martes, noviembre 09, 2010

Cuba: "Nada se parece más a una dictadura de derecha que una dictadura de izquierda"

Nuestros años verde olivo, novela autobiográfica del escritor chileno Roberto Ampuero, ex yerno de un esbirro de Fidel Castro, es un relato apasionante y veraz, muy alejado de la versión romántica de la revolución caribeña que aún alimenta cierta izquierda.

Roberto Ampuero,recrea la Cuba que ha vivido en carne y hueso.


Por Claudia Peiro
Escapando del Chile de Pinochet, Roberto Ampuero, entonces joven militante comunista, encontró refugio en La Habana de Castro para descubrir con dolor que no había grandes diferencias entre uno y otro autoritarismo, que ambos oprimían al pueblo, uniformizaban el pensamiento y no toleraban el espíritu crítico. Pero para llegar a esa conclusión debieron transcurrir varios años de vivir en carne propia la transformación de una Revolución en un régimen burocrático, autoritario y represivo. Años durante los cuales el hoy consagrado novelista fue pasando progresivamente de la fe revolucionaria, a la duda, del cuestionamiento interior a las primeras formulaciones críticas, del intento de protesta al temor a ser marginado del sistema y de ese miedo a la simulación para poder sobrevivir a la espera de encontrar el modo de huir de la isla, convertida ya en una gran prisión.

Nuestros años verde olivo fue publicada por primera vez en 1999. Once años más tarde, Editorial Norma presenta una nueva edición, corregida y aumentada, con prólogo del flamante premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, y un epílogo inédito del autor, rico en conclusiones políticas.

En 1973, cuando un golpe de Estado derrocó al gobierno de Salvador Allende en Chile, Roberto Ampuero huyó de la represión aceptando una invitación y beca para estudiar filosofía en la Karl Marx Universität de Leipzig, en la Alemania entonces comunista.

Allí, este "miembro de la pequeño burguesía chilena, aunque con conciencia y militancia revolucionaria", como graciosamente escribió en su legajo el agente de la STASI que lo entrevistó a su llegada a la RDA, sufrió su primera decepción con el sistema por cuya instauración en Chile había militado y en el que aún creía, al descubrir que, contra lo que Marx auguraba, el socialismo no promovía "el pleno desarrollo de las fuerzas productivas" y que los alemanes soportaban el sistema sólo merced a la presencia de "medio millón de soldados rusos en su territorio y por aquel muro infranqueable".

Fue entonces cuando conoció a una muchacha cubana y con ella se abrió la perspectiva de viajar a la isla que tan poderoso atractivo ejercía por aquel entonces en la juventud idealista. El destino quiso que la joven en cuestión fuese la hija de Fernando Flores Ibarra, el hombre que entre 1961 y 1964 se desempeñó como fiscal de la revolución cubana y envió a más de 100 "contrarrevolucionarios" al paredón.

En la novela, Ampuero recreó el personaje cambiándole el nombre por el de Ulises Cienfuegos y modificando varias circunstancias de su vida -aunque no el trabajo que le valió el apodo de "Charco de sangre". Flores Ibarra se dio igualmente por aludido y salió al cruce de las afirmaciones de su ex yerno al que trató de "descarado", "alcahuete" y "difamador".


Novela prohibida
Pero ésa es otra historia, la del derrotero de la novela desde su primera publicación, la de las reacciones que despertó, la de su circulación clandestina en Cuba, donde estuvo y está por supuesto prohibida, al igual que Persona non grata, del también chileno Jorge Edwards, primer embajador de Santiago ante La Habana tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas en 1970.

La represalia del régimen cubano contra Ampuero, que él califica de "cruel", por la osadía de haber escrito este libro es prohibirle volver a pisar la isla donde sin embargo la novela es leída secretamente. "En cada conversación (los amigos cubanos) me agradecen que yo haya escrito sobre su patria y añaden que saben, por experiencia propia, que todo lo que aquí se narra es cierto y a la vez verosímil", dice el escritor.

Es que en los años que pasó en Cuba, Ampuero conoció tanto la vida de la elite privilegiada, los jefes, los burócratas, esa nomenklatura que se apropió de las casas y las pertenencias de los ricos que habían huido de la isla, y que tenía acceso a bienes de consumo que no figuraban jamás en la libreta de racionamiento, como, más tarde, fracasado su matrimonio, perdido el favor del sistema y mitigado el entusiasmo con la revolución, la triste existencia de los cubanos de a pie.

Aparecen entonces en la novela la lucha cotidiana por la supervivencia en medio de las privaciones, el progresivo silenciamiento de las discrepancias por el miedo a perder el trabajo, los amigos y hasta la libertad y la economía sometida a una planificación y control asfixiantes o simplemente a las ocurrencias y proyectos delirantes del "jefe máximo" Fidel Castro; la ineficiencia productiva y el despilfarro de fuerza laboral, como muestra de que el atraso de la isla no puede ser cargado -eterna excusa de un régimen fracasado- en la cuenta del "bloqueo".

Aunque el final es previsible, Ampuero logra transmitir un suspenso sobre su posible escape de la isla y poco a poco el lector se va impregnando de una sensación de creciente opresión, como en esos thrillers de ambiente kafkiano, del sentimiento de decepción que se va trocando en miedo al tomar conciencia de lo que le esperaba al que se atreviese a cuestionar el dogma.

