viernes, enero 30, 2026

Miguel Ángel Martínez Meucci: "Una transición sin el pueblo no es factible"

Miguel Ángel Martínez Meucci. | ÁNGEL NAVARRETE


El intelectual exiliado en España es una de las voces más respetadas y escuchadas por el liderazgo democrático del país. Apunta que "una transición a la rusa no sería la transición que Venezuela espera"


Por: Redacción Fuego Cotidiano

MADRID. – En el complejo tablero del exilio venezolano en España, la voz de Miguel Ángel Martínez Meucci resuena con una autoridad forjada entre la academia y el análisis estratégico. El politólogo, consultado frecuentemente por el liderazgo democrático, ha lanzado una advertencia clara en una reciente entrevista concedida al diario El Mundo: cualquier intento de cambio político que ignore la voluntad popular está condenado al fracaso.

Para Martínez Meucci, la legitimidad de origen y el respaldo social no son accesorios, sino el motor indispensable de un cambio real. "Una transición sin el pueblo no es factible", sentenció, subrayando que la presión interna es el contrapeso necesario frente a un sistema que busca perpetuarse.

El riesgo del "Modelo Ruso"

Uno de los puntos más agudos de su intervención fue la comparación con procesos históricos de apertura fallida o controlada por las élites. El intelectual fue enfático al señalar que los venezolanos no buscan un cambio cosmético que mantenga las estructuras de poder intactas bajo un nuevo rostro.

"Una transición a la rusa no sería la transición que Venezuela espera", afirmó el politólogo.

Con esto, Meucci advierte sobre el peligro de una "liberalización autocrática" o un reparto de cuotas entre cúpulas (políticas y económicas) que deje de lado la reinstitucionalización democrática y la justicia.

Las claves del análisis

Según el análisis de Martínez Meucci, el escenario venezolano actual se debate entre tres tensiones fundamentales:

  • La legitimidad democrática: El reconocimiento internacional y la fuerza del voto ciudadano.
  • El control fáctico: La resistencia del aparato estatal y militar a ceder espacios.
  • El factor social: La capacidad de movilización de una población consciente de su rol histórico.

El académico sostiene que el liderazgo debe ser capaz de amalgamar estos factores sin ceder a la tentación de acuerdos a puerta cerrada que sacrifiquen la esencia del mandato popular expresado en las urnas.

Perfil del entrevistado

Miguel Ángel Martínez Meucci es doctor en Conflicto Político y Paz. Se ha consolidado como uno de los teóricos más lúcidos sobre la crisis venezolana, actuando desde el exilio como un puente intelectual para los actores que buscan una hoja de ruta hacia la redemocratización.

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miércoles, enero 28, 2026

Marco Rubio y la arquitectura de la transición venezolana

Crucial intervención de Marco Rubio frente al Senado de Estados Unidos sobre Venezuela | Jonathan Ernst (REUTERS)


El esquema es nítido: trabajar con lo que queda del chavismo en el poder formal (Delcy y Jorge Rodríguez, fundamentalmente), pero no bajo ninguna lógica de alianza ni de co-gobierno. Se trata de cooperación bajo tutela. Una relación vertical, no horizontal.


Por Walter Molina @WalterVMG

A estas alturas, no parece exagerado afirmar que no existe, dentro de la administración estadounidense (y probablemente en buena parte del sistema político internacional), un dirigente con mayor claridad conceptual, histórica y estratégica sobre lo que ocurre en Venezuela que el secretario de Estado Marco Rubio. No se trata solo de conocimiento técnico o de acumulación de información: Rubio entiende la naturaleza del chavismo. Entiende su lógica de poder, su condición criminal, su entramado internacional y, sobre todo, el tipo de respuestas que una tiranía como la chavista exige para ser efectivamente desmontada.

Rubio sabe lo que es la barbarie chavista. Sabe cuál ha sido el tamaño de su destrucción institucional, económica y moral. Sabe de sus alianzas con autocracias extrahemisféricas, con redes de narcotráfico y con organizaciones terroristas. Y sabe, también, que ponerle fin no es el resultado de un gesto único ni de una solución mágica, sino de una secuencia de acciones, de etapas claramente diferenciadas y de un tiempo prudencial que combine presión, control y conducción política. Pero sabe algo aún más importante: que no hay salida posible que no implique el fin definitivo de la tiranía.

Ese punto, central e innegociable, ya fue decidido por los venezolanos. En las urnas, cuando derrotaron a Nicolás Maduro en julio de 2024. Pero también, y quizá con mayor profundidad, en la vida cotidiana, en las conversaciones familiares, en el exilio forzado, en el miedo acumulado y en el rechazo masivo a un régimen que convirtió al país en una plataforma criminal. Rubio parte de ese dato: el chavismo no gobierna por consenso ni por hegemonía ideológica, sino por coerción, miedo y corrupción.

No es casual, entonces, que en su comparecencia ante el Comité de Relaciones Exteriores del Senado haya sido tan explícito al describir al régimen: un Estado capturado por un narcotraficante acusado, convertido en base de operaciones de Irán, socio estratégico de Rusia, proveedor de petróleo barato para China y articulador regional de grupos como las FARC y el ELN. No en un rincón remoto del mundo, sino en pleno hemisferio occidental. Lo que presentó, en esencia, fue una hoja de ruta. Todavía incompleta (han pasado apenas 25 días desde la captura y extracción de Nicolás Maduro y Cilia Flores), pero suficientemente clara como para entender la arquitectura general del proceso en marcha.

El esquema es nítido: trabajar con lo que queda del chavismo en el poder formal (Delcy y Jorge Rodríguez, fundamentalmente), pero no bajo ninguna lógica de alianza ni de co-gobierno. Se trata de cooperación bajo tutela. Una relación vertical, no horizontal. No hay negociación entre pares, sino exigencias concretas que deben cumplirse. Desde la política energética y el desmontaje del marco socialista heredado de Chávez, hasta la liberación total de los presos políticos, que el propio Rubio estima en alrededor de dos mil personas.

Aquí hay un punto clave: el chavismo residual es obligado a administrarse a sí mismo en su propia demolición. Debe desmantelar su entramado criminal, romper con sus alianzas internacionales tóxicas, colaborar en la neutralización de grupos narcoterroristas —propios y extranjeros— y, al mismo tiempo, desmontar el aparato de terror interno que sostuvo al régimen durante años. Todo ello bajo supervisión externa y con evaluación permanente basada en hechos, no en discursos.

La llamada fase de “estabilización” no es solo humanitaria. Es también, y sobre todo, una fase de seguridad. Por eso Rubio insiste en la necesidad de presencia estadounidense en el terreno: reapertura de la embajada, despliegue diplomático y cooperación directa con agencias de inteligencia y seguridad. No como ocupación, sino como garantía de control del proceso. Nada de esto es improvisado. Nada de esto es simbólico.

En paralelo, se establece un mecanismo financiero transitorio que busca evitar la repetición del saqueo sistemático de la renta petrolera. Los ingresos no quedan a discreción de la cleptocracia chavista, sino que pasan por cuentas controladas, primero en Qatar y luego en el Departamento del Tesoro estadounidense. El uso de esos fondos está estrictamente condicionado a gastos previamente aprobados: salud, insumos, equipos, atención básica. Es un esquema de corto plazo que apunta a cubrir urgencias sin financiar corrupción.

No se trata de un “Plan Marshall” para Venezuela. No hace falta. El dinero existe. Los recursos están ahí. El problema histórico no fue la falta de riqueza, sino su administración criminal. Esta vez, el control es externo, la rendición de cuentas es obligatoria y la discrecionalidad quedó atrás.

Todo este proceso tiene un horizonte claro: la transición democrática. No hay, todavía, una fecha cerrada. Y es lógico que no la haya. Las transición, para que sea realmente democrática, requieren condiciones mínimas: liberación total de presos políticos, apertura del espacio público, garantías para la oposición, seguridad jurídica y presencia institucional efectiva. Rubio fue claro: hoy no hay condiciones para elecciones. Pero el objetivo final es ese.

Y aquí aparece otro elemento central de su lectura: el liderazgo. Rubio sabe, porque lo ha visto durante años, que existe una líder indiscutible del proceso democrático venezolano: María Corina Machado. No solo la conoce; la ha respaldado de manera explícita, al punto de haberla postulado al Premio Nobel de la Paz, que ganó. Sabe que representa algo más profundo que una candidatura: representa una ruptura ética, una coherencia política y una conexión real con la sociedad.

Sabe, también, que la oposición venezolana es diversa. Que incluye a antiguos chavistas desencantados, a demócratas de larga data y a una diáspora que debe ser parte del proceso. De ahí su insistencia en una reconciliación nacional auténtica, no impuesta, donde todos los sectores estén representados. Pero también sabe distinguir lo accesorio de lo indispensable: Delcy puede ser funcional por un tiempo corto; María Corina es estructural.

