreras. Pero ¿qué pasaría si un desarrollo posterior de la tecnología y la globalización minase la clase media e hiciera posible que sólo una minoría de ciudadanos alcanzase ese status?
Hay ya abundantes señales de que esa fase del desarrollo ha comenzado. Los ingresos medios en Estados Unidos se han estancado en términos reales desde los setenta. El impacto económico de este estancamiento ha sido suavizado hasta cierto punto por el hecho de que muchas familias americanas han pasado a tener dos ingresos durante la pasada generación. Por lo demás, el economista Raghuram Rajan ha argumentado persuasivamente que, dado que los americanos son reacios a comprometerse con una redistribución clara, Estados Unidos ha intentado en su lugar una forma muy peligrosa e ineficaz de redistribución durante la pasada generación, subsidiando hipotecas para casas familiares de bajos ingresos. Esta tendencia, facilitada por una inundación de liquidez llegada de China y otros países, dio a muchos americanos comunes la ilusión de que sus estándares de vida estaban ascendiendo de forma estable durante la década pasada. A este respecto, la ruptura de la burbuja inmobiliaria del 2008-2009 no fue sino una cruel reversión del significado. Los americanos hoy pueden disfrutar de teléfonos móviles baratos, ropas nada caras y Facebook, pero cada vez más no pueden permitirse sus propias casas, o un seguro de salud, o una pensión confortable al retirarse.
Un fenómeno aún más preocupante, identificado por el capitalista inversor Peter Thiel y el economista Tyler Cowen, es que los beneficios de las más recientes olas de innovación tecnológica han crecido de forma desproporcionada para los miembros con más talento y educación de la sociedad. Este fenómeno ayudó a causar el crecimiento masivo de la desigualdad en los Estados Unidos durante la pasada generación. En 1974, el uno por ciento de las familias más ricas se llevaban a casa el nueve por ciento del Producto Interno Bruto; el 2007, esa parte había ascendido hasta el 23.5 %.
El comercio y las políticas fiscales pueden haber acelerado esa tendencia, pero el auténtico villano aquí es la tecnología. En las fases iniciales de la industrialización —la era de los textiles, el carbón, el acero y el motor de combustión interna— los beneficios de los cambios tecnológicos siempre descendieron de forma significativa al resto de la sociedad en términos de empleo. Pero esa no es una ley de la naturaleza. Vivimos hoy en lo que la académica Shoshana Zuboff ha bautizado como “la era de la máquina inteligente,” en la que la tecnología es cada vez más capaz de sustituir más y más elevadas funciones humanas. Cada gran avance de Silicon Valley significa probablemente la perdida de trabajos poco especializados en otras partes de la economía, una tendencia que es improbable que termine de forma inmediata.
La desigualdad siempre ha existido, como resultado de diferencias naturales en talento y carácter. Pero el mundo tecnológico actual magnifica ampliamente esas diferencias. En la sociedad agraria del siglo XIX, la gente con capacidad para las matemáticas no tenía tantas oportunidades para capitalizar su talento. Hoy pueden ser magos de las finanzas o ingenieros de software y llevarse a casa proporciones cada vez mayores de la riqueza nacional.
El otro factor que mina los ingresos de la clase media en los países desarrollados es la globalización. Con la rebaja de los trasportes y el costo de las comunicaciones y la entrada en la fuerza laboral global de cientos de millones de nuevos trabajadores de los países en vía de desarrollo, el tipo de trabajo hecho por la vieja clase media en el mundo desarrollado puede hacerse de manera más económica en otros lugares. Bajo un modelo económico que prioriza la maximización de los ingresos totales, es inevitable que los trabajos sean relocalizados fuera.
Ideas y políticas más inteligentes podrían haber contenido los daños. Alemania ha logrado proteger una parte significativa de su base manufacturera y de su fuerza laboral industrial mientras sus compañías lograban seguir siendo globalmente competitivas. Estados Unidos y el Reino Unido, por otra parte, han seguido siendo globalmente competitivos, han abrazado felizmente la transición a la economía de servicios postindustrial. El libre cambio se convertido menos en una teoría que en una ideología: cuando miembros del Congreso norteamericano intentaron tomar represalias a través de las sanciones comerciales contra China por mantener ésta su moneda infravalorada, fueron acusados con indignación de proteccionismo, como si el juego estuviera igualado. Hubo mucha cháchara feliz acerca de las maravillas de la economía del conocimiento, y acerca de la forma en que peligrosos trabajos fabriles serían inevitablemente reemplazados por trabajadores mejor preparados que harían cosas creativas e interesantes. Se colocó un velo por encima de la dura realidad de la desindustrialización. Se dejó a un lado que los beneficios del nuevo orden se acumulaban desproporcionadamente en una pequeña cantidad de gente de las finanzas y la alta tecnología, con intereses que dominaban la prensa y el diálogo político en general.
