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Cuba: "Nada se parece más a una dictadura de derecha que una dictadura de izquierda"

Nuestros años verde olivo, novela autobiográfica del escritor chileno Roberto Ampuero, ex yerno de un esbirro de Fidel Castro, es un relato apasionante y veraz, muy alejado de la versión romántica de la revolución caribeña que aún alimenta cierta izquierda.

Roberto Ampuero,recrea la Cuba que ha vivido en carne y hueso.


Por Claudia Peiro
Escapando del Chile de Pinochet, Roberto Ampuero, entonces joven militante comunista, encontró refugio en La Habana de Castro para descubrir con dolor que no había grandes diferencias entre uno y otro autoritarismo, que ambos oprimían al pueblo, uniformizaban el pensamiento y no toleraban el espíritu crítico. Pero para llegar a esa conclusión debieron transcurrir varios años de vivir en carne propia la transformación de una Revolución en un régimen burocrático, autoritario y represivo. Años durante los cuales el hoy consagrado novelista fue pasando progresivamente de la fe revolucionaria, a la duda, del cuestionamiento interior a las primeras formulaciones críticas, del intento de protesta al temor a ser marginado del sistema y de ese miedo a la simulación para poder sobrevivir a la espera de encontrar el modo de huir de la isla, convertida ya en una gran prisión.

Nuestros años verde olivo fue publicada por primera vez en 1999. Once años más tarde, Editorial Norma presenta una nueva edición, corregida y aumentada, con prólogo del flamante premio Nobel de literatura, Mario Vargas Llosa, y un epílogo inédito del autor, rico en conclusiones políticas.

En 1973, cuando un golpe de Estado derrocó al gobierno de Salvador Allende en Chile, Roberto Ampuero huyó de la represión aceptando una invitación y beca para estudiar filosofía en la Karl Marx Universität de Leipzig, en la Alemania entonces comunista.

Allí, este "miembro de la pequeño burguesía chilena, aunque con conciencia y militancia revolucionaria", como graciosamente escribió en su legajo el agente de la STASI que lo entrevistó a su llegada a la RDA, sufrió su primera decepción con el sistema por cuya instauración en Chile había militado y en el que aún creía, al descubrir que, contra lo que Marx auguraba, el socialismo no promovía "el pleno desarrollo de las fuerzas productivas" y que los alemanes soportaban el sistema sólo merced a la presencia de "medio millón de soldados rusos en su territorio y por aquel muro infranqueable".

Fue entonces cuando conoció a una muchacha cubana y con ella se abrió la perspectiva de viajar a la isla que tan poderoso atractivo ejercía por aquel entonces en la juventud idealista. El destino quiso que la joven en cuestión fuese la hija de Fernando Flores Ibarra, el hombre que entre 1961 y 1964 se desempeñó como fiscal de la revolución cubana y envió a más de 100 "contrarrevolucionarios" al paredón.

En la novela, Ampuero recreó el personaje cambiándole el nombre por el de Ulises Cienfuegos y modificando varias circunstancias de su vida -aunque no el trabajo que le valió el apodo de "Charco de sangre". Flores Ibarra se dio igualmente por aludido y salió al cruce de las afirmaciones de su ex yerno al que trató de "descarado", "alcahuete" y "difamador".


Novela prohibida
Pero ésa es otra historia, la del derrotero de la novela desde su primera publicación, la de las reacciones que despertó, la de su circulación clandestina en Cuba, donde estuvo y está por supuesto prohibida, al igual que Persona non grata, del también chileno Jorge Edwards, primer embajador de Santiago ante La Habana tras el restablecimiento de relaciones diplomáticas en 1970.

La represalia del régimen cubano contra Ampuero, que él califica de "cruel", por la osadía de haber escrito este libro es prohibirle volver a pisar la isla donde sin embargo la novela es leída secretamente. "En cada conversación (los amigos cubanos) me agradecen que yo haya escrito sobre su patria y añaden que saben, por experiencia propia, que todo lo que aquí se narra es cierto y a la vez verosímil", dice el escritor.

Es que en los años que pasó en Cuba, Ampuero conoció tanto la vida de la elite privilegiada, los jefes, los burócratas, esa nomenklatura que se apropió de las casas y las pertenencias de los ricos que habían huido de la isla, y que tenía acceso a bienes de consumo que no figuraban jamás en la libreta de racionamiento, como, más tarde, fracasado su matrimonio, perdido el favor del sistema y mitigado el entusiasmo con la revolución, la triste existencia de los cubanos de a pie.

Aparecen entonces en la novela la lucha cotidiana por la supervivencia en medio de las privaciones, el progresivo silenciamiento de las discrepancias por el miedo a perder el trabajo, los amigos y hasta la libertad y la economía sometida a una planificación y control asfixiantes o simplemente a las ocurrencias y proyectos delirantes del "jefe máximo" Fidel Castro; la ineficiencia productiva y el despilfarro de fuerza laboral, como muestra de que el atraso de la isla no puede ser cargado -eterna excusa de un régimen fracasado- en la cuenta del "bloqueo".

Aunque el final es previsible, Ampuero logra transmitir un suspenso sobre su posible escape de la isla y poco a poco el lector se va impregnando de una sensación de creciente opresión, como en esos thrillers de ambiente kafkiano, del sentimiento de decepción que se va trocando en miedo al tomar conciencia de lo que le esperaba al que se atreviese a cuestionar el dogma.

