viernes, marzo 18, 2016

Nacimiento de Valle de la Pascua

Manuel Vicente Soto Arbeláez

Valle de la Pascua, a diferencia de otras ciudades venezolanas como Caracas, Valencia, Barquisimeto, Cumaná y otras, no tuvo una fundación formal con toma de tierras a nombre del rey de España, estandarte, escudo, juramento, curato o diócesis, etc. Su nacimiento se remonta a 1725 cuando don Joseph Zamora, su esposa de apellido Hernández y un cuñado de apellido Sánchez Sajonero, le compraron a la familia Herrera-Mezones, dueña del gran hato Santa Juana, un lote de tierra y se asentaron hacía el sur de la actual calle Real, hasta el llamado caño de la vigía. Esta gente (Zamora) vino de Altagracia de Orituco. Quince años después ya estaban también asentados allí por compra a los dueños de Santa Juana los Laya, Requena, Arzola (su apellido era Del Hoyo y Arzola); Guzmán, Del Peral y otros. Para 1758 ya estaba asentado allí el canario Juan González Padrón, casado con una Arzola, y era el gran terrateniente tuvo 14 hijos y fue el gran padrote.

Pero en el lapso de tiempo (1735-1788), ¿qué sucedía en Valle de la Pascua?. La respuesta está en el libro de monseñor Rafael Ángel Chacín Soto, Orígenes de Valle de la Pascua, op.cit., que varias veces hemos comentado. Ya lo afirmamos en un párrafo anterior: el padre Chacín agotó el tema hasta ese último año y allí terminó su magistral libro. De nuevo hacemos la recomendación para que el interesado recurra a esa fuente y despeje sus dudas, o ahonde consultando la bibliografía que allí se señala.

Planteadas las cosas en esos términos vamos a tratar de contestar la pregunta que Chacín Soto se hace en la página # 60 de su libro, cuando escribe, refiriéndose a Juan González Padrón: “Tocóle al segundo párroco, Dr. don Francisco Roque Díaz, realizar el cometido (de asentar la población). Edificó iglesia decente y capaz en reemplazo de la destartalada ermita que halló al tiempo de su instalación en el curato, en octubre de 1788, trazó calles y plaza y atrajo vecinos al poblado. ¿Sería ésta, acaso, la oportunidad de la donación de González Padrón de sus tierras en La Vigía? Es sólo una hipótesis más”... ¡Y vaya que fue una hipótesis bien fundamentada en un claro razonamiento de investigador histórico!, porque en la época que él escribió su libro, en 1969, el Archivo Arquidiocesano de Caracas no estaba catalogado como lo estuvo a partir de 1990, cuando lo hizo el padre Jaime Suriá. Efectivamente, el documento intuido por Chacín Soto, sobre la donación, existe. He aquí la prueba:

La contribución de Juan González Padrón para la iglesia de La Pascua en 1790.

"Heme aquí mi Dios arrodillada, en súplica del cielo que me tienes prometido"; es, palabras más o menos, la plegaria de Santa Teresita de la Cruz para Jesucristo. Nada pedía desde el punto de vista material, sólo paz y regocijo para la vida eterna, sólo compensación espiritual tanto en la tierra como en el cielo, aspiración desde todo rigor objetivo que solamente esperan conseguir los santos.

Si lo anterior es válido para el que todo lo da sin esperar compensación en "busca del cielo prometido", como lo pide la Santa en sus versos, no se compadece con lo exigido por Juan González Padrón, poderoso señor canario ternifeño, avecindado en Valle de la Pascua en la segunda mitad del siglo XVIII, cuando en un larguísimo documento registrado ante la parroquia de La Candelaria, regentada por el Pbro. Dr. Francisco Roque Díaz, en 1789 pide "la concesión de sepultura de mi cadaver, mi muger, hijos y demas descendientes, y parientes hasta el quarto grado inclusive en la ygla. de Valle de la Pascua”(..); pues, "a pedimento del Thente. Don Pedro Victores de la Cueba di para la yglecia que se esta fabricando en frente de la culata de mi casa esquina de la plaza pr. el sur sinqta y cinco varas de fondo y veinte y cinco de frente”(..).

Asegura González Padrón que en unión de sus hijos y esclavos donó la mano de obra para la erección del templo, además de que "di mesa de rebestir, cajon de ornamenttos, manteles, silla de confisionario, dos silletas, tarima para el altar, pila de agua bendita, la escalera del coro pagué su hechura, con los mas vecinos di una campana, corté madera de los montes pa' la fabrica de la casa de los curas”(..), y continúa señalando una larga lista de donaciones, que complementa el Dr. Roque Díaz al afirmar que a petición del obispo Mariano Martí, González Padrón donó "trescientos treinta varas de tierra para la planta de la nueva parroquia y población adyacente”(..).

En carta del 27.12.1789, el cura pide al obispo se le conceda al canario su petición, carta que contesta don Mariano Martí el 10.1.1790 diciendo: "concedemos en remuneración que el cadaver del susodicho Don Juan Gonzáles Padrón, su muger, hijos y demas parientes y descendientes hasta la cuarta generación”...(..); es decir, la autoridad dio más de lo pedido pues concedió hasta la cuarta generación, y "que no otras personas sean sepultadas en la referida yglesia y sin perjuicio de otros parroquianos"(..).

Un dato urbanístico importante que se extrae de este documento es que la donación de tierras fue de setenta y ocho solares para los que quisieran avecindarse, los cuales fueron asignados por el teniente Víctores de la Cueba a los nuevos vecinos.

A propósito de la llegada de González Padrón tenemos que la presencia canaria en Valle de la Pascua fue estudiada en los años 1990s por el ciudadano Miguel Álvarez Díaz, nativo de esas islas y gran colaborador cultural en la ciudad, quien afirma, en trabajo presentado ante el “VII Encuentro de Cronistas e Historiadores del Estado Guárico”, celebrado en el municipio Infante en el mes de marzo del 2003, que “Don Francisco Zamora Granados nacido en la isla del hierro y llegado a Venezuela muy joven era hijo de don Francisco José Zamora el viejo, fallecido en San Rafael de Orituco en 1724. Gabriel Sánchez Sajonero, (cuñado de Zamora el Joven), nació en Canarias y don Pedro Joseph del Hoyo y Arzola, también era canario de Tenerife, nacido en el pueblo de Garachico, teniendo su familia un oratorio en el pueblo de Los Silos, en honor a la Virgen de La Luz, de cuyo pueblo es patrona”(..).

Continúa Miguel Álvarez Díaz asegurando, en base a investigaciones propias y corresponsalías en su tierra natal que “Don Juan González Padrón, según referencias del libro parroquial de Santa Ursula de Tenerife, nació el 30 de mayo de 1724, en el sitio o barrio de La Corujera. Se tiene referencia que un Juan González Padrón que sale de Santa Cruz de Tenerife el 22 de mayo de 1746 en el barco velero de la flotilla canaria Nuestra Señora del Rosario a cargo del capitán Antonio Miranda y Ravelo, hermano completo de don Sebastián de Miranda, padre del futuro generalísimo don Francisco de Miranda. González Padrón tuvo que pagar 135 pesos, siendo su fiador el armador canario don Gabriel de Mendoza”(..).

Asimismo dice el señor Álvarez Díaz que fueron de esas islas los siguientes personajes íntimamente ligados al desarrollo de estos pueblos del Oriente del Guárico: “Don Clemente Gutiérrez, de Santa Ursula, otros canarios, o de ese origen, fueron los Apolos, Báez, Álvarez, Francisco Rodríguez, Josefa Fernández, Miguel Hernández, José Félix Zamora, Juan Lorenzo Ledezma, José María Requena, José Eugenio Ojeda, don José Gerónimo Álvarez, Lorenzo León Martínez, Juana Ignacia Guedes. De la isla de Gran Canaria: Joaquín Moya, Valentín Ramos, Francisco Remigio García y Juan Francisco Regalado. Del Tanque de Tenerife: los Navarro. Los Matos, de la isla de La Palma y los Franquis de de la Orotava”(..). Por los lados de El Sombrero y El Calvario encontramos otros canarios que contribuyeron al desarrollo de esos parajes sabaneros. A don Pedro de Aquino y Ponte, emparentado con la oligarquía caraqueña por los Ponte, se le considera uno de los fundadores de El Calvario. De hecho donó los terrenos para el asentamiento de los pobladores.

Don Fernando Marrero Ledezma fue uno de los grandes terratenientes del pueblo, conjuntamente con sus hermanos Pedro y Juan Bautista. Eran los dueños del hato La Peña, entre los ríos Manapire y Orinoco, con una extensión de 45 leguas españolas. Si consideramos que una legua de tierra equivalía a una extensión de 1780 hectáreas, entonces estos señores poseían la enorme propiedad de 80.100 hectáreas. El obispo don Mariano Martí, cuando estuvo en estos parajes denominó el sitio del hato como “La Peña de Marrero”. Desde tiempos remotos este lugar ha sido paraje de veraneo y vacacional, especialmente para los vallepascuenses quienes en bandadas han ido todas las Semanas Santas a pasarla bien, debido a su buen clima y la abundante pesca de especies autóctonas de esos cursos de agua.

Hato “Santa Juana”. Los primeros dueños de las tierras vallepascuenses. Familia Herrera-Mesones.