La izquierda ausente
Una de las características más sorprendentes del mundo tras los resultados de la crisis financiera es que, hasta ahora, el populismo ha tomado una forma básicamente derechista, no una izquierdista.
En Estados Unidos, por ejemplo, aunque el Tea Party es antielitista en su retórica, sus miembros votan por políticos conservadores que sirven precisamente a aquellos financieros y elites corporativas que pretenden despreciar. Hay muchas explicaciones para ese fenómeno. Incluyen una creencia profundamente impregnada en la igualdad de oportunidades antes que en la igualdad de consecuencias y el hecho de que problemáticas culturales, como el aborto y el derecho a portar armas, se entrecruzan con los asuntos económicos.
Pero la razón más profunda por la que una izquierda populista no se ha materializado es de tipo intelectual. Han pasado siete décadas desde que alguien en la izquierda fue capaz de articular, primero, un análisis coherente de lo que le pasas a la estructura de las sociedades avanzadas cuando emprenden un cambio económico y, después, un programa realista que presente alguna esperanza de proteger una sociedad de clase media.
Las principales tendencias del pensamiento izquierdista de las dos últimas generaciones han sido francamente desastrosas, ya sea como estructuras conceptuales o como instrumentos para la movilización. El marxismo murió hace muchos años, y los pocos viejos creyentes que quedan están listos para el asilo. La izquierda académica lo ha reemplazado con el postmodernismo, el multiculturalismo, el feminismo y la teoría crítica, y alojado otras tendencias intelectuales fragmentadas que están más centradas en lo cultural que en lo económico. El postmodernismo comienza negando la posibilidad de cualquier metarrelato de la historia o la sociedad, recortando su propia autoridad como voz para la mayor parte de los ciudadanos que se sienten traicionados por sus élites. El multiculturalismo valida la condición de víctima de virtualmente cualquier grupo externo. Es imposible generar un movimiento progresista de masas a partir de tan abigarrada coalición: la mayor parte de los trabajadores y de la clase media baja, victimizados por el sistema, son culturalmente conservadores y se sentirían incómodos de ser vistos en compañía de ese tipo de aliados.
Cualesquiera que sean las justificaciones teóricas que subyacen en el programa de la izquierda, su mayor problema es la falta de credibilidad. Durante las últimas dos generaciones, la izquierda mayoritaria ha seguido un programa socialdemócrata que centra en el Estado la entrega de una serie de servicios, como las pensiones, la salud y la educación. Este modelo se encuentra ahora agotado: los Estados de bienestar se han hecho grandes, burocráticos e inflexibles; son a menudo capturados por las mismas organizaciones que los administran, a través de los sindicatos del sector público; y, lo más importante, son fiscalmente insostenibles dado el envejecimiento de la población en casi todo el mundo desarrollado. Así pues, cuando los partidos socialdemócratas llegan al poder, ya no aspiran a otra cosa que ser los custodios del estado del bienestar que fue creado décadas atrás; ninguno tiene un nuevo programa excitante alrededor del que unir a las masas.
Un ideólogo del futuro
Imaginad, por un momento, a un oscuro escriba en una buhardilla en cualquier lugar, intentando trazar la ideología del futuro que facilitará un camino realista hacia un mundo dotado de sociedades sanas de clase media y robustas democracias. ¿A qué se parecerá esa ideología?
Debería tener, por lo menos, dos componentes: político y económico. Políticamente, la nueva ideología necesitaría reafirmar la supremacía de la política democrática sobre la económica y legitimar un nuevo gobierno como una expresión del interés público. Pero la agenda impulsada para proteger la vida de las clases medias no puede descansar simplemente en los actuales mecanismos del estado del bienestar. La ideología necesitaría de alguna manera rediseñar el sector público, liberándolo de su dependencia de los propietarios existentes y empleando nuevas aproximaciones, reforzadas por la tecnología, para acercarse a la entrega de servicios. Tendría que argumentar correctamente a favor de una mayor redistribución y presentar una nueva forma realista de acabar con el dominio sobre la política de los grupos de interés.
