Beatriz se convirtió en un personaje fundamental en la vida cotidiana de Ortiz, |
Allí, en aquella vieja casona, iban los muchachos, hembras y varones, a recibir las primeras letras de manos de doña Beatriz de Rodríguez. Eran jóvenes pálidos, macilentos por los rastros de la pobreza, el paludismo y la fiebre española.
Por José Obswaldo Pérez
Cuando acontece el nacimiento de la maestra Beatriz Rodríguez de Rodríguez, el 21 de junio de 1883, el pueblo de Santa Rosa de Lima de Ortiz había comenzado su declive económico y, por supuesto, humano. Para esa fecha, ya la población había superado el flagelo de la fiebre amarilla, pero el paludismo comenzaba “a secarle las raíces a la ciudad llanera” (Otero Silva, 1975, p. 26), transformando lentamente lo que había sido un lugar de esplendor en una sombra de su propio pasado.
Beatriz nació en un ambiente católico y familiarmente estructurado. Bautizada el 25 de noviembre de 1883, sus padrinos sacramentales fueron su tío Antonio María Rodríguez y doña Teolinda Paúl de Rodríguez. Su nombre honoraba no sólo a su bisabuela Beatriz Rodríguez, casada con Enrique Sierra Matute, sino también a Ramona y Benigna, sus tatarabuelas. Era hija del general Pedro Pablo Rodríguez Moreno, político destacado y miembro de la elite liberal, y de doña Dolores Sierra García de Rodríguez, figuras respetadas en la localidad.
La familia Rodríguez Sierra no sólo se limitaba a los padres; Beatriz contaba con varios hermanos: Consuelo, Froilán Ramón Tiburcio de Las Mercedes, Benigna Natalia, Petra Rafaela y Petra Antonia. Además, tuvo dos hermanos naturales, Tomás Hernández y Antonio Matute (Domingo Silo Rodríguez, 2021, vía electrónica).
La formación escolar de doña Beatriz estuvo marcada por la influencia del presbítero Doctor Juan Bautista Franceschini —un corso de origen francés—, párroco de la Iglesia Parroquial de Ortiz desde 1877 y creador de la escuela para señoritas donde ella estudió. Doña Josefina Del Villar y Beatriz de León, preceptores de época, también fueron importantes en su educación. La maestra Beatriz era ávida lectora, disfrutaba del canto y la poesía; incluso la familia conservó un cuaderno lleno de canciones populares que ella recopiló a puño y letra, hallado en la bodega de su hijo Nicanor.
Su interés por las artes la condujo a participar en el teatro. Con motivo del primer Centenario de Antonio José de Sucre, el Concejo Municipal de Roscio, junto al padre Franceschini, organizó una obra teatral en la que varias jóvenes de la comunidad participaron. Beatriz representó a Colombia, con otras chicas asumiendo roles de países libertarios de Bolívar.
En 1907, a los 24 años, Beatriz contrajo matrimonio con su primo el general Nicanor Arturo Rodríguez Moreno, funcionario público del gomecismo. De este matrimonio nacieron cuatro hijos, aunque la vida les fue esquiva: una niña falleció al nacer y otro, Fernando Antonio, murió poco después de contraer gripe. Sólo Nicanor y Arturo lograron superar enfermedades que devastaban la infancia en esos años difíciles.
Tras el fallecimiento de su esposo en diciembre de 1910—en funciones de prefecto civil de San José de Tiznados—, Beatriz fue designada como maestra de la Escuela Federal Mixta número 34 en 1911. Desde entonces, su figura se alzó como un símbolo de abnegación en la historia contemporánea de Ortiz (Matute, 1971). Miguel Otero Silva la inmortalizó en su novela Casas muertas(1955), bajo el personaje de la señorita Berenice, quien le proporcionó vital información sobre la historia del pueblo. En una narración, su hijo Nicanor recuerda cómo Otero Silva se presentó en su casa buscando relatos del pasado.
El propio escritor admitió que Beatriz fue su entrevistada más valiosa, aportando anécdotas que enriquecieron su obra literaria (Otero Silva, 1977, p. 45). La descripción que brindó del personaje de la señorita Berenice resonaba con la realidad de Beatriz: “Era una mujer pálida, de una pulcritud impresionante... siempre recién bañada y vestida de blanco”. Sin embargo, en un documento oficial del Ministerio de Educación, se la describía como “blanca, de ojos verdes y cabello rubio”, reflejando la mirada superficial de la burocracia.
También, Evandro Matute Aguirre, juez y escritor orticeño, ofreció su perspectiva sobre Beatriz en un escrito titulado "Ortiz", resaltando su conexión inquebrantable con la tierra natal y los desafíos que enfrentó. Escribe Matute lo siguiente:
“Orticeña siempre. Erguida en la penuria de esta tierra. Y empecinada. Tercamente afanada en construir. Ella vivió el ayer de las sólidas casas. Y después, la yerme soledad de Ortiz. Mientras muchos huían.”
Beatriz no sólo educó; se convirtió en un personaje fundamental en la vida cotidiana de Ortiz, enfrentando la desidia educativa del período gomecista. En un viejo caserón conocido como Casa Atravesada, que había sido propiedad del General Joaquín Crespo Torres, comenzó su labor docente. Allí, recibía en sus clases a niños y niñas que llegaban pálidos y debilitados, sedientos de conocimiento en medio de un contexto de enfermedades endémicas y pobreza.
El espacio improvisado se hacía funcionar a pesar de sus limitaciones; Beatriz enseñaba en “el corredor, ocupado por tres largos bancos sin respaldar, la mesa de la maestra y un viejo pizarrón que la señorita Berenice encharolaba todos los años” (Otero, 1975, pp. 31-32). La Casa Atravesada se convirtió en refugio para muchos. Más allá de ser maestra, Beatriz asumió el rol de madre y enfermera de sus alumnos. Los niños acudían a ella en busca de alivio para sus dolencias, convirtiendo la escuela casi en un lugar de sanación tanto física como espiritual.
Hacia la tercera mitad del siglo XX, su legado se consolidó en la historia de la educación regional y local. En octubre de 1972, el primer liceo público del municipio Ortiz recibió su nombre como homenaje a su dedicación altruista y su significativa contribución a la educación (Matute, 1971). Beatriz falleció el 1 de agosto de 1961, pero su recuerdo perdura entre aquellos que fueron sus discípulos. Aún resuenan en los corazones de muchos orticeños las lecciones vitales de fortaleza, dignidad y sencillez que ella impartió con amor y compromiso.
Beatriz Rodríguez de Rodríguez es, sin duda, un símbolo de resiliencia y dedicación en un pueblo que resistió la adversidad y buscó la luz a través de la educación. Su vida es un testimonio de cómo, a pesar de las sombras del pasado, el espíritu de lucha y el deseo de mejorar pueden prevalecer y transformar comunidades.
Fuentes consultadas
OTERO SILVA, MIGUEL (1975). Casa Muertas. Barcelona, Editorial Seix Barral.
OTERO SILVA, MIGUEL (1977). «Prueba oral de un novelista», en Prosa completa, p. 45
Concepción Lorenzo,Nieves María (1997). La fabulación de la realidad en la narrativa de Miguel Otero Silva. España: UNIVERSIDAD DE LA LAGUNA.