Cuando el presbítero doctor Rafael Chacín Soto afanosamente –con el característico entusiasmo que imprimía a sus acciones-, andaba buscando documentos y croquises para tratar de ubicar el sitio exacto donde el doctor y capitán don Juan de Urpín había fundado -en 1637- la Villa de Santa María de Manapire encontró; tanto en la Universidad Católica Andrés Bello, de Caracas, como en los libros del Registro Subalterno de Altagracia de Orituco; varios documentos referentes al gran terrateniente don Francisco Carlos de Herrera y Ascanio. Éste era el dueño del hato Santa Juana y en sus posesiones del Orituco “Mantuvo de su peculio cien hombres armados que como perros de presa perseguían a don Juan Francisco de León, rico hacendado canario asentado en Barlovento, quien se atrevió a desafiar a la corona española a través de su lucha contra la Compañía Guipuzcoana”(..).

Pero, ¿quién fue este personaje dueño de Santa Juana? De acuerdo a datos que gentilmente me ha dado el Dr. Antonio Herrera Vaillant y Buxó-Canel, presidente del Instituto Venezolano de Genealogía, periodo 2002-2004, “Francisco Carlos de Herrera y Ascanio nació en Valencia del Rey, (Carabobo), el 04.10.1671 y murió en Caracas el 05.02.1730. Fue hijo de Agustín Nicolás de Herrera y Loaysa y de doña Isabel Mauricia de Ascanio y Correa de Benavides. Se casó en San Sebastián de los Reyes el 13.11.1691 con Juana Rosa de Mesones y Mendoza, nacida el 05.07.1674 en Barcelona, (Anzoátegui), y murió en Caracas el 09.04.1726. Fue hija de don Pedro de Mesones y Bárcenas y de María de Mendoza Sotomayor.

Herrera y Ascanio fue Maestre de Campo y Procurador general de Caracas en 1697, Regidor y Alcalde Ordinario de la ciudad en 1724 y como tal Gobernador y Capitán General interino de la Provincia de Venezuela, y uno de sus más ricos propietarios. De los datos aportados por el Dr. Herrera Vaillant se desprende que “Siendo Juez de los llanos, en 1723 (Herrera y Ascanio) llevó a cabo un censo ganadero de la provincia de Venezuela, en el que él mismo consta con un hato en el sitio de La Cruz, que procedía de don Luis de Mesones, que había sido muy cuantioso, pero se había deteriorado por las muchas desjarretadas que hacían en los llanos. Tenía 287 vacas y novillas, 25 toros y toretes, 49 caballos y yeguas, casa, corrales y sitio, más seis esclavos, entre ellos el mayordomo Luis de Mesones. De este lugar se llevó ganado al sitio de Santa Juana, donde Herrera fundó un hato. También tenía un sitio en Taguay, fundado hacía 22 años con ganado procedente de La Cruz, que tenía 57 vacas, 10 toros, 35 yeguas y caballos, un negro libre y otro esclavo que era el mayordomo Domingo Antonio Meneses. Otorgó testamento ante José Antonio Gascón el 25.01.1730”(..). El matrimonio Herrera – Mesones tuvo 19 hijos.

Podemos colegir que el hato Santa Juana es anterior a 1725, año en que el padre Chacín Soto fija la llegada de los primeros blancos criollos al sitio de Valle de la pascua y se ubicaron justo en el lindero norte del hato prenombrado de Herrera y Ascanio.

El hato tenía como límite norte el llamado camino real a la Nueva Barcelona, que a su vez era el lindero, también norte, del sitio de “La Vigía”, en Valle de la Pascua, llamado posteriormente “La Gonzalera”, fundo del canario tinerfeño capitán don Juan González Padrón. Por el lado este lo limitaba el río Quebrada Honda, por el sur el cerro Tucusipano y por el oeste el curso del río Manapire y el Otocuao. Es decir el área detentada por esta familia, cubría buena parte de los distritos Infante y Zaraza del estado Guárico. Por ello decimos que a este señor Herrera y su esposa, heredera del hato, se le pueden considerar como los primeros propietarios de de las tierras que, a partir de 1725, conformarían a la actual Valle de la Pascua.
Después de 1725 hubo otros propietarios, pero muy pequeños en comparación con los Herrera-Mesones y sus sucesores. Además, estos recién llegados se ubicaron al norte de la posesión del hacendado valenciano, como hemos señalado.

A la muerte de Herrera y Ascanio sus herederos vendieron lotes de terreno a los allegados a la zona que iban formando fortuna. La mayor de esa ventas, cuatro y media leguas, se la hicieron a don Pedro Joseph del Hoyo y Arzola, que incluía la parte Este de “La Vigía” y vastos territorios al sur de valle de la pascua entre ellos a “El Caribe” y “Jácome”. En 1754 testó la viuda de Del Hoyo y Arzola, doña Catherina Álvarez Guedes y Ávila del Barrio Feria (de Arzola), partiendo la propiedad entre los hijos, e hijas, todavía vivos, de un total de 14, que hubo en el matrimonio. (Nótese que ya la viuda no usa el apellido Del Hoyo, sino Arzola, a secas. Costumbre se mantiene hasta nuestros días).

Los vendedores estuvieron representados por Juan Manuel, Agustín Nicolás José y Carlos Francisco de Herrera Mesones (1705-1765). A este último se le designa en el testamento de doña Catherina como Dr. Carlos Herrera. Pero abundando en detalles nos apoyaremos en las notas genealógicas que me ha cedido el Dr. Antonio Herrera Vaillant que definen a este Carlos Herrera como “Presbítero y doctor, Canónico Magistral y Tesorero de la Catedral de Caracas, que obtuvo el grado de Doctor en Teología de la Universidad de caracas el 08.12.1730 y otorgó poder para testamento el 05.06.1761. Sacerdote.”(..).

Pero las ventas no pararon allí, pues Juan Manuel de Herrera y Mesones, (1712-1767), casado con Ana María Josefa de Rada y Soto, (1719-1768), y que entre sus muchos hijos se cuenta a Martín Eugenio de Herrera y Rada, (1754-1810), quien casó con María Teresa Rodríguez del Toro e Ibarra, (1765-1825), hija del tercer marqués del Toro, al igual que su padre también vendió una legua de tierra de Santa Juana a don Juan González Padrón. Un sobrino de Juan Manuel, llamado Nicolás Francisco de Herrera y (?), también negoció un lote con el mismo González Padrón. Estos datos están señalados en el documento probatorio que promovieron los herederos, (nietos), del capitán canario registrado en Valle de la Pascua en 1829, para demostrar la legitimidad de las compras y el acrecentamiento de la fortuna de su ascendiente, que por muchos años, debido a este documento, fue tenido como el fundador de la capital infantina, hasta que en 1969 el presbítero doctor Rafael Chacín Soto, en su libro Orígenes de Valle de la Pascua, op.cit., demostró que mucho antes de la venida del ilustre isleño, “Ya existía el “sitio” poblado por los Zamora Granado, Sánchez Sajonero, Requena, Quiroz, Charmel y otros”(..).

En 1791 ante la orden dada por el obispo Martí para que se creara la parroquia de Espino, don Martín Eugenio de Herrera y Rada pidió al obispo que se anexara su hato Santa Juana, en los límites del nuevo curato, al de Valle de la Pascua, pero monseñor no atendió la petición. En 1808 don Juan Manuel de Herrera (¿y Rada?) en un largo expediente de 50 páginas, pretende que su hato del sitio de “Manapire” sea separado de la jurisdicción de Chaguaramas y se anexe a Valle de la Pascua. Esta es la última referencia documental que tengo sobre la posesión del hato por esta familia, que evidentemente la venía vendiendo por lotes desde mucho antes.

En los párrafos anteriores sobre este tema de la propiedad de la tierra a los inicios de Valle de la Pascua como caserío disperso en la cuenca del río, o quebrada, de La Pascua hemos establecido –y vamos a iterar, para que quede definitivamente sentado- que antes de la llegada de los primeros habitantes provenientes del Orituco, en 1725, ya esas tierras tenían dueño, al menos todas las ubicadas al sur del “Camino Real a Barcelona”, que incluía al área denominada “La Vigía”, indistintamente también conocida posteriormente como “La Gonzalera”. Creo y sostengo, aún sin la documentación requerida en la mano, que el antiguo camino a Barcelona coincide con el alineamiento actual de la Calle Real, vía a Tucupido hacia el levante y a Chaguaramas hacia el poniente.

Una vez allegados los primeros habitantes buscaron la forma de legalizar su estancia. A los efectos citaremos el expediente promovido por don Carlos del Peral Velasco Cabello y de la Parra contra Gabriel Sánchez Sajonero y Joseph Zamora Granados, (cuñados), sobre un sitio de hato en Valle de la Pascua, según documento que se encuentra en el Registro Principal de Caracas, Civiles, página 14, año de 1726. El 21 de julio de ese año el capitán don Francisco Carlos de Herrera y Ascanio mediante documento autorizó a Joseph Zamora Granados para que poblara la aguada de Valle de la Pascua, en los siguientes términos, respetando la redacción: “Nos el capitán Franco. Carlos Herrera, vesino desta ciudad de Caracas, y Joseph Samora vesino de la de San Sebastián de los Reyes, decimos que Yo el dicho cap. Don Franco. Carlos de Herrera doy licencia para que se pueble la Aguada del Valle de la Pascua, que está en el camino Real a Barcelona, que viene del sitio de las Palmas, y Yo el dcho. Joseph Samora desde luego acepto la dcha. licencia y permiso que me concede el dcho. Don Franco de Herrera y confieso ser suias dchas. tierras que por hacerme buena obra me ha concedido dcha. licencia sin intereses ninguno y pa. que en todo tiempo conste lo firmamos oy veinte y uno de julio de mil sepos. y veinte y seis años”(..).

La redacción no deja dudas: el señor Herrera era el dueño de las tierras. La data de su tenencia se remonta al último decenio del siglo XVII, (los 1690s), cuando las obtuvo por herencia recibida por su señora esposa, doña Juana Rosa de Mesones y Mendoza, hija de don Pedro de Mesones y Bárcenas y de María de Mendoza Sotomayor, primeros dueños del hato Santa Juana (de la Cruz), que ya hemos descrito anteriormente.