Económicamente, la ideología no podría comenzar con una denuncia del capitalismo tal cual, como si el anticuado socialismo continuase siendo una alternativa viable. Es más una variedad del capitalismo la que está en juego y el grado en que los gobiernos deben ayudar a las sociedades a ajustarse al cambio. La globalización no ha de ser vista como un hecho inexorable de la vida sino más bien como un reto y una oportunidad que debe ser cuidadosamente controlada políticamente. La nueva ideología no ve los mercados como un fin en sí mismo; en su lugar, valora el comercio mundial y la inversión hasta donde estos ayudan a una clase media floreciente, no tan sólo a una mayor riqueza nacional total.
Sin embargo, no es posible llegar a ese punto sin hacer una crítica seria y sostenida de gran parte del edificio de la economía neoclásica moderna, comenzando con asunciones fundamentales como que la soberanía de las preferencias individuales y el total de los ingresos dan una medida acertada del bienestar nacional. Esta crítica debería verse obligada a indicar que los ingresos de la gente no representan necesariamente sus auténticas contribuciones a la sociedad. Necesitaría ir más lejos, sin embargo, y reconocer que incluso si los mercados laborales fueran eficientes, la distribución nacional del talento no es necesariamente justa y que los individuos no son entidades soberanas sino seres profundamente marcados por las sociedades que les rodean.
Muchas de estas ideas han estando dando vueltas en fragmentos desde hace algún tiempo; el escriba deberá incluirlas en un paquete coherente. El o ella también deberán evitar el problema de la “dirección equivocada.” La crítica de la globalización tendría que unirse al nacionalismo como estrategia para la movilización de tal manera que defina el interés nacional de una forma más sofisticada que, por ejemplo, las campañas de “compra lo americano” de los sindicatos en Estados Unidos. El producto será una síntesis de ideas —tanto de la izquierda como de la derecha—, separadas de la agenda de los grupos marginales que constituyen el movimiento progresista ya existente. La ideología sería populista; el mensaje comenzaría con una crítica de las élites que permiten que el beneficio de muchos sea sacrificado al de unos pocos y una crítica de las políticas del dinero, especialmente en Washington, que benefician abrumadoramente a los ricos.
Los peligros inherentes en tal movimiento son obvios; una retirada de los Estados Unidos, y en concreto, de su defensa de una sistema global más abierto, podría provocar respuestas proteccionistas en otras partes. En muchos aspectos, la revolución Reagan-Thatcher triunfó en la forma en que sus propulsores habían esperado, al traernos un mundo crecientemente competitivo, globalizado, libre de fricciones. Durante el camino, generó una tremenda riqueza y creó clases medias crecientes a lo largo del mundo en vías de desarrollo, así como la extensión de la democracia. Es posible que el mundo desarrollado esté en la cúspide de una serie de avances tecnológicos que no sólo aumentarán la productividad sino también darán mucho empleo a grandes cantidades de personas de la clase media.
Pero esto es más una cuestión de fe que un reflejo de una realidad empírica de los últimos 30 años, que apunta en la dirección opuesta. En realidad, hay muchas razones para pensar que la desigualdad continuará empeorando. La actual concentración de riqueza en Estados Unidos ya ha llegado al punto de autoperpetuarse: como ha argumentado el economista Simon Johnson, el sector financiero emplea su poder entre los lobbies para evitar las más onerosas formas de regulación. Las escuelas de los acomodados están mejor que nunca; las de los demás continúan deteriorándose. Las élites en todas las sociedades emplean su acceso superior al sistema político para proteger sus intereses, frente a la ausencia de una movilización democrática que les contradiga para rectificar la situación. Las elites norteamericanas no son una excepción a la regla.
Sin embargo, esta movilización no tendrá lugar mientras la clase media del mundo desarrollado permanezca atrapada por la narrativa de la pasada generación: que sus intereses serán mejor servidos por mercados cada vez más libres y estados más pequeños. La narrativa alternativa está ahí afuera, esperando nacer.

