sábado, diciembre 26, 2009

Rafael Caldera

por Fausto Masó La muerte tiende un manto de condescendencia sobre los desaparecidos y comienza así el proceso de falsificación histórica. En realidad habría que hablar de los muertos como de los vivos, con la misma dureza o la misma admiración. Caldera fue además un luchador que no daba cuartel y poseía un gran sentido del poder, no es extraño que se granjeara tantos enemigos, representaba un estilo de hacer política poco frecuente, una personalidad que no abunda en el país. Caldera es el presidente de la pacificación, y llega a Miraflores por segunda vez con votos de la izquierda que lo había combatido a muerte en su primer período. Los juicios sobre los presidentes los altera el tiempo que sepulta las pasiones del momento y permite una visión más justa, o sencillamente el olvido. La valoración de los grandes políticos varía constantemente, resucita a personajes vilipendiados, empequeñece a sus enemigos. Quizá a Caldera le toque ese destino, esperar un tiempo antes de recibir un juicio histórico justo, porque además de carecer del ángel de otros presidentes, representaba lo contrario del venezolano dicharachero y bonchón. A Caldera lo culparon de pecados ajenos. Cómodamente le atribuyen la llegada de Chávez al poder. Los mismos que votaron por el inquilino de Miraflores, que lo aplaudieron después del 4 de febrero, quieren creer que hubiera bastado con no sobreseer su causa y liberarlo para borrarlo de la vida pública. En realidad, todos los candidatos a la presidencia en 1993 prometieron liberar a Chávez, con la excepción de Claudio Fermín. Nadie, o casi nadie, criticó la medida de sobreseimiento. Este cronista no adivinó el futuro pero escribió en este mismo espacio que ya no había razones para no dar golpes de Estado en Venezuela, después de concederle la libertad a Chávez. El país se lavó las manos y llevó a la presidencia a un golpista. A continuación prefirió frívolamente creer que bastaba con culpar a Rafael Caldera. Caldera comentaba que mucho le había costado ser presidente. Como se ha dicho nunca fue un personaje popular en el sentido que lo era un Carlos Andrés Pérez, tampoco contó con un partido igual a Acción Democrática, importante en Venezuela desde mediados de los años cuarenta.. COPEI le debe a Caldera mucho más que Acción Democrática a Rómulo Betancourt. Caldera contó con un aliado en Betancourt quien consideró vital su apoyo en los primeros años de la IV República, en su segundo período Alfaro le prestó un gran apoyo. En Venezuela los gobernantes aspiran a seguir en el poder. Es casi una tradición nacional que con gran mérito rompió Rómulo Betancourt al rechazar ser reelecto, y que Chávez quiere exacerbar convirtiendo su presidencia en vitalicia. Quizá esa fue la razón por la que ni AD ni el COPEI de Caldera le abrieron las puertas a los delfines, un error. Sobraban argumentos para defender a la cuarta república, reconociendo sus fallos y la necesidad de un cambio. Nadie salió a responderle en 1999 a Chávez, quien impuso una visión de la historia que mucho lo ha ayudado a mantenerse en el poder.
Caldera escribió un libro que era una defensa del pasado civil de Venezuela y que vuelto a publicar por este cronista en Libros Marcados demostró que había un público que quería contar con otra visión del país.
maso1951@cantv.net
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martes, diciembre 22, 2009

Microbiografías/Abelardo Rodríguez Hinojosa

Por José Obswaldo Pérez

Ganadero y militar de la Federación. Nació en la población de Ortiz, estado Guárico (Venezuela) en el año de 1832 siendo sus padres Pedro María Rodríguez y doña María Hilaria Hinojosa .


Se dedicó a la crianza de ganado, como todos los guariqueños, y a labores de tierras. Cuando estalló la guerra, llamada de los cinco años, se incorporó a las a las fuerzas legitimas, haciendo campaña en los estado Aragua, Carabobo, Guárico y Apure, como soldado de caballería. Triunfante en 1863 la revolución federal, emigró con su padre y sus hermanos Carmelo, Rafael y José a las llanuras Casanareñas, donde podían encontrar ocupaciones adecuadas a sus aptitudes.

Abelardo Rodríguez fundó en sociedad con Nicolás Tablantes, en el Arauca, el famoso Hato Viejo que sirvió de escenario literario en la novela Cantaclaro de Rómulo Gallegos. Muerto Tablante sus hijos transportaron los ganados para Venezuela, y Rodríguez continuo fomentando el hato, que distribuyó en vida entre sus hijos, habiendo quedado Torcuato Rodríguez con la posesión que luego vendió a Salomón Castellanos.

Casó en primaras nupcias con la señora Aquilina Rodríguez, quien murió en 1892. Luego se volvió a casar en 1894 con Emiliana Yarza, y enviudó de nuevo en 1904. En ambos matrimonios tuvo hijos. Don Abelardo murió en 1920 de ochenta y ocho años .

Nota bibliográfica

CAMEJO, ERNESTO (1940).Breves apuntaciones sobre Arauca.Bogota: Escuelas Graficas Salesianas.

