martes, septiembre 13, 2011

Propiedad en tiempos bicentenarios

No pocos gritaron: La soberanía regresa al pueblo de donde salió. Pero otros, más avispados, precisaron que en verdad no era al pueblo donde debía retornar la soberanía sino a la “propiedad suficiente”.

Por: HÉCTOR ACOSTA PRIETO

Parte de la historiografía española atribuye a los inadecuados manejos de Carlos IV y el intrépido Manuel Godoy la ocupación francesa de la península ibérica en 1808. Aunque algunos le echan toda la culpa a Godoy, ambos fueron entrampados en el Tratado de Fontainebleau, enmarañado acuerdo firmado en la ciudad del mismo nombre, según el cual Francia y España se repartirían Portugal, como castigo a este último por su alianza con Inglaterra. A cambio, España dejaría pasar las tropas francesas por su territorio.

Como las tropas de Napoleón se detenían en las ciudades y pueblos de las provincias hispanas más tiempo del necesario, los hombres y mujeres de a pie, el rey, su séquito y asesores ­incluido Godoy­ poco a poco se convencieron que los 100.000 soldados franceses no tenían ningún interés en proseguir hacia su pactado destino.

El 17 de marzo, un motín preparado por la gente del príncipe Fernando le estalla a Carlos IV en Aranjuez y le obliga a abdicar en favor del primero. Los franceses aprovechan el desbarajuste y le tienden a los 2 una emboscada en Bayona, y provocan un inequívoco vacío de poder.

Los vivos de entonces se apresuraron a preguntarse en manos de quién o de quiénes quedaba entonces la soberanía, si Carlos y Fernando estaban poniendo la cómica ante Napoleón.

No pocos gritaron: La soberanía regresa al pueblo de donde salió. Pero otros, más avispados, precisaron que en verdad no era al pueblo donde debía retornar la soberanía sino a la “propiedad suficiente”. Ecuación aparentemente sencilla, la soberanía se traslada desde el rey, dueño y señor de bienes y súbditos, a los poseedores de propiedades suficientes, a los señores dueños de bienes y personas.

La Caracas de 1810 recogerá estos criterios de soberanía. En el Censo General levantado para la elección de los diputados del 11, no sólo se especifica la “calidad de cada individuo, su edad, estado, patria, vecindario, oficio, condición, sino también, y muy especialmente, “si es o no propietario de bienes raíces o muebles”.

El Congreso, que se reunirá en marzo del año siguiente, no quiere limpios en su seno. Ni los electores se salvan: Aquel que no viva en casa propia y quiera votar deberá tener el apoyo del vecindario, que certifique que es propietario “por lo menos de 2.000 pesos en bienes muebles o raíces libres”.

En 1830 la cosa se hará más exigente. Ningún elector podrá serlo si no demuestra ser dueño de una propiedad raíz que alcance el valor libre de 100 pesos. Si quiere ser elegido, la propiedad deberá ser de 2.000 pesos, o tener “una renta o usufructo de 500 pesos anuales…”. José Tomás Pereira, electo diputado por Coro en el Congreso separatista de Valencia de aquel año, no pudo demostrar que tuviera esa renta por lo que, a solicitud de 10 vecinos, su elección le fue anulada.


@hectoracostap

Fuente: Diario EL NACIONAL



Héctor Acosta Prieto es Licenciado en Historia por la Universidad de Venezuela (1986).Actualmente se desempeña como Profesor de la Maestría de Historia de Venezuela Republicana, adscrita a la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad Central de Venezuela. Es Profesor Agregado en el escalafón universitario.
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miércoles, septiembre 07, 2011

Crónica de un tiempo difícil

Me estoy cansando de argumentar y tengo más deseos de discurrir sin pretensiones de tener que demostrar la lógica de mis argumentos.

Por Fernando Henrique Cardoso*
A veces me dan ganas de ser más cronista que articulista. Me explico: de un articulista se espera que argumente, de manera lógica y concatenada, sobre un asunto cualquiera. Ahora bien, el cronista puede divagar. Me estoy cansando de argumentar y tengo más deseos de discurrir sin pretensiones de tener que demostrar la lógica de mis argumentos.