* Este ensayo fue publicado originalmente en inglés en el último número de la revista Foreign Affairs. Traducción: Juan Carlos Castillón.
Compártalo:

sábado, abril 21, 2012

La avenida Rómulo Gallegos de Valle de la Pascua

Por FELIPE HERNÁNDEZ G.
felipehernandez56@yahoo.es

En materia de vialidad, durante el primer gobierno del Dr. Rafael Caldera Rodríguez (1969-1974) se construyeron más de siete mil kilómetros de carreteras y se pavimentaron más de 5.300 kilómetros en todo el país.

En lo que al estado Guárico refiere, a principios de enero de 1970, fue culminada la ampliación y remodelación de la avenida Rómulo Gallegos de Valle de la Pascua, la cual hasta entonces se había llamado avenida Táchira.

A la inauguración asistió el presidente de la República, Rafael Caldera, acompañado del gobernador del estado Guárico, Dr. José Ignacio González Aragort, el presidente del Concejo Municipal del Distrito Infante, Sr. Manuel Oropeza Fraile y los concejales del Partido Social Cristiano Copei, profesor Miguel Vilera del Corral y Abelardo Álvarez.

En el periódico Palestra Popular, en la edición de la primera quincena del mes de febrero de 1970, el periodista J.J. Montenegro, reseñó el acto de inauguración, de la manera siguiente:

“La Avenida llamada ahora “Rómulo Gallegos” fue inaugurada por el Presidente de la República, Dr. Rafael Caldera. Como se pudo ver, un mes antes de la inauguración, los trabajos fueron redoblados, es decir, los obreros y personal técnico trabajaron día y noche para tener listo el trabajo de construcción de la vía...”.

Antes de 1970, la avenida Rómulo Gallegos, se llamaba avenida Táchira, nombre dado en los años cincuenta, en un acto de adulancia al dictador Marcos Pérez Jiménez. Anterior a los años cincuenta se le llamó Calle Abajo y calle de Los Coleadores.

Otra obra vial de importancia en el Guárico, durante ese período, fue la culminación de la construcción de la Carretera Nacional Troncal 11, que desde la población de Paso Real de Macaira, se prolonga hasta la carretera de la Costa. “Esta obra fundamental pasó a ser la de mayor trascendencia e impacto para el progreso de San José de Guaribe y demás poblaciones del Nororiente del estado Guárico”, por la facilidad para comunicarse con el Oriente del país y con la capital de la República.

En septiembre de 1971, durante la gestión del gobernador, Dr. David Itriago Sifontes, se construyó en terrenos del sector Las Adjuntas de San Juan de los Morros, el Campo de Aterrizaje de esa ciudad.

REFERENCIAS
ALCALÁ G. Ricardo. (2007): San Juan de Ayer. San Juan de los Morros: Publicaciones de la Alcaldía del Municipio Juan Germán Roscio. Editorial Miranda. Segunda edición. p. 54.
HERNÁNDEZ G. Felipe. (2011). Historia Económica y Social del Guárico. En preparación.
PALESTRA POPULAR. (1970): El Presidente de la República visitó Valle de la Pascua. Valle de la Pascua, 1ª. Quincena de febrero de 1970. p. 10.
ROJAS-ROJAS, Miguel. (1995): Apuntes sobre la Historia de San José de Guaribe. Caracas: Instituto Universitario Armando Reverón, Geografía Viva, Fundación Reveroniana, FUNDACULGUA y Ateneo de Guaribe. p. 111.