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sábado, diciembre 19, 2009

DE VALLE DE LA PASCUA A ACHAGUAS… PASANDO POR SAN FERNANDO (Con cien leguas de por medio)

por DR. FELIPE HERNÁNDEZ G. UNESR – Núcleo Valle de la Pascua felipehernandez56@yahoo.es felipehernandez56@hotmail.com

Con cien leguas de por medio…” frase del poema “Cajón de Arauca Apureño” que escribió el poeta Julio César Sánchez Olivo en Valle de la Pascua en el año 1956. Canto a la nostalgia y la melancolía, ante la pena que da el adiós por lo que hemos vivido y creemos no volver a ver y vivir, canto a la apureñidad que es como decir la llaneridad toda. Segundo himno de los apureños. Poema que hizo canción el eximio cantante guariqueño Ángel Custodio Loyola, y muchos otros han continuando cantando.

Tomamos prestada esa frase emblemática para subtitular esta crónica, que es una referencia a la conmemoración del Centenario del Natalicio de Don Julio, acontecimiento feliz que se ha estado celebrando durante todo el año 2009, a través de reuniones, conferencias, conversatorios, escritos, actos recordatorios, y cuyo clímax tuvo lugar los días 23, 24 y 25 de octubre del corriente año, en la población de Achaguas, que es igual a decir, la tierra del Nazareno y del río Matiyure.
Como es sabido, don Julio César Sánchez Olivo nació en la Parroquia Guachara, Municipio Achaguas, del Estado Apure, el día 21 de Octubre de 1909, por lo cual, la Comisión desde un primer momento se planteó como objetivo central, darle participación en las actividades a realizar, a gente que estuvo de una u otra forma relacionada con su quehacer intelectual, tanto en su Apure nativo como en el resto del llano venezolano.
Como miembro de la Comisión Nacional designada por la Dirección de Cultura del Ejecutivo de Estado Apure y por el Centro de Estudios del Llano de la Universidad Rómulo Gallegos (CELLUNERG), asistimos a Achaguas, a respaldar al profesor Argenis Méndez Echenique, Cronista Mayor de Apure, quien la presidió, junto con el cronista del municipio, profesor Elisur Lares Bolívar, la cronista adjunta, profesora Luisa Martínez, la alcaldía, el Concejo Municipal, la Casa de la Cultura y las fuerzas vivas de Achaguas y San Fernando, quienes realizaron un importante trabajo de organización para que los actos estuviesen a la altura de tan meritorio y ejemplar ciudadano, orgullo del gentilicio apureño y llanero. Sentimiento recogido en la expresión de Elvin Barreto Guedez, cuando en su disertación nos dijo: “Julio César Sánchez Olivo fue portador de una ética que hoy venimos a reivindicar”.
La Casa de la Cultura “Cantante Carlos Guevara” de Achaguas, sirvió de escenario para realizar tres jornadas de intenso y fructífero trabajo intelectual y folclórico, donde se resaltó lo mejor del ciclo vital del conocido poeta sabanero, expresado en sus diversas facetas: poética, política, intelectual, comunicacional, ciudadana y humana.
La conferencia central la dictó el doctor Adolfo Rodríguez, reconocido académico e historiador guariqueño, quien realizó una magistral disertación de la vida y obra del Poeta llanero, titulada “Julio César Sánchez Olivo, mensajero de resonancia étnica”, donde hizo énfasis en “los vaticinios de Sánchez Olivo acerca de un mundo llamado Apure que no morirá jamás”. Las ponencias presentadas por participantes de los estados Apure, Barinas, Cojedes, Guarico, Miranda y Vargas, constituyeron todo un aporte antológico para el conocimiento de la vida y la obra del poeta. Entre otras, son emblemáticas:
- “Conversación con don Julio, Agosto de 1986” presentada por el Cronista de Maracay, profesor Oldman Botello.
- “La teluridad en la poética de don Julio César Sánchez Olivo” del profesor Felipe Hernández, de la Universidad Simón Rodríguez – Núcleo Valle de la Pascua.
- “El llano desde la pasión y la nostalgia. Un acercamiento impresionista a la obra poética de Julio César Sánchez Olivo”. Del escritor cojedeño Julio Rafael Silva.
- “Julio César Sánchez Olivo y su labor investigativa”. Presentada por el cronista de Achaguas, Elisur Lares.
- “La poesía de Sánchez Olivo desde el enfoque de la versoterapia”, por Ramón Ojeda Cruzate, Cronista de Elorza.
- “La trayectoria política de Sánchez Olivo”. Del profesor Elvin Barreto Guedes de la Universidad Simón Bolívar – Núcleo El Litoral.
- “Vida y obra de Sánchez Olivo”, del Cronista de Guasdualito, Aldo Márquez.
- “Canto llanero al gran poeta apureño”. Presentada por el escritor barinés, Miguel Ángel Nieves, entre otras.
En cada uno de los trabajos leídos, se vigoriza la idea que para el llanero la poesía de Sánchez Olivo es como un acicate, un referente para toda la vida, para la eternidad, para orgullo de sus familiares y parientes: María Elena Sánchez Maldonado y Ana María Gil Sánchez (sobrinas del poeta, hija la primera y nieta la segunda, de su hermano Teodorito Sánchez Olivo), quienes en representación de la familia del homenajeado estuvieron presentes en los actos.
Un reconocimiento especial, merece la actuación de la Orquesta Sinfónica Juvenil del Municipio Achaguas, que nos deleitó con sus selectas interpretaciones. Del igual manera, son dignas de reconocerse las atenciones dispensadas por el profesor Méndez Echenique, por la alcaldesa, Claritza Jiménez de Garbi, los concejales Orlando Cordero y “Chichita” Landaeta; el director de la Casa de la Cultura, cantante y folclorista Ramón Ojeda, el cronista y la cronista adjunta, Elisur Lares y Luisa Martínez, la profesora Rosa Simona Ojeda de la Sociedad Bolivariana, el profesor Pedro Pablo Olivares y las profesoras Lilian María Méndez y María Soledad Moreno de Cortéz, así como los poetas y folcloristas apureños: Omar Moreno Gil, Rómulo Eudoro González Blanco, José Ramón Mejías (Samanela), Demetrio Hernández, Valentín ¿?, Cristóbal Jiménez y Ramón Oviedo; y de Barinas, los poetas Miguel Ángel Nieves y Reinaldo Arias, entre otros. En esta jornada centenaria sobre el insigne poeta apureño, como en su verso, una vez más nos llevó: Por el rumbo de la vida / del mediodía hacia el ocaso, / llevando el llano por dentro / marchas con tu recio ánimo, / porque a tu alma de poeta / bien la templó el sol de marzo… y por ahí se va la obra de un hombre que asumió compromisos políticos y literarios sin hacer grandes distinciones entre uno y otro, entendiendo su acción como una extensión de su actividad ciudadana, que le permitía acceder y divulgar la vida y las costumbres ancestrales del hombre del llano, con la esperanza de preservarlas y quizás moralizarlas y al mismo tiempo inocular su muy particular visión del mundo, que le legó al futuro, y como una pequeña contribución a la posteridad, en su poética nos deja testimonio de su experiencia y de sus sentimientos.
En Valle de la Pascua, a los ocho días del mes de diciembre del año 2009.
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lunes, diciembre 07, 2009

