lunes, septiembre 17, 2007

Microbiografías/DOCTOR JOSÉ MARÍA GRATEROL MATUTE

Por José Obswaldo Pérez

Medico nativo de Ortiz, nació en 1841, en el seno de una modesta familia integrada por el ganadero don Gabriel Graterol[1] y doña Ynes María Matute[2]. Es bueno resaltar que el apellido Graterol está muy ligado con los primeros fundadores del pueblo de Ortiz, cuyo nombre desciende de conquistadores europeos provenientes de Venecia, Italia[3].

Entre sus hermanos cuentan: Ramón, Grabiel, Merced y Julia. Julia nació en 1838 y casó con Pedro R Borrego; Merced nació en 1836 y casó con Pedro Isaac Loreto Barrios; Grabiel nació en 1825, fue Presidente del Concejo Municipal de Ortiz en 1876 y Juez Departamental de la Parroquia Santa Rosa de Lima de Ortiz en 1886, casó con doña Emilia Marrón Matute y Ramón nació en 1840 y casó con doña Vicenta Díaz Padrón el 22 Octubre de 1882. Ramón Graterol fue un hombre distinguido de la sociedad orticeña y rico ganadero, con propiedades en Guardatinajas, donde falleció en diciembre de 1885. Sobre Don Ramón Graterol, el periodista Ricardo Núñez Gómez escribió que era un "individuo connotado de esta sociedad y hombre incasable en las tareas del Llano, que en breve tiempo le produjeron una fortuna; cuando comenzaba a emplearla en la educación de sus hijos, la muerte le priva de tan delicada labor..." [4]

José María Graterol curso estudios en medicina y se gradúo en la antigua universidad de Caracas (Hoy Universidad Central de Venezuela), el 22 de Octubre de 1864. Luego volvió a Ortiz y se casó con Obdulia Hernández Hernández[5] en 1865. Del matrimonio nacieron varios hijos, entre ellos: Julia de la Trinidad, quien murió muy joven el 3 de octubre de 1886 y José María, también fallecido a los 9 años.

El doctor José María Graterol fue designado médico residente de Ortiz por el ministerio de Relaciones Interiores el 15 de julio de 1879, a los fines de atender a los enfermos de paludismo, asignándosele una remuneración de 100 bolívares. Graterol responde a su postulación con una carta el 19 de julio de ese año, a la secretaría del Ministerio del Interior, aceptando "gustosamente" el cargo y agrega que parte de su salario como médico se lo cedía "... al socorro y alivio de la parte menesterosa de esta población[6].

Debido a la crisis palúdica que vivía en ese momento Ortiz, el presidente del Guárico, el general José Antonio Bravo y el ministerio de Relaciones Interiores tratan de paliar la situación con una serie de medidas como proporcionarles a la beneficencia pública la cantidad de 400 bolívares, a cargo de una junta respetable. Asimismo, el gobierno nacional destinó recursos para el "ensanche" del viejo cementerio[7].

Graterol fue un hombre muy culto, cultivo la poesía, enseñó a jóvenes y ejerció el periodismo en Ortiz. Fue director del El Eco del Guárico, periódico que comenzó a editarse en junio de 1875. Se trató una publicación de interés político-literaria y fueron sus redactores Manuel Alvarado y el general José Ramón Núñez[8]. El Eco de Guárico había sido fundado para postular la candidatura del general Joaquín Crespo Torres a la presidencia de la República, así como para difundir ideas y acciones del gobierno hacia los grupos de intelectuales y sectores populares.

El doctor José María Graterol murió en su pueblo natal el 15 de septiembre de 1891. Fue, en esencia, una de las preclaras figuras de la historia local orticeña.

NOTAS

[1] Nació en Ortiz en 1799. Casó en 1824 con Ynes María Matute. Fue designado el 3 de noviembre de 1858 Jefe Municipal de Ortiz.
[2] Ynes María Matute fue hija de Luís Matute, nativo de San Nicolás de Paya. Nació 1805 y falleció el 22 Oct ubre 1882
[3] VANNINI DE GERULEWCZ, MARISA (1980): Italia y los italianos en la historia y en la cultura de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Biblioteca, UCV.
[4] El Progreso, Calabozo, Diciembre de 1885
[5] Nació en 1850 y falleció el 16 de octubre de 1895.
[6] Archivo General de la Nación. Interior y Justicia. t. CMXCV.f.142
[7] BOTELLO, OLMAN (1994): Para la Historia de Ortiz. Ortiz: Publicaciones de la Alcaldía
[8] PEREZ A, JOSÉ O (1987, 15 Septiembre): El periodismo en Ortiz. San Juan de los Morros: El Nacionalista, p.21
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sábado, septiembre 15, 2007