Para los años 1740s comienza a aparecer en los documentos sobre tierras en el Guárico don Jacobo Ramírez de Salazar, tío de los Tovar Bañez y Ramírez, quienes heredaron casi todas o todas sus propiedades, que se extendían entre Altagracia de Orituco hasta la “Isla de Parmana”. Parmana al menos quedó en la familia por el lado de los Buroz, por lo menos hasta 1847, según datos que me aportó el Dr. Antonio Herrera Vaillant y Buxó-Canel.

Don Francisco Roque Díaz, el urbanista de Valle de la Pascua. Parte 1.

Francisco Roque Díaz arribó a Valle de la Pascua a mediados de 1788. Sustituyó en la parroquia al Pbro. Br. Domingo Lander, quien allí estuvo desde 1785 al desmembrarse la parroquia de Chaguaramas para crearse la correspondiente de La Candelaria, tal como lo había dispuesto, desde el verano de 1783, su Ilma. y Rvdma. Monseñor Mariano Martí, obispo de la provincia de Caracas, a la cual estaba adscrito todo el territorio del Guárico. Lander nunca se habituó a estos charamizales. En tres años nada hizo. Siempre rindió el sacrificio de la misa en la ermita de “bajareque y paja brava” del hacendado Juan González Padrón. El caserío estaba disperso, teniendo la mayor concentración de gente hacia el sur, en La Vigía, llamada también La Gonzalera. Pero eso no indica que Lander fuera inepto. Simplemente no le satisfacía un beneficio curado de tan poca monta. Mediante influencias de sus familiares en Caracas, se hizo nombrar capellán de las tropas del rey en la capital de la provincia. Allí fue donde pudo desarrollar todo su potencial y distinguirse hasta finales de la Colonia, en 1810, cuando le perdí los pasos. Fue Lander, entonces, el primer cura titular de la parroquia de La Candelaria. Monseñor Chacín Soto lo señaló como protopárroco.

Roque Díaz, en cambio, llegó recién graduado de doctor en los “Dos Derechos”, en la Universidad de Caracas, con 26 años de edad, directamente al llano y desbordando entusiasmo creador. En muy poco tiempo convenció a don Pedro Victores de la Cueba, justicia mayor y juez de tierras de Chaguaramas, para que le dejara desarrollar el urbanismo de Valle de la Pascua, en base a convenio que había firmado -autorizado por Mnsr. Martí- con Juan González Padrón en el cual éste cedía 78 parcelas para nuevos habitantes y una para la iglesia “en el Alto de los Pocitos” y otra para el cementerio, a cambio de que la parroquia le permitiera “a él y sus familiares hasta la cuarta generación ser enterrados en la Ygla”(..). Roque compuso los bosquejos urbanos fijando los lotes, el sitio de la plaza principal, el lugar para la iglesia y el cementerio; que por cierto, no fue construido sino hasta 1808, por el Pbro. Pedro Ruiz. En sus ordenanzas Roque y De la Cueba fijaron el ancho de las calles, su trazado en cruz con orientación norte-sur y levante-poniente, el cual todavía se conserva.

Víctores de la Cueba, en su carácter de representante del gobierno colonial, convenció a los blancos de los alrededores de Chaguaramas y de la quebrada de La Pascua para ocupar los lotes y así consolidar el núcleo urbano primigenio. Fueron cuatro los hombres que más influyeron mediante su empeño en el nacimiento de Valle de la Pascua: Monseñor Mariano Martí, Pbro. Dr. Francisco Roque Díaz, Juan González Padrón y Pedro Victores de la Cueba.

Dr. Roque Díaz primer gran dirigente de Valle de la Pascua. Parte 2.

En realidad Francisco Roque Díaz era el menor de una familia de doctores egresados de la Ilustrísima Universidad de Caracas. Según Héctor Parra Márquez la esquina caraqueña conocida como “Dr. Díaz” lleva ese nombre porque allí tuvo su bufete por muchos años el Dr. José Bernabé Díaz, hermano mayor de Roque. Fue Bernabé uno de los más connotados juristas de su época, perteneciente al grupo de Juan Germán Roscio y Miguel José Sanz. Fundador del Colegio de Abogados y Rector de la Universidad de Caracas en 1805. Ministro del Tribunal de Apelaciones. Cursó estudios en Santo Domingo donde obtuvo los grados de Bachiller, Licenciado y Doctor en Derecho Civil, títulos que le fueron revalidados en la Universidad de Caracas en 1785. Participó como abogado del gobierno en contra de Gual y España, con motivo de la conspiración contra el rey. Esto le valió ser nombrado Oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo.

Desde los primeros momentos José Bernabé Díaz se incorporó al movimiento revolucionario iniciado el 19 de abril de 1810. La Junta Superior de Caracas lo nombró Ministro de Apelaciones. Por voto popular el pueblo de Caracas lo hizo Elector por Santa Rosalía, para que él, a su vez, votara en elecciones secundarias para diputado al Congreso que iba a reunirse en Caracas en 1811. Pero algo le hace cambiar de parecer y se involucra en la llamada “Conspiración de los Linares” en contra del nuevo régimen, que lo condena a la pena de muerte, conmutándosela posteriormente por destierro a Barcelona. (Para más detalles de su vida ver: Sitios, sucesos y personajes caraqueños, de Héctor Parra Márquez).

¿Pero qué relación conectiva hay entre Bernabé y el apostolado de su hermano Francisco Roque Díaz en Valle de la Pascua, en plena Colonia?. Muy sencilla: varios documentos demuestran que Bernabé era apoderado de Roque para hacer gestiones de per miseria, tanto ante las autoridades civiles como eclesiásticas.

Pruebas al canto: al iniciar sus contactos con don Pedro Víctores de la Cueba; teniente justicia de Chaguaramas, agrimensor de San Sebastián de los Reyes y juez de tierras; para asignar las 78 parcelas donadas por Juan González Padrón para urbanizar a Valle de la Pascua, Roque Díaz se hace asesorar con su hermano el abogado. Lo mismo hace cuando comienza los trámites para la construcción de la iglesia, pues debió presentar la matrícula eclesiástica e identificar a los feligreses “con posibles” y solicitar el permiso de construcción ante el obispo, en Caracas, cosa que hizo José Bernabé con éxito. En 1794, al terminar la iglesia, el cura recurrió ante su hermano quien en extenso documento pide al jefe de la Iglesia la autorización para que Roque consagre el templo a La Virgen de la Candelaria, trámite que hizo también con éxito.

Terminado el edificio y con el conglomerado ya urbanizado, gracias a la ayuda de De la Cueba, el Dr. Francisco Roque Díaz consideró terminada su obra en Valle de la Pascua y optó por el beneficio curado de El Sombrero, ganándolo. Allí estuvo de 1795 a 1802, cuando, inexplicablemente, pasó como coadjutor de un templo menor en Calabozo, donde murió en 1808 de caquexia hipocondríaca, según certificado médico. Tenía 46 años. Era un viejo para la época. Valle de la Pascua le debe a este religioso su estructura urbana y su nacimiento como ciudad, pero allí ni siquiera una plaza o callejón lleva su nombre.
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jueves, diciembre 31, 2015

Carta por Pedro Camejo. El Negro Primero, otra vez…


La injusticia en el trato al Negro hoy no sólo permanece, se acrecienta con el maltrato a su biógrafo, Manuel Aquino.

Eduardo López Sandoval,


Estimado Amigo José Obswaldo Pérez. Buen día.

No conocí personalmente a Don Manuel Aquino, pero tardíamente leo tu escrito, “Microbiografía Manuel Aquino Delgado”, y es como si hubiera estrechado su mano en este año quince. Gracias.

Y me encuentro con don Manuel Aquino en un par de circunstancias que enumero, Uno, -de historia-, el lugar donde nació Pedro Camejo, y Dos, – de actualidad-, el maltrato que se le hace al Negro y a Manuel Aquino.
Del Negro Primero no sabemos nada del lugar donde nació, dónde están sus restos, su familia, sus orígenes en África, imagen, los bienes provenientes de sus haberes militares. No sabemos de la vida, familia, historia y memoria póstuma de Pedro Camejo. Nada. Razones suficientes para que lo tengamos como tema, el olvido.

La injusticia en el trato al Negro hoy no sólo permanece, se acrecienta con el maltrato a su biógrafo, Manuel Aquino. Veamos.

A Pedro Camejo se ha pretendido colocarlo en posición de homenajeado al colocar una falsa imagen en el billete de 5, flaco homenaje cuando no sabemos dónde nació, donde reposan sus restos, a donde fueron a parar sus haberes militares, dónde está su familia. Don Manuel Aquino, Cronista de la ciudad de El Sombrero, sí escribió: “Negro Primero Guariqueño por Evidencias”, que es el título del artículo que en dos entregas publica en un periódico regional de finales del año 1990. El Cronista Manuel Aquino escribe, luego de hacer referencia a los héroes de la historia patria nacidos por estos llanos guariqueños, y que han sido disputados sus orígenes por otras regiones, y nombra al Coronel Juan José Rondón, General Manuel Cedeño, Juan Ángel Bravo, entre otros. Acerca del Negro Primero dice el Cronista, a la letra: “Ahora abordamos algo sumamente curioso, el caso del más pintoresco, humilde, ingenuo y dicharachero de los héroes, a quien tantas veces ha cantado la épica: Pedro Camejo, considerado apureño de San Juan de Payara por antonomasia y honra del gentilicio, epónimo del municipio. Sobre el cual debemos analizar las siguientes circunstancias: el Dr. Eduardo Hernández Cartens, destacado intelectual y conspicuo apureño, cronista de la ciudad de Achaguas, en una oportunidad me manifestó, “nosotros sabemos (intelectuales apureños) que el Negro Primero no es apureño pero lo aceptamos”. El contador Manuel Moreno, igualmente apureño, sostiene la versión de que es guariqueño de San José de Tiznados.”.
Más adelante el Historiador Aquino hace una interpretación de un pasaje de la Autobiografía de José Antonio Páez que relaciona con documento histórico desenmascarado por él como científico historiador. “Pedro Camejo, -dice Aquino en el artículo-, entra en la historia de la pelea por la libertad de Hispanoamérica sin duda por su valor y entrega a la patria, pero también por el destacado que le hace Páez en su autobiografía, quien relata el diálogo entre Camejo y el Libertador como sigue, Bolívar le pregunta por qué sirvió primero en las filas realistas antes de enrolarse en las filas patriotas:
“─ ¿Pero qué le movió a V. a servir en las filas de nuestros enemigos?

