miércoles, julio 09, 2025

Cartaya bajo el sol de Ortiz


Me tocó representar a Cartaya, el viejo masón y librepensador, ese personaje que camina entre las ruinas con la dignidad de quien ha perdido todo menos la memoria.


Por José Obswaldo Pérez

Eran finales de los años ochenta y el sol caía oblicuo sobre la plaza Bolívar de Ortiz. El calor parecía inmóvil, como si él también esperara que comenzara la función. En el aire flotaba una mezcla de nerviosismo estudiantil y solemnidad improvisada. Aquella mañana no era como las demás: se celebraba el aniversario de la Unidad Educativa Beatriz de Rodríguez y, sobre todo, la publicación de Casas Muertas, esa novela que, sin saberlo del todo, ya me habitaba.

Me tocó representar a Cartaya, el viejo masón y librepensador, ese personaje que camina entre las ruinas con la dignidad de quien ha perdido todo menos la memoria. Me ajustaron un sombrero de pelo e’ guama, me colocaron un frac negro y un bigote postizo que picaba como si quisiera recordarme que el personaje no era cómodo, ni debía serlo. Yo, adolescente aún, me sentía convocado por algo más grande que una simple actuación escolar. Era como si, por un instante, me hubieran prestado una voz antigua para decir algo que aún no sabía qué quería decir.

Dianit Salgado, en el papel de Carmen Rosa, llevaba un vestido blanco que parecía resistirse al polvo de la calle. Caminaba con una delicadeza que contrastaba con la aridez del escenario, como si aún creyera en la posibilidad de ternura en medio de tanta desolación. Gómez Daboin, como el padre Pernía, imponía una gravedad que no era sólo teatral: su voz tenía el tono de los sermones que aún se escuchaban en las paredes de la iglesia del pueblo. Y yo, en medio de ambos, era Cartaya: el que recuerda, el que duda, el que no se resigna.

No sé si actuábamos bien. Tal vez no importaba. Lo que sí recuerdo.

Luis Alberto Crespo, invitado especial, nos miraba con esa mezcla de ternura y severidad que tienen los poetas cuando reconocen una llama. No recuerdo sus palabras exactas, pero sí su mirada: como si supiera que, en ese instante, algo se había sellado en mí.

Años más tarde, en los pasillos de Venpress, bajo la dirección de nuestro querido Humberto “Camuco” Álvarez , paisano y amigo, volvimos a cruzarnos. Ya no era el muchacho que temblaba bajo el sombrero de Cartaya, pero seguía siendo el mismo: alguien que buscaba en la palabra un refugio, una trinchera, una casa. Allí, entre cables informativos y titulares por venir, Luis Alberto y yo comulgamos silencios llenos de literatura, en momentos de compartir una noticia o una chanza del momento. La sala de redacción tenía su propio ritmo, pero la poesía, el relato y los libros encontraban momentos para colarse en un rincón entre teclas y tazas de café.

Hoy, al ver esta fotografía, comprendo que no fue sólo una actuación estudiantil. Fue un rito de iniciación. Cartaya no se fue de Ortiz: vive en cada palabra que escribo, en cada archivo que desentierro, en cada fuego cotidiano que intento avivar.

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domingo, julio 06, 2025

Jon Lee Anderson: “Hoy ser de centroizquierda es un privilegio de la clase media alta”


Testigo de conflictos armados y experto en América Latina, el gran periodista de la revista The New Yorker rebobina la cultura política de izquierda en la región.Jon Lee Anderson lanza opiniones contundentes sobre por qué los partidos de centro se quedan sin votantes en todo el mundo. Sostiene que el factor decisivo que trajo una nueva dinámica a América Latina es el narcotráfico.Cree que otro gran motor de los cambios políticos y sociales hoy es el flujo de migrantes del sur hacia el hemisferio norte.


