martes, junio 18, 2013

¿Tiene sentido social el oficio del historiador?

Pedro Salmerón Sanginés
Dr. Pedro Salmerón, historiador mexicano


Desde hace décadas, la escuela de pensamiento dominante en los colegios de historia es el historicismo o relativismo histórico. Para muchos de quienes –muy jóvenes– nos matriculamos en la licenciatura en historia, el historicismo encerraba razones poderosamente atractivas frente al marxismo de manual, el empirismo mal llamado positivista, o los lugares comunes del tipo el que no conoce su historia está condenado a repetirla.

El historicismo que leíamos en nuestros años de aprendizaje nos decía, en palabras de Benedetto Croce que toda historia es historia contemporánea y que el pasado no existe: la historia está viva en el espíritu y no en los restos muertos del pasado. De ahí partía R. G. Collingwood para afirmar que toda historia es historia del pensamiento, que el conocimiento histórico es la reactualización, en el espíritu del historiador, del pensamiento cuya historia estudia y que el conocimiento histórico es la reactualización de un pensamiento pasado, encapsulado en un contexto de pensamientos presentes que, al contradecirlo, lo confinan a un plano diferente al suyo. Es el historiador quien construye (o reconstruye) dentro de sí mismo el pasado y, por tanto, todo pensamiento histórico es interpretación histórica del presente. Por supuesto, si la historia es interpretación, no hay verdad, sino verdades a las que llega el historiador desde sus problemas presentes, su perspectiva presente y, por fin, si lo que nos lleva al estudio de la historia son los problemas el presente, la historia es también compromiso, decisión, toma de partido (Ramón Iglesia).

Haciendo a un lado el idealismo (la reducción de la historia al espíritu y a la historia del pensamiento), hay cuatro premisas con las que es difícil no coincidir:

El pasado no existe, la historia vive en el presente; es el historiador el que (re)construye en su interior el pensamiento del pasado; la verdad es relativa, depende de la subjetividad del historiador; la historia exige compromiso en el presente.

Sin embargo, después de Croce y Collingwood, después de la Segunda Guerra Mundial y de manera aún más acentuada tras el final de la guerra fría, los sucesores del relativismo se ocuparon en negar toda validez científica al conocimiento histórico hasta el punto de permitir a los falsificadores (y a cada vez más estudiantes y egresados de las escuelas de historia) asegurar que toda interpretación es válida, confundiendo aposta y con grosería, interpretación con invención. En la práctica, eso les permite abandonar la investigación, la crítica de fuentes y su confrontación e incluso, la más elemental honestidad intelectual, pues si toda verdad es válida, ninguna lo es. Como hemos señalado en otras ocasiones, el relativismo histórico nunca llegó a tanto… aunque al parecer, sí sus sucesores. También es verdad que el propio pensamiento de aquellos autores llevaba a abstracciones muy poco históricas, como la mente absoluta (esta idea ha sido correctamente explicada por Rodrigo Díaz, El historicismo idealista: Hegel y Collingwood, pp. 128-133).

Ahora bien, en mis mal articuladas reflexiones sobre este posmodernismo que hace de la historia mero discurso actuaba como buena parte de quienes sostienen sus postulados: desligaba los frutos del pensamiento de su base material, creyendo, como ellos afirman, que las cosas del reino de las ideas ocurren o pueden ocurrir con independencia de lo real. Esa idea me impedía entender las razones del vuelo posmoderno. En efecto, ¿cómo es que los estudiosos de lo histórico, lo político, lo social, hemos dejado de ser eso, estudiosos, para convertirnos en los creadores de la verdad?

Empiezo a salir de esa confusión gracias a una reflexión de Felipe Curcó, ¿Es relevante la verdad para la teoría política?, donde afirma que el liberalismo político relega el pluralismo a la esfera de lo privado para asegurar el consenso en la esfera de lo público. Por tanto, todas las cuestiones controvertidas (y toda discusión en torno a la verdad) son eliminadas de la agenda política. En consecuencia, la política se transforma en un terreno en el que la mayoría de los individuos aceptan someterse a acuerdos que consideran o que se les imponen como neutrales.