Cada palabra sabe algo sobre el círculo vicioso

Por HERTA MÜLLER *

¿TIENES UN PAÑUELO? me preguntaba mi madre cada mañana en la puerta de casa, antes de que yo saliera a la calle. Yo no tenía el pañuelo, y como no lo tenía, regresaba a la habitación y sacaba un pañuelo. No tenía el pañuelo cada mañana, porque cada mañana aguardaba la pregunta. El pañuelo era la prueba de que mi madre me protegía por la mañana. A otras horas del día, más tarde o en otras circunstancias, quedaba a merced de mí misma. La pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? era una ternura indirecta. Una directa hubiera sido penosa, algo que no existía entre los campesinos. El amor se disfrazaba de pregunta. Sólo así podía decirse a secas, en tono de orden, como las maniobras del trabajo. El hecho de que la voz fuera áspera realzaba incluso la ternura. Cada mañana estaba yo una vez sin pañuelo en la puerta, y una segunda vez con pañuelo. Sólo después salía a la calle, como si con el pañuelo también estuviera mi madre.


Y veinte años más tarde estaba hacía tiempo sola en la ciudad, como traductora en una fábrica de maquinarias. A las cinco de la mañana me levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada día igual al otro.


Al tercer año se acabó la igualdad de los días. En el transcurso de una semana entró tres veces en mi oficina, a primera hora de la mañana, un hombre gigantesco, de huesos sólidos, con ojos azules centelleantes, un coloso del Servicio Secreto.

La primera vez me insultó de pie y se marchó.

La segunda vez se quitó el impermeable, lo colgó en una percha del armario y se sentó. Aquella mañana yo había traído de casa unos tulipanes y los estaba acomodando en el florero. El tipo me observaba y alabó mi inusual conocimiento del ser humano. Su voz era resbaladiza. Sentí un gran desasosiego. Impugné su elogio y le aseguré que sabía algo de tulipanes, pero nada del ser humano. Entonces me dijo en tono malicioso que él me conocía mejor que yo a los tulipanes. Luego se colgó del brazo el impermeable y se marchó.

La tercera vez se sentó y yo permanecí de pie, porque había dejado su cartera sobre mi silla. No me atreví a ponerla en el suelo. Me insultó tratándome de necia redomada, holgazana, putilla, tan corrompida como una perra vagabunda. Empujó los tulipanes hasta casi el borde de la mesa, en cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Rugió: escribe. De pie, empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que..., y entonces llegó la horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí. Puse el lápiz a un lado y me dirigí a la ventana, por la que miré hacia la polvorienta calle. No estaba asfaltada, baches y casas gibosas. Y esa calleja ruinosa se llamaba, encima, Strada Gloriei: calle de la gloria. En la calle de la gloria había un gato trepado en la morera desnuda. Era el gato de la fábrica y tenía una oreja desgarrada. Encima de él brillaba el sol matinal como un tambor amarillo. Dije: N-am caracterul. No tengo este carácter. Se lo dije a la calle, fuera. La palabra CARÁCTER puso histérico al hombre del Servicio Secreto. Rompió la hoja y tiró los trozos al suelo. Pero probablemente se le ocurrió que tendría que presentarle a su jefe la prueba de que había intentado incorporarme a su red de espionaje, porque se agachó, recogió todos los trozos en una mano y los metió en su cartera. Luego lanzó un profundo suspiro y, en medio de su derrota, arrojó hacia la pared el florero con los tulipanes, que se estrelló y crujió como si hubiera dientes en el aire. Con la cartera bajo el brazo dijo en voz queda: esto lo pagarás muy caro. Te ahogaremos en el río. Como hablando conmigo misma dije: Si firmo eso ya no podré vivir conmigo y tendría que hacerlo yo. Mejor háganlo ustedes. Y al instante la puerta de la oficina ya estaba abierta y él se había marchado. Y fuera, en la Strada Gloriei, el gato de la fábrica había saltado del árbol al tejado de la casa. Una de las ramas se mecía como un trampolín.