Por Matilde Sánchez

Conoce América Latina como pocos, en su geografía y política, con detalle local. Jon Lee Anderson acaba de publicar Aventuras de un joven vagabundo por los muelles, memorias en las que reconstruye su bautismo como viajero y testigo en África, en su adolescencia. Nacido en California y con una infancia global, corresponsal de la revista The New Yorker y autor de una biografía exhaustiva del Che Guevara, se especializa en conflictos armados y se ha implicado siempre en la cultura política de izquierda, conservando la capacidad crítica aun dentro del acuerdo ideológico.

“¿El centro se sostiene?”: eso fuimos a preguntarle casi recitándonos la poesía del irlandés William B. Yeats, con un siglo de interpretaciones pesimistas a su espalda. También, teniendo en cuenta que en la última década se consolidaron en América Latina dos dictaduras fuera de debate –en Venezuela y Nicaragua–, mientras algunos liderazgos de ultraderecha llegaron al poder mediante comicios.

En las últimas semanas, Anderson lanzó opiniones contundentes. Los nuevos revolucionarios son de extrema derecha (en alusión a los presidentes Nayib Bukele, presidente de El Salvador, y Javier Milei). La narcocultura acabó con el idealismo utópico. La nueva Latinoamérica está en las villas, resolviendo sus necesidades a través de la narcoeconomía. Sobre estos temas y sobre la cultura woke conversamos por zoom.

–En términos de generación, te formaste al calor del concepto de tercer mundo.” Ahora lo reemplazás con el de Sur Global. ¿Cuán precisa y fértil es esta categoría?

–Sí. Es que estoy replicando cosas que oigo todo el tiempo porque lo que vemos es que se ha abierto una como nueva era política, con categorías que deben ser repensadas.

–Algunos analistas, no solo sus adeptos, observan que no se trata de una mera coyuntura, motivada por resultados eleccionarios, sino de un bloque expandido de tiempo; ¿tendremos un período largo con la ultra derecha? Definir el Sur Global parece acuciante.

–Es la categoría que hoy emplean instituciones como la ONU, sus analistas de demografía y malnutrición, entre otros. Hablar de Sur Global es políticamente más correcto; estamos en la era de de la ideologización de la semántica. Cierto que llamarlo Sur Global es tan abarcador y está lleno de variantes... Pero claramente hay un Sur y un Norte. El Norte es pequeño, en verdad: incluye a los Estados Unidos, Canadá, parte de Europa occidental y quizás Australia y Nueva Zelanda. También comprende a algunos países asiáticos, como el gigante indio, y eventualmente a los países del Golfo, que son una suerte de espejismo. El mundo es más variopinto de lo que fue hace 50 años, muy marcado por el flujo de migración del Sur hacia el Norte. Ese es un factor que determina en buena medida los cambios sociales de la época.

–¿Creés que es el principal?

–Uno de los principales, sí; la migración del sur de las Américas hacia los Estados Unidos, conviviendo al mismo tiempo con el flujo de poblaciones de África, Medio Oriente y Asia Central hacia Europa. El Norte se siente asediado y, en consecuencia, rebrota lo que siempre estuvo ahí, aunque más enquistado: la xenofobia y el nativismo, los ultranacionalismos y hasta el fascismo rancio de hace un siglo. Pero va adquiriendo nuevas formas y apoderándose de una cuota del poder político. El mundo será distinto,pero sus viejos problemas de siempre siguen en pie.


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sábado, julio 05, 2025

Reseña de Etnotrascendencia Llanera: La Utopía que Cabalga entre Colombia y Venezuela de Adolfo Rodríguez


Uno de los grandes aportes del libro es su análisis sobre el trabajo del Llano, entendido como un hecho cultural total, que no sólo define el modo de producción de la región, sino que también funciona como un mecanismo de perpetuación de valores comunitarios, de sobriedad, riesgo y festividad.


Por José Obswaldo Pérez

El profesor Adolfo Rodríguez nos entrega una obra de revisión sobre el estudio de la identidad llanera, planteando una visión profunda y multidimensional sobre la etnicidad, la historia y la cultura del Llano colombo-venezolano. Este libro que fue publicado en una primera versión en 2012, con el título Los Llaneros: La utopía que cabalga entre Venezuela y Colombia, bajo el patrocinio de Fondo Editorial Ipasme, es una exploración meticulosa de los factores que han conformado el imaginario llanero, desde su relación con el entorno hasta su impacto en la historia política y social.