Felipe Hernández es  doctor en Historia, Cronista Municipal de la Ciudad de Valle de la  Pascua
Compártalo:

domingo, abril 15, 2012

El maestro de la revolución azul


Por José Obswaldo Pérez

La  vida geomental de la educación en Guárico, en particular sus municipios y  parroquias, tiene entre sus constructores hombres y mujeres de  transcendencia histórica. Un caso en  particular es el  de Ezequiel Gondelles Ayala, un  militar, político y educador  guariqueño; nacido en San José de Tiznados, en  el  siglo XIX.  Hijo de Don Ezequiel Gondelles Zamora y Doña Juana Ayala, quienes habían casado el 10 de febrero de 1842. Tuvo como hermanas a Doña Belén, nacida el 12 de enero de 1849 y Doña Isabel Gondelles Ayala, el 20 de enero de 1855. Ambas nativas también de aquel pueblito llanero que casaron con el mismo  hombre don Narciso Porras y Benítez, en  distintas fechas, y quien  era oriundo de El Consejo, estado Aragua.

Conocido en la historia como el bachiller Gondelles Ayala, pese a que  en la  documentación oficial de la  administración publica su nombre aparece antepuesto con el título de General, una tradición dieciochesca para designar rangos a personas civiles. Pero,  sin  duda,  fue una figura destacada del acontecer cultural e intelectual guariqueño, debido a su  participación en los acontecimientos de 1868,  como  producto de la  Revolución Azul de los hermanos Monagas y  el  efímero pacto  político entre conservadores y liberales.

Gondelles se acobijará a  buena sombra como  buen  liberal a  formar parte de la elite política de Calabozo. Su capacidad cognoscitiva y pedagógica, así como su  notable competencia como educador, lo  llevará a ocupar el cargo de Rector del Colegio Nacional de esa ciudad, donde se había desempeñado como docente. Al parecer este  hombre de la  historia regional, cursó estudios en  la antigua Universidad de Caracas, hoy UCV, ya que en sus archivos aparece  registrado como  bachiller en filosofía.

También, como hombre público, participo en la política al lado del general aragüeño Ramón Guerra y el general Pio Morgado,  dos  figuras locales del  Partido Liberal Amarillo. Fue secretario accidental de la Asamblea Legislativa del  estado  Guárico en  1869, director de aduana de Puerto Cabello  y ministro de Finanzas del Gobierno de Joaquín Crespo Torres, en 1893. Las rúbricas de  Gondelles aparecen en documentos oficiales de empréstitos con los Gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra, créditos públicos solicitados por Venezuela para financiamiento de  armamento militar.

En su  vida docente,  Gondelles funda en 1883,  en San Casimiro, el primer colegio particular de esa localidad, considerado de  gran  relieve para la época, gracias a las diligencias y esfuerzos de don Lorenzo Zamora. En  él se dictaban clases de griego, latín, francés, literatura u otras materias básicas para una formación humanística del alumnado.

Gondelles Ayala casó con Doña Nicolasa Renovales Mujica, hija  de Tomás Renovales y  Feliciana Mujica, vecinos de Calabozo. Doña Nicalasa era nieta del Teniente Coronel de Caballería del Rey Don Tomás de Renovales de Goicolea, nacido en la provincia de Vizcaya, en España y  había llegado a Venezuela, con una avanzada del ejército de Pablo Morillo, para sofocar el movimiento independentista en las colonias hispanoamericanas. El  fue responsable del  atentado del Libertador  Simón Bolívar, en  la Mata del Rincón de Los Toros, en San  José de Tiznados.