No era fácil, en tiempos en que el mundo era binario y un muro mucho más sólido e infranqueable aún que el de Berlín, el de las ideologías, dividía al planeta en dos mitades, romper con "el partido" o con "la organización". En el epílogo inédito agregado a esta nueva edición, Roberto Ampuero dice que la relectura del libro le hace comprender "la verdadera dimensión de las crueles encrucijadas" en que se encontraban él y tantos otros, "como jóvenes de la Guerra Fría, una época en que la renuncia al compromiso político original se consideraba traición, el examen crítico de los ideales era pasarse al lado del enemigo y abandonar la utopía podía significar la muerte".

Explica también que escribió este libro porque "Cuba era entonces tan misteriosa como Corea del Norte. No había turismo internacional, estaba aislada y su régimen mantenía a su vez el asilamiento para controlar mejor a la población". Y recuerda una ironía que alguna vez escuchó: "A Cuba no entra quien quiere, sino quien puede".

"Sólo la literatura, dice, aquella que surge del conocimiento profundo del alma humana y sus pasiones, sus mezquindades y grandezas, era capaz de dar cuenta de aquello que yo presenciaba (...). En la isla no tardé en intuir que me proponía narrar algo inenarrable para un género que no fuese el novelesco."


Una vida de esclavos, nada más
Más allá del formato elegido, o tal vez por eso mismo, este libro es también una requisitoria contra un régimen que desde hace más de medio siglo somete a los cubanos a una existencia de esclavos. Años antes que Ampuero, el escritor y premio Nobel de Literatura francés, Albert Camus, expulsado del Partido Comunista en 1939 por criticar a Stalin, escribió: "Las tiranías dicen siempre que son provisionales. Se nos explica que hay una gran diferencia entre la tiranía reaccionaria y la progresista. Habría así campos de concentración que van en el sentido de la historia. (Pero) si la tiranía, incluso progresista, dura más de una generación, ella significa para millones de hombres una vida de esclavos y nada más".

Es la misma conclusión a la que llegará Roberto Ampuero al final de su travesía, que es geográfica e ideológica a la vez: "No hay nada que se parezca más a una dictadura de derecha que una dictadura de izquierda, no hay nada más parecido al fascismo que el comunismo, nada más parecido al hitlerismo que el estalinismo. Para el ciudadano corriente, las dictaduras son todas iguales. (...) Reitero que llegué a la isla de Fidel Castro -dice- huyendo de Augusto Pinochet. La isla era entonces mi utopía. Pinochet mi pesadilla. La experiencia me enseñaría que ambas eran dictaduras y que no hay dictaduras buenas ni justificables. Todas son perversas y nocivas, enemigas del ser humano y su libertad".

La novela cuestiona también a los muchos simpatizantes del régimen castrista que sorprendentemente siguen negándose a mirar hacia Cuba sin las anteojeras de un dogma que les ordena no ver lo patente y negar hasta lo evidente.

"Me pregunto -escribe en el epílogo de su novela- qué lleva al ser humano, mejor digamos a tantos seres humanos, a condenar a una dictadura de derecha, y a celebrar al mismo tiempo una dictadura de izquierda. ¿Qué retorcido mecanismo mental los conduce a denunciar el abuso, la tortura, la marginación, el escarnio, el exilio, la represión y el asesinato de quienes piensan distinto bajo una dictadura de derecha, pero los conduce a justificar esas mismas medidas contra quienes se oponen a una dictadura de izquierda? ¿Qué lleva a una persona a condenar a un general que dirige durante diecisiete años un país andino con mano de hierro, y a alabar en cambio a un comandante que lleva cincuenta años dirigiendo de igual modo una isla?"

Ampuero también dice que esta novela le ha dado la satisfacción de expresar su compromiso con "los derechos humanos, las libertades individuales y la democracia sin apellidos", así como su "rechazo a todo tipo de dictadura, sea de izquierda o derecha". Y, ya con tono autocrítico, agrega: "Es una lección para toda mi vida, pues cuando joven creía a pie juntillas que había dictaduras detestables y otras, sin embargo, justificables".

Lamenta que la prohibición de ir a Cuba lo prive de su "derecho a respaldar pacíficamente y en el terreno a los cubanos que exigen lo mismo que (exigieron los chilenos) bajo la dictadura de Pinochet: elecciones pluralistas, democracia, derechos humanos, fin del exilio, justicia para todos, reencuentro nacional".

Lamenta también que Michelle Bachelet, cuando visitó Cuba en 2009 siendo aún presidente de Chile, no haya tenido un solo gesto hacia la disidencia cubana ni hacia los familiares de los presos políticos, pese a haber padecido ella misma la represión de una dictadura en su país.

Que su amigo el poeta cubano Heberto Padilla haya muerto en el exilio en el año 2000 sin haber podido regresar a su patria es otro crimen que Roberto Ampuero imputa a la cuenta de los hermanos Castro.

Y se permite decir, con esperanza pero también con un dejo de ironía que, cuando nazca la democracia en la isla, como en la canción de Pablo Milanés, "en una hermosa plaza liberada" él se detendrá "a llorar por los ausentes".