Hay, además, un mensaje que Rubio repite y que conviene subrayar: la reconstrucción de Venezuela es, en última instancia, tarea de los venezolanos. Estados Unidos ayuda (y ayuda porque le conviene geopolíticamente), pero no reemplaza a la sociedad venezolana ni a su liderazgo democrático.

Mientras escribía este texto, María Corina Machado está reunida con Marco Rubio. Probablemente hablando del plan de reconstrucción, pero también —y quizás sobre todo— del regreso al país, del acompañamiento a los familiares de los presos políticos y del rol que le toca jugar al frente del mayor movimiento social de liberación que haya conocido Venezuela. Ella es la garantía. Lo saben. Por eso la protegen, aunque para algunos propagandistas se trata de otra cosa (ya saben, esos que antes decían que todo era “humo”).

Porque a esta altura ya es evidente para todos los actores relevantes: Rubio lo sabe, Trump lo sabe, y el mundo lo empieza a asumir. El chavismo residual puede ser útil durante una transición controlada. Pero la Venezuela libre, próspera y democrática que viene solo es imaginable con María Corina Machado al frente.

Walter Molina es politólogo y analista venezolano

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lunes, enero 26, 2026

Yolanda Segnini: una vida consagrada a la historia cultural y a la comprensión crítica del siglo XX venezolano

IMAGEN Yolanda Segnini, fallecida el 25 de enero, en la ciudad de Madrid, España, |


La muerte de Yolanda Segnini deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado sólido: una obra que seguirá orientando debates, inspirando investigaciones


Por José Obswaldo Pérez

El fallecimiento de Yolanda Segnini, ocurrido el 25 de enero, en la ciudad de Madrid, España, representa una pérdida profunda para la historiografía venezolana y para quienes, desde la investigación, la docencia y la gestión cultural, han encontrado en su obra un punto de referencia indispensable. Segnini dedicó su vida intelectual al estudio de la historia cultural, las transformaciones del Estado venezolano y las dinámicas políticas y sociales que marcaron el tránsito entre el gomecismo, el post-gomecismo y la modernización del país a lo largo del siglo XX.

Su trabajo se distinguió por una combinación poco frecuente: rigurosidad documental, sensibilidad interpretativa y una lectura crítica de los procesos históricos que evitaba tanto la simplificación como la épica. En un campo donde abundan los relatos lineales o excesivamente politizados, Segnini apostó por una mirada que integraba archivos, prensa, memorias institucionales, testimonios y análisis comparado. Esa metodología la convirtió en una autora de consulta obligatoria para quienes buscan comprender no solo los hechos, sino también los imaginarios, las tensiones y las continuidades que definieron la vida pública venezolana durante buena parte del siglo pasado.

Su obra sobre el gomecismo y el post-gomecismo —etapas decisivas para entender la formación del Estado moderno, la consolidación de las élites políticas y la reconfiguración de la esfera pública— se transformó en bibliografía esencial en universidades, centros de investigación y programas de posgrado. Segnini logró iluminar zonas poco exploradas: la cultura política del autoritarismo, las redes de poder que sobrevivieron a la caída de Gómez, las formas de sociabilidad que moldearon la vida cotidiana y la lenta, compleja transición hacia un país que aspiraba a la modernidad sin romper del todo con sus herencias.

Quienes la conocieron destacan su vocación docente, su generosidad con las nuevas generaciones y su convicción de que la historia es un bien público que debe ser compartido, discutido y revisado constantemente. Su labor en aulas, seminarios y espacios de formación dejó una huella profunda en estudiantes que hoy continúan líneas de investigación que ella ayudó a abrir.

La muerte de Yolanda Segnini deja un vacío difícil de llenar, pero también un legado sólido: una obra que seguirá orientando debates, inspirando investigaciones y recordándonos que la historia cultural es una herramienta poderosa para comprender cómo se construyen —y se disputan— las identidades colectivas.

Descanse en paz. Que su labor intelectual persista en quienes leen, enseñan y continúan su trabajo.


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domingo, enero 25, 2026

El béisbol en la literatura costumbrista venezolana

La crónica “De Visita”, publicada por Jabino en El Cojo Ilustrado en 1895, marca la primera aparición del beisbol en la literatura venezolana, registrando con humor costumbrista la irrupción de este nuevo deporte y de su vocabulario inglés en la vida cotidiana del país.


IMAGEN Portad de la Revista El Cojo Ilustrado |


Por Javier González

Miguel Mármol (1866-1911), reconocido cronista y agudo observador de la vida cotidiana venezolana, publicó bajo su célebre seudónimo Jabino una serie de textos reunidos en sus “Crónicas Ligeras”, donde dejó testimonio de los cambios sociales y culturales que comenzaban a perfilar el tránsito del país hacia la modernidad. Entre esos escritos destaca “De Visita”, texto que reviste especial importancia por marcar la primera aparición del juego de pelota en la literatura venezolana.