“Miró el negro a los circundantes como si quisiera enrostrarles la indiscreción que habían cometido, [les había pedido que no le dijesen al Libertador que había peleado bajo las órdenes de Bóves] y dijo después:
“─Señor, la codicia.
“─ ¿Cómo así preguntó Bolívar?
“─Yo había notado, continuó el negro, que todo el mundo iba a la guerra sin camisa y sin una peseta y volvía después vestido con un uniforme muy bonito y con dinero en el bolsillo. Entonces yo quise ir también a buscar fortuna y más que nada a conseguir tres aperos de plata, uno para el negro Mindola, otro para Juan Rafael y otro para mi”.

En la segunda parte del trabajo, -he aquí el documento revelado por el Cronista guariqueño que no nombran quienes lo adversan-, continúa: “Don Bernardo Bautista Marrero (el isleño), fue el propietario más poderoso en las inmensas llanuras apureñas, aunque su residencia habitual era nuestro pequeño pueblo de El Calvario, al que tanto quiso y amó como al pueblito de Arafo, en las Islas Canarias, de donde era natural. Administraba sus cuantiosas propiedades hasta los llanos de Casanare, por intermedio de encargados o representantes. El 30 de septiembre de 1812, otorgó su testamento (El Calvario), y el numeral 8 del cuerpo de bienes menciona el hato Merecure comprado a los herederos de Don Sebastián Mier y Terán, compuesto de 58 leguas, además de casas, fundaciones, corrales, en el cual había sembrado 80 mil cabezas entre ganado y bestias y los esclavos: José María y su mujer Carmen, Miguelote y su mujer Felipa dos hijos de estos Juana y Miguel, Juan Rafael, Pio Diego, Toribio Gregorio, Juan Blanco Andrés, Pedro José Eusebio (supuestamente Negro Primero), Manuel José Becerra Xavier, Felipe, Juan, Carlos Francisco, Mindola, José y Juana. El hato Merecure pertenece actualmente a la sucesión Hernández Vásquez y está situado en jurisdicción de San Juan de Payara. Indudablemente que Pedro Camejo, pertenecía a la servidumbre de ese hato como esclavo marrereño (Pedro José Eusebio), el General Páez dice que había sido esclavo de Don Vicente Alfonso, no cabe duda que Alfonso era representante de Marrero…”.

Sigue el Cronista Aquino más adelante: “Cuando Camejo sostiene el dialogo con el Libertador representado por Páez, igualmente le dice que había ido a la guerra en procura de tres aperos de plata para compartirlos con sus compañeros de servidumbre Mindola y Juan Rafael. El Dr. Fleitas Beroes lo plastifica en versos(el dialogo): ¡Me llamo Pedro Camejo/ realista que se fugó; / solo aspiro Mayordomo/ una casaca marrón/ un penacho bien bonito/ que pegue con mi color;/ freno y charnelas de plata/ un caballo correlón/ una Santa Catalina,/ un machete bien cortón/ ser obediente a su mando,/ combatir en pelotón,/ encontrar para Mindola/ aperos de distinción,/ para el negro Juan (Rafal)/ silla nueva con pellón/.

Los historiadores de este año quince realizan ventajosa reyerta en contra de ambos personajes, con la consabida ventaja de saber que los muertos no hablan. Pero olvidan que don Manuel escribió lo que leyó de Páez, quien fue el General del Teniente Camejo en Carabobo en 1821, y que hurgó y encontró el testamento que escribió Marrero en 1812, propietario del esclavizado Pedro Camejo, y de esto dejó memoria. De su estudio debemos finiquitar necesariamente con el título de su trabajo: “Negro Primero Guariqueño por Evidencias”.

Don Manuel Aquino concluye: “Estas evidencias nos suponen que efectivamente, el héroe era guariqueño, posiblemente de El Calvario.”

Remata Aquino: “Nos faltaría obtener otros documentos de indispensable valor y atinentes para esta aclaración, siempre que estemos asistidos por la razón y la justicia.”. Aquino, sin duda, construyo suficiente obra en el espacio del respeto a la ciencia histórica, deja abierta la posibilidad para que investigaciones posteriores abonen al sembradío hecho por él; sumar, por ejemplo el lugar exacto donde nació, familiares, raíces ascendientes africanas, y otros muchos varios, como dónde reposan sus restos.

De estas diáfanas, transparentes, traslucidas y límpidas palabras, algunos han dicho que Aquino se equivocó, que confundió a Pedro Camejo, el Negro Primero, con otro Pedro Camejo, oriundo de Chaguaramas, que nació en otros tiempos y participó en los acontecimientos de la Guerra de la Federación. No hay espacio para la polémica. Esta alegre conclusión no merece otro comentario.
Nuestra investigación no ha logrado ubicar el lugar donde la mamá colgó el primer chinchorro de l el Negro Primero, pero sí ha determinado de forma incontestable hasta ahora, que el Negro no nació en San Juan de Payara.
Otras investigaciones respaldan nuestra inédita pesquisa. Veamos: En el XI Encuentro de Cronistas e Historiadores, realizado en Valle de la Pascua en recién pasados años, el Historiador Miguel Álvarez Díaz, Productor y Conductor del programa de radio local Ondas Canarias, presentó la ponencia denominada: EL PARENTESCO DE LA FAMILIA CAMEJO Y RODRÍGUEZ CON EL LIBERTADOR DE URUGUAY JOSÉ GERVASIO ARTIGAS. Y en su página 7 escribe un Aparte que denomina, PEDRO CAMEJO “EL NEGRO PRIMERO”, que a la letra dice: “Según el historiador canario David Wenceslao Fernández (1992), esta familia Rodríguez Camejo, fue dueña del esclavo Pedro Camejo, conocido en la historia como “El Negro Primero”, nacido en Calabozo, que formó parte del ejercito de Boves y Morales. Y en 1816 pasa a las filas, como otros tantos llaneros, al Ejercito Republicano con el General Páez hizo toda la campaña de los Llanos, hasta que ascendido a Teniente de Caballería por su coraje y valor por el General Páez, murió heroicamente en la Batalla de Carabobo el 24 de junio de 1821, dejando fama de haber sido valeroso y temerario como pocos.
“El General monárquico Ruperto Delgado, Calaboceño, yerno del General Morales, que ya estaba casado con una hija de este y Josefa Bermúdez Marín con quien había contraído matrimonio en Barcelona, en 1809. El General Ruperto Delgado estaba casado con Mariana la hija mayor, apunta en sus memorias que Pedro Camejo estuvo bajo sus órdenes en el Batallón de Caballería “Lanceros de Calabozo” hasta que deserto (SIC) y se fue con el otro grupo de llaneros para las filas del General Páez, en el año 1816.”.

(Vale este paréntesis: el Investigador de la Ponencia menciona como fuente al historiador canario, David Wenceslao Fernández, fuente que además es citada en las Referencias Bibliográficas de la Ponencia con el título INFLUENCIA DE ICOD DE LOS VINOS EN HISPANOAMÉRICA. Además de esta fuente, el autor de esta Investigación, Miguel Álvarez Díaz, nos ha informado que se corroboró esta información en el Archivo Militar de Segovia, en España. En este archivo se recogen los informes del General realista de origen canario, Francisco Tomás Morales Guedes y de su yerno, el también General Realista, -y calaboceño por más señas-, Ruperto Delgado, en la que se indica que el Negro Primero perteneció a sus filas, y lo cuenta dentro de los 220 llaneros que desertaron en el año 1816 para incorporarse a las filas de Ejército Republicano al mando de Páez).

La obra CALABOZO SIGLO XIX, del Historiador Adolfo Rodríguez, acerca del caso en debate, ¿DÓNDE NACIÓ PEDRO CAMEJO, EL NEGRO PRIMERO?, nos dice en el Capítulo que denomina TEATRO DE MISERIA Y CALAMIDADES, y cita al Padre José Ambrosio Llamozas quien el 31 de julio de 1815 escribe un memorial al rey Fernando VII, a quien le dice, le parece faltar, -cito-, “a los deberes de mi encargo y a los gritos de mi conciencia, en no manifestar con sencillez y verdad a V.M. lo que concibo y entiendo ser conducente a instruir su Real ánimo”.

Continúa el Padre Llamozas, a la letra: “Las desgracias que por tantos años han afligido al territorio de Venezuela, los horrores que han destrozado este hermoso país cubriéndolo de sangre y de desolación, sus pueblos desiertos, sus campos convertidos en depósito de restos humanos, el inocente a las puertas de la mendicidad, viudas llorosas, padres indigentes aunque nacidos en la abundancia, esposos sin consuelo, la orfandad y el exterminio señoreando las moradas del pobre y del rico, el noble y el plebeyo … el desorden, la anarquía, la infidelidad de malos vasallos y el encarnizamiento sin ejemplo, advertido constantemente en aquel teatro de miserias y calamidades…”.