El general Ezequiel Gondelles Ayala tuvo, entre su descendencia, a Don Ezequiel Gondelles Renovales, quien casó con doña Josefa Ignacia del Carmen Carreño España y quienes para esa época de principios del siglo XX vivían en Cúa, Estado Miranda. De este matrimonio tiene entre sus hijos a Doña Isabel Gondelles Carreño, quien nació en Caracas en 1912 y murió en el 2001 a la avanzada edad de 89 años. Doña Isabel contaba de su parentesco con Teresa Carreño y por lo tanto con Cayetano Carreño, hermano Simón Rodríguez, maestro del Libertador. Doña Isabel era bisnieta de Emilia, hermana de Teresa Carreño, quien estaba casada con un primo hermano llamado Manuel Lorenzo Carreño Martí, por lo que el apellido Carreño se conservó ya que el hijo de esta pareja José María Carreño y Carreño vendría a ser el abuelo materno de Doña Isabel,  según  genealogía  elaborada por  el  ingeniero calaboceño Rómulo Rodríguez .


Otros de sus hijos fueron  Luis Gerónimo y Ricardo Gondelles Renovales, este último  caso con  doña Lola Amengual,  con descendencia. El general Ezequiel Gondelles Ayala falleció el 17 de agosto de 1895, según una nota que apareció en El Cojo Ilustrado  de esa fecha.

Compártalo:

domingo, marzo 04, 2012

La "traición" de Páez

El capítulo de la fundación de Venezuela es más rico que lo que la manipulación sugiere


ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL
La idea de que Páez traicionó los ideales de la Independencia se ha extendido desde tiempo atrás, pese a que carece de fundamento. Las chácharas "historiográficas" del presidente Chávez se han regodeado en la reiteración de una lectura del pasado que sólo se puede sostener en una observación superficial de lo que sucedió cuando termina la guerra contra los españoles. Hace poco su hermano Adán ha vuelto sobre el punto, debido a la preocupación de que se pueda repetir con el augusto comandante lo que supuestamente sucedió con el Libertador cuando Venezuela se separó de Colombia. Aparte de lo que tiene de ridículo una analogía que sólo se comprende cuando el personalismo se convierte en eje de la política, reitera una tesis manida que no ha faltado en el discurso de muchos líderes, aun de los que pasan por enterados de los sucesos estelares de la historia.

En un mitin realizado en Cabimas (30 de marzo de 1946), Rómulo Betancourt dijo lo siguiente: "Se frustró nuestra primera república, la de 1830, porque a la hora de gobernar fueron desplazados muchos de los libertadores y tomaron los puestos de comando los antiguos realistas que andaban voluntariamente exiliados por las Antillas en los días en que era necesario ajumarse el pecho frente a Boves, frente a Yánez, frente a las huestes de Fernando VII. En los tribunales se enquistaron, en 1830, hombres que echaron a pique las medidas tomadas por el propio Bolívar de confiscar las tierras de los latifundistas criollos y españoles afectos a la causa del absolutismo borbónico; esos hombres que no sentían la revolución de independencia, torpedearon a conciencia la obra de la primera república". Y por allí se lanza quien entonces habla como presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno, si no cual padre, como continuador de un análisis del pasado que ha remachado el presidente Chávez y ahora engorda el hermano Adán, a quien quitan el sueño las señales de disensión susceptibles de producir conmociones en la cúpula cuando la salud del cesáreo pariente se deteriora. En todos y en cada uno de los casos se observa desconocimiento de lo que sucedió con la Independencia en sus postrimerías, o la necesidad de arrimar la brasa de un proceso histórico a la sardina de un suceso del futuro al cual se atribuye la calidad de "revolucionario".