Fuente: Infobae.América
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La ratonera cubana

Los misterios que existen sobre la economía cubana, se van despejando

Un ciudadano lee un libro sobre la política económica de Cuba/AFP

Por JUAN VELARDE FUERTES

Los misterios que existen sobre la economía cubana, se van despejando. Conviene en este sentido tomar nota de un excelente artículo del profesor de la Universidad de La Habana, Pavel Vidal Alejandro, titulado «El rompecabezas monetario y financiero cubano». Ha sido publicado por el Real Instituto Elcano (ARI 148/2010) el 15 de octubre de 2010. Basándose en Pavel Vidal Alejandro y en otro profesor de la Universidad de La Habana, Omar Everleny, en Le Monde de 28 de octubre viene sobre la economía cubana un artículo cuyo título es también muy significativo: «Le gouvernement cubain se tourne vers le secteur privé pour soulager l' Etat». Este alivio significa nada menos que dar la espalda al socialismo que intentó implantar Fidel Castro en la isla. La política económica cubana había dado ya más de un cambio, pero esta vez éste se debe, no ya al bloqueo por parte de Estados Unidos, sino, como señala en su artículo Pavel Vidal Alejandro, a que a la crisis de la balanza de pagos de 2008-2009 se ha agregado «un grupo de errores de la política económica», que se alzan sobre otro error muy serio: no haber tenido en cuenta «los costes y distorsiones de la dualidad monetaria», porque en Cuba circulan dos monedas: el peso cubano y el peso convertible, y ambos sobrevalorados respecto a sus cotizaciones en los mercados financieros mundiales.

Esto último es uno de los causantes de la crisis de la balanza de pagos, junto con que la temporada de huracanes obligó a aumentar las importaciones de alimentos y de materiales, para reparar las casas, a más de que la crisis económica general frena las exportaciones y dificulta la financiación procedente del exterior, pero sobre todo, dice Pavel Vidal, por la caída de la relación real de intercambio, nada menos que en un 31,6% «como consecuencia de la disminución del precio del níquel (cubano)… y del aumento del precio del petróleo y los alimentos», y esto último porque a pesar de existir, fruto de la reforma agraria castrista, tierras cultivables ociosas, Cuba importa el 80% de los alimentos que precisa.

Ayuda financiera exterior no es imaginable. Se ha esfumado la de la Unión Soviética. Su sustitución por Venezuela también se ha evaporado. Este último país se ha colocado en la cumbre mundial de los «índices miseria». En tasa anual, en el segundo trimestre de 2010 su PIB cae un 1,9%, Y se espera por los analistas que su descenso en 2010 sea de un 3,0% y en 2011 de un 2,1%: véase The Economist de 30 de octubre. Además, en septiembre de 2010 la inflación venezolana, en tasa anual, era del 28,5%. Como Cuba no pertenece ni al FMI ni al Banco Mundial, no puede pretender recibir un crédito de última instancia. Por eso el Banco Central se encuentra «sin reservas suficientes para respaldar los pasivos bancarios en pesos convertibles y en divisas», con lo que la banca cubana «ha congelado las cuentas en divisas de inversores y proveedores extranjeros». En suma, una típica crisis bancaria generada por una deuda externa insostenible.

Esto es lo que explica el conjunto de medidas anunciadas por la Gaceta Oficial cubana el 25 de octubre de 2010, que supone, al par, un durísimo plan de estabilización y un paso hacia un sistema de mercado. Lo primero con una contracción del gasto público reduciendo en 500.000 personas el empleo público lo que, de inmediato, calculo que sitúa la tasa del paro en un 10%, y con posibilidades de que aumente hasta un 20% por este motivo. También, con un aumento de los ingresos con un fuerte impuesto sobre la renta, muy progresivo: el límite exento se sitúa en una ganancia ¡anual! equivalente a 145 euros, y es de un 50% para los ingresos a partir de un equivalente —lo he confrontado en varias fuentes— a 1.450 euros de ingresos anuales. Añádanse las cuotas de la seguridad social, más unos importantes impuestos indirectos sobre el consumo, que recaen sobre unos ciudadanos depauperados.

Simultáneamente se da un paso hacia la economía de mercado en una relación de 178 subsectores productivos. Confirma todo esto el caos económico generado por el castrismo, que ni siquiera, con su tiranía fue capaz de eliminar la corrupción, porque en el índice de percepción de esta lacra para 2010 según Transparencia Internacional, fue en Cuba de 3,7, igual al de Brasil, Montenegro y Rumania. Este formidable freno al desarrollo y de impulso a la degradación, es otro fruto de Fidel Castro, que se agrega al desempleo, al hundimiento en la renta, a una presión fiscal intolerable y a una crisis financiera colosal.

Fuente: Diario ABC de España
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lunes, noviembre 08, 2010

La última estación de Domingo Maza Zavala

"Él era una especie de hombre Banco Central", comentó Pompeyo Marquez. Tuvo que decidir entre estudiar derecho, medicina o economía.

El economista Domingo Maza Zavala
por Diego Aznar www.elmundo.com.ve
Tenía 88 años de edad recién cumplidos y una afilada puntería, tanto para los números que rigen la economía nacional, como para la política. Tirios y troyanos lo consideran uno de los más grandes y lúcidos economistas de Venezuela. Su nombre: Domingo Felipe Maza Zavala.

Ayer cambió de paisaje quien fuera director del Banco Central, una institución que él mismo representaba, defendía. Protegía su autonomía, aunque ya no estuviese dentro de ella, abogando siempre por la talla profesional de sus integrantes.

"Él era una especie de hombre Banco Central", comenta Pompeyo Márquez con enorme pesar, recordando a una figura que era referencia del saber venezolano no sólo en materia económica, sino política, cuyos comentarios llegaron a levantar aceptación y rechazo, pero siempre bajo el obligado respeto que infundía (e infunde) su trayectoria.

A pesar de los encontronazos que tuvo con el presidente Hugo Chávez este año, el mandatario lamentó su muerte en un contacto con Venezolana de Televisión. "Se nos marchó uno de los grandes venezolanos y pensadores del siglo XX", dijo.