De ese modo, encontramos que la supresión de la verdad en teoría política –y en la ciencia histórica– responde a intereses políticos y económicos determinados. Si me siguen, los mostraremos en la próxima entrega. Entonces, no es de extrañar, que la ciencia histórica en México sea cada vez más pequeña, endogámica y encerrada en sí misma (Luis Fernando Granados sobre Alfredo Ávila)

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domingo, mayo 19, 2013

20 de Mayo: Dia Nacional del Cronista

Enrique Bernardo Núñez (1895-1964)


Felipe Hernández G.
UNESR-Cronista de Valle de la Pascua
felipehernandez457@yahoo.com

El día 20 de mayo fue institucionalizado por la Asociación Nacional de Cronistas Oficiales de Venezuela (ANCOV) como el Día Nacional del Cronista, porque en esa fecha nació en Valencia-estado Carabobo, el escritor, periodista, diplomático y cronista por excelencia, Enrique Bernardo Núñez (1895-1964), autor entre otras obras, de La Ciudad de los techos rojos, Cubagua, El hombre de la levita gris; y Primer Cronista Oficial de Caracas, designado el 15 de enero de 1945. Hecho que le convierte en el primer cronista nombrado oficialmente por una municipalidad en nuestro país.


Aún cuando la Asociación de Cronistas de Venezuela fue fundada en la ciudad de Valencia en el mes de marzo de 1968, no es sino 18 años después (en 1986), cuando se declaró un día específico para honrar la labor y el oficio de quienes con humildad, paciencia y sabiduría investigan el devenir y el acontecer histórico, familiar, toponímico e institucional de los pueblos y ciudades, para perpetuarlos en el tiempo, generando identidad y escribiendo la historia de la localidad donde le toca actuar.



Son los responsables de escribir la pequeña historia, historia menuda o de campanario, que nos aquerencia con todo lo que identifica a los pequeños espacios donde nacimos, vivimos, trabajamos y están nuestros afectos y recuerdos. Recuerdos que subyacen en el inconsciente de la memoria personal y colectiva, muchos de ellos llegados de oídas y trasmitidos de generación en generación, para que el tiempo y el olvido no los borren, para que no desaparezca el legado de lo que hemos sido o dejamos de ser. De dónde venimos, quienes somos y hacia dónde vamos… No se puede querer lo que no se conoce.


El día del cronista fue acordado en la Convención Nacional realizada en la ciudad de Punto Fijo-estado Falcón, a proposición del cronista de las ciudades de La Victoria y El Consejo - estado Aragua, el Dr. German Fleitas Núñez, quien argumentó que debía ser el día del nacimiento de Enrique Bernardo Núñez, insigne primer Cronista de Caracas y prototipo o modelo del cronista venezolano; y así fue aprobado en virtud de la significación histórica de este personaje en el arte de la crónica, el periodismo y de la historia en nuestro país.

Hoy a cuarenta y cinco años de la fundación de la Asociación Nacional de Cronistas y a veintisiete de declararse el Día Nacional del Cronista venezolano, la asociación gremial ha venido ganando espacio en la sociedad venezolana a través de una lucha constante por el reconocimiento y mejoramiento del trabajo del cronista, tanto en lo relativo a la preparación intelectual y capacitación académica que exige el oficio, como en la defensa de los derechos por ocupar un lugar acorde con su función socialmente educativa y formativa de la legislación venezolana, y específicamente en la Ley del Poder Público Municipal, porque es el municipio el ámbito donde se desenvuelve el cronista.

Es por ello que la actual Ley Orgánica del Poder Público Municipal reconoce en su título IV, Capítulo VI, Sección III, el papel del cronista como ente auxiliar de la municipalidad, equiparándose en jerarquía a las funciones del Síndico Procurador Municipal y del Secretario Municipal. Además, en el artículo 125 de la misma ley establece claramente que el cronista “tendrá como misión recopilar, documentar, conservar y defender las tradiciones, costumbres y hábitos sociales de su comunidad”, y el articulo 126 remite a cada ordenanza fijar las atribuciones del cronista que genéricamente se pueden resumir en el registro de los aconteceres cotidianos de los municipios, parroquias y pueblos; defensa del patrimonio histórico, natural y cultural; trabajar por la defensa, conservación y preservación del ambiente y de los recursos naturales y realizar actividades relacionadas con la historia, la investigación y el fortalecimiento de la identidad local, regional y nacional. Ante estos preceptos, resultan necesarias iniciativas por parte del Estado, del gobierno nacional, regional y local para preservar esa memoria que es vital para la identidad colectiva a través de la publicación de los trabajos e investigaciones que perpetúen en el tiempo la pequeña y gran historia de cada comunidad.