Sin embargo, en esta nueva revisión, Rodríguez introduce el concepto de etnotrascendencia, entendiendo la etnicidad llanera como una expresión cultural que ha trascendido a través del tiempo a nivel territorial e histórico, marcando profundamente la configuración sociopolítica de Venezuela y Colombia. Mediante una metodología multidisciplinaria, analiza la formación de la neoetnia llanera, producto de la interacción entre las poblaciones indígenas provinciales y cimarronas en el proceso de adaptación al ecosistema del Llano.

El autor estructura su obra en distintos apartados claves, abordando elementos como la influencia del iluminismo en América, la cosmovisión llanera, la percepción del propio llanero y del forastero (autoimagen y heteroimagen), y el papel de figuras históricas como Simón Bolívar en la consolidación de la identidad llanera como un símbolo de independencia y resistencia.

Uno de los grandes aportes del libro es su análisis sobre el trabajo del Llano, entendido como un hecho cultural total, que no sólo define el modo de producción de la región, sino que también funciona como un mecanismo de perpetuación de valores comunitarios, de sobriedad, riesgo y festividad. Asimismo, el texto se adentra en el concepto de la etnonooesfera, destacando cómo las ideas, creencias y prácticas transmitidas entre generaciones han configurado la percepción de los llaneros sobre sí mismos y su entorno.

Rodríguez también explora la etnotoponimia, mostrando cómo los nombres de lugares en el Llano reflejan la memoria colectiva y la tradición oral de sus habitantes. Este enfoque no sólo refuerza el valor histórico de la región, sino que también permite entender la evolución del espacio como un ente vivo, en constante redefinición.

Más que un estudio etnográfico, Etnotrascendencia Llanera es un manifiesto de la identidad llanera, planteando la necesidad de reconocer y preservar su legado ante la amenaza de la globalización y los cambios sociopolíticos que afectan la región hispanoamericana. El libro dialoga con disciplinas como la historia, la geografía, la lingüística y la antropología, convirtiéndose en una referencia esencial para quienes investigan la cultura llanera desde una perspectiva académica o simplemente para quienes buscan comprenderla más a fondo.

Con una prosa clara pero rica en contenido, Rodríguez ofrece una obra que no sólo documenta la esencia del Llano, sino que también invita a una reflexión sobre la trascendencia cultural en Hispanoamérica.


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Una hamaca para Miguel Otero Silva

Fernando Rodríguez, cronista municipal de Ortiz, en hamaca y aquejado de salud conversó sobre visita de Miguel Otero Silva y los 70 años de Casa Muertas. Foto JOP

Esa noche, el escritor pidió quedarse en la misma casa. Le tendieron una hamaca en lo que hoy es la biblioteca familiar, y allí durmió, mecido por el rumor de los zamuros y las palabras que ya había escrito.


Por José Obswaldo Pérez

En el corazón llanero de Ortiz, donde el tiempo parece plegarse entre casas de cemento y memorias de adobe, aún recuerdan la visita literaria que marcaría la historia del pueblo: la de Miguel Otero Silva, autor de Casas Muertas, quien encontró en estas calles polvorientas la materia viva de su ficción más creadora de la literatura venezolana.

Corrían los años cincuenta y el escritor, acompañado por la cineasta Margot Benacerraf, regresaba a Ortiz con una intención que trascendía la nostalgia: presentar el manuscrito ya culminado de su novela al pueblo que la inspiró. El joven Fernando Rodríguez, entonces un niño de ocho años, lo recuerda con la precisión entrañable que otorga la memoria cuando el pasado dejó huella.

La escena se dibuja como un cuadro costumbrista: en la casa de la maestra Beatriz de Rodríguez —educadora de rango federal en el municipio— se congregan figuras notables del lugar. Allí, en ese zaguán donde se mezclaban voces e historias, Otero Silva comparte su manuscrito, ese que aún no había llegado a la imprenta pero ya contenía el alma de un pueblo deshabitado, saqueado y palúdico.