La fundación de Colombia por el Libertador no provoca entusiasmo en Venezuela. Al contrario, genera molestias que se convierten en repulsa. Una decisión de tanta trascendencia no se consulta con la comunidad, con sus voceros principales, civiles y militares, para que encuentre abono una distancia cada vez mayor frente a los designios del fundador que no se ocupó de considerar los planos de la nueva mansión con las personas que la habitarían. De allí los embrollos de La Cosiata, cuya noria gira alrededor del único individuo capaz de apoyar la reacción de la colectividad cuando todavía brilla la estrella bolivariana, un hombre de armas de origen popular quien ya comienza a destacar por sus luces y a quien adornan los recientes laureles de Carabobo. Caracas, la cuna de la Independencia según se insiste en la época, pierde la capitalidad para que los altos poderes del Estado se establezcan en Bogotá. La República de 1811 se convierte en un Departamento de una nación gigantesca e inesperada, mientras sus hijos se sienten en minusvalía frente a los burócratas de la remota sabana. ¿Para eso hicimos la guerra?, ¿para eso derramamos la sangre en Boyacá?, se preguntan los caraqueños de la época y miles de guerreros y políticos disgustados ante el hecho de que se han menospreciado los fueros de la "Antigua Venezuela". Las manifestaciones de antipatía frente a los neogranadinos comienzan a crecer, no sólo en las tertulias callejeras y en los pliegos de la prensa, sino también en los salones del Congreso Nacional y en las disputas cada vez más avinagradas de los cabildos locales.

Un par de sucesos de entidad incrementan la reacción: la crisis de la economía no es atendida por los legisladores bogotanos, cuyas regulaciones se ocupan tangencialmente de las particularidades regionales sin considerar las calamidades dejadas por la guerra en cada Departamento; el malestar aumenta cuando se recibe en Caracas la noticia de que Bolívar pretende cambiar la Constitución de Cúcuta por la Constitución de Bolivia. La desatención de los legisladores acelera el disgusto de los propietarios, y el temor a que se pueda establecer una monarquía sin corona hace que los políticos liberales envenenen sus dardos frente a lo que se siente, con fundadas razones, como el establecimiento de un proyecto conservador de gobierno que choca con los principios de la modernidad. El descontento encuentra desembocadura en Páez, cuyas credenciales lo convierten en figura imprescindible y quien se transforma en vocero del retorno de la nacionalidad frente a una dominación cada vez más indeseable. El capítulo de la fundación de Venezuela es más rico, más enaltecedor de lo que la ignorancia y la manipulación sugieren, pero de lo expuesto se desprende una afirmación de republicanismo y una apertura hacia principios de estirpe liberal, los más avanzados de entonces, que no se pueden escatimar para que el hermano Adán compare a don Hugo con don Simón y a Páez con los "apátridas". Debemos suponer que a tan colosales atrevimientos no quiso llegar don Rómulo, cuando mitineó a la ligera sobre los desatinos de 1830.

eliaspinoitu@hotmail.com
Compártalo:

domingo, febrero 26, 2012

Despertar a la Realidad

Por Daniel R Scott

"Ahora sabemos que somos mortales"( Paul Valéry )

Escasamente un siglo atrás el hombre se divinizó a sí mismo en grado sumo. ¿Por qué? Porque en virtud de sus grandes e indiscutibles logros, le pareció haber subyugado y sometido a su dominio los poderes de la naturaleza y de la materia, proclamándose amo y señor de todo. Por su puesto siempre y desde un principio hubo dolorosas evidencias de que tal pretensión era del todo errada, que era un disparate creerlo. Por ejemplo: Un Titanic al que "Dios no podía hundir", terminó en definitiva hundiéndose en su primera travesía, y no precisamente por Dios, sino por obra y gracia de algo tan inanimado, helado y a la deriva como un gran tempano de hielo. Esto debió haber bastado para echar por tierra las pretensiones humanas de divinización. Pero este acontecimiento, ocurrido en los umbrales del siglo XX casi nuevo y sin abusar, parece que no le dio ninguna lección al género humano. El hombre siguió en su empeño de creerse superior ante la creación. Se siguió considerando la corona de la creación. Un Dios. Si nos tocara definir con breves palabras la arrogante actitud del hombre de los siglos XIX y XX ( en el orden político, social, filosófico, científico y tecnológico, entre varias más que deseo omitir ) se utilizarían las de aquel texto bíblico que dice: "Vosotros sois dioses." Parecían existir, para bien o para mal, motivos mil para tal conducta. El superhombre proclamada por Nietzche, el risible pero peligroso "Reich de mil años" de Hitler, el culto a la personalidad de un Stalin o un Mao, el primer hombre orbitando la tierra dentro de su sofisticado aparato espacial y el histórico y televisado alunizaje de 1969 parecieron, entre otras metas alcanzadas por el hombre, confirmar la tesis de que, ciertamente, el hombre era un Dios. Pero llegado el siglo XXI tal creencia se desvaneció como una neblina ante el sol del mediodía.