El comunicado del Poder Ejecutivo indica que Maza Zavala "deja al país un legado que indiscutiblemente seguirá arrojando luces en el difícil camino de transformar la economía petrolera de Venezuela en una integral, tal y como siempre fue su aspiración".

Multifacético

Zavala era de hablar ronco, pausado y didáctico, no dejaba de mirar a los ojos cuando conversaba y explicaba sus opiniones, apoyándose en teorías aprendidas en los largos años de estudio en la Universidad Central de Venezuela, de la que egresó como licenciado en Ciencias Económicas y Sociales en 1949 en la Promoción Santos Michelena. También en la UCV obtuvo el doctorado en 1962. Para esa fecha acababa de salir por segunda vez de trabajar en el BCV, al que regresó el 1° de mayo de 1994 como director.

Pero no sólo de la economía vivió el hombre. Fue diputado del entonces Congreso de la República. De su actividad dentro del partido Movimiento Al Socialismo (MAS) lo recuerda Márquez, pero no tanto por político, sino por "décadas de una amistad muy especial que data desde 1946".

"Puedo decir con orgullo que fue uno de mis más destacados maestros", dijo el cofundador del MAS con una voz llena de congoja que intercalaba los recuerdos y las lágrimas. "Estuvimos juntos en muchas aventuras periodísticas, políticas. Compartimos un mismo pensamiento sobre Venezuela (?) Un hombre que deja una numerosa bibliografía para las nuevas generaciones, que serán permanente enseñanza no solo con el planteamiento de los problemas, sino con soluciones".

"Hablo con pesar sobre la desaparición física de un amigo, de un compañero, de un maestro. Lo último que hizo fue que antes de las elecciones me llevó con un grupo de economistas y montó una reunión para que yo fuera para hablarles de los pronósticos", recuerda Márquez.

El poeta economista

Maza Zavala no era solo hombre de números y teorías, sino también de palabras y poesías. Escribió un poema dedicado a la tragedia de Vargas titulado "Tres Rostros del Dolor", en el que dijo: "... desnuda la angustia en el rostro amanecido/ en el grito que anuda la garganta humedecida, el llanto de la noche que no cesa".

El texto pertenece al libro La Quinta Estación, escrito por el economista, cuyos padrinos fueron los poetas Luis Pastori y Carlos Gottberg. Este último comentó que para Maza Zavala la poesía no era un pasatiempo "ni un ejercicio criptográfico. Es, como diría Octavio Paz, 'religión secreta', más para religarse con lo humano."

El periodista José Gregorio Yépez le preguntó en una oportunidad si el nombre del libro era por aquello de la V República. "Noooo, jajaja", respondió él, "la quinta estación es la poesía".

En otra entrevista comparó a la economía con la poesía, por el hecho de que "trazar la ruta del desarrollo es trazar caminos de libertad que elevan la conciencia del ser humano".

El 11 de diciembre de 2005 el diario Panorama publicó un perfil en el que habla sobre sí mismo.

"He trabajado como corresponsal, reportero, redactor de mesa y columnista. También fui editor de la revista Élite de Caracas y fundé el periódico El Venezolano en 1961, que fue prohibido por el Gobierno de entonces por razones políticas, porque era de izquierda, bueno mejor dicho, de izquierda avanzada."

Confiesa en el artículo que tanteó la idea de dedicarse al derecho y a la medicina, pero terminó en economía porque le atraían los problemas sociales, agregando que fue la mejor decisión que pudo tomar porque pensaba que hubiese sido mal abogado, mal médico, pero "no creo que haya sido tan mal economista".

Lamentablemente, Maza Zavala no podrá comentarnos de nuevo sus proyecciones de oráculo económico sobre los índices de inflación, PIB y masa laboral del año, que si no eran exactas resultaban indispensables para el análisis.

Aun así, sus textos, estudios y legado seguirán siendo la referencia para los más expertos, la voz ronca de un maestro capaz de mezclar nociones de la economía, la política y la poesía en opiniones certeras y, a veces punzantes.
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domingo, noviembre 07, 2010

El Congo

Fuego Cotidiano ofrece el primer capitulo de la novela El sueño del celta, del escritor peruano Mario Vargas Llosa, premio Nobel de Literatura 2010, la cual describe una aventura existencial, en la que la oscuridad del alma humana aparece en su estado más puro y, por tanto, más enfangado. La aventura que narra esta novela empieza en el Congo en 1903 y termina en una cárcel de Londres, una mañana de 1916.


La novela mayor de
Mario Vargas Llosa
Mario Vargas Llosa
I

Cuando abrieron la puerta de la celda, con el chorro de luz y un golpe de viento entró también el ruido de la calle que los muros de piedra apagaban y Roger se despertó, asustado. Pestañeando, confuso todavía, luchando por serenarse, divisó, recostada en el vano de la puerta, la silueta del sheriff. Su cara flácida, de rubios bigotes y ojillos maledicentes, lo contemplaba con la antipatía que nunca había tratado de disimular. He aquí alguien que sufriría si el Gobierno inglés le concedía el pedido de clemencia.

-Visita -murmuró el sheriff, sin quitarle los ojos de encima.