Otero le había confesado a doña Beatriz en una visita anterior, que su obra debía llamarse Casas Muertas porque Ortiz, alguna vez pujante capital del estado Guárico, yacía entonces como un cadáver civilizatorio: con sus viviendas abandonadas, sus puertas arrancadas por la necesidad o la rapiña, sus memorias apagadas por la malaria y el éxodo.

Esa noche, el escritor pidió quedarse en la misma casa. Le tendieron una hamaca en lo que hoy es la biblioteca familiar, y allí durmió, mecido por el rumor de los zamuros y las palabras que ya había escrito. Al amanecer, antes de seguir sus pasos por el pueblo, saboreó un café llanero humeante preparado por doña Marsocorro, la cocinera de la casa. Un gesto íntimo, casi ceremonial, que convirtió a Ortiz no solo en escenario literario, sino también en hogar pasajero del novelista.

Setenta años después, aquel gesto de Otero Silva —volvió para leer su obra ante quienes fueron su inspiración— se convierte en una postal de fidelidad y respeto. Ortiz no sólo fue el pueblo literario que retrató, sino también la cuna viva de un relato que sigue respirando en las voces de sus herederos.


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miércoles, junio 25, 2025

El primer artículo científico en Venezuela escrito por una mujer

Imagen de Virginia Pereira Alvarez a la edad de 36 años restaurada con freeplik.com

A principios del siglo 20, el desarrollo científico fue limitado, con mayor presencia en el campo de la medicina, aunque sin una estructura organizada.


Por José Obswaldo Pérez 

La evolución de la producción científica en Venezuela ha atravesado diversas etapas, marcadas por la consolidación de la investigación y la institucionalización de la ciencia en el país. En sus inicios, el desarrollo científico fue limitado, con mayor presencia en el campo de la medicina, aunque sin una estructura organizada. Sin embargo, a partir de 1930, el panorama cambió significativamente con la creación de instituciones claves y la profesionalización del campo científico como todavía un fenómeno reciente en el país. 

En este recorrido por la historia de la ciencia venezolana, emergen figuras que desafiaron convenciones y allanaron el camino para futuras generaciones. Una de ellas es la médico Virginia Pereira Álvarez (1888-1947), la primera mujer en Venezuela que publicó un artículo científico del cual se tiene registro. Su trabajo no sólo representó un acontecimiento para la participación femenina en la ciencia, sino que también se desarrolló en un ámbito tradicionalmente dominado por hombres. 

Nacida en Ciudad Bolívar en una época en la que las oportunidades para las mujeres en el ámbito científico eran escasas, Pereira Álvarez creció en un entorno familiar que valoraba la educación. Su padre, un mercader oriundo de Parapara, se aseguró de que sus hijos recibieran una formación integral, algo poco común para las mujeres del siglo XIX, especialmente siendo la mayor de cinco hermanos. Desde temprana edad mostró talento para las matemáticas, las ciencias y los idiomas, lo que la llevó a perseguir su pasión por el conocimiento, desafiando las barreras impuestas por la sociedad. 

Su aporte en la medicina ha sido indiscutible en la investigación y divulgación científica en el país, y sobretodo, para la consolidación de instituciones de atención pública y formación educativa. Así mismo colaboró en investigaciones clínicas, como lo evidencia su tratamiento experimental al poeta Cruz María Salmerón, en su etapa avanzada de la enfermedad de Hansen, con ampollas de heterogetílico para mejorar su movilidad manual.