Continúa el Profesor Adolfo Rodríguez, en este Capítulo muy bien denominado TEATRO DE MISERIA Y CALAMIDADES, esta vez citando a De Armas Chitty, diciendo que: “Otros calaboceños según J. Llamozas “acosados y perseguidos … pasaron al Apure y se distinguieron en la causa patriota: El General Florencio Jiménez, los coroneles H. Mujica, Francisco Guerrero, José Francisco Hurtado, Remigio Lara, Justo Silva, Comandante Diego Parpacén, Manuel Ojeda, Luciano Hurtado, Camejo conocido por el Primero, José Mirabal; oficiales Manuel Figueredo, Manuel Baldonado, Ramón García Mora, Marcelino Velásquez, Ramón Delgado, Dionisio Parpacén, Francisco Villamediana, y Comandantes de Guerrillas Francisco Carrasquel del Guayabal, el Indio José López de Guardatinajas, y Valentín Cortés y Sandoval de El Rastro”. (Rodríguez, Adolfo, pp 43-47, 2004).

He aquí, amigos historiadores, un interesante tema para la discusión académica: ¿Pedro Camejo, el Negro Primero, nació en Calabozo? Pregunto. Y definitivamente no nació en San Juan de Payara, informo. Punto.
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sábado, noviembre 07, 2015

Alejandro Milano: “Soy cerreño y adeco”



Tiene 77 años. Nació en un mes de noviembre de 1938. Es del Pao de Zarate, La Victoria; pero, tiene vinculaciones con los Milano de Parapara. Desde temprano sale a lidiar con los chivos, ganado caprino que gusta cría para ganarse la vida. Buen conversador. Echarse un palo de ron no es mala costumbre suya para calentar el espíritu.


Por José Obswaldo Pérez
“Yo soy cerreño. Me civilice aquí, en Puepe, desde el año 1958”, cuenta este hombre curtido por sol que vive en Ortiz, en los parcelamientos de Puepe y Las Patillas.

Tiene 77 años. Nació en un mes de noviembre de 1938. Es del Pao de Zarate, La Victoria; pero, tiene vinculaciones con los Milano de Parapara. Desde temprano sale a lidiar con los chivos, ganado caprino que gusta cría para ganarse la vida. Buen conversador. Echarse un palo de ron no es mala costumbre suya para calentar el espíritu. E igual que fumarse un cigarrillo.
El domingo cuando la visitamos nos confesó que seguía siendo adeco y criticaba el gobierno chavista por la crisis económica que vive el país; especialmente, la inseguridad que afecta a los pequeños productores del campo.
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martes, septiembre 15, 2015

José Antonio Páez: La Democracia del Hato


Entre la democracia de los orígenes y su desfiguración, deviene la democracia del hato como fórmula contemporizadora emanada del quehacer de algunos mayordomos, contestes en garantizar la propiedad de la tierra y los ganados, sin desconocer derechos de trabajadores permanentes o temporales y otros factores sociales circunscritos a la dinámica de la ganadería en la región.


Por Adolfo Rodríguez
Escritor e historiador. Profesor Jubilado de la UNERG (Venezuela)






INTRODUCCIÓN
Durante el período colonial, en los llanos de la Orinoquia, se forjan, por imperativos societarios, por lo menos tres modelos de democracia y sus correspondientes liderazgos:

Considero que estos como casi todos los  modelo políticos derivan de una fuente básica o primaria, sujeta a principios de convivencia y  reciprocidad, por los cuales cada individuo es valorado atendiendo a su predisposición y capacidad para mantener el ethos común. Esas pautas que orientan las diferentes etnicidades americanas y las que resultan de éstas, de forma espontánea y natural, por procesos de recreación o reetnizaciòn. Entre otras la neoetnicidad llanera, los vegueros, costeños y demás agrupaciones regionales. Todas, propiciadoras, a mi parecer, del sistema de valores que asisten, en la Independencia, a Pedro Zaraza, quien, según una hija, no contaba con “más patria que las patas de sus caballos”. Expresivo de su potencial de aguante, resistencia, sobriedad, voluntad para construir la nacionalidad a partir del propio esfuerzo y las escasas posibilidades..

De allí la democracia étnica con antecedentes en los modelos comunitarios americanos y que se reorganiza, a su manera en neoculturas resultantes de mestizaje y reacomodo ecosistémico. Una orientación convivencial que predispone para la aclimatación de valores universales en la zona. Orden en que se inscribe cualquier otro grupo en la medida en que impere la tolerancia mutua, en el marco de un caudillismo patriarcal, contemporizador y familístico, como el  inducido por Zaraza, mayordomo que sabía de ganados, pero que, tempranamente se relaciona con los patriotas de 1811 e intelectuales de la talla de don Miguel Peña.

Otra es la democracia de la horda o del botín, consustancial a la guerra y, por ende, a un fatum extensivo que desmerece al otro y sus pertenencias. Su modo de vida es el saqueo y el pillaje (praxis occidental denominada “derecho de conquista”).

Antes que líder de aquellas turbas, Boves no fue más que un secuaz de tales pulsiones. Su “juguete”  como dice un testigo.

El fenómeno que Juan Vicente González juzga “democracia” para decir temerariamente que Boves la inicia en Venezuela, aunque para Briceño Iragorri  hablaba más bien de “demagogia”.

Entre la democracia de los orígenes y su desfiguración, deviene la democracia del hato como fórmula contemporizadora emanada del quehacer de algunos mayordomos, contestes en garantizar la propiedad de la tierra y los ganados, sin desconocer  derechos de trabajadores permanentes o temporales y otros factores sociales circunscritos a la dinámica de la ganadería en la región. Modelo en el que parece inspirarse la república paecista y sus ramajes extendidos hasta el siglo XXI venezolano en un vaivén más o menos sustentable.

La vasta literatura que intenta insinuar cierta cualidad paternalista en Páez, fuertemente teñida de miticidad,  pasa por alto las incontables evidencias que demuestran un ascendiente derivado de su  identificación con la etnia y sus principios.

EL GALOPE INCONCLUSO

No es casual que quien fuera uno de los más confiables conocedores del llano, los llaneros, el hato y su presencia en la historia venezolana, aspirase biografiar a Páez. José Antonio De Armas Chitty hizo el bosquejo de esa tentativa porque considera “triste” en 1990 que “cuando la inmortalidad es propietaria del héroe, no hay una biografía aceptable suya”. Y quedó trunca esa posibilidad de contar con una perspectiva más autorizada sobre un personaje que sigue siendo respetado, enigmático, controvertible e insoslayable, desde luego.

Advierte así: “José Antonio Páez no ha terminado su galope. El caudillo nos dice con duras palabras, desde el rucio tendido, la lanza cruzada sobre la silla, que defendamos lo que nos queda de identidad, lo que nos queda de austeras costumbres, lo que nos queda de lenguaje, de todas esas formas simples y nobles que son patrimonio, legado y razón de pueblo”.

Voy a referirme en esta ocasión a esa forja de una Venezuela de la que fue partícipe excepcional. Y me acojo a un parecer emitido por su fallido biógrafo, al hablar de “aquella República que le fue naciendo de las manos como por milagro”.

Evado, por ende, el  proceso que lo apuntala como adalid fundamental en la guerra de independencia. Así que prosiguiendo con De Armas me detengo en ese  capítulo decisivo en la configuración de la actual república que fue el movimiento de la Cosiata en 1826.  Evento que no debe juzgarse como “el factor central, el origen de la integración (sic) de Venezuela”, De Armas sugiere estudiar “las causas de índole geográfica, política, económica, social. Hay que revisar el movimiento político que se inicia en Caracas en 1822, se afianza en Valencia el 30 de abril del 26 y culmina en el Constituyente de 1830”.

Conviene en la irreversibilidad de ese fraguado porque. “rotas las partes al crear el Libertador a Gran Colombia, con el tiempo, tales partes buscan  ensamble, el regreso al origen”. Y acude a disposiciones de Carlos III en 1777 y sugerencias del gobernador Solano.

“La Cosiata sigue su curso porque es la expresión de Venezuela. Fue un movimiento nacional que buscaba el origen, movimiento que obedeció a leyes deterministas. Esas que la filosofía establece  como componentes de la realidad”. Bases geográficas que Vallenilla Lanz y Parra Pérez reconocen.

Enfatizando De Armas en 1992: “La Cosiata no es más que un regreso a la base inicial”.

“Era una llamada desde el fondo de la sociedad, un reclamo de las raíces, la urgencia de regresar a la forma primaria, y esas son las manifestaciones que ocurren en nombre de la razón que tienen los pueblos cuando se altera su génesis, cuando se quiere dar un perfil distinto a la estructura que conformó su naturaleza”
.
EL PERFIL DE VENEZUELA Y LA GESTIÓN POLÍTICO HATERA DE JOSÉ ANTONIO PÁEZ

En ese discurso de 1990 sentencia dicho historiador “Del brazo del caudillo Venezuela estrena perfil republicano” Agregando que “Páez es quien da perfil a esta Venezuela que estamos padeciendo”. Aunque me atrevo decir   “a esa Venezuela posible”. Y que se condensa en el final de aquella carta que Páez envía a Cornelio Muñoz cuando se alza por primera vez Farfán:

“No abandone Ud. su proyecto de negociar la paz por medios conciliadores”.