Historia
Históricamente, la labor del cronista se remonta al siglo XV en España. “En 1571, el rey Felipe II, en consideración de la gran necesidad de información que su gestión de gobierno requería, crea el cargo de cronista mayor de Indias, entendiendo que sin el trabajo de este funcionario, sería muy difícil gobernar con acierto los inmensos territorios de las llamadas Indias Occidentales; más aún, los reyes de España consideraron tan importante este aspecto de su gestión gubernamental que no solo dispusieron de un cronista mayor, sino que en la medida de necesidades puntuales, designaban funcionarios de menor nivel... según la opinión de los cronistas, la monarquía tomaba las decisiones pertinentes”.

En Venezuela, la actividad de los cronistas es de larga data, comienza con los protagonistas españoles y las memorias producidas por numerosos viajeros europeos.

ANTECEDENTES DE LOS CRONISTAS
La Real Academia de la Lengua española nos dice que el cronista es el “autor de una crónica o el que tiene por oficio escribirla” y define crónica así: “la historia en que se observa el orden de los tiempos”, pues bien, este oficio de la crónica es muy antaño que ocuparía mucho espacio aquí explicar, mencionaremos algunos cronistas y crónicas. La Biblia tiene en el génesis del pueblo de Israel su crónica, Homero fue un cronista, Eusebio de Cesárea hizo los apuntes de los acontecimientos del mundo helénico, otras crónicas y cronistas se encontraban en los monasterios, en las cuevas de las pinturas rupestres, en los primeros escritos en lengua castellana ordenadas por el rey Alfonso X, el sabio. Y en América en los petroglifos de nuestros indígenas, en las escrituras mayas, aztecas e incas que se salvaron de la destrucción de los conquistadores españoles.

Pero, propiamente cronistas fueron los denominados “cronistas de indias” quienes eran nombrados por los reyes españoles para registrar hechos, paisajes y todo lo que tenía que ver con el inventario de las tierras desconocidas de las que habían tomado posesión. Entre estos cronistas de indias están Fray Antonio Medrano, Fray Pedro de Aguado, Gonzalo Fernández de Oviedo, Fray Bartolomé de las Casas, Pedro Martín de Anglería, Francisco López de Gómara, Juan de Castellano, Pedro Simón, José Gumilla, José Luis de Cisnero y otros.

Hablando un poco más cercano en el tiempo, se dice que un soldado-poeta de apellido Ulloa había solicitado ante el Gobernador Diego de Osorio – el 23 de noviembre de 1593 – que iba a “escribir una crónica de la conquista de la provincia de caracas, y propone que se le dé alguna cosa por su trabajo”. De este soldado Ulloa no se supo más y tampoco se registró su trabajo, Ulloa se perdió en las tinieblas de los tiempos. Posteriormente el espíritu de Ulloa se convierte en “el espíritu de una ciudad que comienza a contar sus días” este espíritu se concreta 352 años después cuando el ayuntamiento de Caracas designa como cronista oficial al ilustre valenciano Don Enrique Bernardo Núñez cuya obra es de trascendencia en Venezuela, se le quiere y se le admira como el cronista mayor de Venezuela.

¿Quiénes somos los Cronistas del Estado Guárico? La Asociación Nacional de Cronistas (ANCOV) rige en toda Venezuela y afilia alrededor de 250 cronistas oficiales; en cada estado funciona una asociación regional que tiene la misma estructura organizativa que la nacional. En el caso del estado Guárico, está integrado por quince municipios, de los cuales solo dos carecen de cronistas oficiales, son ellos: El Socorro y Santa María de Ipire. Probablemente sus autoridades municipales desconocen o no han sabido valorar la importancia que este funcionario puede aportar en la constitución y formación del perfil cultural y patrimonial de sus localidades, espacios donde el cronista es pieza clave para la consolidación de la identidad histórico-cultural local, en el contexto regional, nacional y mundial.

San Juan de los Morros ha tenido dos cronistas: Dr. Enrique Olivo (primer cronista) y el actual Dr. Argenis Ranuarez Angarita. Calabozo: ha tenido cinco cronistas oficiales: Don José Rafael Viso Rodríguez, periodista Ana Luisa Llovera, Dr. Alfonzo Espinoza, señor Rafael Acosta y el actual, Dr. José Antonio Silva Agudelo. Ortiz: periodista José Obswaldo Pérez Ascanio y Prof. Fernando Rodríguez Mirabal (actual).Camaguán: Ítalo Jiménez Laya. San Jerónimo de Guayabal: Prof. José Socorro Solórzano Pérez. El Sombrero: don Manuel Aquino Díaz y el actual, Prof. Félix Celis Lugo. Chaguaramas: Rafael Castillo, y el actual, don Pedro Castillo García. Las Mercedes del Llano: Dr. Edgardo Malaspina. Altagracia de Orituco:don Adolfo Machado, y el actual, Dr. Carlos López Garcés. San José de Guaribe: Prof. Soraya González de Armas. Tucupido: Sr. Garibaldi Soto. Zaraza: Sr. Moisés Rodríguez, y Valle de la Pascua: Pbro. Rafael Chacín Soto, Dr. Luis Fernando Melo Jiménez, y desde febrero de 2011, el Dr. Felipe Hernández González.
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viernes, abril 05, 2013