La periodificación de la historiografía en Germán Carrera Damas

La conciencia historiográfica se ha desarrollado en la acción de armar todo un tinglado esquemático para domar las corrientes del río de la historia, para atenuar su paso y recuperar, por descarte, los hechos significativos y con ello la esencia de los mismos. Por eso al fluir histórico se le ha canalizado generalmente dentro del discurso historiográfico en la espiral modélica de los ciclos y los períodos.

por Jeroh Juan Montilla

EL FLUIR DE LA CONCIENCIA HISTORIOGRAFÍA

La historia es el fluir de la conciencia de quienes la escriben, la escritura histórica es el espejo verbal de la mente disciplinar que la concibe. Una cosa es la historia y su caos fáctico y otra la conciencia que le da orden a ese amasijo de acontecimientos humanos. La razón humana es intrínsecamente sucesiva, por lo tanto, la historia vaciada en los libros fluye también en la horma de lo continuo, en ese incesante río donde según Heráclito, no podemos bañarnos por segunda vez en las mismas aguas. Ese río por un ardid de la misma conciencia pasa a convertirse en una representación del tiempo, la tríada del pasado, el presente y el futuro. Viéndolo de este modo el hacer historiográfico vendría a ser un acto de rescate en lo temporal, de recuperar lo que se le escapa al hombre en el indetenible cauce del tiempo. Es un acto desesperado por ejercer un dominio humano sobre lo irrecuperable.

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miércoles, septiembre 12, 2007

DESMEMORIADOS*

Por Antonio López Ortega
alopezo@movistar.net.ve


La impresión es la de una cultura que tritura el recuerdo, que no lo asimila, que lo tira al borde de la vía (si es que hay una vía) sin ningún asomo de arrepentimiento. La desmemoria -un término que acuñó con maestría el escritor paraguayo Augusto Boa Bastos— se hace de todos los ánimos y el pasado no es necesario para vivir, pues se vive en la instantaneidad del presente. En este ámbito que se ha impuesto habría que preguntarse honestamente si nociones como las de libertad y de democracia en verdad cuentan para el venezolano de a pie, encantado como parece estarlo con la inmediatez, con la solución práctica de los apuros cotidianos, con la emergencia. En nuestra miseria infinita, atesorada sin clemencia en estos últimos lustros, basta que se ponga un poco más de circulante en la calle para que todas las nociones históricas que han sustentado nuestro modo de vida se sumerjan en una especie de inconsciencia.

La Venezuela pueblerina que recorre Juan Liscano en los años treinta, a la vuelta de sus estudios en Suiza, es fundamentalmente una Venezuela llena de valores, de signos culturales. Puede que haya sido una Venezuela pobre, sin recursos, pero nunca miserable, sino más bien llena de signos vitales. En la literatura folklórica, la imagen recurrente del araguaney como árbol nacional no es para nada azarosa; esconde más bien un sentido profundo de la existencia: florecer en medio de la austeridad. Estar cerca de la tierra, según Liscano, asegura los nutrientes. De allí que nuestras celebraciones rituales o nuestras maravillas musicales sean tan variadas como ricas o complejas: en su mezcla o diversidad reflejan lo que es nuestra cosmovisión profunda. La religiosidad parece ser la impronta mayor de estos cantos y melodías, y este tópico recurrente quizás esconda el muy terrenal afán de trascender, de proyectarse más allá de los tiempos que nos circunscriben.

Pero esta Venezuela rural relatada por Liscano tiene ya poco que ver con la Venezuela mayoritariamente urbana del presente. La pobreza de ayer era al menos una pobreza con valores culturales, con memoria. Pero la pobreza de hoy encaramada en tos cerros o disperse en nuestras barriadas periféricas, no esconde más que desapego, desarraigo, desmemoria. Construir sobre esa base tan disminuida es tarea titánica, pues ni siquiera las nociones básicas de la nacionalidad están aseguradas. Se diría que la parafernalia bolivariana ha sabido morder en la ignorancia y extraer sus réditos sacando a flote el último recurso de la vieja mitología del procerato independentista, del cual el más maltrecho de los venezolanos retiene aunque sea una vaga idea. En el pasado —dice esta conseja— fuimos mejores, y si no los somos ahora es porque alguien nos lo impide.