Lo puntualiza De Armas en su discurso: “Ante la historia, Páez aparece como godo y Monagas como liberal, y esto no responde al comportamiento de estos próceres. Páez era de carácter abierto,  cordial, es decir liberal”, lo cual se observa al perdonar a Córdoba, desertor en Apure y a  Monagas por sus rebeliones de 1831 y 1835. Sin que mencione su tolerancia ante Julián Infante, alzado, tempranamente,  a favor de la Gran Colombia: le permite viajar a Santa Marta a ver a Bolívar y le respeta sus bienes, de cuyo inventario en su testamento, poseo  copia.

De Armas cataloga de “admirable  la obra cumplida por el prócer hasta 1946: defensa a ultranza de Venezuela que pacíficamente buscaba su autonomía,  empleo de hombres honestos en su gobierno, obediencia ante la elección del candidato ajeno a sus simpatías y restitución del mandatario depuesto, promoción de la cultura escrita  y respeto absoluto por la libertad de prensa”. Ante el derrocamiento de Vargas es “quien devuelve la majestad a las instituciones”.    

Agregando De Armas que “tolera los excesos de aquella prensa  que parecía un avispero y se crea el partido Liberal, el primer partido de oposición y el periódico “El Venezolano”. Aunque haga concesiones a la oligarquía, en una suerte de tensiones y distensiones, que consideraba  inevitables, dentro de su particular malicia llanera. Sentencia De Armas que  “Su administración es sobria”. Bajo su régimen el ex jefe realista Feliciano Montenegro instala el Colegio Independencia y escribe su particular versión de historia de Venezuela. Mientras Codazzi elabora su primera Geografía y Baralt la más completa historia del país en aquel entonces; Cajigal funda la Academia de Matemáticas y un grupo de emprendedores la Sociedad Económica Amigos del País.  

Cuando su amante Barbarita Nieves muere esta trayectoria parece opacarse. Habría expresado que su estrella se apagaba. Y De Armas acota: “Las grandes tragedias políticas el hombre las supera  si ha podido superar las tragedias del corazón”

¿Qué reveses empiezan a filtrarse en su vida a partir de este derrumbe del cerco de ternura que supuestamente lo contenía?

Intentando comprender ese dilema de luces y sombras que lo signan, hago esta incursión en la incidencia del modus operandi de la cultura del hato llanero en su formación y nociones para gobernar.

ESPECIFICIDAD DEL HATO TRADICIONAL LLANERO.

El modelo político gestado en el llano bajo el mestizaje cultural experimentado tras la conformación de un hábitat pecuario o neoecosistema regional, tiene su epifanía en lo que denominamos hato tradicional llanero. Una escuela político-administrativa societaria, económica que tiene en el mayordomo su máximo exponente.

La institución del hato llega al continente con los conquistadores. Llevaban cincuenta años tras El Dorado, cuando las miradas se posan en el bien pecuario, aunque el afán del más allá prosigue animando la imaginación.  No por lejanías,  sino por el señuelo del agua. Al poniente o al sur. Un destino que empuja al Orinoco, al Unare, a la Portuguesa, al Apure. Y más allá. Movilidad que define el hato llanero como ámbito ilímite, no tanto por lo que abarcaba la mirada como cree De Armas Chitty como  por la sed de horizontes.

Carvallo (1985) identifica un modelo de hato restringido a “rasgos fundamentales”  que considera configurados “plenamente en el siglo XVIII” y se prolongan “sin experimentar modificaciones significativas hasta mediados del siglo XX” momento en el que se inviste de ropaje capitalista, aunque manteniendo “la práctica de la ganadería extensiva” que, en los llanos, presume “generalizada” por razones edafológicas y pluviométricas”, sin descartar heterogeneidad por razones geológicas, relieve, pluviosidad, hidrografía, índole faunística y botánica.
El modelo de hato llanero resulta de un proceso de aculturación antagonista. Llega trasplantado, pero ecología y  hombres que la habitan, lo transfiguran en hecho sociocultural nuevo, al servicio tanto de presuntos dueños como de las etnicidades que concurren a definirlo. .

La especificidad del trabajo de llano, por su especialización,  obliga a esta conciliación entre los distintos componentes que hacen vida en la región. Esclavos enviados por los amos; hijos de estos, casi siempre ilegítimos: indígenas, "brujos, salvajes.”, que "sin sujeción, les tiraba la ociosidad y bárbaro estilo, hallándose forzados (los misioneros) a buscarlos por los hatos muchas veces" (Carrocera, l972: I, 455). A lo cual se suma mercaderes, dedicados al "furtivo comercio", con quienes realizan transacciones "los mallordomos y esclavos... sin saberlo sus amos." (De Armas Chitty, 1979).

Una diversidad societaria resultante de las fricciones interétnicas e interclasistas:

a) Etnias indígenas que rechazan la reetnización y, que por ello, desaparecen o son replegadas hacia zonas de refugio, donde preservan, en la medida de lo posible, sus ethos específicos. b)  Indios que se instalan, temporariamente, en las zonas de trabajo ganaderas y que, sin desintegrarse étnicamente, cumplen labores, generalmente referidas a "trabajos de mano", como cortes de madera, levantamiento de líneas para corrales y potreros, etc. c)   Indios que asumen el trabajo con reses o a caballo, al margen de la presencia europea, como entre palenques y píritus. d) Indios vaqueros, en el marco de las encomiendas. e) Llaneros propiamente dichos, que asumen  el trabajo de llano, como modo de vida, dentro o fuera de los hatos. g) Y vaqueros: denominación que los hispanos dan a hombres cuya ocupación es el trabajo a caballo, con reses, y que interactuarán, de manera interclasista o interfecundantemente (reetnizándose), con las modos  de vida  mencionados.

FILOSOFIA LLANERA

En su discurso De Armas refiere acerca de los riesgos en que incurre cierto interlocutor de Páez  al no “entender la filosofía llanera”.

Una concepción del mundo  que cristaliza complementando las  prácticas culturales que se gestan en aquel medio durante uno o dos siglos, superpuestas o en franca hibridez con las precedentes. Un sistema de respuestas dirigidas al entendimiento con el entramado ecosistèmico, cuya fuerza endosomática se metaboliza en exosomatismos (1). Dialéctica de continuidades por el cual determinados  componentes identitarios  vertebran modos de producción, modos de ser o modos de vida. Los  originan y sustentan:

La cosmogonía llanera cifrada en la poesía de Sánchez Olivo es reveladora de esa interdependencia entre el medio natural y el modo de ser correspondiente. En su poema “Ese Juan Bruno no ha muerto” hace  registro de circunstancias en que sólo cabe la muerte: “Cuando ríos como el Apure / y el Arauca estén resecos / y las lagunas sin agua / ya más sean espejos; / cuando no haya entrada de agua / palpitantes de aleteos; / cuando el llano chamuscado / no despida el  olor fresco / que por la primera lluvia / se le evapora del cuerpo / cuando por el mes de mayo / no haya lirios sabaneros; / cuando no sean los palmares / de la nubes barrenderos; / cuando aroma de mastranto / no recoja más el ciento, / cuando su canto de alerta / con plena noche de invierno / no lance el gallito azul / desboronando el silencio / a lo largo y a lo ancho / de esteros y más esteros / cuando el carrao ya no llame / insistente el aguadero / o al gran amigo perdido / una noche sin luceros / con centellas dibujantes / grietas en el cielo negro; /…… cuando voz de esa llanura; / no oigamos en la del trueno /….. // Cuando se acaben los rumbos / y el horizonte…. Allá lejos….. / Entonces, José Natalio, / si es verdad que estamos muertos / aunque andemos caminando / muy vivos de carne y huesos”.

El hecho existencial como permanente transfiguración étnica:  “.mientras cielo y pampa / se junten pecho con pecho / esa pampa boca arriba / y boca abajo ese cielo / engendrando la puja / vida que en todo la vemos / como presencia consagrante / del Autor del Universo; / mientras todo eso palpite, / te lo juro, compañero / que sobre esa tierra grande / presente siempre estaremos, / aunque la muerte se empeñe / en quitarnos el resuello / y haga que polvo se vuelva / en la tumba nuestro cuerpo. Por eso Juan Bruno sigue / alerta en el llano abierto, / lanzo en mano y copla en labios, / montando en “su potro negro” / y se le oirá el pasitrote / por bajíos, bancos y médanos…” (Ib., pp.: 64-65).

Clave de esa alternativa de continuidad que asume: la de la vida dentro de las demás vidas, la vida como parte de una existencia mayor, la vida transitoria de los individuos inscrita en la vida sin fin de los contextos amados:
Ese Juan Bruno Espinoza,
José Natalio no ha muerto;
La sabana, maternal,
Lo carga en brazos de aliento, (Ib., p.  66)

Que también advierte con respecto a Marcos Lavado:
Creo que no estés en el cielo
Sino en caballo potrón
Por las sabanas de Arauca
Rumbeando con luna o sol
(En El Llanero, 24-1-1987)

La consubstanciación étnica procede cuando el hombre participa plenamente de su identidad con el particular medio físico:

Ni tampoco moriremos
Los que llevamos metido
Muy hondo a Apure por dentro
Pues nuestra alma forma parte
77  Del alma del llano inmenso (Ib., p. 64)
Las etnicidades como devenir metabólico de específicos ecosistemas. De donde existencias cifradas en preservación de esa fuerza generatriz. Convivencia con el cordón umbilical telúrico (pasado primordial) en beneficio de equilibrios para el presente y garantías L futuro.

A cuyo efecto toda etnicidad elabora códigos, lenguajes o sistemas de pensamiento que refuerzan y prolongan su estatus. Ideologías o corpus doctrinarios. Una gramática signada por orientación inter-fecundadora. Energías étnicas o utópicas (2) investidas de potencial reproductivo y pertinente desarrollo. Neoetnogénesis ajena a riesgos de entropía, por  animarla un sesgo neguentrópíco.  Cualidad de etnoecoutopìa (3).