Empiezo por hacer una confesión. El jueves 1º de septiembre, después de un placentero almuerzo con los buenos amigos que todavía se toman el trabajo de seguir celebrando mis ya cumplidos 80 años, llegué al Instituto a las 5.30 p.m. Recibí a un antiguo colaborador y amigo, a quien no veía en mucho tiempo (actualmente general del Ejército, para más señas) y me dispuse a mostrarle la exposición sobre el Brasil de antes y después del Plan Real, que preparó el Instituto FHC para servir a las nuevas generaciones y, quién sabe, despertar el interés de algún investigador. A las 7 p.m., terminada la visita a la exposición, recibí un recado de una de mis asesoras: que no me olvidara del artículo para el primer domingo de septiembre.

Más grave aún: el viernes, a las 7 a.m., debía salir de la casa rumbo al aeropuerto para ir a Montevideo, a invitación de mi amigo el ex presidente de Uruguay (1985-1990), Julio Sanguinetti. ¿Qué hacer?

Tenía en mente dos temas para este artículo. Algunas reflexiones sobre la crisis de la economía de los países ricos y nuestra experiencia en lidiar con la cuestión o, algo más candente, los límites de la "limpieza" llevada a cabo por la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, y mis declaraciones al respecto.

Temas serios. Lo confieso, me faltó energía para discutir a fondo esas cuestiones en dos horas -que era el tiempo que me quedaba- aunque no me faltaba el apetito para emitir algunas opiniones como cronista (sin querer ofender los bríos de los verdaderos cronistas).

Vamos pues. Primero, la crisis financiera de los países ricos y nuestro "legado", palabra pretenciosa y tan engañosa como la expresión que estuvo de moda, "herencia maldita".

En el caso de los países ricos, es indiscutible que lo que causó la crisis fueron más los excesos del sistema financiero y la creencia ciega en las autocorrecciones del mercado, que el gasto gubernamental y la crisis fiscal, si bien ésta también existe.

En el caso de Brasil durante los años '90, fueron las dificultades en las cuentas externas y, sobre todo, las especulaciones contra la moneda nacional - el "contagio" - complicadas también por las fragilidades fiscales. Allá como aquí, por las mismas razones o sin razón aparente, las agencias evaluadoras del riesgo desempeñaron un papel importante para suscitar dudas sobre la liquidez y la solvencia.

Pero hasta ahí llegan las similitudes. Ni teníamos la posibilidad de picar y transformar las hipotecas en "derivados", pues el crédito inmobiliario era pequeño, ni de impulsar hacia el Banco Central el desastre financiero de bancos y similares.

En nuestro caso, también hubo cierta "socialización de las pérdidas", es decir, la tesorería (y todos los contribuyentes) acabó pagando parte de los desatinos de los banqueros y especuladores. Pero en pequeña proporción: El grueso fue pagado por los propios banqueros audaces. Sus bienes quedaron indisponibles y perdieron sus bancos. Eso fue el Programa de Estímulo a la Reestructuración y Fortalecimiento del Sistema Financiero Nacional (PROER).

Y los bancos públicos estatales, cuando los gobernadores tomaban dinero prestado y no pagaban, fueron privatizados o cerrados. En esos casos también hubo algo de aumento de la deuda pública federal, justificable para impedir la posibilidad de excesos futuros. Eso fue el Programa de Incentivos para la Reducción del Sector Público Estatal en la Actividad Bancaria (PROES).

En los Estados Unidos y Europa ¿qué vemos? Inundación de dinero público a través de los bancos centrales para salvar al sistema financiero, sin penalización alguna contra los responsables. Y, aun por encima, cortes drásticos en los presupuestos, sin aumento de impuestos, ¡haciendo que los menos favorecidos pagaran por los desvaríos de los más ricos! Peor aún: todo esto sin que la economía recupere su dinamismo.

En Europa, hay un tumulto para ver si algún país paga por los empréstitos que sus bancos hicieron a los países ahora en dificultades, o si sería el Banco Central Europeo -es decir, todos- el que pagaría. Siempre, además de eso, hay recortes drásticos en el presupuesto para poner en orden las cuentas fiscales. Resultado: pocas posibilidades de crecimiento en los próximos años. ¿Basta para entender?

Cuando desde aquí gritábamos contra la desregulación (llegué a apoyar la tasa Tobin, un impuesto sobre las transacciones financieras internacionales - que casi todos los economistas condenan - para crear un fondo de solvencia de los países endeudados), nos vienen con la misma receta: restricciones fiscales y nada más, salvo uno que otro empréstito del Fondo Monetario Internacional cuando la situación ya estaba desesperada. Quien a hierro mata, a hierro muere.