Hoy todo ha cambiado. Celebramos con alegría y esperanza el advenimiento del siglo XXI para descubrir muy pronto que no existían globalmente hablando motivos para tal alegría o esperanza. O al menos eso parece. Han sucedido cosas y hechos entre el hormiguero humano que nos han demostrado cuan equivocados estábamos. No somos más resistentes que una telaraña. Abrimos nuestro entendimiento ante nuestra propia finitud. Somos vulnerables como animalitos sin concha ante el soplo de una creación atormentada. Sucesos y fenómenos noticiosos tales como el atentado a las Torres Gemelas, el fundamentalismo islámico, los nacionalismos exacerbados, guerras locales, pequeños genocidios, epidemias sin nombres, terremotos y sunamis nos han abierto los ojos, dejándonos atónitos y obligándonos a reformular los conceptos que nos forjamos respecto a nosotros mismo y al papel que realmente jugamos en este mundo. A lo sumo somos dioses de la mortalidad.

Todo se complica además por lo avanzados de nuestros medios de comunicación. Alguien dijo muy acertadamente que el mundo era una "aldea global." Al respecto Billy Grahan escribió: "Se puede llegar físicamente a cualquier parte en un vuelo de pocas horas, y en pocos segundos por las ondas inalámbricas." Hoy, en esta gloriosa Era de la informática y el internet y otros medios hijos del ingenio humano, esa aldea global se ha reducido a una simple casa llamada "planeta tierra" donde todos parecemos habitar muy juntos y apretados. ¡Es tanto lo que se ha acortado el tiempo y el espacio! En escasos segundos lo que sucede en cualquier parte del planeta se difunde a la velocidad del rayo en las pantallas de nuestro televisores y computadoras. Vencimos las barreras del tiempo y del espacio. Somos algo omnipresentes. Con razón pues el hombre se cree un Dios. Esto es bueno solo en cierta medida porque no solo se difunden las hechos y acontecimientos sino también las tensiones y preocupaciones que ellos encierran. Sigue diciendo Billy Graham: "Esta accesibilidad aumenta la difusión de las tensiones y disensiones." Preocupación, tensión, paranoia. ¿Quién no experimenta un temor paralizante al contemplar las imágenes de un terremoto en un país tan avanzado y de cultura tan milenaria como el Japón o de un océano que se lleva todo lo que encuentra a su paso tierra adentro? ¿Quién no se conmueve ante la guerra fratricida que tiñe de rojo a Libia? Más aun, y que es el tema que vengo desarrollando: ante esas noticias nos invade el temor y tomamos conciencia de nuestra pequeñez, de nuestra insignificancia, de nuestra propia fragilidad y mortalidad. No somos dioses. De nada vale haber construido tan grande civilización, todo es un gran edificio de naipes que cae al menor soplo. Pienso que ese es el sentimiento predominante entre los hombres hoy. No soy pesimista: solo observo.

Sí, "El siglo XXI ha comenzado con la agotadora comprensión de que no hay lugar seguro sobre la tierra."(John Piper ). Esto no es del todo malo. Es buena esa agotadora comprensión si nos ayuda a dar un paso adelante, obligándonos a hacer un minucioso examen de conciencia que nos lleve a saber cuál es nuestro rango real en este mundo. Quizá solo así estaremos capacitados para seguir la máxima del apóstol Pablo: "Digo a todos ustedes que ninguno piense de sí mismo más de lo que debe pensar. Cada uno piense de sí con moderación." Debemos pensar con cordura cual es el papel real que debemos representar y cuál es el límite de nuestras posibilidades y talentos.

Solo así podremos retomar nuestra verdadera grandeza.
21 Marzo 2011
Compártalo: