martes, noviembre 11, 2025

El sabor de Circe: Jeroh Montilla publica una odisea poética sobre el ánima, el exilio y la transformación

Editado por La Diosa Blanca y con ilustración de Tibisay Vargas, el libro propone un viaje lírico hacia lo femenino inconsciente


Por José Obswaldo Pérez


El sabor de Circe” de Jeroh Montilla es una obra poética que entrelaza mito y paisaje para explorar la existencia desde la llanura venezolana.

En los márgenes del llano y del mito, el poeta Jeroh Juan Montilla acaba de volver a publicar El sabor de Circe, una obra que entrelaza la Odisea homérica, la psicología junguiana y la experiencia del exilio interior. Editado por el sello independiente La Diosa Blanca, con ilustraciones de la artista Tibisay Vargas, el libro se presenta como una travesía simbólica donde el héroe-poeta se enfrenta a su sombra, su animalidad y su ánima.


El sabor de Circe” de Jeroh Montilla es una obra poética que entrelaza mito y paisaje para explorar la existencia desde la llanura venezolana. Con prólogo de Edgar Vidaurre, este texto destaca la figura de Circe como arquetipo femenino que transforma, seduce y guía: “El sabor de Circe en la boca le recordará siempre su dominio sobre la naturaleza, el poder transformador y creativo del ánima, pero también su potencial destructivo si no se integra adecuadamente”, señala.


Una edición que honra lo simbólico


La Diosa Blanca, editorial que toma su nombre del ensayo mitológico de Robert Graves, apuesta por libros que dialogan con lo ancestral, lo femenino y lo poético. El sabor de Circe se inscribe en esa línea, con una cuidada edición que incluye una ilustración de Tibisay Vargas, también poetisa y esposa de Jeroh, quien incursiona como artista visual por su trabajo en torno a lo onírico y lo ritual.


Montilla propone una lectura del nostos —el retorno mítico— como proceso de individuación. El protagonista atraviesa los llanos como desierto iniciático, se animaliza, se enfrenta a sus pulsiones y a la figura de Circe, que encarna el ánima reprimida. El texto, que combina ensayo, poesía y mito, se apoya en citas de Homero, Cesare Pavese, Jung y Graves, y construye una narrativa que es a la vez íntima y universal.


Montilla propone una lectura del nostos —el retorno mítico— como proceso de individuación. El protagonista atraviesa los llanos como desierto iniciático, se animaliza, se enfrenta a sus pulsiones y a la figura de Circe, que encarna el ánima reprimida. El texto, que combina ensayo, poesía y mito, se apoya en citas de Homero, Cesare Pavese, Jung y Graves, y construye una narrativa que es a la vez íntima y universal.


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sábado, noviembre 08, 2025

Pancho Ascanio: entre el canto y la madera

Francisco “Pancho” Ascanio se revela como un hombre de dos artesanías: la carpintería y la música llanera.

—Me gustaba andar por los caminos cantando joropo. Era muchacho, tenía trece años. Escuchaba al Carrao de Palmarito, a Montoya, a Ángel Ávila, a Pedro Rodríguez. Esa música me llamaba.


Por José Obswaldo Pérez

En la Plaza Bolívar de Ortiz, bajo la sombra asoleada de los robles, el primo Francisco “Pancho” Ascanio se revela como un hombre de dos artesanías: la carpintería y la música llanera. Con más de treinta años entre sierras, muebles y accidentes que dejaron huella en sus dedos, Pancho no sólo construyó con madera, sino también con melodía.

—Yo soy artesano en la carpintería, conozco mucho de eso ahorita —dice, mientras recuerda con orgullo que todavía hay muebles hecho por él que aún se conservan desde hace más de tres décadas.

Nació en 1955, hijo de Juana Bautista Ascanio y Asiclo Victorino Aguirre Pérez, de los Aguirre de Tiguigue. Su linaje está marcado por la laboriosidad y la memoria oral.

—Mi abuela María Teresa y mi tía Isabel hacían porrones. Eran artesanas también. Mi mamá ordeñaba, hacía queso, sembraba plantas en ollas viejas con huequitos para que el agua no se quedará. Yo aprendí a ordeñar, pero no aprendí a hacer queso, te digo la verdad.

Llanero de sabana y de cerro, Pancho montó caballos, cargó latas de agua, y recorrió caminos bajo palmas quemadas. Su vida está tejida con los hilos de la tierra y el canto.

—Me gustaba andar por los caminos cantando joropo. Era muchacho, tenía trece años. Escuchaba al Carrao de Palmarito, a Montoya, a Ángel Ávila, a Pedro Rodríguez. Esa música me llamaba.

Su formación fue empírica, como la de tantos sabios populares. Aprendió carpintería en el aserradero de La Caimana, manipulando máquinas y observando a los maestros.

—Pero no basta la teoría, es la práctica —afirma con convicción—. Ahí fue donde me accidenté este dedo, por cierto

La música llegó temprano, con un cuatro comprado por su madre por treinta bolívares.

—Le dije: “Cómprame un cuatro”. Y me lo compró. Mi hermano me enseñó las primeras notas. Después el maestro Tomás Silva me dijo: “Si un pasaje no te sale en un tono, hay que buscarlo en otro”. Eso no lo sabía yo.

Desde entonces, Pancho se lanzó a los bailes campesinos, a los clubes de San Juan, a los homenajes y programas de radio y televisión como Así es mi tierra que dirigió Luis Brito Arocha en Venezolana de Televisión, cuya grabación se realizó en Hato El Totumo en San José de Tiznados en 1981, dónde le tocó participar y dejar huella.

—En el año 77 estaba yo recién salido del cuartel y me invitaron a cantar en El Club de Ochoa. Canté dos temas de Damaso Figueredo. Tenía 21 años. Fue la primera vez que canté ante un público.

Pancho es memoria viva de los conjuntos de arpa, de los domingos criollos en el Club Los Cocos, de los homenajes a Magdalena Sánchez, de los encuentros con el Indio Figueredo.

—Conocí al maestro Néstor Acevedo, a Don Adelio Estrada, a Juan León. Canté en el Club Militar Los Cocos, en el Excelsior, en el Club de Marina. Cada quince días me contrataban en San Juan.

Su relato es un tejido de nombres, lugares, afectos y saberes que dignifican la vida cotidiana. Pancho no es sólo un carpintero ni sólo un músico: es un archivo oral, un testigo de la cultura popular, un hombre que canta y construye desde la raíz.


—Yo tengo dos partes de la artesanía —resume con una sonrisa—: la madera y el canto.




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jueves, noviembre 06, 2025

Vivo en Avalón: la voz femenina que canta desde la isla sagrada

Tibisay Vargas Rojas se inscribe como una moderna trobairitz, que canta desde Avalón para devolverle al amor su dimensión espiritual, simbólica y femenina.


La escritora y poetisa Tibisay Vargas nos invita a cruzar el umbral de lo mítico y lo íntimo en su nuevo poemario

Por José Obswaldo Pérez

En Vivo en Avalón, Tibisay Vargas Rojas nos invita a cruzar el umbral de lo mítico y lo íntimo, para encontrarnos con una voz femenina que no solo canta, sino que revela, transforma y redime. Publicado por Editorial Diosa Blanca en 2025, este libro es mucho más que una colección de poemas: es una travesía simbólica donde la mujer se convierte en Sophia, en Grial, en isla, en espera activa y en centro espiritual del deseo.

Desde el prólogo de Edgar Vidaurre —un ensayo místico que vincula la saga artúrica con la Trinidad cristiana y la cuaternidad jungiana— hasta los versos que evocan a Ginebra, Morgana, Parsifal y el tejido ritual del amor cortés, la obra se despliega como un canto trovadoresco contemporáneo. Vargas Rojas se inscribe en la tradición de las trobairitz, aquellas mujeres medievales que cantaban el amor desde la complejidad, la resistencia y la gestación simbólica.


Cada poema es una isla. Cada imagen —la aguja, el cabello, la torre, el ciprés truncado— es un símbolo que borda el tiempo femenino. La autora reinterpreta el amor cortés como una forma de espera fértil, donde la mujer no es objeto de deseo sino matriz del sentido. Avalón, la isla mítica, se convierte en metáfora del alma femenina que resiste la periferia y se afirma como centro revelador.

Vivo en Avalón es un libro para ser leído en voz alta, como lo sugiere su prólogo. Es un canto que convoca lo ancestral y lo encarnado, lo sagrado y lo cotidiano. Una obra que dignifica lo femenino en su dimensión espiritual, poética y política.


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El Nobel de María Corina Machado: una victoria ética que trasciende fronteras

El Nobel a María Corina Machado no es solo un reconocimiento a Venezuela: es una advertencia a los regímenes autoritarios y una inspiración para los pueblos que aún luchan por su libertad.

El artículo destaca que el Nobel no premia una coyuntura, sino una trayectoria. Machado no solo articuló una campaña electoral que unió a la oposición en torno a Edmundo González, sino que logró convertir el dolor nacional en una narrativa de esperanza.


La concesión del Premio Nobel de la Paz 2025 a María Corina Machado ha sacudido el tablero político latinoamericano. El artículo publicado por Letras Libres esta semana no solo celebra el reconocimiento internacional, sino que lo interpreta como una victoria moral para Venezuela y un mensaje de esperanza para el continente.


Machado, líder de Vente Venezuela, ha sido símbolo de resistencia democrática frente a un régimen que la ha perseguido, inhabilitado y obligado a operar desde la clandestinidad. Su lucha, como señala el autor Miguel Ángel Martínez Meucci, “no es solo política, sino espiritual”: una cruzada por la verdad, la dignidad y la reconstrucción ética del país.


El Nobel como validación histórica


El artículo destaca que el Nobel no premia una coyuntura, sino una trayectoria. Machado no solo articuló una campaña electoral que unió a la oposición en torno a Edmundo González, sino que logró convertir el dolor nacional en una narrativa de esperanza. Su liderazgo, profundamente ético, se ha mantenido firme incluso en la clandestinidad, donde sigue organizando y resistiendo.