La confusión, ahora es "de ellos" y, como es "de ellos" y ya no existen ellos sin nosotros, hay que poner las barbas a remojar pues la recesión en marcha acabará por alcanzarnos. En cuanto a eso, los sueños de un Grupo de los 20 (países industrializados y emergentes) que actuara para regular el mercado financiero murieron en la recta final.

No aprendimos nuestra lección: además de las pregonadas restricciones fiscales, seguimos las reglas de Basilea, esto es, nuestro Banco Central puso freno a las especulaciones y la irresponsabilidad en el sistema financiero desde tiempos del PROER y el PROES. Y no descuidamos tener un Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES), activo en los programas de transferencia de ingresos a los más pobres y de aumento real del salario mínimo desde 1994 a la fecha.

En cambio, deberíamos aprender de los países ricos que no se debe jugar con la corrupción pública. En Alemania, el gran consolidador de la Unión Europea, Helmut Kohl, pagó un precio muy alto de perder el voto en 1998 por no querer decir quién lo ayudó en las elecciones. Y recientemente un importante ministro se vio obligado a renunciar, acusado de plagio académico.

Así, ahora que se empezó a hablar de la limpieza, creo que en Brasil debemos apoyar las iniciativas en ese sentido (desde una Comisión Parlamentaria de Investigación hasta los actos de la presidente, estimulándola para llegar más allá), sin dejar que ningún gobierno o partido, ni siquiera de la oposición, se apodere de la bandera de la moralización. Eso sería visto luego como maniobra política y perdería apoyos en la sociedad, que está cansada de tanta impunidad.

De ahí a pensar, como piensan algunos, que estamos queriendo apoyar gobiernos o salir bien en la foto, es desconocimiento de las motivaciones reales o insensatez de quien no ve más lejos: las fuerzas de la corrupción están más arraigadas en el poder de lo que parece. Sin táctica, persistencia y visión del futuro, será difícil contenerlas.

© 2011 Agencia O Globo

(distribuido por The New York Times Syndicate)

Fernando Henrique Cardoso es sociólogo y escritor, fue presidente de Brasil de 1995 a 2003
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lunes, septiembre 05, 2011

Microbiografía/ Eladio Simón Matute Matute

Por José Obswaldo Pérez

En su ejercicio como médico integró parte del equipo sanitario que atendió la epidemia de Ortiz, en 1899. 


Eladio Simón Matute Matute fue un destacado médico de Ortiz, nacido en 1858.  Hijo de don  Vicente Matute Acosta, un portentoso ganadero de la localidad; y de doña Juliana Matute, pariente consanguínea, ambos oriundos de San Nicolás de Paya. Casó con doña  Guadalupe Cisneros en 1883, de cuyo matrimonio nacieron Eladio, Paz, Horacio y Moisés Matute Cisneros.

Eladio Matute obtuvo el título de doctor en Medicina en la Universidad de Caracas, la hoy UCV, el 30 de junio de 1876; una vez que culminó sus estudios de Bachiller y licenciado en medicina en la misma Casa de Estudio[1]. Formó parte de la Sociedad de Ciencias Físicas y Naturales de Caracas [2]. Circulo científico donde compartió experiencias con notables hombres de ciencia y médicos de la sociedad caraqueña.

En su ejercicio como médico integró parte del equipo sanitario que atendió la epidemia de Ortiz, en 1899. Con él formó parte su paisano  y pariente José María Graterol Matute, también egresado de la UCV  y el doctor Eulogio Velázquez, oriundo de Mucuchíes y graduado de médico en Paris, en 1869. Especialista en fiebre amarilla, porque su tesis doctoral versó sobre “La Fièvre Jaune”[3].

También, Matute formó parte de los hombres de liberalismo local. Fue dirigente del partido Liberal Amarillo en Ortiz, donde transcendió como una figura pública. Fue Diputado por el Estado Miranda entre los años 1893-94. En un telegrama dirigido desde Ortiz, el doctor Eladio S. Matute le reclama al doctor José Ramón Núñez en tono molesto: “Solo hay dos contrarios. El Partido Rojista se componía de la escoria de aquí y con sus tres promotores, Constantino Matute, Julián Morichales y Mariano Polanco, componían treinta personas”[4].

Fue dueño en Guardatinajas de la posesión Las Animas, cerca de San José de Tiznados, tierras que fueron heredadas de su padre don Vicente Matute. Se trataban de unas 80 leguas, equivalentes a 139.680 has, y que históricamente la Corona Española le concedió al Conde de La Graja, don Fernando Ignacio Ascanio, el título de composición sobre un terreno entre los ríos Chirgua, Tiznados, Caño de Agua Verde y Las Galeras del Pao. Región con mucha agua y forraje en  la estación de verano[5].