Las reminiscencias de doña Laura

Las reminiscencias de doña Laura no pasan de ese tiempo del gomecismo en Ortiz. En su memoria desfilaban fugaces momentos del paso de la capital a San Juan de los Morros y los días cuando los orticeños agasajaban al general Juan Alberto Ramírez, para que el poder regional se quedase aquí.


Por José Obswaldo  Pérez


DOÑA LAURA SOJO DE SEIJAS se nos hizo diminuta dentro de su silla de rueda, solo sus ojos resaltaban toda su humanidad de mujer. Muchos días atrás, antes de dejar su existencia, fue confidente de varias historias pasadas de Ortiz. Muchas de ellas eran relatos que brotaban con sus 89 años de vida, porque fue para esa fecha, cuando la encontramos una tarde en su casa hablando sobre los secretos de este pueblo.

Doña Laura Sojo de Seijas
/Reproducción JOP

―Yo lloré cuando mire una mujer presa- me confesó. Todavía era una niña. Aquel entonces  el país gobernaba el general Juan Vicente Gómez. Era tiempos de miedo y en Ortiz algunos jóvenes y de mayor edad se prestaban para la conformación de un movimiento de oposición contra el régimen.


Doña Laura Sojo de Seijas había nacido el 4 de julio de 1904, a las 4 de la mañana. Una suerte cabalística en la que llegó a pensar. Una vez su mama le dijo:
―Mira Laura, tú como naciste con los cuatro, debería jugarte ese número. Y yo nunca me lo jugué -, comentó riéndose.
Las reminiscencias de doña Laura no pasan de ese tiempo del gomecismo. En su memoria desfilaban fugaces momentos del paso de la capital a San Juan de los Morros . Aquellos días cuando los orticeños agasajaban al general Juan Alberto Ramírez― presidente del Estado-, para que el poder regional se quedase aquí Ortiz.
―Siempre el general Ramírez tuvo la esperanza de que la capital del Guárico fuera nuevamente en Ortiz-, dijo con un dejo de nostalgia-. Pero, “los calaboceños peleaban con uno”, para referirse a la disputa de esa categoría política que vivió Ortiz y que, al final, dejó sus resabios entre los que se opusieron a esa jerarquía administrativa.
Aquel día hubo protocolo y fiesta para el traslado de la capital. En la casa de la familia Galindo, doña Laura y otras personas se encargaron de hacer las hallacas para los comensales de tal festividad.

-Aquí se hizo una gran fiesta, refirió.
Doña Laura Sojo de Seijas se casó el 27 de julio de 1927, a los 23 años, con don Antonio Seijas Hurtado. Los testigos de la boda fueron Canuto R. Aguirre y su esposa Mariana de Aguirre. La bendición del matrimonio estuvo a cargo del padre Francisco Javier Peña. Su esposo llegó a ser juez municipal por unos días, aunque renunció por no estar muy a gusto. Pero fue funcionario de la Junta Municipal, en varias ocasiones.
―Tuvimos casados 11 años y siete meses, tranquilos y nunca peleamos-, dijo orgullosa. Don Antonio Seijas falleció a los 45 años de edad, en el mes diciembre de 1938. Fue hijo legítimo de don Luis Seijas y Rosa Hurtado.
Entre su historia de vida, Doña Laura fue dueña de la Pensión La Llanera, ubicada en la Calle Comercio, hoy avenida Bolívar. Casa que había pertenecido anteriormente a don Rosendo Martínez, un viejo masón de distiguidas cualidades intelectuales.

“En esa vieja Casa Alta nos visitaba mucha gente. Yo tenía tres mujeres que trabajaban conmigo, siempre trabajando”, decía.
Uno de esos asiduos visitantes al negocio fue el general Roberto Vargas Díaz, su paisano, a quien conocía bien. Un legendario personaje que fue guerrillero y político en Ortiz. Durante del gomecismo fue presidente del Guárico y entre 1935-37 fue Secretario de la Presidencia de la República y senador por estado Apure.
―El general Vargas era trigueño-, lo describió.Y más adelante profundizó en los destalles:
―Era un hombre vulgar y tuvo dos hijos. Por dos meses le estuve haciéndole la comida. Su plato predilecto eran los frijoles.
En la resolana del atardecer, doña Laura se sentaba en el portón de su casa para distraerse mirando la calle o saludar amigos de a pie conocidos. De ella quedaron amainados recuerdos y retazos de memoria.