La verdad como herramienta política


Letras Libres subraya que Machado no pidió votos, sino confianza. Su discurso apeló a la verdad como fundamento de la paz, y a la dignidad como motor de cambio. En un país marcado por el exilio, la represión y la desesperanza, su figura se convirtió en un punto de encuentro emocional y político.


Un mensaje continental


El Nobel a María Corina Machado no es solo un reconocimiento a Venezuela: es una advertencia a los regímenes autoritarios y una inspiración para los pueblos que aún luchan por su libertad. Como concluye el artículo, “la paz no se negocia desde la debilidad, sino desde la convicción ética”.


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jueves, octubre 23, 2025

Nicolás Gamarra: El burlador de Parapara

La historia de Nicolás Gamarra no es sólo la de un hombre envuelto en escándalos amorosos - un tema poco estudiado con profundidad en los estudios históricos-, sino un reflejo de la Venezuela provincial

Oriundo del pueblo de Santa Catalina de Siena de Parapara, Gamarra parecía tener un talento especial para la seducción y las conquistas sentimentales, aunque con una peculiar inclinación a dejar corazones desilusionados a su paso.


Por José Obswaldo Pérez

En la Venezuela de finales del siglo XVIII, donde la moral y los valores religiosos dictaba el ritmo de la vida y los compromisos matrimoniales eran asuntos de honor y honra, surge la figura de Nicolás Gamarra, un hombre cuyo nombre recorrió varias localidades no por hazañas heroicas, sino por su habilidad para enredarse en amores controvertidos.

Entre julio y agosto de 1799, en un expediente, de lo que pasaron a la Diócesis de Mérida, Gamarra es acusado por incumplimiento de palabra de matrimonio, dónde se configura una trama que ilustra las complejidades de los impedimentos matrimoniales en la Venezuela provincial y cómo la moral pública, el derecho eclesiástico y las costumbres comunitarias influyeron en la regulación de los esponsales. El archivo, del cual se desprende este *análisis sincrónico*, se lo debemos al genealogista e historiador calaboceño don Luis Eduardo Viso, quien nos ha facilitado el documento con los datos claves de este asunto.

Oriundo del pueblo de Santa Catalina de Siena de Parapara, Gamarra parecía tener un talento especial para la seducción y las conquistas sentimentales, aunque con una peculiar inclinación a dejar corazones desilusionados a su paso. Desde Calabozo hasta Ortiz, pasando por el Sitio de El Rastro, su historial de promesas vacías y burlas amorosas generó no sólo chismes, sino también denuncias ante la autoridad eclesiástica.

Pero fue en la Villa de San Jaime (hoy La Unión, estado Barinas) donde su nombre adquirió mayor notoriedad. Tras haber contraído matrimonio con Gabriela Aponte, con el consentimiento de su padre, el expediente tomó un giro inesperado cuando confesó haber tenido relaciones carnales con la hermana de su prometida, lo cual generó un impedimento de afinidad de primer grado, según el derecho canónico. Por tal motivo, el padre José Antonio Rendón y Barazarte - ante un dilema que no podían resolver sin la intervención del Vicario General- recomendó que se solicitara la dispensa al Obispo Fray Antonio de Espinoza. A esto se sumaron más voces en su contra, testigos que señalaron que Gamarra había prometido casarse con varias mujeres y, en algunos casos, simplemente desapareció dejando tras de sí sólo incertidumbre y bochorno.

Las desafortunadas muchachas engañadas que se citan en la referida documentación son las hermanas Manuela y Dominga Rodríguez, en Calabozo; en Ortiz se burló de María Seniega y de María Belén y en El Rastro, también hizo lo mismo con Zerafina Mota. Todas ellas provenientes de diversa extracción social.

Así, la historia de Nicolás Gamarra no es sólo la de un hombre envuelto en escándalos amorosos - un tema poco estudiado con profundidad en los estudios históricos-, sino un reflejo de la Venezuela provincial donde el matrimonio era un contrato social, vigilado de cerca por la comunidad y los altos mandos eclesiásticos. Quizás en otra época habría sido sólo un joven inquieto con un corazón dividido, pero en la rigurosa estructura social del siglo XVIII, cada engaño tenía consecuencias legales, y cada esponsal roto, un registro en los archivos de dispensas matrimoniales.

Al final, su expediente pasó por la escrupulosa revisión del Vicario Francisco Javier Irastorza y del Vicario Hipólito Elías González, mostrando que en tiempos donde el honor lo era todo, los seductores o burladores no escapaban fácilmente de la mirada inquisitiva de la Iglesia. Así quedó registrada su historia, en documentos firmados y rubricados, una crónica de amores turbulentos en la Venezuela del siglo dieciocho. Sin dudas, un caso interesante desde una perspectiva historiográfica y sociocultural, ya que ilustra complejidades del matrimonio, la moral pública y la autoridad eclesiástica.

Fuente consultada

Archivo del Arzobispado de Mérida (1799). “Nicolás Gamarra y Gabriela Aponte solicitan dispensa por encontrarse con impedimentos de parentesco de primer grado de afinidad” En: *Dispensas e impedimento matrimoniales*. Sección 26, caja 14. Documento 26-327, 2 fols.


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