Sobre su descendencia familiar podemos señalar: Eladio Matute Cisneros, nacido en 1882, cursó estudios en el liceo Alejandro Humboldt de Calabozo y se graduó de Ingeniero Civil, el segundo de esta profesión en Ortiz, después del general Roberto Vargas Díaz. Heredó 8 leguas y media (14.849 has) de tierra de la Posesión Las Animas, conocida como  terrenos matuteros en Guardatinaja. Falleció en un accidente de tránsito[6].  Paz, nació en 1884 y casó con el orticeño Jesús Nicomedes Rodríguez Marrón,  el 17 de Mayo de 1905. Sobre los dos menores restantes de los Matute Cisneros no tenemos mayor información de sus vidas más allá de su fecha de nacimiento: Moisés,  nacido  en  1888 y Horacio Teodoro de la Encarnación, el 26 de marzo de 1895.



[1]UNIVERSIDAD CENTRAL VENEZUELA (1912). Anales de la Universidad Central de Venezuela, p.96
[2] Actas de la Sociedad de Ciencias Físicas y Naturales de Caracas, 1867-1878
[3] Landaeta Rosales, Manuel (1903). Los venezolanos en el exterior. Caracas: Tip. J.M. Herrera Irigoyen & Ca.,p.33
[4]  Navas Blanco, Alberto (1998). El comportamiento electoral a fines del siglo XIX venezolano. Caracas: UCV, p.84
[5] Información suministrada por el Doctor José Antonio Silva, Cronista Municipal del  Municipio Francisco de Miranda, estado Guárico.
[6] Ídem
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domingo, agosto 07, 2011

El Salmo del Astrónomo

Somos objeto de la amorosa solicitud de ese Dios que nos protege y bendice. Alrededor del mundo son muchos los que dan testimonio de una intervención milagrosa de la Deidad en sus vidas. Habrá sus excepciones pero la excepción no anula la regla. Misterios ante los que debemos guardar silencio.

Por Daniel R Scott

Sigo leyendo el comentario bíblico de William McDonald, y creo que seguiré con él por un largo tiempo. Esta obra de más de mil páginas es erudita, sencilla, devocional y muy práctica, si es que acaso es posible combinar esos cuatro elementos en una obra teológica de naturaleza protestante. Con esta herramienta, y con mi nueva traducción de la Biblia "vida Abundante" estudio largamente, con meditación y reverencia (Dios lo sabe) el Salmo 8, conocido por algunos como el "Salmo del astrónomo" ¿La razón? Más que evidente. Sus versión más representativos, hermosos y llamativos se leen de la siguiente manera: "Cuando miro el cielo de noche y veo la obra de tus dedos-la luna, y las estrellas que pusiste en su lugar-me pregunto: ¿Qué son los simples mortales para que pienses en ellos, los seres humanos para que de ellos te ocupes?" Es el asombro del hombre cuando contrasta la enormidad del universo con su propia pequeñez. Lamentablemente la mayoría de los hombres se quedan con tan solo "¿Que son los simples mortales?" y se vuelven hacia el ateísmo. Millares de estrellas y distancias inmensurables no les permiten pensar en un Dios personal.

Dice MacDonald en su comentario del salmo: "Cuando consideramos los innumerables millones de estrellas, las enormes distancias en el universo, y el poder que mantiene a los planetas en órbita con precisión matemática, la mente siente algo como una sobrecarga de circuitos y nuestro asombro no tiene límites." Y nuestro amigo tiene razón. Para muestra un botón: Se dice que para llegar a la estrella más cercana a la tierra (Próxima Centauro) en un viaje de diez años, ¡habría que viajar a la velocidad de la luz! ¡Un viaje de ida y vuelta a la velocidad de la luz llevaría veinte años! Sin mencionar las complicaciones que traería la Teoría de la Relatividad formulada por Albert Einstein: al llegar estos viajeros a la tierra luego de su viaje de veinte años se encontrarían que en el planeta han transcurrido doscientos años. Un viaje a la velocidad de la luz. Es decir, a 299.816 kilómetros por segundo. La enormidad de las estrellas y las distancias del espacio dejan al hombre más culto pasmado. Con sobrada razón el salmista exclamó lleno de asombro: "¿Qué son los simples mortales?"