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viernes, marzo 22, 2013

Danzas y bailes en el Guárico colonial

La celebración del Corpus Christi, la cual integraba la tarasca y los diablos danzantes, dejó de ser modelo de moralidad, convirtiéndose en una expresión popular distinta a la estrictamente religiosa.


Felipe Hernández G.

UNESR/Cronista de Valle de la Pascua

felipehernandez457@yahoo.com

 

A partir de la llegada de los europeos a tierra firme, y de la mano de obra esclavizada procedente de África, se establecieron nuevas formas de danza que se convertirían en las expresiones artísticas en la Provincia de Venezuela.

           

A partir del año 1595 se comenzaron a conmemorar festejos religiosos en las calles de Caracas y de otras ciudades y pueblos. Estas fiestas se realizaban en los días de Santiago Apóstol (patrono de la ciudad), el Santísimo Sacramento, San Sebastián y el Corpus Christi, entre otros. En todo caso, la que tuvo especial relevancia fue la del Corpus Christi, pues tenía una gran tradición en España desde principios de la Edad Media.

 

El Corpus Christi se remonta al 8 de septiembre de 1264, cuando a través de la bula “Transiturus” el Papa Urbano IV efectuó la aprobación universal, y mediante una alegoría artística, intenta demostrar al pueblo la superación del mal y los pecados a través de la Cruz de Cristo. En esa época la diversión se llevaba a cabo mediante manifestaciones teatrales, musicales y dancísticas que se oficiaban con una tarasca que representaba una figura de dragón gigante acompañado de diablos danzantes, cabezudos y enanos.

 

El 8 de mayo de 1595, es consignado en las actas del Cabildo de Caracas como el día en que se incluyen por primera vez bailes al Corpus Christi: “Mandase al maiordomo de esta ciudad tenga cuenta que se haga algún regocijo de alguna danza y comedia para el este año el día de corpus christi y gaste lo que fuere necesario”. Para este cometido, el Ayuntamiento designó a Melchor Machado, quien sería el primer maestro de danza en la Venezuela colonial. Para el año 1619, las danzas eran organizadas según las diferencias raciales de la población y con un claro carácter callejero. Así se verá en la participación de negros, esclavos, indígenas y mulatos.

            

La danza es prohibida pero no abolida: En 1697 se produjo la primera censura emitida por el obispo Diego de Baños y Sotomayor. En este caso, se intentó impedir los bailes de mulatas, negras e indias, porque los días de ensayo y los vestuarios que utilizaban eran grandes ofensas a Dios. Y esto se extendía a todas las mujeres que participaban en las danzas del día de Corpus Christi en toda la provincia de Caracas.

           

Así mismo, desde el Arzobispado de Caracas se promulgó un edicto prohibiendo “los bailes vulgarmente llamados fandango, zambique y danza de moros”. Así, el 20 de mayo de 1761, el obispo Diego Antonio Diez Madroñero (1757-1769), que se distinguió por su rigurosidad en la aplicación de cánones morales y religiosos, elementos importantes en la sociedad colonial de la época, expuso la resolución que suprimía las danzas. Esto último fue suscrito por los cabildantes, quienes se quejaban de los desórdenes, faltas a la moral y robos, entre otros agravios. Sin embargo, es probable que la costumbre de estos bailes que se llevaban a cabo por casi un siglo en Caracas haya permanecido en otras regiones de la Provincia, hasta bien entrado el siglo XVIII, y la desaprobación eclesiástica pudo haber influenciado en su desarrollo hacia otras expresiones dancísticas y musicales.

           

La celebración del Corpus Christi, la cual integraba la tarasca y los diablos danzantes, dejó de ser modelo de moralidad, convirtiéndose en una expresión popular distinta a la estrictamente religiosa. Por ello, su presencia fue desapareciendo de las festividades eclesiásticas de las calles de Caracas, para transformarse en una diversión carnavalesca. Esta manifestación hispánica esencialmente religiosa, se amalgamó con las costumbres y tradiciones que trajeron en sus mentes los esclavos africanos, lo que determinó un proceso de sincretismo donde se mezclan la fe cristiana con elementos rituales, musicales y dancísticos africanos.