Con el artículo “Contribución a la Investigación Experimental de la Leptospira Icterohemorrágica en Venezuela”, publicado en coautoría con los doctores Rísquez González y F. Ríos, en la Gaceta Médica de Caracas en 1939, no sólo constituyó un aporte técnico a la medicina tropical, sino que representó un hecho simbólico en la historia de la ciencia venezolana por varias razones: primero, abordó una enfermedad zoonótica de alta incidencia en regiones tropicales como Venezuela, donde la leptospirosis —causada por bacterias del género Leptospira— representaba y aún representa un problema de salud pública. Esta enfermedad puede provocar desde síntomas leves hasta formas graves como el síndrome febril icterohemorrágico, caracterizado por fiebre, ictericia, hemorragias y daño hepatorrenal.

El artículo de Pereira Álvarez contribuyó a la comprensión experimental de esta bacteria en el país, en un momento en que los estudios clínicos y epidemiológicos sobre leptospirosis eran escasos. Su investigación ayudó a sentar bases para el diagnóstico diferencial de enfermedades febriles en zonas endémicas, donde la leptospirosis podía confundirse con dengue, malaria o hepatitis.

Además, su trabajo se adelantó a los esfuerzos de vigilancia epidemiológica que décadas más tarde se institucionalizaron en Venezuela. En ese sentido, su artículo no sólo tuvo valor clínico, sino también fue pionero en términos de salud pública y medicina preventiva.

Como destaca Jaime Requena (2015, 2018), esta publicación marcó el inicio de la autoría científica femenina reconocida oficialmente en el país, en un momento en el que la presencia de mujeres investigadoras era prácticamente inexistente en las bases de datos de Biblios.

Aunque el reconocimiento autoral de Pereira Álvarez se sitúa en 1939, hay que señalar que desde 1918 la investigadora ( siendo aún estudiante) ya escribía artículos para la Academia de Medicina de Venezuela, tal como lo anuncia en un carta dirigida a la señora Howe, con motivo de su premio por segundo año consecutivo del Latin American Fellowship que otorgaba la universidad de féminas de Pensilvania. Sin embargo, otras voces femeninas como la de Trina Olavarría De Courlaender ya se habían asomado tímidamente en publicaciones médicas a inicios del siglo XX. Su contribución se refleja en 1915 cuando envió una carta al editor de la *Gaceta Médica de Caracas* para opinar sobre el artículo Estudio Médico Psicológico de Bolívar y Análisis Psiquiátrico de sus Ideas y Actos.  Igual es el caso de María de Lourdes Salom Aponte, quien en 1941 escribió sobre el Tratamiento del Moquillo Canino por Omnadina en la Revista de Medicina Veterinaria y Parasitología, y otro en 1946.  Trabajos que muestran una lenta pero progresiva incorporación de mujeres en el campo científico. Estas presencias configuran una genealogía de la participación femenina que merece ser rescatada y estudiada con mayor profundidad.

Finalmente, es importante reconocer que, en el campo científico, Virginia fue una gran investigadora venezolana. No ejerció la medicina como tal, como lo atestiguan los doctores Seymour De Witt Ludlum y William Drayton , ambos de Filadelfia. Su pasión siempre fue la investigación. Uno de los grandes aportes fue el uso de mercurio en diferentes infecciones mediante la utilización de inyecciones intramusculares, propuesto en algunos casos, en enfermedades intestinales crónicas que parecían incurables. Además realizó estudios de cuarto nivel en medicina interna con el doctor A.C. Morgan, profesor de Posgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania. Sus investigaciones con él se basaron principalmente en enfermedades cardíacas y pulmonares. Además, de manera regular, estuvo trabajando en la clínica ambulatoria genitourinaria de la Universidad Médica de Jefferson, bajo la dirección del Dr. S.W. Jackson. Sus conocimientos en este centro de salud serán muy importantes para el estudio de enfermedades comunes de Hispanoamérica.

En 1921, después de retornar a Venezuela, trabajó en Caracas con su esposo en un proyecto de investigación sobre el tratamiento de la lepra con aceite Chaulmugra. Este procedimiento médico lo había estudiado para tratar a los enfermos de esta enfermedad en el país. Sin embargo, tantas dificultades surgieron que finalmente desistieron del estudio y regresaron a los Estados Unidos. Durante su permanencia en la capital venezolana, Virginia y su esposo Hussey compartieron experiencias con los doctores Aaron Benchetrit , quien fuera director del Leprosorio de Cabo Blanco e impulsor del proyecto; el médico colombiano Juan Francisco Pesticott, Andrés Eloy de la Rosa, entre otros destacados especialistas sobre leproserías.