Al día siguiente comenzó el tira y afloja. Yo debía desaparecer de la fábrica. Cada mañana a las seis y media tendría que presentarme ante el director, con el que cada mañana estaban el jefe del sindicato y el secretario el Partido. Y así como en otros tiempos me preguntaba mi madre: ¿tienes un pañuelo? ahora me preguntaba cada mañana el director: ¿Has encontrado otro trabajo? Y yo le respondía cada vez lo mismo: No estoy buscando ninguno. Estoy a gusto aquí en la fábrica, quisiera quedarme hasta la jubilación.

Una mañana llegué al trabajo y mis voluminosos diccionarios estaban en el suelo del pasillo, junto a la puerta de mi oficina. La abrí, y había un ingeniero sentado a mi escritorio. Me dijo: aquí se llama a la puerta antes de entrar. Ahora estoy aquí yo, y tú ya no tienes nada que hacer en este despacho. A casa no podía irme, porque habrían tenido un pretexto para despedirme por faltar sin permiso. Ahora no tenía oficina, y con mayor razón tenía que ir cada día normalmente al trabajo, por ningún motivo debía ausentarme.

Una amiga, a la que cada día se lo contaba todo en el camino de vuelta a casa por la Strada Gloriei, me dejó compartir al principio una esquina de su escritorio. Pero una mañana se plantó ante la puerta de la oficina y me dijo: No me autorizan a dejarte entrar. Todos dicen que eres una soplona. Las trabas y vejaciones se enviaban hacia abajo, los rumores empezaron a propagarse entre los colegas. Eso era lo peor. Contra los ataques uno puede defenderse, contra la calumnia es impotente. Yo contaba cada día con todo, incluso con la muerte. Pero con esa perfidia no sabía qué hacer. Ningún cálculo la volvía soportable. La calumnia nos atiborra de mugre, y nos asfixiamos porque no podemos defendernos. En opinión de mis colegas yo era exactamente aquello a lo que me había negado. Si los hubiera espiado y delatado, habrían confiado en mí sin sospechar nada. En el fondo, me castigaban porque yo los protegía.

Como ahora con mayor razón no podía ausentarme, pero no tenía despacho y a mi amiga no le permitían dejarme entrar en el suyo, me instalé, indecisa, en la caja de la escalera, una escalera que recorrí varias veces de arriba abajo – de pronto volví a ser la hija de mi madre, porque TENÍA UN PAÑUELO. Lo extendí en un escalón entre el primer y el segundo piso, lo alisé para que estuviera como es debido y me senté encima. Me puse en las rodillas mis gruesos diccionarios y empecé a traducir descripciones de máquinas hidráulicas. Yo era un chiste malo sobre la escalera, y mi despacho, un pañuelo. En las pausas del mediodía, mi amiga se sentaba en la escalera junto a mí. Comíamos juntas como antes en su oficina y, más antes aún, en la mía. Por el altavoz del patio, como siempre, los coros de los obreros entonaban cantos sobre la felicidad del pueblo. Mi amiga comía y lloraba por mí. Yo no. Debía mantenerme firme y dura. Largo tiempo. Unas cuantas semanas eternas, hasta que me despidieron.

En la época en que yo era un chiste malo sobre la escalera, consulté el diccionario para averiguar la importancia de la palabra ESCALERA. El primer escalón de la escalera se llama PELDAÑO DE ARRANQUE, el último escalón, PELDAÑO DEL DESCANSILLO. Los escalones horizontales que uno pisa encajan lateralmente en las MEJILLAS DE LA ESCALERA, y los espacios libres entre los distintos peldaños se llaman incluso OJOS DE LA ESCALERA. Por las piezas de las máquinas hidráulicas, embadurnadas de aceite, ya conocía las bellas palabras COLA DE GOLONDRINA y CUELLO DE CISNE, para ajustar un tornillo se utilizaba una MADRE DE TORNILLO, e igualmente me dejaron asombrada los poéticos nombres de las partes de una escalera, la belleza del lenguaje técnico: MEJILLAS DE LA ESCALERA, OJOS DE LA ESCALERA – es decir, la escalera tenía un rostro, ya fuese de madera, piedra, cemento o hierro – y los hombres reproducen su propia cara en las cosas más voluminosas del mundo, dan al material muerto los nombres de su propia carne, lo personifican en partes del cuerpo. Y el arduo trabajo sólo les resulta soportable a los especialistas gracias a esa ternura oculta. Cada trabajo, en cada profesión, se rige por el mismo principio de la pregunta de mi madre sobre el pañuelo.

Cuando yo era niña, en casa había un cajón destinado a los pañuelos. En él se alineaban tres pilas en dos hileras, una detrás de la otra:

A la izquierda, los pañuelos de hombre, para el padre y el abuelo.
A la derecha, los pañuelos de mujer, para la madre y la abuela.
En el centro, los pañuelos de niño, para mí.

Aquel cajón era nuestro retrato de familia en formato de pañuelo. Los pañuelos de hombre eran los más grandes, tenían un borde oscuro de color marrón, gris o burdeos. Los pañuelos de mujer eran más pequeños, con borde azul celeste, rojo o verde. Los pañuelos de niño eran los más pequeños, sin borde, pero en el cuadrado blanco había flores o animales pintados. Entre los tres tipos de pañuelos había los que se usaban los días laborables, en la hilera anterior, y los que se usaban los domingos, en la hilera posterior. Los domingos, el pañuelo debía hacer juego con el color de la ropa, aunque no se viera.

Ningún otro objeto en la casa, ni siquiera nosotros mismos, nos resultaba tan importante como el pañuelo. Podía utilizarse para una infinidad de cosas: resfriados, cuando la nariz sangraba o había alguna herida en la mano, el codo o la rodilla, cuando uno lloraba o lo mordía para reprimir el llanto. Un pañuelo frío y húmedo en la frente aliviaba el dolor de cabeza. Con cuatro nudos en las esquinas servía para protegerse del sol o de la lluvia. Cuando uno quería acordarse de algo, hacía un nudo en el pañuelo como artificio mnemotécnico. Para cargar bolsas pesadas se envolvía en él la mano. Si ondeaba era una señal de despedida cuando el tren salía de la estación. Y como tren se dice en rumano TREN, y en el dialecto del Banato lágrima (Träne) se dice trän, en mi cabeza el chirrido de los trenes sobre los rieles equivalía siempre al llanto. En la aldea, cuando alguien moría se le ataba enseguida un pañuelo en torno a la barbilla para que la boca permaneciera cerrada cuando pasaba la rigidez cadavérica. Cuando en la ciudad alguien se desplomaba al borde del camino, siempre había un transeúnte que con su pañuelo cubría la cara del muerto, y así el pañuelo pasaba a ser su primer reposo mortuorio.

A última hora de la tarde, los días calurosos del verano, los padres enviaban a sus hijos al cementerio para que regasen las flores. Nos juntábamos dos o tres e íbamos de una tumba a la otra, regando rápidamente. Luego nos sentábamos, muy pegados unos a otros, en las escaleras de la capilla y observábamos cómo de algunas tumbas subían nubecillas de vapor blanco. Volaban un ratito en el aire negro y desaparecían. Para nosotros eran las almas de los muertos: Figuras zoomórficas, gafas, frasquitos y tazas, guantes y medias. Y de vez en cuando un pañuelo blanco con el borde negro de la noche.

Más tarde, conversando con Oskar Pastior para escribir sobre su deportación a un campo de trabajos forzados soviético, me contó que una anciana madre rusa le regaló una vez un pañuelo blanco de batista. Tal vez tengáis suerte tú y mi hijo, y podáis regresar pronto a casa, dijo la rusa. Su hijo tenía la misma edad que Oskar Pastior y estaba tan lejos de casa como él, en la dirección opuesta, dijo, en un batallón de castigo. Oskar Pastior había llamado a su puerta como un mendigo medio muerto de hambre, quería cambiarle un trozo de carbón por un poquito de comida. Ella lo hizo entrar en la casa y le dio un plato de sopa. Y cuando la nariz de Oskar empezó a gotear en el plato, le dio el pañuelo blanco de batista, que nadie había usado todavía. Con un borde calado de bastoncillos y rosetas impecablemente bordados con hilos de seda, el pañuelo era una belleza que abrazó e hirió al mendigo. Un híbrido; por un lado un consuelo de batista; por el otro, una cinta métrica con bastoncillos de seda, las rayitas blancas en la escala de su desamparo. El mismo Oskar Pastior era un híbrido para esa mujer: un mendigo extraño en la casa y un hijo perdido en el mundo. En esas dos personas lo había hecho feliz y le había exigido demasiado el gesto de una mujer que para él también era dos personas: una rusa extraña y una madre preocupada con la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO?

Desde que me enteré de esta historia también yo tengo una pregunta: ¿Es ¿TIENES UN PAÑUELO? válida en todas partes y se halla extendida sobre medio mundo en el brillo de la nieve entre la congelación y el deshielo? ¿Cruza todas las fronteras pasando entre montañas y estepas hasta adentrarse en un gigantesco imperio sembrado de campos de trabajos forzados? ¿No hay manera de dar muerte a la pregunta ¿TIENES UN PAÑUELO? ni siquiera con la hoz y el martillo, ni siquiera en el estalinismo de la reeducación a través de tantos campos de trabajos forzados?

Aunque hace décadas que hablo rumano, en la conversación con Oskar Pastior me percaté por primera vez de que en rumano pañuelo se dice BATISTA, de nuevo la sensual lengua rumana, que simplemente lanza con apremio sus palabras hasta el corazón de las cosas. El material no da ningún rodeo, se designa como pañuelo listo, como BATISTA. Como si cada pañuelo fuera de batista en todo tiempo y lugar.

Oskar Pastior guardó en la maleta el pañuelo como reliquia de una doble madre con un doble hijo. Luego se lo llevó a casa tras cinco largos años en el campo de trabajos forzados. ¿Por qué? – su pañuelo blanco de batista era esperanza y miedo, y cuando uno renuncia a la esperanza y al miedo, muere.