Sin embargo la exclamación del dulce salmista de Israel nos quedó incompleta. Su lectura completa es: "¿Qué son los simples mortales para que pienses en ellos, los seres humanos para que te ocupes de ellos?" El punto principal de la oración es que tenemos un Dios personal que piensa y se ocupa de nosotros. Sí, es cierto: somos un punto imperceptible dentro del vasto universo. "¡Sin embargo, Dios tiene interés en cada individuo! ¡Se preocupa personalmente e íntimamente por cada ser humano!" (MacDonald) ¿Y por qué? El salmo da la respuesta: "Los hiciste poco menor que Dios." Es decir, como tradicionalmente decimos, fuimos creados "a imagen y semejanza de Dios." Ajá, hay galaxias y estrellas diseminadas por los espacios infinitos, pero por mucho que esto nos sorprenda, allí no está la imagen de Dios. Es la obra de Dios pero no su imagen. Lo realmente único, sorprendente, digno de admiración, es que en nosotros repose la semejanza del Dios creador del universo. "El hombre comparte con Dios algunas facultades que no son compartidas en ninguna otra parte de la creación" continua diciendo el comentarista bíblico. No debemos sentirnos como huérfanos del universo. La "soledad cósmica" de la que habla el filósofo queda descartada. Somos objeto de la amorosa solicitud de ese Dios que nos protege y bendice. Alrededor del mundo son muchos los que dan testimonio de una intervención milagrosa de la Deidad en sus vidas. Habrá sus excepciones pero la excepción no anula la regla. Misterios ante los que debemos guardar silencio.

Querido lector: termino abruptamente este artículo preguntando: ¿Vives a la altura de esas facultades que compartes con Dios? ¿Has hecho algún esfuerzo para tener comunión con el Dios del cosmos?

1 Agosto 2011
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Inquietud Materna

Apenas tendría unos cuatro o cinco años y de lo único que me ocupaba antes de entrar oficialmente a la educación formal era corretear por el patio de la casa o subirme a las matas de mangos, guayaba y ciruelas, imaginándolas refugios o castillos. Y soñaba viendo ese trozo de naturaleza cercado de alambres.


Por Daniel R Scott

En alguna oportunidad creo haber dicho enfáticamente y con orgullo en tinta y papel que mi madre, al igual que mi cuñada, siempre estuvo atenta a mis inquietudes intelectuales, en una etapa temprana de mi vida cuando no estaba dotado de una edad que me permitiera tener algún tipo de inquietud intelectual. Pero eso a mamá no le importaba. Quizá, en su sabiduría y bondad, buscaba más bien crear o propiciar las condiciones en las que se despertasen dichas inquietudes. Y si bien se ve, lo logro. Trabajaba como secretaria en el MOP (luego MTC y posteriormente MINFRA ) y en las tardes, antes de llegar a casa, se detenía en el "Baratillito" para comprarme unos pequeños y breves fascículos de una colección infantil titulada: "Mini Enciclopedia Escolar." Apenas llegaba a casa, lo primero que hacía era entregármelos. Estos folletos no pasaban de veinte páginas. Traían un grabado en la página izquierda y su explicación escrita en la página derecha. ¡Pero yo no sabía leer! Apenas tendría unos cuatro o cinco años y de lo único que me ocupaba antes de entrar oficialmente a la educación formal era corretear por el patio de la casa o subirme a las matas de mangos, guayaba y ciruelas, imaginándolas refugios o castillos. Y soñaba viendo ese trozo de naturaleza cercado de alambres. ¿Sería errado decir que esas fueron mis primeras lecturas? ¿Leer los árboles, el trinar de los pájaros, las gotas de lluvia, los gallos de lidia de papá? Quien no aprende a leer el lenguaje oculto de la naturaleza jamás tendrá alma para leer un buen libro. El caso es que no me conformaba con ver los dibujos, sufría intentando descifrar el significado de aquellos complicados signos atrapados en crípticos bloques de párrafos. Con el tiempo y a pesar de mi pereza aprendí a leer y a escribir y se abrieron a mi mente las maravillas de aquellas primeras páginas. ¡Oh la aventura de leer! ¿Cómo se expandía la mente y mi mundo!