No tener memoria nos vuelve muy pobres -pobres de recursos— y nos sitúa en la vorágine de la inmediatez. No saber de dónde venimos, qué fuimos, también nos impide comparar. Borrar el pasado extirparlo de las conciencias, es una estrategia que asegura capital político a corto plaza De allí que cualquier ensayo de reconstrucción nacional pase forzosamente por la rehabilitación de la memoria (de la verdadera). En la balanza oscilante que históricamente nos ha situado entre hombres, fuertes y empresas ciudadanas, puede que el cobijo de las primeros convenga para el venezolano de a pie que diariamente cuadra su existencia más orgánica, pero ya vendrá la hora de los ciudadanos, que es la que se construye entre todos, más allá de Mesías o iluminados.
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*Tomado de El Nacional, martes 11 de septiembre de 2007/p 13
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jueves, septiembre 06, 2007

EL NÚCLEO DE LA USR EN VALLE DE LA PASCUA

POR JOSÉ OBSWALDO PÉREZ

Desde la perspectiva de la microhistoria, el historiador vallepascuense Felipe Hernández G nos trae su más reciente trabajo, su ensayo titulado El Núcleo Valle de la Pascua de la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez. Apuntes Históricos (2007, impreso en Valle de la Pascua en los talleres de AC Estampas Llaneras, srl), en el cual aplica el método histórico en el campo de la educación, a partir de la concepción de la historia y del proceso socio-educativo que se sintetiza en la denominada Historia Social, entendida como historia síntesis o historia global, en el cual se plantea abordar el proceso histórico como una totalidad. Esta corriente historiográfica tiene en la obra y enseñanzas de los grandes historiadores franceses Marc Bloch y Lucien Fevbre, fundadores de la llamada Ecole des Annales y en el maestro Pierre Vilar, entre otros, a sus principales propugnadores y en nuestro país, al maestro Federico Brito Figueroa (1996) y sus alumnos como Reinaldo Rojas.

La obra aborda, desde el presente, la historia del núcleo universitario donde se desarrolla el acto pedagógico y se desenvuelven actividades didácticas; asimismo se reseñan a docentes y alumnos en una crónica que busca, desde el entorno escolar, una visión de totalidad, donde se abre una línea de investigación que podría analizarse en su vinculación con lo social. En este sentido, el doctor Felipe Hernández G destaca como su ensayo acerca de El Núcleo Valle de la Pascua se ubica en una Historia Social ya que se trató de hacer una historia global y no meramente institucional del citado instituto de educación superior, tomando en cuenta todos los aspectos estructurales de la sociedad en la que se ha desenvuelto la labor del instituto educativo. Efectivamente, esta investigación de Felipe Hernández G, no sólo reconstruye de manera documental la historia de esta institución, tanto en sus aspectos administrativos y académicos, sino que logra insertar al núcleo de la Universidad Experimental Simón Rodríguez en la sociedad vallepascuese contemporánea , aunque realmente no se trata de un denso trabajo de historia social en el que el autor trabaja aquellos aspectos demográficos, económicos, sociales y culturales que caracterizaron aquella sociedad desde los comienzos del funcionamiento de la institución. Lo social no es tratado, en consecuencia, como un simple escenario, sino como una aproximación sobre la cual se soporta, crece e incide culturalmente la misma institución y los hombres que la componen.

Finalmente, el doctor Felipe Hernández G al historiar El Núcleo Valle de la Pascua sostiene – tal como lo hace en la introducción del texto- que para la realización de esta investigación se partió del análisis histórico bajo el criterio de totalidad por medio de la reconstrucción de la historia de la institución en su contexto geográfico que comprende el llamado Guárico oriental.
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miércoles, septiembre 05, 2007