 

Aunque no se conocen documentos que señalen que estas festividades se manifestaron en otros pueblos del interior a la usanza caraqueña, en distintas regiones del país estas manifestaciones dancísticas se han mantenido. En el Guárico, su representación ha perdurado hasta el presente, especialmente en la población de San Rafael de Orituco, y es parte fundamental del acervo folclórico y cultural de los valles orituquenses. 

 

La primera noticia de los diablos de San Rafael, la aporta el obispo Mariano Martí (1969), en su visita pastoral del 23 de Marzo de 1783, cuando anota en su libro de Documentos… […] “…se celebra el corpus…”. Otra referencia histórica sobre la presencia de los Diablos en San Rafael de Orituco, la ofrece don Adolfo Machado (2009) en su obra, donde informa que “el día del Corpus de 1820, el Comandante realista Bartolomé Martínez, en unión de algunos oficiales tropezó con más de una comparsa de diablitos. Parece ser que las tropas patriotas aprovecharon esta circunstancia para disfrazarse de diablos y de esa manera tomar la población por asalto”.

 

Existen referencias que en el Guárico esta festividad también se celebraba en los pueblos de El Sombrero, Tucupido y San Juan Bautista de Espino, desconociéndose cuando se dejó de celebrar y porqué.

 

En consonancia con el devenir histórico, el 6 de diciembre de 2012, la Organización de la Naciones Unidas para la Educación, Ciencia y la Cultura (UNESCO), aprobó en Paris-Francia, el ingreso de esta manifestación venezolana, compartida por 11 cofradías en el país, las cuales rinden culto al Santísimo Sacramento, nueve jueves después del Jueves Santo, como forma de recrear el triunfo ancestral del bien sobre el mal. Son ellas, las hermandades de Diablos Danzantes que celebran el Corpus Christi en: San Francisco de Yare, estado Miranda. Turiamo, Cata, Ocumare de la Costa, Cuyagua y Chuao, en el estado Aragua. San Millán y Patanemo, en el estado Carabobo. Naiguatá, en el estado Vargas. San Rafael de Orituco, en el estado Guárico; y en Tinaquillo, estado Cojedes. Los Diablos danzantes son la primera manifestación venezolana considerada como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la Unesco.

           

Otro si: El Joropo Escobillado: El gobernador Luis Francisco de Castellanos se preocupó mucho en 1749 cuando llegó a su “superior conocimiento (…) que en algunas villas y lugares de esta Capitanía General de Venezuela” se acostumbraba “un baile que denominan Xoropo escobillado, que por sus extremosos movimientos, desplantes, taconeos y otras suciedades que lo informan”, había sido mal visto“por algunas personas de sesos (…)”.

 

REFERENCIAS

ALCALÁ, Ricardo. (2011): Una cita con la historia. Cuando Guárico conoció el terrorValle de la Pascua: El Reportero. Edición 48. Año 4. Diciembre 2011. p. 05.

ÁLVAREZ D’ARMAS, Arturo. (2012): Los Diablos en el Estado Guárico. Publicado en: Amigos Protectores de las Letras – Uruguay. http://letras uruguay.espaciolatino.com/aaa/alvarez_d_armas_arturo/los_diablos_en_el_estado_guarico.htm

ARETZ, Isabel. (1947): “La fiesta de los diablos”. En: Revista Venezolana de Folklore. Caracas: Tomo I, N° 2, julio-diciembre de 1947. pp. 91-110.

CALZABARA, Alberto. (1987): Historia de la música en Venezuela. Período hispánico con referencias al teatro y la danza. Caracas: Editorial Ex - libris.

CALZADILLA, Pedro Enrique y Elías Pino Iturrieta. (2002): La mirada del otro. Viajeros extranjeros en la Venezuela del siglo XIX. Caracas: Fundación Bigott.

DE BENEDITTIS, Vince. (2002): Presencia de la música en los relatos de viajeros del siglo XIX. Volumen II. Caracas: Universidad Central de Venezuela.

DUARTE, Carlos. (2001): La vida cotidiana en Venezuela durante el Período Prehispánico. Tomo 1. Caracas: Fundación Cisneros.

HERNÁNDEZ, Osman y Willmar Rodríguez. (2011): “La navidad vista por viajeros”. Publicado en:Memorias de VenezuelaNº 23. Caracas: Ministerio de la Cultura / Centro Nacional de Historia. Diciembre 2011. pp. 48-50.

MACHADO, Adolfo A. (2009): Apuntaciones para la historia (obra escrita entre 1875 y 1899). Introducción de Don J.A. De Armas Chitty. Altagracia de Orituco: Publicaciones de la Alcaldía del Municipio José Tadeo Monagas. Caracas: Tipografía de Miguel Ángel García e hijo.