Después de la conversación sobre el pañuelo blanco me pasé media noche pegándole a Oskar Pastior un collage sobre un papel blanco:

Aquí bailan puntos dice Bea
entras en un vaso de leche de tallo largo
ropa interior blanca tina de zinc gris verde
contra reembolso se corresponden
casi todos los materiales
mira aquí
yo soy el viaje en tren y
la cereza en la jabonera
nunca hables con hombres extraños ni
acerca de la Central

Cuando a la semana siguiente fui a su casa a regalarle el collage, me dijo: encima debes pegar: “PARA OSKAR”. Yo le dije: Lo que te doy, te pertenece, y tú lo sabes. Él dijo: debes pegarlo encima, tal vez el papel no lo sepa. Me lo llevé de nuevo a casa y encima pegué: para Oskar. Y se lo volví a regalar la semana siguiente, como si hubiera regresado la primera vez de la puerta sin pañuelo y ahora estuviera por segunda vez en la puerta con pañuelo.

Con un pañuelo termina también otra historia:

El hijo de mis abuelos se llamaba Matz. En los años treinta lo enviaron a Timişoara a estudiar finanzas para que se hiciera cargo del negocio de cereales y de la tienda de ultramarinos de la familia. En la Escuela enseñaban maestros del Reich alemán, auténticos nazis. Al concluir sus estudios Matz quizás había recibido, de paso, una capacitación en finanzas, pero sobre todo recibió una formación de nazi – un lavado de cerebro planificado. Cuando salió de la escuela, Matz era un nazi fervoroso, un convertido. Ladraba consignas antisemitas, era inalcanzable como un débil mental. Mi abuelo lo reprendió repetidas veces, diciéndole que debía toda su fortuna sólo a los créditos de hombres de negocios judíos amigos suyos. Y al ver que esto no servía de nada, lo abofeteó varias veces. Pero a su hijo le habían trastornado el juicio. Jugaba a ser el ideólogo de la aldea, vejaba a los muchachos de su edad que se negaban a ir al frente. En el ejército rumano ocupaba un puesto de oficinista. Pero de la teoría quiso pasar a la práctica. Se presentó voluntario en las SS, quería ir al frente. Unos meses después regresó a casa para casarse.

Tras haber sido testigo de los crímenes en el frente, aprovechó una fórmula mágica válida para escaparse unos días de la guerra. Esa fórmula mágica era: permiso por boda.

Mi abuela tenía dos fotos de su hijo Matz en el fondo de un cajón, una foto de la boda y una foto de la muerte. En la foto de la boda se ve una novia vestida de blanco, una mano más alta que él, esbelta y seria, una virgen de yeso. Sobre su cabeza hay una corona de cera como hojas nevadas. Junto a ella está Matz con su uniforme nazi. En vez de ser un novio, es un soldado. Un soldado de la boda y su propio último soldado de la patria. Apenas volvió al frente, llegó la foto de la muerte. Y en ella un último soldado destrozado por una mina. La foto de la muerte es del tamaño de una mano, un campo negro, en el centro un paño blanco con un montoncito gris de restos humanos. Sobre el fondo negro, el paño blanco parece tan pequeño como un pañuelo de niño cuyo cuadrado blanco tiene pintado en el centro un dibujo extraño. Para mi abuela esa foto también tenía su híbrido. En el pañuelo blanco había un nazi muerto, en su memoria, un hijo vivo. Mi abuela dejó esa doble foto todos aquellos años en su devocionario. Rezaba cada día. Probablemente sus oraciones también tenían doble fondo. Probablemente seguían el hiato entre el hijo querido y el nazi obcecado y pedían también al Señor Dios que hiciera el espagat de amar a ese hijo y perdonar al nazi.

Mi abuelo había sido soldado en la Primera Guerra Mundial. Sabía de qué estaba hablando cuando decía a menudo y en tono amargo, refiriéndose a su hijo Matz: Sí, cuando ondean al viento las banderas, el juicio se pierde en las trompetas. Esta advertencia también era aplicable a la siguiente dictadura, en la que me tocó vivir a mí misma. A diario se veía cómo el juicio de los pequeños y grandes oportunistas se perdía en las trompetas. Yo decidí no tocar la trompeta.
Pero de niña tuve que aprender a tocar el acordeón contra mi voluntad. Pues en la casa se había quedado el acordeón rojo de Matz, el soldado muerto. Las correas del acordeón eran demasiado largas para mí, y para que no se resbalaran por mis hombros, el maestro de acordeón me las ataba a la espalda con un pañuelo.