Luego mis lecturas se tornaron un poco más serias, demasiado para mi edad. Leí los cuentos de Oscar Wilde, Las aventuras de Simón Bolívar de Vinicio Romero Martínez, que despertó mi amor por el Libertador Simón Bolívar, y un libro que me horrorizó de veras titulado "El Expediente Negro" de José Vicente Rangel y que me hizo tenerle miedo a una extraña palabra que se escribía y sonaba a "Digepol." Las fotos de un torturado Alberto Lovera me sobrecogieron hasta el horror. Entendí entonces con alegría, asombro y estupor que existía un mundo amplio y complicado más allá de mi hogar y del patio de mi casa. El paraíso de mi niñez se fue haciendo barrio, ciudad, estado, país, continente, mundo, universo infinito de los libros de astronomía y de alguna manera que no alcanzo a explicar extravié en algún lugar secreto la naturaleza edénica que disfruté en el patio arbolado de mi casa.

Unos años más tarde mamá me hizo incursionar en literatura aún más seria y sustanciosa, acorde a mi edad y evolución intelectual, y fue así como mi modesta biblioteca en ciernes se fue ampliando con títulos tales como "María Antonieta de Francia," "La Prehistoria," "Historia Natural," "Excavaciones Arqueológicas" y clásicos juveniles como "La Isla del Tesoro," "La Cabaña del Tío Tom," "Moby Dick," "La Hija del Capitán" y, finalmente, con los flamantes tomos vinotinto de la "Enciclopedia Salvat del Estudiante", la primera que tuve y aún conservo como reliquia y tesoro.

Mamá estuvo muy, pero muy pendiente también de lo que "no" podía leer y a continuación pasó a explicar por qué en la siguiente anécdota que hoy me hace reír: En las tardes de 1976, al salir del "Grupo Escolar República del Brasil" no me iba como era de suponer con mis compañeros a jugar trompo, metras o baseball. Mis pasos me llevaban en expectante línea recta y sin vacilación unas cuatro cuadras más allá, a la "Libreria Escolar" ubicada en la "Calle Salías" donde está ubicada actualmente la "Comercial Artigas." El dueño, bondadoso conocedor de mis aptitudes lectoras, me dejaba entrar y deambular a mis anchas entre ese paraíso de libros folletos y revistas de portadas llamativas. ¡Revisaba el más mínimo rincón sin que nadie me molestara o llamara la atención. Una joven empleada de la librería siempre creyó que yo acudía allí porque estaba enamorado de ella, pero nada más lejos de la verdad. Lo mío era ver uno a uno la existencia bibliográfica de las estanterías. Ese era mi amor. ¡Jamás había sido tan feliz como en esos días! Me decidía por cualquier libro mientras esperaba a mamá. Por meses ese fue un ritual entre madre e hijo. Una tarde escogí inocentemente un libro titulado "La Revolución Rusa." Por qué me fijé en él no lo sé. Quizá me llamó la atención la imponente escultura "El Obrero y la Koljosiana" de la escultora soviética Vera Mujica que adornaba la portada. No sabía que la escultura para el Occidente capitalista y cristiano era un símbolo ignominioso. Al fin mamá llegó, tocó la bocina y yo salí del local, abordando el Opel para irnos rumbo a casa. A mitad de camino me preguntó como siempre: "¿Qué libro compraste hijo?" a lo que yo respondí enarbolándolo con orgullo: "La Revolución Rusa mamá." Ella lo vio. Abrió los labios como para decir algo pero los volvió a cerrar. Guardo silencio. Titubeó. No comentó nada como otras veces. Por un momento siguió atenta al volante y al camino. Finalmente respondió/balbuceó, aparentando toda la naturalidad del mundo: "Hijo ese libro no es bueno para ti, no lo entenderás... No debiste comprarlo... Mira, ¿qué te parece si regresamos a la librería y lo cambias por otro?" Y yo acepte sin acertar la razón de su preocupación. Poco después lo supe: en plena Guerra Fría y con el cercano antecedente de un tío y una prima comprometidos hasta la médula en la guerrilla urbana de los años sesenta, mamá temía que su hijo de alguna manera simpatizara y siguiera los mismos pasos y doctrina de mis parientes. Sin contar que mi padre, proamericano irreductible y anticomunista visceral solía vociferar: "Comunista bueno es el que está enterrado dos metros bajo tierra" o "En la primavera de Praga los cañones de los tanques soviéticos no dispararon flores y rosas precisamente." Así pues en la altura de "El Nacionalista" el carro dio marcha atrás y cambié el libro por un título que para colmo nunca leí y olvidé por completo.

Querida década de los setenta: ¡Como quisiera visitar en el viejo Opel con mamá al volante tus libros, cuentos y dibujos infantiles!

7 Abril 2011


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