Este significativo debut del beisbol en las letras nacionales se produjo en las páginas de El Cojo Ilustrado, específicamente en su edición del 15 de octubre de 1895. No se trata de un dato menor, pues dicha revista fue una de las publicaciones periódicas más influyentes del movimiento modernista en Hispanoamérica, espacio donde convergían literatura, arte y pensamiento, y desde el cual se registraban las transformaciones culturales del continente.

En “De Visita”, Jabino aborda el beisbol desde una perspectiva satírica, poniendo especial énfasis en la irrupción de los nuevos vocablos de origen inglés asociados al juego. Con fino humor costumbrista, el autor ironiza sobre la pronunciación forzada y la adaptación criolla de términos extranjeros, reflejando así el desconcierto y la curiosidad que despertaba este deporte en una sociedad aún poco familiarizada con él.

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Estos vocablos —strike, foul, pitcher, catcher, entre otros— comenzaban entonces a dar sus primeros pasos en el habla venezolana, inicialmente como elementos exóticos y luego como parte integral del lenguaje popular. La crónica de Jabino no solo documenta la llegada del beisbol como práctica deportiva, sino también como fenómeno cultural y lingüístico, anticipando su futura consolidación como uno de los símbolos más representativos de la identidad nacional.

De este modo, la literatura costumbrista venezolana no solo registró hábitos y tradiciones locales, sino que también supo captar, con ironía y sensibilidad, el impacto de las influencias extranjeras en la vida cotidiana del país, siendo el beisbol uno de los ejemplos más elocuentes de esa transformación cultural.


Javier González es historiador venezolano residenciado en España

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martes, enero 20, 2026

El archivo de las cenizas: la degradación cultural de Venezuela

Venezuela contra la ruina cultural. Cubierta del libro Historieta de Venezuela: de Macuro a Maduro, de Laureano Márquez (texto) y EDO Sanabria (Ilustraciones). |


Lo que el chavismo inició en 1999 con fanfarria de inclusión y soberanía intelectual ha culminado en un desmantelamiento meticuloso, en el que las instituciones no se derrumban con estruendo, sino que se dejan erosionar por la indiferencia presupuestaria, la lealtad ideológica y el éxodo masivo.


Por Consuelo Sáizar de la Fuente

En este enero de 2026, con Nicolás Maduro bajo custodia de la justicia en Nueva York tras su captura por las fuerzas estadounidenses el 3 de enero, y con Delcy Rodríguez como presidenta interina, la política cultural venezolana exhibe más de dos décadas de estragos.

Lo que el chavismo inició en 1999 con fanfarria de inclusión y soberanía intelectual ha culminado en un desmantelamiento meticuloso, en el que las instituciones no se derrumban con estruendo, sino que se dejan erosionar por la indiferencia presupuestaria, la lealtad ideológica y el éxodo masivo. Rodríguez, figura de continuidad más que de ruptura, administra ahora estas ruinas bajo vigilancia externa. Lo que se ha perdido no es solo una política cultural admirable, sino la idea misma de la cultura como espacio de pensamiento.

De la promesa de inclusión al control del sentido

La llegada al poder de Hugo Chávez inauguró un relato de redención simbólica que sedujo tanto dentro como fuera del país. La cultura debía volver al pueblo, liberarse de supuestos intermediarios elitistas y ponerse al servicio de una nueva épica nacional. En nombre de la inclusión, se redefinieron los contenidos; en nombre de la soberanía, se estrecharon las conversaciones; en nombre del pueblo, se decretó la sospecha contra cualquier forma de autonomía intelectual.

El chavismo no concibió la cultura como un campo de conflicto productivo, sino como pedagogía de la unanimidad. No necesitó prohibir libros ni cerrar museos: bastó con saturar el espacio público de consignas, festivales y celebraciones donde el entusiasmo sustituyó al criterio. La política cultural aprendió que es más eficaz reemplazar que censurar, orientar que prohibir, administrar que discutir. No se trató de errores aislados ni de incompetencias circunstanciales, sino de una transformación deliberada del lugar que la cultura ocupaba en la vida pública. Dejó de ser un espacio de interrogación para convertirse en un dispositivo de legitimación.