MARTÍ, Mariano. (1969): Documentos relativos a su visita pastoral de la Diócesis de Caracas 1771-1784II Libro Personal. Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia. (Fuentes para la Historia Colonial de Venezuela, 9.

SACHS, Carlos. (1987): De los llanos. Caracas: Conicit.

SANCHS, Curt. (1943): Historia Universal de la danza. Buenos Aires: Ediciones Centurión.

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jueves, febrero 21, 2013

Petróleo y mitología

El escritor venezolano Ibsen Martínez


Por Ibsen Martínez
1- Con casi cien años de actividad aceitera a cuestas, no hemos producido ningún libro de historia económica comprehensivo y útil que sea comparable a, digamos, El café en Colombia, de don Marco Palacios.
Las visiones prevalecientes en nuestra literatura sobre el tema, ya sea en obras de ficción o en las pretendidamente fácticas, acerca de cómo nos hicimos una nación petrolera -y más aún cómo nos convertimos en esa monstruosidad llamada “petroestado”- han sido poco felices, por decir lo menos.
Roland Barthes, el desaparecido pensador estructuralista francés, afirma en un ensayo dedicado a las “narrativas históricas” -o “relatos”, como los llaman los posmodernos de lengua romance- que el tropo primordial al que con más frecuencia recurren los historiadores imposta una “voz objetiva” que , según él, “a menudo solo resulta ser una forma particular del género ficción”.

No sé si Barthes tuvo en esto razón -sospecho que sí, aunque solo sea porque soy un escritor de ficciones-, pero de algo sí estoy seguro, luego de años enfrascado en el tema: es poco lo que hay digno de llamarse “objetivo” en buena parte de lo que entre nosotros pasa por “historia petrolera”.

La mayoría de nuestros “relatos” -como llaman los posmodernos a casi cualquier cosa que pueda leerse- muestran un descaminador sesgo anti-norteamericano y, machaconamente, recurren a fórmulas que hablan de “imperialismo” y de “enclaves neo-coloniales”. En el proceso, yerran a menudo el tiro y muestran su ignorancia, sobre todo al confundir los designios de las corporaciones petroleras con los del Departamento de Estado o el Pentágono.

Todo esto puede resultar sumamente engañoso gracias a las paparruchas “posmarxistas” que se han fundido en la corriente primordial que riega casi todos los cultos sincréticos del mundo académico, notablemente el estadounidense. Así, toda laya de “relatos” dan hoy forma a muchas inconmovibles nociones acerca de nuestra historia como país petrolero. Ejemplo protuberante es el relato de cómo surgió la Opep.

La versión oficial -la que se nos enseña en la escuela elemental, el bachillerato y la universidad- sostiene que el doctor Juan Pablo Pérez Alfonso, un distinguido abogado venezolano, fue el “padre” de la Opep.

Pérez Alfonzo, notable profesor de la Universidad Central de Venezuela, no era geólogo ni ingeniero de yacimientos. Sin embargo, en el curso de los años 40 y 50 llegó a convertirse en el indiscutible vocero de los intereses nacionalistas venezolanos y de las políticas públicas que, bien o mal, habrían de atenderlos.

“Era un hombre ascético y parsimonioso”, nos dice de él Stephen G. Rabe en un penetrante retrato moral del doctor Pérez Alfonso, que detestaba el despilfarro en cualquiera de sus formas, incluyendo, desde luego, el de los recursos naturales de Venezuela. Constantemente predicó a sus compatriotas un evangelio de frugalidad. Según propia admisión, era un calvinista en una tierra de Jauja despilfarradora. Como muchos otros adecos, padeció 10 años de duro exilio durante el cual vivió por un tiempo en Washington, luego del derrocamiento de Rómulo Gallegos en 1948.
“Toda una década de reflexión afiló la visión de Pérez Alfonso acerca del papel que su nación y el petróleo deberían jugar en la economía mundial. En una era de sobreoferta y precios declinantes insistió en que el petróleo, el bien primario por excelencia de la civilización moderna, tenía un valor ‘intrínseco’ muy por encima de su valor de mercado y que por ello debía dosificarse y preservarse en bien de las generaciones futuras. Sus observaciones de la vida estadounidense, hechas durante su exilio, lo persuadieron de que las naciones industriales estaban desperdiciando imprudentemente un recurso invaluable”. (Stephen G. Rabe, The Road to Opec, United States Relations with Venezuela, 1919-1976, University of Texas Press, Austin, 1982. Pág. 159.)

