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La crisis de Perijá: momento crucial para la resistencia indígena.

Sé que me toca comprobar lo aquí afirmado y no dudo en aceptar el reto. Luego de más de un decenio de gobierno bolivariano estamos encarando la casi desaparición –ojalá no se trate de la extinción total– de otra cultura de raíz karibe, orgullosa de atesorar una espada del libertador Simón Bolívar. Se trata del pueblo mapoyo, víctima no precisamente de una fatalidad sino del abandono total e injustificable por todos los organismos del Estado, tanto a nivel local como regional y nacional.


Representantes indígenas proponen alternativas para la demarcación de tierras

por Esteban Emilio Mosonyi
Ante todo vayan mis saludos a todos los hermanos y hermanas indígenas y aliados de la causa. Como siempre, es un placer para mí compartir esta importante Reunión, pero tengo que agregar que ese júbilo se ve opacado, adquiere un carácter dramático, ante la serie de circunstancias nada favorables que estamos enfrentando. En principio, nos congrega la lectura y primera discusión pública de un Documento elaborado por el grupo de trabajo aquí presente –constituido por indígenas y aliados– con destino al señor Presidente de la República a través del Vicepresidente Ejecutivo Dr. Elías Jaua. Éste nos recibió amablemente en su residencia, prometiendo actuar a manera de portavoz de nuestros planteamientos que, lejos de ser compulsivos o impositivos, sólo pretendían abrir un debate, presentar nuevas alternativas, “destrancar el juego” en relación con lo que sucede en Perijá y sus pueblos indígenas, especialmente el yukpa. El Documento incluye una serie de aspectos referentes a las políticas indígenas vigentes en el país, cuya ejecución y procesamiento parecen distar cada vez más de lo aprobado y configurado en la Constitución Bolivariana y las Leyes de la República. Creímos en ese momento que se nos abría una pequeña vía de acceso al replanteamiento de los derechos y deberes, tanto del Estado como de los pueblos indígenas y de los demás ciudadanos del país, en lo concerniente a nuestro destino histórico como nación multiétnica, pluricultural y plurilingüe, ya desde antes del comienzo del presente milenio.

A partir de esa fecha han pasado varias semanas; lo importante no es cuantificarlas sino asumir que no ha habido respuesta alguna y sabemos que no la habrá por los canales regulares. Esto parece bastante grave, ya que se está perdiendo una excelente oportunidad para discutir y aun para rectificar muchas cosas, ante una situación que es más delicada de lo que aparenta ser a primera vista. Está en juego el futuro de Perijá, mas también el porvenir de todos los pueblos y comunidades indígenas que por fortuna siguen existiendo en el país; junto con el de los respectivos ecosistemas, es decir, la totalidad del ambiente que los sustenta y que a la vez son sustentados por dichas sociedades milenarias, reconocidas en el papel pero no en la práctica. En efecto, el pueblo yukpa –entre tantos otros– corre un serio peligro de ser víctima de un etnocidio largamente anunciado. Aún no se le reconocen las tierras ancestrales –ya perdidas en un 90%– ni la jurisdicción indígena, ni la especificidad de su cultura, ni el uso público de su idioma y –a modo de corolario– tampoco su derecho a una razonable autonomía de su organización sociopolítica. Se le ha encasquetado un conjunto de Consejos Comunales completamente eurocéntricos y centralizados en la Capital de la República, inclusive en el aspecto financiero. Este nuevo “modelo” nada tiene que ver con el avanzado articulado de nuestra Constitución Bolivariana. Tampoco refleja, en modo alguno, los centenares de años de resistencia indígena hecha operativa a partir de mediados del siglo pasado. Desde allí sirvió de trasfondo ideológico fundamental al actual proceso revolucionario bolivariano aunque –como todo lo indígena– hoy esté sumergido en el olvido, frente a una amenaza de regresión al ya inoperante Socialismo Real del Siglo XX. Ahora nuestros pueblos originarios, en lugar de proporcionar insumos novedosos a una inédita realidad sociopolítica, parecen nuevamente sentenciados a recibir más de lo mismo: un enlatado decimonónico dirigido a suprimir de manera definitiva cualquier rasgo de especificidad y originalidad que les quedan a estos pueblos, al cabo de quinientos años de opresión y exterminio.

Sé que me toca comprobar lo aquí afirmado y no dudo en aceptar el reto. Luego de más de un decenio de gobierno bolivariano estamos encarando la casi desaparición –ojalá no se trate de la extinción total– de otra cultura de raíz karibe, orgullosa de atesorar una espada del libertador Simón Bolívar. Se trata del pueblo mapoyo, víctima no precisamente de una fatalidad sino del abandono total e injustificable por todos los organismos del Estado, tanto a nivel local como regional y nacional. Sería cansón recapitular las múltiples diligencias hechas por ellos mismos y algunos buenos aliados y aliadas, que en ningún momento fueron atendidas ni ha habido un interés verdadero en evitar la disolución sociocultural de uno de los pueblos emblemáticos del sur venezolano. Los mapoyo nunca recuperaron sus tierras –por el contrario todavía las siguen perdiendo– se hizo caso omiso de sus solicitudes por una verdadera Educación Intercultural Bilingüe y un plan compartido de recuperación lingüística y cultural. Pero el tiro de gracia que está acabando con su identidad y existencia como pueblo es haberlos obligado a sustituir su organización tradicional y autoridades legítimas por un Consejo Comunal de naturaleza idéntica a cualquiera que hallamos en el resto del país; vale decir, en nuestras ciudades y en el campo criollizado. Se trata de un golpe mortal a nuestra sociodiversidad y la vigencia de las sociedades indígenas que hacen vida en el país; especialmente si nos percatamos que el mismo recetario oficial se viene aplicando a todas y cada una de nuestras comunidades originarias, tal como sucede en Perijá. Hasta se pretende acelerar el proceso al propiciar enfrentamientos en el seno de las mismas, con pueblos indígenas vecinos y con el mundo no indígena, mucho más fuerte y evidentemente privilegiado por las autoridades civiles y militares del país, al igual que en los tiempos pre-revolucionarios.

No es difícil aducir múltiples explicaciones pero en este momento hay una que trasciende a todas las demás: el ansia febril de explotar al máximo los mal llamados recursos madereros y mineros del país y dedicar a diferentes monocultivos las extensiones obtenidas mediante la deforestación, de manera idéntica a lo que ocurre en otros países del Continente y fuera de él. Ante la acumulación atosigante de planes de esta índole desaparece toda posibilidad de alegar la existencia de modelos alternativos verdaderamente sostenibles como son los indígenas, afrodescendientes y campesinos tradicionales. Permítaseme agregar un inciso tomado de la rica cosmovisión yukpa, algunos de cuyos relatos fundantes recoge el profesor de lingüística Raimundo Medina (LUZ), con la colaboración de múltiples hablantes de este idioma karibe en la publicación “Relatos en la lengua yukpa”. El libro abunda en referencias al mundo natural contemplado a través de la conocida espiritualidad indígena con títulos tales como El diluvio, El pájaro carpintero, El sapo y el espíritu, La piedra brava. Me llamó la atención de modo especial el mito La Hija del Agua (Kuna Wüsünü) que comienza con el trozo siguiente:

Hace tiempo, una mujer ya casada y con hijos se enamoró del agua. Cuentan nuestros antepasados que la mujer siempre iba a buscar agua en el caño, y allí conoció al hombre agua, siempre iba al caño, todos los días, para estar con él y para hacer el amor con él. Cada vez que los vecinos, amigos o cualquier mujer del pueblo iban en busca de agua, ella se ofrecía a hacerlo.

Kasenopa Kumarko wooripa sano pena tücharchano etperat yüwüshnu yüpo. Nopapotkana Kuna, kunatka küpap yoman nikitanak satkanak kasüi or wooripa Kunan tisini. Owaya ikmihpia penarat oirano topo sayuwisha or Kuna yütawo kunatnatka ütütannak penarat ortüsurko Kuna sapüipo. Satainak wooripape Kuna isi penarat or chawurkokar imana itap kayishikoprak awür tosia.

Por el lado que la veamos, no puede ponerse en duda la orientación panteísta y participativa en lo telúrico y cósmico de la cultura yukpa. No obstante, todo conspira contra el mundo indígena, negándole la reivindicación y reconocimiento de sus tierras ancestrales o adquiridas. Se coloca en entredicho la factibilidad misma de un Estado sociodiverso, tal como lo establece no solamente la Constitución sino un amplio cuerpo legislativo y normativo. Si este fuese tan solo mediana o parcialmente aplicado, habría fomentado un vigoroso fortalecimiento de esta nueva Venezuela configurada a comienzos de esta década; en la cual no solamente los pueblos indígenas sino numerosos ciudadanos y ciudadanas revolucionarios y progresistas cifraban sus esperanzas, que poco a poco se nos han ido esfumando, quizás para no volver.

Con este diagnóstico de talante no muy optimista surge inmediatamente la pregunta obligada de qué hacer frente a una situación y una coyuntura realmente hostiles, muy preocupantes y contrarias a las más modestas expectativas. Lo fácil y sencillo sería rendirnos, aceptar la derrota como inevitable ante algo que superaría nuestras fuerzas. Sírvanos de alivio que esto no va a ocurrir, comenzando por el hecho de que el mundo indígena, capaz de resistir durante medio milenio, tampoco esta vez se dejará acallar y apabullar sin dar la pelea oportuna y contundente. Nuestras mejores armas serán la Constitución y las Leyes que continúan favoreciéndonos ampliamente. Sin embargo, hace poco salió el anticonstitucional Decreto Nº 7.855 referente a la reestructuración y reorganización de la Comisión Nacional de Demarcación de Hábitat y Tierras Indígenas, superficialmente modificado por el Decreto Nº 5.274. Estos han sido rechazados por la casi totalidad de los movimientos indígenas del país, mediante documentos hechos con una pericia jurídica incuestionable. Sucede que la nueva normativa, además de reducir al mínimo la participación y disminuir la capacidad decisoria de los pueblos indígenas, contiene una serie de previsiones burocráticas que alargarían por varios años la mera posibilidad de hacer las demarcaciones como tales y dificultarían la articulación consensuada entre las partes involucradas. Para todo fin práctico, se nos sitúa ante un aplazamiento ad infinitum de cualquier solución viable y, sobre todo, aceptable para los pueblos indígenas, además de enmarcada en la Constitución Bolivariana. Ahora bien, el rechazo categórico de este instrumento jurídico no es sino un buen comienzo, del cual derivan numerosas y variadas acciones que habrán de emprenderse con visión estratégica y en forma ordenada.

Afortunadamente, en esta oportunidad los pueblos indígenas y sus legítimas organizaciones actúan al unísono y no se encuentran solas. Contamos –lo digo como aliado– con virtualmente todos los movimientos progresistas y revolucionarios de la Patria, con proyección creciente hacia el resto de América y más allá en el mundo. Tendremos a nuestro favor a los demás pueblos indígenas y afrodescendientes; a los obreros, campesinos, estudiantes y profesionales que han seguido de cerca este proceso; a todas las organizaciones verdaderamente comprometidas, hace más de medio siglo, con las justas reivindicaciones de los pueblos originarios y otros sectores oprimidos. La marcha general de la historia en las últimas décadas favorece ampliamente a los pueblos sometidos, mas también a la mega diversidad ambiental, cultural y lingüística: es difícil ir contra esta tendencia arrolladora. Queremos añadir que los pueblos indígenas si han cumplido con el sagrado compromiso histórico de apoyar estas transformaciones y participar en ellas a plenitud. Pero la Revolución Bolivariana está en deuda con ellos, por lo que le toca rectificar con sinceridad, honestidad, humildad y en el menor lapso posible. En los panteones indígenas y africanos los Dioses y Diosas, lejos de ser perfectos, se equivocan a cada rato, echan bromas por doquier, están sujetos a todas las debilidades, cometen errores y horrores de toda laya. Con todo, son respetados y queridos por sus pueblos, porque saben rectificar a tiempo y sostener en equilibrio sus obras y creaciones; al contrario de algunos humanos que se empecinan en sus fallas y terminan precipitándose al abismo. Esta es otra gran lección que los pueblos no occidentales están en capacidad de seguir confiriendo a nuestros procesos transformadores, llenos de buenas intenciones pero lamentablemente a veces frágiles a la hora de concretar su acción e incidencia en la práctica y el vivir cotidianos. Para finalizar este breve exordio imploro y apelo al buen sentido de todos nosotros, a nuestra voluntad de perfeccionar lo realizable, a unirnos a esa espiritualidad trascendente que nos une a todos y todas y en la que juega un rol tan importante la presencia definitiva e imborrable del mundo indígena, dignamente representado en este Encuentro.

Parlamento Latinoamericano
Caracas, 2 de junio de 2011


Esteban Emilio Mosonyi es profesor de Antropología en la Facultad de Ciencias Económicas y Sociales UCV,  asesor de la Coordinación Intercultural de Salud con Pueblos Indígenas (Cispi) del Ministerio de Salud y Desarrollo Social.

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