Se puede decir que precisamente los objetos más pequeños, ya sean trompetas, acordeones o pañuelos, terminan atando las cosas más dispares en la vida; que los objetos giran y, en sus desviaciones, tienen algo que obedece a las repeticiones, al círculo vicioso. Uno puede creerlo, mas no decirlo. Pero lo que no puede decirse, puede escribirse. Porque la escritura es un quehacer mudo, un trabajo que va de la cabeza a la mano. De la boca se prescinde. En la dictadura yo hablaba mucho, sobre todo porque había decidido no tocar la trompeta. La mayoría de las veces, hablar tenía consecuencias intolerables. Pero la escritura empezó en el silencio, en aquella escalera de la fábrica donde tuve que sopesar y decidir conmigo misma más cosas de las que podían decirse. El acontecer ya no podía articularse en palabras. A lo sumo los añadidos externos, mas no su dimensión. Esta yo sólo podía deletrearla en mi cabeza, en silencio, en el círculo vicioso de las palabras al escribir. Reaccionaba ante el miedo a la muerte con hambre de vida. Era un hambre de palabras. Sólo el torbellino de las palabras podía captar mi estado y deletreaba lo que no podía decirse con la boca. Yo iba detrás de lo vivido en el círculo vicioso de las palabras, hasta que aparecía algo que no había conocido antes. Paralelamente a la realidad entraba en acción la pantomima de las palabras, que no respeta dimensiones reales, reduce las cosas principales y aumenta las secundarias. El círculo vicioso de las palabras confiere de buenas a primeras una especie de lógica maldita a lo vivido. La pantomima es furiosa y permanece atemorizada y tan adicta como hastiada. El tema dictadura surge ahí espontáneamente, porque la naturalidad ya nunca regresa cuando a uno se la han robado casi por completo. El tema está implícito ahí, pero las palabras se apoderan de mí y llevan al tema adonde quieren. Ya nada es cierto y todo es verdad.

Como chiste malo sobre la escalera estaba yo tan sola como en aquella época, en que de niña, cuidaba vacas en el valle del río. Comía hojas y flores para formar parte de ellas, porque ellas sabían cómo se vive y yo no. Me dirigía a ellas dándoles un nombre. El nombre cardo lechoso debía ser realmente la planta espinosa con leche en los tallos. Pero la planta no escuchaba el nombre cardo lechoso. Entonces yo lo intentaba con nombres inventados: COSTILLA ESPINOSA, CUELLO DE AGUJA, en los que no figuraban ni cardo ni lechoso. En el engaño de todos los nombres falsos ante la planta verdadera se abría el agujero hacia el vacío. La situación ridícula de hablar a solas en voz alta conmigo y no con la planta. Pero la situación ridícula me hacía bien. Yo cuidaba vacas y el sonido de las palabras me protegía. Sentía:

Cada palabra en el rostro
sabe algo del círculo vicioso
y no lo dice

El sonido de las palabras sabe que debe engañar, porque los objetos engañan con su material, y los sentimientos, con sus gestos. En el punto de intersección del engaño de los materiales y de los gestos se instala el sonido de las palabras con su verdad inventada. Al escribir no puede hablarse de confianza, sino más bien de la honestidad del engaño.
Por entonces, en la fábrica, cuando yo era un chiste malo sobre la escalera, y el pañuelo, mi oficina, también encontré en el diccionario la hermosa palabra INTERÉS ESCALONADO, que designa las tasas de interés de un préstamo que van subiendo por tramos. Las tasas de interés son para uno gastos y para otro, ingresos. Al escribir acaban siendo ambas cosas, cuanto más voy ahondando en el texto. Cuanto más me expolia lo escrito, tanto más muestra a lo vivido lo que no había en el vivir. Sólo las palabras lo descubren, porque antes no lo conocían. Allí donde sorprenden a lo vivido es donde mejor lo reflejan. Se vuelven tan apremiantes que lo vivido debe aferrarse a ellas para no deshacerse.

Me parece que los objetos no conocen su material, que los gestos no conocen sus sentimientos y las palabras tampoco conocen la boca que las enuncia. Pero para asegurarnos nuestra propia existencia necesitamos los objetos, los gestos y las palabras. Cuanto más palabras nos es permitido usar, tanto más libres somos. Cuando se nos prohíbe la boca, intentamos afirmarnos con gestos e incluso con objetos. Son más difíciles de interpretar y permanecen un tiempo libres de sospecha. Y así pueden ayudarnos a convertir la humillación en una dignidad que permanece libre de sospecha por un tiempo.

Poco antes de mi emigración de Rumania, el policía de la aldea vino un día muy de mañana a llevarse a mi madre. Ella estaba ya en la puerta cuando se le ocurrió la pregunta: ¿TIENES UN PAÑUELO? Y no lo tenía. Aunque el policía se mostró impaciente, ella volvió a entrar en la casa y sacó un pañuelo. En la comisaría el policía estalló en gritos e improperios. Los conocimientos de rumano de mi madre no bastaban para que comprendiera los rugidos del policía, que luego se marchó del despacho y cerró la puerta con llave desde fuera. Mi madre se pasó el día entero encerrada allí. Las primeras horas sentada a la mesa, llorando. Después empezó a ir de un lado para otro y a limpiar el polvo de los muebles con el pañuelo empapado en lágrimas. Por último cogió el cubo de agua del rincón y la toalla que colgaba de un clavo en la pared y fregó el piso. Me quedé aterrada cuando me lo contó. ¿Cómo has podido fregarle el despacho a ese individuo?, le pregunté. Y ella me respondió, sin ningún reparo: quería hacer algo para matar el tiempo. Y el despacho estaba tan mugriento. Hice bien en llevarme uno de los pañuelos de hombre, grandes.
Sólo entonces comprendí que con esa humillación adicional, pero voluntaria, se había proporcionado dignidad en aquel arresto. En un collage busqué palabras para formularlo:

Yo pensaba en la rosa vigorosa en el corazón
en el alma inservible como un colador
pero el propietario preguntó:
¿quién se acaba imponiendo?
yo dije: salvar el pellejo
él gritó: el pellejo es
sólo una mancha de la batista ofendida
sin juicio.