En 1959, luego del derrocamiento del general Marcos Pérez Jiménez, Pérez Alfonso se convirtió, a pedido de su amigo don Rómulo Betancourt, en nuestro ministro de Minas e Hidrocarburos. Aspiraba por entonces a controlar los precios mundiales del crudo instaurando un cartel de países productores que enfrentara al cartel de las corporaciones petroleras multinacionales.

A principios de 1960, Pérez Alfonso y Abdula Tariki, el ministro de petróleos de Arabia Saudita, se reunieron en El Cairo donde nuestro ministro confió a su homólogo sus pareceres. En agosto de aquel mismo año -hace ya 50 años- fue fundada la Opep en Bagdad. Fin de la versión oficial.
2- Ciertamente, se trata de una edificante historia acerca de un tenaz ciudadano del Tercer Mundo enfrentado a los grandes y voraces clientes de los países productores de crudo. Y por cierto que, en lo esencial, no es falsa.
Pero el modo en que desde siempre ha circulado entre nosotros, tanto en reseñas periodísticas como en textos de estudio, minimiza -cuando no oculta por completo- el hecho de que, durante su exilio en los Estados Unidos, Pérez Alfonso estudió intensamente y con mucho provecho, según se vio años después, las estrategias reguladoras desarrolladas por la División de Gasolina y Crudo de la Comisión de Ferrocarriles de Texas (TRC, por Texas Railways Comission) durante los años veinte del siglo pasado. Más aún, llegó a sentir una gran admiración por el señor Clarence G. Gilmore, a su vez un distinguido abogado, por largo tiempo comisionado jefe de la TRC.
“En el contexto de las tensas relaciones entre el gobierno estatal y los hombres de empresas, en el estado de Texas prosperó en los años veinte un sentimiento de conservación del preciado recurso natural”, afirma William R. Childs, un autorizado estudioso de la historia de las políticas reguladoras en los Estados Unidos. (William R. Childs, “Origins of the Texas Railroad Commission’s power to control production of petroleum: regulatory strategies in the 1920″, Journal of Policy History, Vol. 2, No. 4, 1990).

Según Childs, la TRC es una verdadera rara avis entre las contadas entidades reguladoras estadounidenses de todos los tiempos. Lo fue en la medida misma en que cooperó con la incipiente industria petrolera texana en su lucha contra los monopolios refinadores y ferrocarrileros del este, impuestos por John D. Rockefeller (Standard Oil ) y William Brickell (East Coast Railway) a los pequeños y medianos productores independientes del estado.

El señor Gilmore, al frente de la TRC, logró reconciliar las estrechas doctrinas legales que en su país favorecían a los más grandotes y abusones con la idiosincrásica naturaleza de la naciente industria petrolera en su estado natal. Creía que con una administración paritaria del recurso natural -entre productores y la agencia gubernamental que dirigía- era posible racionalizar costos y ganancias y conservar las reservas del crudo.

El mayor logro de la TRC fue establecer, concertadamente entre los productores tejanos, un sistema de cuotas de producción que estabilizara los precios por la vía del volumen de oferta. Ni más ni menos que lo que, cuarenta años más tarde, Pérez Alfonso, con el asesoramiento de dos antiguos funcionarios de la TRC, desarrolló como la propuesta aceptada sin reservas por los países del Golfo Pérsico.

La conservación de los recursos naturales y un sistema regulador de la producción son la nuez del pensamiento de Pérez Alfonso en cuanto a cómo Venezuela ha debido salir del subdesarrollo. Que no lo haya hecho no es culpa de este, quien murió desconsolado en 1979. Hay algo sin duda aleccionador en el modo en que un irreductible luchador nacionalista como lo fue Pérez Alfonso inspiró su acción política futura en el legado de la agitación antimonopolios, que en los estados del Sur, allá por los lejanos días de 1890, dio lugar a la creación de la Texas Railways Comission.
Así, la Opep bien puede ser vista como una impensada consecuencia del movimiento regulatorio del gran capital que cundió en los Estados Unidos a comienzos del siglo pasado. Las tendencias del negocio petrolero mundial que lucían fatalmente favorecedoras de las Siete Hermanas fueron enfrentadas por un honesto abogado latinoamericano que no tuvo empacho en estudiar con ahínco un momento muy especial de la historia del capitalismo en el país rival de los intereses del suyo propio. Y dio a luz un organismo internacional que, valga lo que valieren sus dirigentes de hoy, desde hace medio siglo es un factor insoslayable del juego petrolero global.

Publicado originalmente en el diario El Mundo Economía y Negocios
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