LA COFRADÍA DEL LIBRO

En un viejo ejemplar del Readers Digest me encontré con esta ciertísima cita: "Una verdadera familia no siempre es carne y sangre de nuestra sangre. Es un estado del corazón." Digo y sostengo entonces que los lazos del espíritu son mas sólidos y perdurables que los lazos de sangre. ............................................................................................................................................. Daniel R Scott Muy sincero, evocador y nostálgico su último correo donde me obsequia el valioso fragmento autobiográfico extraído con ternura de una adolescencia donde el libro era presencia omnipotente que alegraba con sus relatos su existencia juvenil. Esa etapa de su vida fecunda me habla de como sin duda existe entre ambos similitudes y puntos afines que nos convierten en algo así como "parientes espirituales." En el fondo, a todos nos han unido esas similitudes y puntos afines. Es que en ese "Paraíso Perdido" de la infancia y de la adolescencia, ¿quién no leyó a Verne o a Defoe? ¿Quién no bajó al centro de la tierra o viajó a la isla del tesoro? A la lumbre de esos relatos todos éramos hermanos y nos unía una misma fe. Pero luego crecimos, mordimos el fruto del árbol prohibido de las ideologías, padecimos la cruel tiranía de las ideas absolutas y finalmente, ya fuera del Edén, nos constituimos en enemigos irreconciliables. Pero al principio no fue así. Me complace saber pues que cierto tipo de vivencias, lecturas y libros nos unieron alguna vez en una suerte de parentesco. En un viejo ejemplar del Readers Digest me encontré con esta ciertísima cita: "Una verdadera familia no siempre es carne y sangre de nuestra sangre. Es un estado del corazón." Digo y sostengo entonces que los lazos del espíritu son mas sólidos y perdurables que los lazos de sangre.

Por cierto: ¡Cuanto nos hermana la palabra escrita y el buen libro! Mucho más que los vínculos consanguíneos. Como le escribí una vez, yo creo que la invención de la escritura y la existencia del libro fue el supremo e inimitable acto de magia realizado por el hombre. No hay otro invento que se le pueda comparar. Mejor sería decir que el hombre inventa y descubre pero con la escritura hizo magia. Existe algo sobrenatural en el acto de leer y escribir. Gabriel García Márquez decía en sus doce cuentos peregrinos que escribir y narrar era lo mas parecido "a la levitación" y Félix Cortés escribió que "las páginas de un libro son un lugar de cita para dos almas: el autor y el lector." Estoy muy de acuerdo con esta segunda opinión. He allí la magia, he allí lo sobrenatural: la comunión de dos almas que nunca se han visto y quizás nunca se vean. ¿O es que entrar en contacto con un San Agustín o un Kafka, que mucho tiempo hace que abandonaron esta tierra, no es un portento que trasciende los esquemas de lo lógico y lo natural? Y sépalo usted o no amigo mío, desde abril de 1999 nos hemos citado una y otra vez en las páginas de sus libros. Sus libros me son elevadas y bien edificadas torres de tinta y papel sobre cuyas cúspides nos hemos dado cita una y otra vez para conversar animadamente sobre cualquier tema o para contemplar con silencio reflexivo el dilatado, enigmático e intrigante horizonte de lo humano. ¡Que veladas señor! En una de esas citas me dijo que "la política sin ética es mera prostitución" y en otra concluimos esperanzados y con alborozo que "seguir buscando el horizonte es haberlo encontrado ya, porque la meta no está al final del camino, sino que consiste precisamente en seguir caminando y buscando siempre." ¡Oh cuan apetecible y bien aderezada la mesa que comparten autor y lector! Allí nunca falta el añejo vino de la sabiduría ni el nutritivo pan del conocimiento.

En fin, somos hermanos: nos concibió el amor a las letras y el libro es nuestro hogar. ¡Pudiéramos todos alcanzar ese privilegiado estado del corazón! Este mundo sería mejor, habitado por un linaje de príncipes del intelecto. Seriamos eternamente bien nacidos. No andaríamos por allí con la vida inconclusa y dispareja porque el que no lee con pasión y no sorbe de la palabra la sabiduría de los hombres y de los siglos anda exhibiendo a los ojos de todo el mundo una vida a medio construir que nada dice ni de nada sirve. Y eso contiene la palabra escrita: el conocimiento y la sabiduría que el hombre ha venido sembrando y cosechando en su viaje de siglos. En días como los de hoy, cuando campean la intolerancia y los fundamentalismos que amenazan con arrastrarnos a las etapas más primitivas de la evolución humana bueno es gritar el "sin otra patria que los libros" de un Argenis Rodríguez para luego intentar cambiar al mundo con la herramientas que nos ofrece la idea transformadora y humanizante. Pero no la idea que vocifera sus razones desde la punta de una bayoneta sino esa idea que cabalga con la poderosa humildad de un Cristo que hace su entrada triunfal en la ciudad de Jerusalén.

Nota: Carta a Antonio Pérez Esclarín, pedagogo y escritor venezolano. Ha escrito unas cuarentas obras entre las cuales se encuentra su ya conocido libro "Educar Valores y el Valor de Educar"
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