Aunque debemos dejar en claro que hasta ahora desconocemos toda la obra escrita de Virginia Pereira Álvarez, especialmente en inglés o en francés que pudiera haber publicado en alguna publicación extranjera.

 

Bibliografía consultada
- REQUENA, JAIME (2018). *Estado de la Ciencia y Tecnología en Venezuela: 2017*. *Boletín de la Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales*, Vol. LXXVIII, Nº 1-4, pp. 134-153. 
- REQUENA, JAIME (2021). *Un breve recuento del auge y el ocaso de la investigación científica en Venezuela*. *Prospectiva - Revista científica arbitrada*, Universidad Yacambú, Vol. 2, Nº 1. 
- REQUENA, JAIME (Julio–Diciembre, 2015). "Algo más de un siglo de publicaciones científicas en Venezuela: una revisión bibliométrica”. Conferencia. En el Boletín Antropológico de la Universidad de los Andes. Nº 90, pp. 151-186.
- López Liliana y Ranaudo María Antonieta (2016). Mujeres en Ciencia: Venezuela
sus historias inspiradoras. Caracas: Academia de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales.
-MARTÍNEZ VÁSQUEZ,  EMMAD (2006).La educación de las mujeres en Venezuela (1840-1912). Caracas: Universidad Central de Venezuela.
NÓBREGA,   ENRIQUE   (1998).  La mujer y la medicina en el proceso de modernización: discurso y prácticas de un siglo que se resistía a morir (1870-1930).
-Pereira Álvarez, V., J. Rísquez González y F. Ríos. (1939). “Contribución a la Investigación Experimental de la Leptospira Icterohemorrágica en Venezuela”. Gaceta Médica de Caracas, 47 (21), 424-427.
-Pérez, José Obswaldo (2018). La mujer del escritor. En: Revista Fuego Cotidiano.Online.

 

Seymour De Witt Ludlum (1874 -1956) fue profesor de Psiquiatría en la Facultad de Medicina de Posgrado de la Universidad de Pensilvania; se desempeñó como Médico del Departamento de Psiquiatría en el Hospital General de Filadelfia. Mientras su colega el doctor Drayton había sido jefe del departamento psiquiátrico del Hospital General de Filadelfia desde 1926, neuropsiquiatra en el Tribunal Municipal de Filadelfia desde 1922 y profesor asociado de neuropsiquiatría en la Escuela de Posgrado de Medicina de la Universidad de Pensilvania.

Aaron Benchetrit (1886–1967), médico y dirigente gremial.  Nacido en Tetuán, Marruecos español, Benchetrit pasó su infancia en Caracas y estudió medicina en París y Caracas. Fue director médico y administrador de las Leproserías de Venezuela (1921-26).  En 1927 se trasladó a Bogotá, Colombia, donde estuvo a cargo de todos los casos de lepra en el país desde 1927 a 1935 y dirigió muchas investigaciones científicas sobre esta aflicción conocida también como enfermedad de Hansen.  Publicó varias obras médicas, entre ellas Disertaciones de un estudiante de medicina (1917), La epidemia febril de Caracas (1919), Nuevas disertaciones (1921),  Disertaciones acerca de la lepra (1922) y La pandemia del año 1918 en Venezuela (1954). También escribió sobre el sionismo en Disertaciones acerca del sionismo.  Benchetrit fue presidente del Centro Israelita de Bogotá y fue presidente de la Federación Sionista de Colombia, 1943-44. Durante la pandemia de gripe española en Caracas, recomendaba tratamientos con aceite de ricino y desaconsejaba los antipiréticos. El bibliografo investigador Arturo Álvarez d’ Armas nos recuerda su presencia en el Estado Apure, durante el gobierno de…. quien lo contrató para atender los casos de gripe en esta región llanera.

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