El negocio de nuestra democracia

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Si algo caracteriza a Delcy Rodríguez y a su hermano, es una notable capacidad de mimetización. Saben leer el entorno, ajustar el discurso, cambiar el disfraz para sobrevivir.


Por Walter Molina

Delcy Rodríguez no es una Adolfo Suárez ni, mucho menos, una Frederik de Klerk. No lo es en términos históricos, políticos ni morales. Y la insistencia en forzar esa analogía, además de incorrecta, es peligrosa, porque confunde adaptación con convicción y supervivencia con liderazgo transformador.

Si algo caracteriza a Delcy Rodríguez y a su hermano, es una notable capacidad de mimetización. Saben leer el entorno, ajustar el discurso, cambiar el disfraz para sobrevivir. El chavismo residual ha quedado reducido exactamente a eso: a administrar un poder que no le pertenece, intentando durar “un día más” mientras el edificio que construyeron se derrumba desde adentro. Y es que el chavismo ya no existe como movimiento político, y ni siquiera como “idea”. Perdió la hegemonía social, la legitimidad electoral y la capacidad de ofrecer un horizonte simbólico. Lo que subsiste es una estructura de control, sostenida por coerción, corrupción y miedo.

Los Rodríguez son lo que siempre fueron: delincuentes, corruptos, represores, aliados de tiranías y de organizaciones criminales transnacionales. Comunistas de verdad y, sobre todo, unos sujetos que odian profundamente a los venezolanos. Acomplejados. Vengativos, como ella misma ha admitido. No hay en su trayectoria ni un solo indicio de conversión democrática, ni de arrepentimiento político, ni de comprensión del daño causado.

Por eso, nada de lo que han hecho en este último mes responde a una vocación democrática, ni a un impulso personal de “tender puentes” entre la tiranía que representan y una democracia futura. Lo hacen porque no les queda alternativa. Porque Estados Unidos les marcó la cancha, los tiempos, las etapas y la agenda. Porque el 28 de julio de 2024 los dejó políticamente sacudidos y el 3 de enero de 2026 los terminó de quebrar.

Lo hacen porque la única forma de permanecer —aunque sea transitoriamente— fue entregar a Nicolás Maduro (ah, es que son traidores, también) y aceptar el papel que les fue asignado: desmantelar, bajo tutela externa, el sistema criminal que ellos mismos ayudaron a construir.

Pero no confiamos en ellos. No confiamos los venezolanos, que conocemos demasiado bien su historial de incumplimientos, traiciones y simulaciones. Y tampoco confía el mundo económico. Las empresas internacionales, los inversores serios y los actores financieros no se mueven por discursos coyunturales ni por promesas hechas bajo presión. Esperan algo mucho más concreto: Estado de Derecho efectivo, reglas claras, instituciones legítimas, no administradores transitorios del caos.

Por eso la transición hacia la libertad no es algo que “ocurra” por inercia. Es una tarea que debemos asumir activamente, sabiendo que enfrentamos a bárbaros que solo entienden la lógica del costo y del castigo, no la del compromiso democrático. De allí también la cautela, perfectamente racional, de quienes ven en Venezuela una enorme oportunidad económica, pero no invertirán mientras la legalidad no sea una constante.

Las transiciones exitosas se consolidan cuando la democracia deja de ser una concesión y pasa a ser el marco estructural. Y eso exige legitimidad electoral real, división de poderes, justicia independiente y liderazgo democrático reconocido. Todos sabemos, dentro y fuera del país, quién encarna hoy esa legitimidad.

El mejor negocio para casi todos es la democracia. Para que los ciudadanos venezolanos recuperen sus derechos, libertades y dignidad, pero también para quienes buscan estabilidad, previsibilidad y crecimiento. Cada día que pasa, eso queda más claro, de Caracas a Washington.

El chavismo residual puede administrar una retirada. Puede ser funcional, por un tiempo corto, a un proceso tutelado. Pero no puede fundar nada nuevo. La democracia, en cambio, sí. Y es ahí donde está la verdadera disputa histórica que se está jugando.

Walter Molina es politólogo y analista venezolano

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