Etnicidades que se transfiguran en neotnicidades (4) gestadas en la interacción con el nuevo hábitat pecuario, las nuevas prácticas culturales y mestizajes subsiguientes. De allí emana la neoetnia llanera.  Cuanto el llanero diga, haga, elabore, participe, se inserte, reconozca o asuma, converge al mantenimiento y  legitimación del modelo societario concebido y consolidado en todas sus posibilidades. Entre otras esa etnonimia que los distingue, representa y contribuye al imperativo de permanente confirmación.  
.
Al efecto las etnicidades someten cualquier cuerpo extraño a una dialéctica  constante de adscripción o antagonismo cultural. Dinámicas de encapsulamiento y reciclaje en función de esa virtualidad neguentrópica que las asiste. Llaneriza el caballo, llaneriza la res, llaneriza al extraño y también las instituciones. Resignifican endosando sus energías alternativas. Y sucedió con el hato como sucederá con la república.  .      




EL MEDIADOR NECESARIO

Hay un tallado de heroicidad que De Armas considera forjado por la violencia al referirse a Páez. Pero al heroísmo étnico lo fragua la específica praxis cultural.

Bolívar parece intuir tal índole en carta del 7 de junio de 1826 a Santander aludiendo a Padilla como a Páez: “estos dos hombres tienen en su sangre los elementos de su poder, y por consiguiente, es inútil  que yo me les oponga porque la mía no vale nada para el pueblo” (cit. por De Armas, 1990).

¿Una de esas intuiciones geniales que lo asaltaban y que no se cuidaba en reprimir? ¿Sangre para significar energías alternativas correspondientes a  respectivas etnicidades, que no se identificaban con la de Bolívar?

Cabe observar cómo la dinámica social llanera se inscribe en la estructura interetnica e interclasista que se macera en el hato.

Su historia evidencia  cómo el mayordomo y otros actores afines que lo acompañan, se sirven de esa fuerza étnica originaria, convivencial, para que el aparato institucional funcione. Se gesta un ordenamiento que en situaciones críticas cumple eficacia ejemplar.

Andamiaje que segrega, entre otros mecanismos de mantenimiento y reproducción, liderazgos como los de Pedro Zaraza y José Antonio Páez. Como en el apólogo de la Ínsula Barataria en “Don Quijote”, tales jerarquías fundamentan sus ejecutorias  en un saber popular alternativo, no estrictamente pragmático ni empírico como acostumbra creerse. En el  Poema El Vejamen se cataloga al saber llanero como “ciencia peregrina” en oposición a la que impartía la Universidad. De Armas (1990) apunta que Páez “se gradúa, por años, en esa vida ruda, que es comunidad de peligros y escuela de malicia y aguante”.

Un dominio cognitiva capaz de expresarse en filosofía constitucional. Ley de Llanos que no corresponde exactamente a la que elaboran grandes propietarios acaparadores.

Acervo específico, de logicidad intrínseca, funcionalidad étnica, a partir del cual se asumen estrategias político-administrativas bajo condiciones de guerra o crisis. Marco en el cual surge el estado nacional en 1830 y la probable persistencia de elementos catalogados de atávicos, telúricos, etnocéntricos o lo que se quiera, pero que mucho deben a esa escolaridad experimentada por sus fundadores en el mundo del hato llanero.

Cuenta Ramón Páez que en el hato San Pablo, siendo Primera Magistrado su padre, "fue recibido nuestro Jefe en sus dominios, por un grave y anciano esclavo negro, que hacía las veces de mayordomo o intendente, y mandaba sobre los hombres y las cosas de la finca. Arrodillándose sobre el empedrado del patio, beso la mano hacia él extendida con amistoso saludo,  luego desensilló el caballo de su amo y lo llevó a un charco del corral que servía de abrevadero de los caballos (ib., 43)

Escena que, a pesar, de su colorido feudal,  ilustra cómo quienes mantenían en el llano estatus de esclavos lo hacían cumpliendo ciertos protocolos de lealtad que solían emplear gran parte de los hombres libres en esa época. El rango de mayordomo es equiparado con el de una función político-administrativa que se ejerce de manera ejecutiva “sobre los hombres y las cosas de la finca”. Poder que de acuerdo a lo investigado, no se ejercía despóticamente, si no de manera consensual con los demás componentes sociales incorporados a la vida del hato. Labor de mediación inter-étnica e inter-clasista como la que procurarían desempeñar los presidentes de la República de Venezuela desde la época de Páez.

De ese contexto sale en 1835 la tropa que repone al doctor Vargas en la Presidencia, como si junto la conciencia de lo que estaba pasando en el país se correspondiera con las fuerzas que más eficazmente podían garantizarla. .  


LA TORCEDURA

Sin embargo, conviene considerar distorsiones que impidieron que esa alternativa programática neoétnica desplegase armoniosamente sus alas.  Torceduras que al parecer, provenían de injerencias foráneas y sus concepciones uniformadoras y coloniales.

Obsérvese que Boves es sistemático en cuanto a  representar los intereses de la corona real igual que Monteverde y Morillo.

Así como buena parte de las propuestas político ideológico que descoyuntan el proyecto hatero de administración pública. Esquemas  procedencia eurocéntrica como centralismo-federalismo. civilismo-militarismo, civilización. y barbarie, godismo y liberalismo. Banderías que empañadas por el extremismo y la violencia contrastan más con el fondo conciliador que animaba el inicial proyecto étnico-político. Desviaciones que derivaron muchas veces en gobiernos dictatoriales.

Páez no fue ajeno a tales influencias  y cabe considerar hasta dónde su espíritu contemporizador contó con el refuerzo de Barbarita Nieves. Una vez que muere, parece secarse el manantial de energía ètnica que lo impulsa.  Ausencia que intentan cubrir personajes que se peculiarizan por su intransigencia. El par también euro céntrico de derecha-izquierda los ubicaría al extremo del primero de dichos polos. Uno es llamado Ángel Malo, Ángel Quintero, quien le azuza propensiones belicistas, como lo hará luego Pedro José de Rojas (5),

Ciertas interpretaciones de la conducta y gestión de Páez ameritan cuidadoso reconocimiento en ese universo de intereses étnicos y clasistas en que se inicia la república Entre otros el factor representado por la propiedad de la tierra en Venezuela bajo aquellas circunstancias.  Vallenilla Lanz (1991 (1919)  refiere cómo el general Páez a punto de concluir su segundo mandato, detenta hatos y haciendas que conforman parte de su propiedad, algunos por adquisición de vales otorgados a próceres llaneros por concepto de haberes militares. La reacción liberal denuncia tal concentración de bienes. De manera tal que El Trabuco 2 del 11 de diciembre de 1844 se atreve  contra él:

 Es el más logrero / Es un Satanás: / un caimán, un tigre, / qué sé yo qué más / Acá quiere un toro / Salido del llano / Acabar con todos / Y despotizarnos.

Acumulación de propiedades que el mismo Vallenilla Lanz (op. cit.) reconoce como garantía de poder en función del gendarme necesario que pudiese capear tendencias anárquicas suscitadas por jefecitos que sustentaban sus alzamientos en feudos locales.

Los presidentes federales, tanto Monagas como Crespo suceden a Páez,  en cuanto acumulación de tierras y ganados. Hasta que Gómez los rebase a todos. La literatura se hace eco de tal situación. Unas veces irónicamente como hace Cabrera Malo;

“Esto es un baturrillo bolchevique” dice uno de sus personajes Mientras otro habla de la   “Ingeniosa la manera esa de estirar la tierra, como si fuera melcocha” En tanto que comenta el cura:
-Aquí en el llano, el coroto no es del amo si no del que lo necesita”.

Obra en que Cabrera Malo se hace copartícipe de la idea de que tales  “Señores feudales” lo eran “más por instintos atávicos que por heredad” como postula De Armas Chitty.

En tanto que Gallegos es discreto en sus referencias a la gran propiedad  llanera. No se manifiesta decididamente crítico de las 200 leguas de extensión del hato Altamira, que heredan cómodamente y sin intenciones repartidoras, tanto Marisela como Santos Luzardo, como puede deducirse.

Mientras que en Cantaclaro dos de los personajes que protagonizan la narración, los Coronado como Juan Crisóstomo Payara, no son objetados en ningún momento por sus extensas posesiones.

La preocupación de Gallegos parece inclinada por la necesaria legalidad de dichas posesiones.

Paralelamente se observa en sus novelas dos modelos de caudillaje: el de Santos Luzardo,  como “buen cacicazgo”, frente a los que llama “caciques de la llanura”, Doña Bárbara, entre otros. El capítulo titulado “La Hora del Hombre” deja ver su aspiración de recuperar “el ancho feudo”  “para la futura obra civilizadora”: “La hora del hombre bien aprovechada”.

En Cantaclaro hay búsqueda de Payara, por parte de Martín Salcedo para comandar la revolución y, con igual fin, Juan Parao jarabea a Florentino.

Empeño justiciero: “Ya era hora de emprender la lucha para que en el ancho feudo de la violencia reinase algún día la justicia” (1977a: 162). Proyecto que no representa destrucción del latifundio sino sometimiento a régimen jurídico. Cuando Luzardo acude ante la autoridad competente, basándose en la Ley de Llanos,  objeta que Mr. Danger cace orejanos no siendo suficiente la propiedad que detenta, mientras que Doña Bárbara, poseyendo lo requerido, debe permitir “trabajos” en sus sabanas, ya que, como apunta Gallegos (1979b) “toda hacienda llanera” anda “regada por tierras que no le pertenecen”.