Se puso de pie, frotándose los brazos. ¿Cuánto había dormido? Uno de los suplicios de Pentonville Prison era no saber la hora. En la cárcel de Brixton y en la Torre de Londres escuchaba las campanadas que marcaban las medias horas y las horas; aquí, las espesas paredes no dejaban llegar al interior de la prisión el revuelo de las campanas de las iglesias de Caledonian Road ni el bullicio del mercado de Islington y los guardias apostados en la puerta cumplían estrictamente la orden de no dirigirle la palabra. El sheriff le puso las esposas y le indicó que saliera delante de él. ¿Le traería su abogado alguna buena noticia? ¿Se habría reunido el gabinete y tomado una decisión? Acaso la mirada del sheriff, más cargada que nunca del disgusto que le inspiraba, se debía a que le habían conmutado la pena. Iba caminando por el largo pasillo de ladrillos rojos ennegrecidos por la suciedad, entre las puertas metálicas de las celdas y unos muros descoloridos en los que cada veinte o veinticinco pasos había una alta ventana enrejada por la que alcanzaba a divisar un pedacito de cielo grisáceo. ¿Por qué tenía tanto frío? Era julio, el corazón del verano, no había razón para ese hielo que le erizaba la piel.

Al entrar al estrecho locutorio de las visitas, se afligió. Quien lo esperaba allí no era su abogado, maître George Gavan Duffy, sino uno de sus ayudantes, un joven rubio y desencajado, de pómulos salientes, vestido como un petimetre, a quien había visto durante los cuatro días del juicio llevando y trayendo papeles a los abogados de la defensa. ¿Por qué maître Gavan Duffy, en vez de venir en persona, mandaba a uno de sus pasantes?

El joven le echó una mirada fría. En sus pupilas había enojo y asco. ¿Qué le ocurría a este imbécil? «Me mira como si yo fuera una alimaña», pensó Roger.

-¿Alguna novedad?

El joven negó con la cabeza. Tomó aire antes de hablar:

-Sobre el pedido de indulto, todavía -murmuró, con sequedad, haciendo una mueca que lo desencajaba aún más-. Hay que esperar que se reúna el Consejo de Ministros.

A Roger le molestaba la presencia del sheriff y del otro guardia en el pequeño locutorio. Aunque permanecían silenciosos e inmóviles, sabía que estaban pendientes de todo lo que decían. Esa idea le oprimía el pecho y dificultaba su respiración.

-Pero, teniendo en cuenta los últimos acontecimientos -añadió el joven rubio, pestañeando por primera vez y abriendo y cerrando la boca con exageración-, todo se ha vuelto ahora más difícil.

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jueves, noviembre 04, 2010

La rebelión de los náufragos

La Rebelión de los Náufragos (Editorial Alfa)es el título de una investigación periodística realizada por Mirtha Rivero. Es un trabajo que desentraña muchas circunstancias olvidadas o ignoradas que rodearon la salida de Carlos Andrés Pérez de la Presidencia de la República el 20 de mayo de 1993 . A continuación publicamos el primer capítulo de este interesante libro que ya esta en el mercado venezolano.

 

Por Mirtha Rivero |
Es difícil saber lo que hizo o pensó durante las últimas horas que pasó en su despacho. Queda imaginar, especular, inventar. A las tres y media de la tarde, los objetos personales habían desaparecido de la vista. Esa misma mañana, en menos de noventa minutos, un comando invisible había barrido todo rastro de su paso por allí. Todo testimonio de su devenir público, de su historia oficial. La única historia que, por cierto, tenía cabida en ese espacio, por lo menos en lo que se refería a los cuerpos inanimados. La vida privada era –o él hubiese querido que fuera– privada, no se exponía en papeles, chécheres o portarretratos, y en esa oficina pública no podía haber sino vestigios de su recorrido público. De su trasiego político. De su tuteo con el liderazgo mundial. Esas fueron las huellas que recogieron de la sala esa mañana. El comando sigiloso se había llevado la colección de fotos en donde aparecía al lado de Felipe González, Jimmy Carter, el rey Juan Carlos, Willy Brandt, el jeque árabe de nombre enredado y como media docena de fotos más. También cargaron con los libros de biografías, y por supuesto –fue lo primero que se llevaron– con el busto de Abraham Lincoln y el altorrelieve con la cara de Simón Bolívar. Nada más quedaban, como testigos mudos de otra época, la silla sobreviviente a su primer gobierno –y que Cecilia había mandado a retapizar–, el inmenso globo terráqueo que François Miterrand le regaló en la visita que hizo a Caracas y un revólver calibre treinta y ocho que reposaba –íngrimo– en el centro del escritorio, como la seña más clara de que había llegado la hora de salida. Porque un arma –era su creencia– no es para andar exhibiéndola.

Las armas no son ornamento ni prueba de hombría. Lo había aprendido muy temprano, oyendo las historias de la guerra colombiana de los mil días que le contaba su tío, el general Manuel Rodríguez, y lo comprobó en carne propia mucho después, durante los diez años de resistencia, clandestinidad y exilio que empezaron en 1948, cuando los militares derrocaron a Rómulo Gallegos y él pretendió aguantar en Maracay instalando un gobierno de emergencia. Desde esos tiempos en que lo perseguían empezó a familiarizarse con las armas; tanto, que cuando cayó la dictadura y debutó la democracia las siguió teniendo cerca. Había un revólver escondido en el cajón de la mesa de noche –bajo llave– cuando estaba en la casa o, si era Presidente y estaba en Miraflores, en la minúscula gaveta que se asomaba discreta por debajo de la mesa que una vez había sido de Rómulo Betancourt. Esta vez el revólver estaba sobre el escritorio. Lo acababa de sacar de su escondite porque ya se iba. Había llegado la hora de cierre. Se iba pese a que no eran las nueve ni las diez o las once de la noche. Se iba aunque afuera, en la calle, el sol quemara y faltaba para que cayera la tarde y entrara la noche. En verdad todavía tenía una hora, hora y media por delante para irse, pero eran pocos los minutos que le quedaban para estar solo y despedirse de esas paredes. Pronto llegaría la marabunta; había que alistarse.