Monte Ávila: la neutralización sin escándalo

Durante décadas, Monte Ávila Editores fue una anomalía virtuosa en América Latina. Fundada en 1968, cuando Venezuela todavía se permitía el lujo de una editorial estatal con estándares internacionales, publicó miles de títulos que tejieron el mapa intelectual del continente. Monte Ávila no buscaba unanimidad; buscaba conversación.

Monte Ávila no ha sido cerrada. Hubiera sido demasiado evidente. Optaron por algo más eficaz: la asfixia progresiva. Presupuestos recortados, distribución internacional colapsada, editores profesionales sustituidos por operadores administrativos. La hiperinflación, la precariedad logística y la emigración masiva aceleraron la agonía. Hoy, Monte Ávila sobrevive como nombre institucional y presencia episódica en ferias como la FILVEN, donde reediciones obsoletas y tirajes mínimos simulan vitalidad. El rasgo distintivo del autoritarismo cultural contemporáneo no es la hoguera, sino el abandono. Monte Ávila ilustra la neutralización perfecta: mantener la marca mientras se vacía la función.

Biblioteca Ayacucho: el canon convertido en museo

La Biblioteca Ayacucho, fundada en 1974, fue una de las empresas culturales más ambiciosas de la Venezuela moderna. No pretendía exhibir grandezas nacionales, sino construir una hipótesis de lectura latinoamericana. Ayacucho no era un altar patrimonial: era una arquitectura intelectual pensada para el debate.

Su destino fue más elegante y más cruel que la censura. Más que destruirla directamente, se desvirtuó su catálogo. Interrupciones en las reediciones, ausencia de actualización crítica, digitalizaciones sin proyecto. La colección que había servido para leer críticamente América Latina quedó reducida a testimonio de un ambicioso proyecto intelectual de lectura latinoamericana.

El Premio Rómulo Gallegos: prestigio en retirada

Durante décadas, el Premio Rómulo Gallegos fue uno de los pocos galardones latinoamericanos capaces de imponer criterios. Ganar el Premio Rómulo Gallegos significaba ingresar a una conversación continental sobre la novela y su tiempo. No otorgaba solo dinero o visibilidad: confería autoridad simbólica y prestigio inobjetable.

Fue fundamental en la creación del boom latinoamericano (Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes lo obtuvieron), y Caracas se convirtió, en gran medida gracias a ese premio, en una capital literaria reconocida. Ese capital se erosionó lentamente. Jurados previsibles, politización del entorno institucional, entregas irregulares, pérdida de resonancia internacional. Desde 2020, el premio dejó de marcar la agenda. No generó escándalo ni entusiasmo: generó algo más degradante, la indiferencia. No es que el Rómulo Gallegos haya dejado de existir. Ha dejado de significar.

Del carisma al agotamiento: la fase Maduro

Con Maduro, el proceso entró en su fase terminal. El colapso económico, la precariedad institucional y la migración masiva vaciaron la cultura de interlocutores internos. Las instituciones siguieron existiendo, pero eran oficinas conmemorativas, sostenidas por la costumbre y la retórica.

La consecuencia más significativa fue la diáspora intelectual. Se publicaron libros, se fundaron editoriales independientes, se crearon revistas y plataformas. Todo ello ocurrió al margen —y a pesar— de la política cultural oficial. Venezuela no dejó de producir cultura; abandonó la tradición que la distinguía.

Las cátedras: prestigio sin interlocución

Las cátedras Simón Bolívar y Andrés Bello nacieron como apuestas estratégicas: Venezuela decidió ocupar espacios de producción de conocimiento en universidades que definen agendas intelectuales globales. Cambridge y Oxford no son vitrinas; son nodos de interlocución.

Ese diseño exigía continuidad, autonomía y una articulación cultural que las alimentara desde Caracas. Lo que ocurrió tampoco fue su clausura formal, sino su desconexión. Sobreviven por la solidez institucional británica, por el gran fondo con que el gobierno venezolano las dotó al fundarlas y por inercia académica, no por una política cultural venezolana consciente. El país que financió pensamiento crítico global perdió la capacidad de incidir en la conversación que lo interpreta.

La persistencia de la mirada

Y, sin embargo, la cultura no desaparece. Se desplaza. Vive en la negativa a aceptar que la cultura sea apéndice del poder. Reconstruir la política cultural venezolana no será un acto solemne ni un decreto bien redactado. El futuro cultural de Venezuela no está en la restauración nostálgica ni en la propaganda renovada. Está en rescatar, con lucidez y sin concesiones, la idea de que la cultura no es un instrumento del Estado, sino su conciencia más incómoda.

Consuelo Sáizar de la Fuente es sociólogo, profesora de la Universidad Panamericana de México.

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