No era fácil, en tiempos en que el mundo era binario y un muro mucho más sólido e infranqueable aún que el de Berlín, el de las ideologías, dividía al planeta en dos mitades, romper con "el partido" o con "la organización". En el epílogo inédito agregado a esta nueva edición, Roberto Ampuero dice que la relectura del libro le hace comprender "la verdadera dimensión de las crueles encrucijadas" en que se encontraban él y tantos otros, "como jóvenes de la Guerra Fría, una época en que la renuncia al compromiso político original se consideraba traición, el examen crítico de los ideales era pasarse al lado del enemigo y abandonar la utopía podía significar la muerte".

Explica también que escribió este libro porque "Cuba era entonces tan misteriosa como Corea del Norte. No había turismo internacional, estaba aislada y su régimen mantenía a su vez el asilamiento para controlar mejor a la población". Y recuerda una ironía que alguna vez escuchó: "A Cuba no entra quien quiere, sino quien puede".

"Sólo la literatura, dice, aquella que surge del conocimiento profundo del alma humana y sus pasiones, sus mezquindades y grandezas, era capaz de dar cuenta de aquello que yo presenciaba (...). En la isla no tardé en intuir que me proponía narrar algo inenarrable para un género que no fuese el novelesco."


Una vida de esclavos, nada más
Más allá del formato elegido, o tal vez por eso mismo, este libro es también una requisitoria contra un régimen que desde hace más de medio siglo somete a los cubanos a una existencia de esclavos. Años antes que Ampuero, el escritor y premio Nobel de Literatura francés, Albert Camus, expulsado del Partido Comunista en 1939 por criticar a Stalin, escribió: "Las tiranías dicen siempre que son provisionales. Se nos explica que hay una gran diferencia entre la tiranía reaccionaria y la progresista. Habría así campos de concentración que van en el sentido de la historia. (Pero) si la tiranía, incluso progresista, dura más de una generación, ella significa para millones de hombres una vida de esclavos y nada más".

Es la misma conclusión a la que llegará Roberto Ampuero al final de su travesía, que es geográfica e ideológica a la vez: "No hay nada que se parezca más a una dictadura de derecha que una dictadura de izquierda, no hay nada más parecido al fascismo que el comunismo, nada más parecido al hitlerismo que el estalinismo. Para el ciudadano corriente, las dictaduras son todas iguales. (...) Reitero que llegué a la isla de Fidel Castro -dice- huyendo de Augusto Pinochet. La isla era entonces mi utopía. Pinochet mi pesadilla. La experiencia me enseñaría que ambas eran dictaduras y que no hay dictaduras buenas ni justificables. Todas son perversas y nocivas, enemigas del ser humano y su libertad".

La novela cuestiona también a los muchos simpatizantes del régimen castrista que sorprendentemente siguen negándose a mirar hacia Cuba sin las anteojeras de un dogma que les ordena no ver lo patente y negar hasta lo evidente.

"Me pregunto -escribe en el epílogo de su novela- qué lleva al ser humano, mejor digamos a tantos seres humanos, a condenar a una dictadura de derecha, y a celebrar al mismo tiempo una dictadura de izquierda. ¿Qué retorcido mecanismo mental los conduce a denunciar el abuso, la tortura, la marginación, el escarnio, el exilio, la represión y el asesinato de quienes piensan distinto bajo una dictadura de derecha, pero los conduce a justificar esas mismas medidas contra quienes se oponen a una dictadura de izquierda? ¿Qué lleva a una persona a condenar a un general que dirige durante diecisiete años un país andino con mano de hierro, y a alabar en cambio a un comandante que lleva cincuenta años dirigiendo de igual modo una isla?"

Ampuero también dice que esta novela le ha dado la satisfacción de expresar su compromiso con "los derechos humanos, las libertades individuales y la democracia sin apellidos", así como su "rechazo a todo tipo de dictadura, sea de izquierda o derecha". Y, ya con tono autocrítico, agrega: "Es una lección para toda mi vida, pues cuando joven creía a pie juntillas que había dictaduras detestables y otras, sin embargo, justificables".

Lamenta que la prohibición de ir a Cuba lo prive de su "derecho a respaldar pacíficamente y en el terreno a los cubanos que exigen lo mismo que (exigieron los chilenos) bajo la dictadura de Pinochet: elecciones pluralistas, democracia, derechos humanos, fin del exilio, justicia para todos, reencuentro nacional".

Lamenta también que Michelle Bachelet, cuando visitó Cuba en 2009 siendo aún presidente de Chile, no haya tenido un solo gesto hacia la disidencia cubana ni hacia los familiares de los presos políticos, pese a haber padecido ella misma la represión de una dictadura en su país.

Que su amigo el poeta cubano Heberto Padilla haya muerto en el exilio en el año 2000 sin haber podido regresar a su patria es otro crimen que Roberto Ampuero imputa a la cuenta de los hermanos Castro.

Y se permite decir, con esperanza pero también con un dejo de ironía que, cuando nazca la democracia en la isla, como en la canción de Pablo Milanés, "en una hermosa plaza liberada" él se detendrá "a llorar por los ausentes".

Fuente: Infobae.América

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