El barbero de Palacio acababa de salir. Concluido el almuerzo lo mandó llamar como lo había hecho tantas otras veces en medio de una agenda complicada, porque debía recibir a un visitante distinguido. Por más atosigado que estuviera no gustaba de aparecer desgreñado y descompuesto, dando muestra de azoro. Si había llamado al peluquero en momentos menos trascendentes, cómo no hacerlo a esa precisa hora. ¿Cómo no llamarlo por última vez? Es más, así llenaba su horario en medio de una jornada tan pobre y desleída como la que había tenido ese día. Y es que por más empeño que había puesto en fijarse actividades, tareas y reuniones, el esfuerzo era en vano. Muy poco, casi nada, le quedaba por hacer y esa certidumbre lo asolaba. La representación inútil de un florero frente a una ventana se le venía a cada tanto a la cabeza como una alucinación. Odiaba la idea de ser tratado como adorno. O peor: como estorbo. Toda la vida se había enorgullecido de ser un hombre de acción, un ser que actuaba, que hacía, que se ocupaba. No fue gratuito que en la primera campaña se vendiera como el hombre que camina. La frase, más que un lema publicitario, más que un jingle, resumía su carácter. Más que un tipo atorado, terco y obstinado –que lo era– se reconocía como un tipo que ejerce, que ejecuta, que conjuga en primera persona el verbo hacer. Porque es de espíritus flojos, pacatos y débiles detenerse, quedarse inmóvil. Es contrario a su estilo inhibirse o retraerse ante los tropiezos. Grandes o pequeños. Si se cae un botón de la camisa y Blanca no anda por ahí, él solito agarra y se cose el botón; si necesita la copia de un documento, nada le impide manejar la fotocopiadora; si le dicen que no vaya al Congreso porque le van a boicotear su entrada y que lo mejor es no ir y dejarlo para después, pues él va, y armado, por si acaso. Siempre hay algo que hacer, que se puede o que se tiene que hacer. Siempre, menos este día.

Pretendiendo huirle a la inacción había pensado presentarse esa tarde en el Parlamento para demandar, él mismo, a los senadores que aprobaran por unanimidad el juicio. Sería un lance emotivo, dramático, digno de grandes titulares. Pero también –lo pensó mejor– una ocurrencia estéril, y a lo mejor contraproducente. No faltaría el resentido que, queriendo humillar, iba a pedir la palabra después de él. Y no, no iba a brindar esa oportunidad. No iban a caerle encima otra vez. No más. Lo prudente era domesticar los impulsos y recoger las alas hasta nuevos tiempos. Además, qué tanta novedad iba a recitar. Qué más quedaba por decir. ¡Qué vaina! Esta vez tampoco se despediría como lo había planeado. En 1979 fantaseó con la imagen de entregar la banda e irse a pie desde el Congreso hasta la sede del partido. Sería un largo trecho, rodeado de gente, de pueblo que en el trayecto se le uniría. Al llegar, el partido lo recibiría con aplausos, inclinándose ante su jefatura. Eso quiso, eso imaginó pero no pudo, porque se dio cuenta de que entre sus compañeros no había interés en recibirlo con honores. Le achacaban que no puso lo que le tocaba para que Acción Democrática ganara las elecciones y que, encima, cuando perdieron, se apresuró en admitir el triunfo ajeno. No lo perdonaban. Había mucho reconcomio, y en vez de homenajes se estaban cociendo intrigas. Por eso no cerró como quiso su primera presidencia. Se quedó con las ganas. Y tampoco iba a poder en la segunda. Parecía una maldición. Lo que restaba era mantener el aplomo. Guardar las apariencias.

Ajustó el nudo de la corbata, tiró el saco hacia abajo y lo cerró abrochando un solo botón. El semblante ya estaba entrenado para lo que venía, pero por si acaso revisó. El ceño no debía revelar inconveniencias. No era hora para descubrirse molesto, aunque lo estuviera, o triste, que también lo estaba, o impotente o sorprendido o herido o desarmado. Ni un atisbo de su ánimo, de su verdadero ánimo, debía traslucirse. Suficiente con la alocución de la noche anterior. Había que mostrarse sobrio, sereno, firme. Entero. Prohibidos los hombros caídos. Pronto le tocaría despedirse formalmente de su equipo. Pronto llegaría el ejército invasor. En cuestión de minutos comenzaría el desfile y había que seguir el libreto. Apretón de manos, saludo cordial, firma del acta, nuevo apretón de manos, abrazo de rigor, otros apretones más allá, quizá un beso en alguna mejilla, y ya. Sin fanfarrias, sin fausto o aparato. Sin discurso. Cerraba el mes más largo de su vida. De su historia. Tanto de la pública como de la privada. El mes más largo, y eso que apenas habían pasado veintiún días.

La fecha exacta: 21 de mayo de 1993.

***

Moraima –todavía con rastros de trasnocho en el cuerpo– buscaba la noticia en la televisión. Se había acostado a las dos de la mañana, pero la emoción no la había dejado reposar. A las siete ya estaba fuera de la cama, con un café en la mano enfrente del televisor. Desde entonces casi no se había despegado de la pantalla y, a pesar del aporreo, estaba feliz. Ese día no iría a trabajar. Lo había pedido con anticipación porque cumplía cuarenta años y quería celebrar de una manera distinta esa fecha. Iniciaba una nueva etapa en su vida y no quería inaugurarla encerrada en una oficina rodeada de folios y carpetas. Tenía pensado un amanecer diferente, una celebración especial. Pero ni soñaba con lo especial que terminó siendo. Había comenzado a festejar en la víspera, cuando el jueves a las cuatro de la tarde, estando en el trabajo, se enteró de la novedad: «Con nueve votos a favor y seis en contra –leyó en cámara un tipo de rostro grasoso y lentes que le resbalaban en la nariz– la Corte Suprema de Justicia en sala plena declara que hay méritos suficientes para el enjuiciamiento del Presidente de la República, Carlos Andrés Pérez Rodríguez…».

El tipo con lentes no había terminado de hablar cuando un aplauso fuerte y compacto arropó el resto de su discurso. Al magistrado Gonzalo Rodríguez Corro sólo se le veía la cara brillante enmarcada entre un enjambre de cables y micrófonos. Menos de cinco minutos tardó en leer la decisión. A Moraima le entraron ganas de salir corriendo a pegar lecos por la ventana, animada por un alboroto que venía de la calle a la altura de la esquina de Gradillas. Hasta su oficina llegaron los vivas y los cánticos que, como parte de la fiesta, invocaban el nombre de un militar preso. Ella no salió a gritar en ese momento, pero tampoco se quedó sin darse el gusto: en la noche, después de oír el discurso que dio el Jefe de Estado por cadena nacional, chilló de lo lindo desde el balcón de su apartamento en Santa Paula. En su concierto la acompañó su marido, que golpeó sin cesar y sin piedad el fundillo de una sartén. Los dos estaban felices, pero Moraima más; estaba tan contenta que hasta le entraron deseos de lanzar cohetes. Ella, que tanto miedo le tenía a los juegos pirotécnicos desde que, siendo muchachita, se quemó la mano con una luz de bengala. Ella misma se sintió tentada a raspar un fósforo para prender la mecha de un tumbarrancho. Sería una buena manera de empezar su fiesta, se dijo. Tirar cohetes para celebrar una nueva etapa. La suya y la del país. Era el inicio de su cuarta década de vida y el inicio de otra época en la vida del país. No le cabían dudas de lo que venía. El anuncio abría un horizonte de esperanzas, y por sí solo constituía el mejor obsequio que podían darle por su cumpleaños. Ni que lo hubiera encargado. Y esa noche, en los ratos en que no estuvo asomada al balcón o viendo las noticias transmitidas en vivo, se colgó al teléfono para comentar que la renuncia del Presidente –aunque el Presidente no había renunciado pero era como si lo hubiera hecho– era el presente más bonito que le habían dado. En cuanto agarraba la bocina, cada vez más achispada por la champaña, machacaba: es mi mejor regalo.

Aquello era histórico. Nunca imaginó que viviría para presenciar un hecho parecido. Harta de los partidos y de sus dirigentes, se había convertido en una escéptica. Descreía del sistema democrático, o cuando menos de su evolución. Desconfiaba de todo y de todos. Para ella todos los políticos eran corruptos y todos los jueces se podían comprar; lo que hacía falta era que le llegaran al precio. Por eso estaba convencida de que, al final, los magistrados de la Corte no le iban a dar luz verde al juicio en contra del primer mandatario nacional. Era imposible, decía. Ni en Por estas calles se había visto. Cómo iba a suceder en la vida real, en la vida de verdad, verdad. No ocurriría nada, había predicho, porque nunca ocurre nada en este país. Todo el mundo roba y roba y se sale con la suya. Nadie paga. Esa era una de sus verdades absolutas. Pero se equivocó. Un día antes de cumplir cuarenta años, la misma Corte de la que tanto despotricaba la había sorprendido. Y ella estaba feliz de haberse equivocado.

Para estar guindando, mejor caer, aseguraba. No encontraba inconveniente en que sacaran al Jefe de Estado antes de tiempo, sobre todo si, como decían, había robado una millonada. Y si no lo había hecho, como se atrevía a cantar uno que otro jalamecate, se vería después. Para averiguar lo que se debía averiguar estaba el juicio que se iba a abrir enseguida. En el tribunal se vería quién tenía razón, pero mientras tanto, lo mejor que podía pasar era que el mandatario esperara afuera. Afuera del gobierno, desprovisto de poder y privilegios, como un mortal cualquiera. Bastante se había prolongado la agonía. Las crisis hay que atacarlas rápido, y esta se había demorado demasiado. Nada peor que un país dando tumbos. Era una majadería pretender esperar los siete meses que faltaban para las elecciones, si la solución al atajaperros en que vivían metidos podía encontrarse antes. Sin golpe, sin muertos, sin hecatombe. Ya estaba bien de dar largas al asunto, que para eso es para lo único que sirven los leguleyos. Para argumentar y contraargumentar y buscar resquicios por donde evadirse. Claro que es lógico que el gobierno maneje un presupuesto para seguridad y defensa, y por supuesto ningún gobierno, ni este ni el de Tucusiapón, lo anda divulgado. Eso es una cosa, pero otra muy diferente es que ese presupuesto no pueda auditarse. Que ese dinero no tenga control. Alguna vigilancia debía tener esa plata porque de lo contrario nadie garantiza que no sea desviada para chequeras personales, o comprar una casa para la querida o pagar los gastos de una coronación que nadie pidió.