Me gustaría poder decir una frase para todos aquellos que, en las dictaduras, todos los días, hasta hoy, son despojados de su dignidad, aunque sea una frase con la palabra pañuelo, aunque sea la pregunta: ¿TENÉIS UN PAÑUELO?

Puede ser que, desde siempre, la pregunta por el pañuelo no se refiera en absoluto al pañuelo, sino a la extrema soledad del ser humano.

Traducido por Juan José del Solar Bardelli. Tomado del Diario El País de España.7 diciembre de 2009
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* Discurso previo de la escritora rumano-alemana en Estocolmo por el premio Nobel de Literatura 2009.7 diciembre de 2009

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jueves, noviembre 26, 2009

Crónica de un último adiós




Puesto que polvo eres y a ser polvo tornarás

Génesis 3,


Por José Obswaldo Pérez

Las aguas del río El Castrero, en San Juan de los Morros, Guárico, recibieron calidamente y acompañadas de pétalos de rosas las cenizas de la profesora Irma Mendoza, en un gesto humano y sensible de sus familiares de dejar acá in memorian los polvos de quien en vida dedicó toda su querencia al Guárico; con ello se simbolizaba el último adiós y se cumplía un deseo que algún día ella había pronunciado.

Las exequias de la profesora Irma Mendoza, traídas por sus familiares de Caracas (especialmente por su hermana, la profesora Fanny Mendoza), fueron recibidas en la Biblioteca Pública Rómulo Gallegos; allí, un grupo de amigos, familiares, ex-alumnos, compañeros de trabajo y profesores, se trazo el destino de trasládanos al Balneario El Castrero, para finalmente presenciar el acto de esparcimiento de sus cenizas en el río, y así compartir su último adiós.

-Irma, no se ha ido. Irma se hizo luz, resumió en palabras tras palabras, uno de sus mejores amigos, el profesor Alexis Tosta. Sentencia que rompía aquellas imágenes, como ocurre siempre en nuestros íntimos momentos, cuando se presenta la pregunta acerca de la vida y la muerte. Tosta habló en nombre de los familiares y los amigos de Caracas.

Por su parte, el doctor Argenis Ranuarez- cronista municipal de San Juan de los Morros-, los hizo en nombres de sus amigos guariqueños, en nombre de la academia y de sus alumnos. “Del espíritu guerrero de Irma Marina Mendoza, queda y quedará, mientras cada uno de nosotros tenga un acto de fe; mientras uno de sus alumnos, de sus amigos, de sus compañeros de trabajo o de sus admiradores -entre de los cuales me encuentro- tengan vida, habrá Irma Marina Mendoza viva, viva en la presencia gratificante de la memoria”.

Su sobrino Miguel Pepe Mendoza fue el encargado de esparcir las cenizas de su tía Irma, en una cascada de agua cristalinas y sonoras de la una de la tarde, donde el viento suave abrazaba, cordial, los cuerpos de todos los que presenciamos el acto de desprendimiento, porque así nacemos y así morimos; socializamos, creamos lazos, amistades, tenemos familia, seres a quienes amamos más allá de la muerte, pero de quienes tarde o temprano hemos de desprendernos físicamente. Y volvía la reflexión íntima sobre la vida y la muerte entre quienes presenciamos ese acto de amor de la familia.

Ese mediodía, entre el agua de un río, el cielo y el sol, el suave viento llevaba las cenizas y el espíritu de nuestra querida amiga Irma; volaba y quizás algunos nos la imaginamos libre, ahí de pies junto a los otros, con el ruido de la cascada, y enfrente de una poza de aguas tranquilas. Las emociones iban, venían; mientras veíamos aquel pequeño salto recordábamos a Irma, sentíamos la mutua compañía al reconocer que en las cenizas regadas en el agua iba su espíritu y nos figurábamos su recuerdo, lo que de ella se nos queda en la memoria, cada quien con una parte de la Irma que conocimos.

El viento suave y el cielo, los rayos del sol apacible, fueron también compañía propicia para traer a nuestra imaginación los recuerdos que de ella teníamos, porque en el eterno tiempo que existe, los seres humanos tenemos el propio tiempo, el que nos toca vivir, para después quedar en el recuerdo, en la memoria de cada persona que nos conoció: los amigos, los familiares, los seres que nos amaron o que nos odiaron, cada uno de ellos se queda con un trozo de nuestra historia.

Quizás desde este día, la profesora Irma Mendoza amanece con el sol que se refleja en las aguas de El Castrero, o más allá en la vuelta de un riachuelo o las mismas aguas del río Guárico; o, en cualquiera partes de estas tierras anchas e inmensas, saludando a los hombres y mujeres que visitan este lugar y respiran su naturaleza, ese llano que, en los días de verano, es un horizonte infinito, pero en las tardes, cuando el horizonte y el sol se unen, se convierte en espejo de uno mismo; y ahí Irma tendrá un interlocutor incansable para seguir contando historias, que ya no estarán en las páginas de algún artículo o libro sino frente a nuestros ojos, cuando veamos el inmenso horizonte, porque las historias que leemos no son sólo las de la historiadora sino las que, al leer, nos leemos a nosotros mismos.

NOTA: Las exequias de la profesora Irma Mendoza fueron esparcidas en El Castrero, el día 25/11/2009, a eso de la una de la tarde. [full_width]
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