La solución galleguiana es modernizadora: poblar, sanear, para  “modificar las circunstancias que originan ciertos males: “todo lo que contribuyese a suprimir ferocidad tenía una importancia grande para su espíritu”.  Así que abriga el deseo de  que las quemas aplicadas, en aquella “enormidad de las tierras”, para acabar garrapatales y renovar pastos, provea la rotación de rebaños, mientras se estudia un sistema más “racional”. Lamentando que la quesera no opere con prácticas usuales en “países civilizados”. Insiste en la necesidad de  “civilizar la llanura: acabar con el empírico y con el cacique, ponerle término al cruzarse de brazos ante la naturaleza y el hombre”. Que para Gallegos es trazar “la línea recta del hombre dentro de la línea curva de la Naturaleza”,  fijando “en la tierra de los innumerables caminos, por donde hace tiempo se pierden, rumbeando, las esperanzas errantes, uno solo y derecho hacia el porvenir”.

Perspectivas que Alberto Arvelo parece no compartir “No quiero alambre importuno / en mi mundo desolado / Si se me riega el ganado / yo veré si lo reúno”.

Temores que también Gallegos abriga en textos de Doña Bárbara: “Fue la rebelión de la llanura, la obra del indómito viento, de la tierra ilimite contra  la innovación civilizadora” (1977a: 139). Mientras en otros reivindica la cultura primaria: “la barbarie tiene sus encantos, es algo hermoso que vale la pena vivirlo, es la plenitud del hombre rebelde a toda  limitación” (Rómulo Gallegos, 1977a: 164).


NOTAS
(1) Frigola (1989) habla de una "energía cósmica primordial, cuyas manifestaciones físicas van desde las radiaciones electromagnéticas astronómicas, la materialización de los fotones, hasta la misma energía sexual en estado puro. Las cualidades de esta energía -desde niveles microscópicos hasta los galácticos- son los de la autoconservación, la auto regulación y la auto reproducción en la forma de superimposición cósmica" (p. 82).

(2) Dos metabolismos básicos: uno natural (ecosistémico) y otro cultural (exosomático o étnico) (León, J. B., 1981) resultan o se manifiestan a través de ese juego de continuidades, etnicidades y neoetnicidades.

(3) Morin (1974) dice de "mitos anunciadores de  la hipercomplejidad" que salpican la historia desde hace dos siglos, mencionando "democracia, socialismo, comunismo y anarquismo", "facetas que remiten a un mismo sistema ideal....fundado en la intercomunicación y nunca en la coerción, sistema policéntrico no monocéntrico, sistema fundado en la participación creativa de todos, sistema débilmente jerarquizado, sistema que acrecienta sus posibilidades organizativas, inventivas y  evolutivas al disminuir las coerciones" (p. 222-3).

Acciones, hechos o manifestaciones de un ecosistema y subsecuente cultura, significativos para la pervivencia y desarrollo de la especificidad social. Etnoutopía en cuanto corresponde a un modelo societario satisfactorio por sus resultados.  Expresado, a su vez, en  “códigos simbólicos, primarios, básicos y fundamentales” que concurren a “la reproducción” de la específica organización sociocultural y conjuradores de “la desagregación” (García Gavidia, 2005, p 23). Fuerzas creadoras-recreadoras asimilables al fenómeno que Frigola (1989) denomina "la energía de la vida" o   "energía cósmica-primordial que tiene por cualidad, a cualquier nivel, la autoconservación y la auto-reproducción" (p.23, 82).

Desencadenantes, puntos de partida,  referentes macro o micro, a los fines de la valoración y reconocimiento de patrimonios ecobásicos, etnobásicos, etc.  localizables en individuos, colectividades, economías, políticas,  espacios, ideas, obras de arte, etc.

(4) Mosonyi, E. E.  (1982) propone la noción de “neoetnia” para referirse, entre otras, a las sociedades campesinas que continúan históricamente, “en cierta forma”, las antiguas formaciones indígenas, que muchas veces, subsisten de manera encubierta y en otros casos, “destruidas”, desmanteladas “por procesos de conquista y colonización” (p.  39).

(5)  De Armas dice que Páez en Valencia, “manda a decir a Quintero que él no encuentra empate a esa legalidad, y a Francisco Gómez y a Luis  Iribarren de Valencia, les manifiesta  con maña, contando las palabras  De mi no esperen que les trace caminos, procedan como crean más conveniente que lo que soy yo me voy por el arrasao.

En lenguaje llanero arrasao es la trocha aledaña, inmediata, limítrofe al camino real. Ningún misterio envolvían las palabras del caudillo. Mal estaba Quintero al no entender la filosofía llanera”.


BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA

ARVELO TORREALBA, Alberto. Obra poética. Caracas: Dirección de Cultura, UCV, 1967.
BRICEÑO IRAGORRI, Mario. El Regente Heredia O La Piedad Heroica. Caracas-Madrid: Ediciones Edime, 1954
CABRERA MALO, Rafael. El  Reflejos de los Remansos Azules.Caracas: Academia Venezolana de la Lengua, 1989.
CARROCERA, Fray Buenaventura de. Misión de los capuchinos en los Llanos de Caracas. Caracas: BANH., 1972.
CARVALLO, Gastón.  El hato venezolano, Caracas: Fondo Editorial Trópicos, 1985.
DE ARMAS CHITTY, J. A. Historia del Estado Guárico. San Juan de los Morros: Universidad R. Gallegos,  1978 -1979, 2 v
DE ARMAS CHITTY, J. A.  La Academia Nacional de la Historia rinde homenaje a la memoria del general e jefe José Antonio Páez en el bicentenario de su nacimiento, 1990
DE ARMAS CHITTY, J. A.  La Independencia de Venezuela. Caracas: Editorial MAPFRE, 1992.
FRIGOLA, Carlos. Los ángeles caídos: antropología, geo-cosmología, chamanismo y folk-medicina. Barcelona (España): Kairós, 1989.
GALLEGOS,  Rómulo. Cantaclaro.  Caracas: Monte Ávila Editores, 1977-
GALLEGOS, Rómulo. Doña Bárbara. Caracas: Colección Ayacucho, 1977.
GARCÍA GAVIDIA, Nelly. “El recorrido de la noción de identidad a la noción de las identidades”, pp. 1- 27, en LEAL JEREZ, M. y Johnny Alarcón Fuentes. Antropología, Cultura e Identidad. Maracaibo: Universidad del Zulia, 2005.
GONZÁLEZ, Juan Vicente.  Biografía de José Félix Ribas (Época de la guerra a muerte).  Caracas: Editorial González González, 1956.
LEON, José Balbino. Ecología y Ambiente en Venezuela. Caracas: Monte Ávila Editores, 1981.
MORIN, Edgar. El paradigma perdido: el paraíso olvidado. Ensayo de bioantropología. Barcelona (España): Kairós, 1974.
MOSONYI, Esteban Emilio. Identidad y Culturas Populares. Caracas: Editorial La Enseñanza Viva, 1982.
PÁEZ,  Ramón  Escenas Rústicas de América. Caracas: ANH, 1973
SÁNCHEZ OLIVO, Julio César. Por el Rumbo del Recuerdo. San Fernando de Apure: Ayacucho, 1978.
VALLENILLA LANZ, Laureano.Cesarismo Democrático. Caracas, Tipografía Garrido, 1952.



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Edgardo Malaspina: Entre la lectura y la escritura


Recientemente, el médico guariqueño Edgardo Malaspina publicó Medicrónicas (2015), un texto que tiene como pretexto un viaje justificable por el viejo mundo. Un recorrido por Grecia e Italia, travesía que lo lleva por lugares plenos de historias médicas y por espacios cargados de historias humanas.




Por José Obswaldo Pérez

Edgardo Malaspina tiene dos cosas que todo médico debería aprender: La lectura y la escritura. Sí, estos dos actos son dos actividades inseparables y esenciales en la actividad de la medicina. Son el puente para la comprensión y la búsqueda de significado. Una manera de dar sentido al mundo y a nuestra experiencia. Como Miguel de Cervantes señaló en su Quijote que: “El que lee mucho y anda mucho, va mucho y sabe mucho”. O bien, esta máxima norteamericana: Good readers make good doctors (=Los buenos lectores hacen buenos médicos).

Quizás, por eso, el galeno e historiador guariqueño Edgardo Malaspina escribió el libro Medicrónicas Grecorromanas. Crónicas viajeras relacionadas con la Historia de la Medicina (2015). El texto tiene como pretexto un viaje justificable por el viejo mundo. Un recorrido por Grecia e Italia, travesía que lo lleva por lugares plenos de historias médicas y por espacios cargados de historias humanas.

Edgardo Malaspina y Natalia, su esposa, son turistas de este paseo; cada lugar es una experiencia, una anécdota, una descripción, una lectura que vuelve comprensibles los acontecimientos. Malaspina se vale de la crónica, como arte narrativo, para escribir menudas historias de lugares. La toponimia, de ese recorrido, comienza en Atenas, la cuna de la civilización occidental; pero, también, de las ciencias médicas. En Roma, Italia, encuentra los recuerdos de familia. Malaspina es de ascendencia italiana; por eso, la memoria le hace elipse entre Santa María de Ipire y Las Mercedes del Llano con sus ancestros napolitanos.

Medicrónicas es una narrativa de oraciones cortas, amalgamadas con una prosa sencilla y amena, cultivadora y exquisita. Ojalá nuestros estudiantes de medicina tengan el bien de leerla, un buen ejemplo para aumentar la conciencia de los valores y de las perspectivas que se llevan a la práctica.

Con este texto, Edgardo Malaspina realiza un aporte a la historiografía de la narrativa médica. En esta misma línea están sus ensayos sobre Literatura y Medicina (1998) que, además, podemos sumar con Médico de Guardia del doctor Fernando Aular.

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