Moraima estaba acelerada por la avalancha de acontecimientos, y ese viernes en la tarde todavía quería más. Permanecer pegada a un televisor no era la manera que había imaginado para festejar su cumpleaños, pero sin duda fue la mejor. Ya había visto la sesión del Senado que aprobó el juicio al Presidente, y rio de lo lindo con la discusión que se prendió por el detalle del tiempo que debía mandar el sustituto que nombrara el Congreso. «¡Esto es el acabóse! –exclamó–, antes de votar por el juicio se guindan de las greñas para decidir los días que dura la suplencia». Vio también la ceremonia en donde los congresistas juramentaron al suplente, con banda marcial, himno y hasta discursos. El encargado habló de hora trascendental, de duros embates, de resistencia democrática, de la madurez de las Fuerzas Armadas que son ejemplo para América Latina, y, por supuesto, de la carambola que hizo que, ahora sí, le impusieran el collar de la Orden del Libertador y le entregaran la llave de la urna donde están sus huesos.

–Se nos ofrece la ocasión –decía desde el congreso– para insistir sobre la naturaleza perfectible del sistema, más allá de las aventuras que sólo producen trauma y sobresaltos. Este mandato provisional no lo he buscado ni deseado y me corresponde asumirlo. Actuaré con la firmeza que la situación demanda… No he de actuar como hombre de partido en este trance tan difícil…

Moraima también vio los disturbios a las afueras del Congreso en donde hubo insultos, agresiones y gases lacrimógenos. Y la carretilla de declaraciones que se ofrecieron: ministros, políticos, empresarios, dirigentes vecinales, periodistas, buhoneros, oficinistas y hasta chicheros opinaron sobre el trascendental momento. Ella había visto casi todo lo que difundieron los canales, pero todavía deseaba ver más. Le faltaba el acto de traspaso de mando. Quería mirar las caras, reparar en los gestos, oír las últimas palabras. Quería más, mucho más. Quería ver al mandatario derrocado salir de la casa de gobierno.

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A un cuarto para las cinco de la tarde, en el Palacio de Miraflores el aire era espeso. Había desaparecido la incertidumbre y el nerviosismo de los días anteriores, dando rienda suelta a las caras largas, las conversaciones en voz baja y el desmayo ante el peso de los hechos. Secretarias, taquígrafos, mensajeros, analistas, mesoneros, electricistas y bedeles, desafiando la norma, estaban reunidos en el pasillo principal que lleva a Presidencia. En grupitos de cuatro y cinco, esperaban la salida de quien fue su jefe durante más de cuatro años. Conversaban en susurros sin prestar atención al ruido que salía impertinente de los dos televisores que estaban encendidos muy cerca. No había funcionarios de alto rango entre ellos; sólo se distinguía Rosario Orellana, viceministra de la Secretaría, que se acercaba presurosa por el corredor hasta apostarse a un lado de una columna y de un muchacho de ojos rayados, de nombre Javier, que la saludó como saluda un subalterno. Aparte de ella, los contertulios, incluido Javier, eran rasos, rasos. Los grandes personeros–ministros y militares– estaban adentro, aguardando un llamado en la antesala del despacho. A ellos todavía les quedaba oficio por esa tarde. Tras la firma del acta y la despedida, deberían reunirse con el nuevo Jefe de Estado y presentar cuentas, o por lo menos ponerse a la orden. Era lo mínimo, aunque más de uno tenía ganas de saludar y salir corriendo. Entre ellos se repetían los murmullos del pasillo. El espíritu cargado. No había bríos para charlas triviales, toda plática era grave, y el comentario más ligero que se escuchó a esa hora tuvo que ver con la bandera nueva que ondulaba sobre el edificio. La anterior se había roto la tarde antes –justo después de conocerse el fallo de los jueces–, y con la corredera no cupo amague para sustituirla. La bandera se rasgó por la franja roja y así estuvo ondeando hasta las seis, cuando la arriaron. Ese era el tema de conversación más superficial de los ministros en el vestíbulo, y también lo había sido entre los empleados de la galería. El ánimo era de entierro.

De improviso, un inusitado movimiento que provenía del patio de estacionamientos irrumpió en la pesadumbre y cortó las conversas. Hubo un momentáneo desconcierto. Esperaban la llegada de la caravana del Presidente provisional, pero los carros que estaban llegando y la gente que se estaba bajando de esos carros no formaba parte de la comitiva oficial. A leguas se notaba. Era gente nueva, desconocida, vestida como para una celebración. Cual hormigas que salían de hoyos negros, los recién llegados comenzaron a derramarse y a colmar el pasillo que hasta hacía pocos minutos dominaban los trabajadores de Palacio. En la primera línea del pasaje se formó un batallón de mujeres perfumadas y encopetadas, escoltadas por caballeros que estrenaban trajes y predios. Los empleados y obreros de Miraflores, empujados hacia la pared, parecían intrusos en una fiesta a la que nunca podían haber sido invitados. El aire que transpiraban los visitantes era de jolgorio. Sólo faltaban los papelillos, la alfombra roja y un rey que caminara encima de ella. Los recién llegados se dispusieron a aguardar.

A las cinco de la tarde terminó la espera de unos y otros. Octavio Lepage, acompañado de su esposa, se presentó en el Palacio de Miraflores a tomar posesión de su despacho. Adentro, aguantando para entregárselo, permanecía Carlos Andrés Pérez. Al ver aparecer a su suplente, Pérez sonrió cortés y empezó a cumplir con el guión pautado. Era lo único que le quedaba por hacer. Quince minutos tardó la ceremonia de traspaso. Al finalizar, siempre sin salirse del libreto, sonrió para la foto y estrechó la mano del encargado:

–Le deseo toda la suerte del mundo, doctor Lepage –exclamó, y mientras se dirigía a la puerta sin mirar atrás para ver lo que se quedaba, se dijo a sí mismo–: ¡carajo!, es que esto yo nunca lo vi venir.
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