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lunes, marzo 06, 2023

Otredad y devenir en la letra de Raday Ojeda


El uso y abuso frecuente de espejos y espejismos en la ebria latitud de la página en La violenta maquinaria del olvido hace proyectar en el papel, un sin número de sombras de fabulados mitos y fauna; allí, cada cárcava dialoga con las paredes con el barro y su pastosa esencia.


Roger Herrera Rivas


Vinculado al río del lenguaje se aproxima nuestro argonauta ̵ lector en su bongo de imágenes a subvertir todo lo leído a trasegar lo estudiado en sus penumbras, o enjundiosas soledades para volcarnos tras la ola de la otredad en el signo de nuevas y caducas identidades, solapadas en los sonidos de vocablos abstrusos o falsos espejos, donde el imaginario relata y regresa cargado de tiempos pespunteados de arena en los tremedales recuerdos de río y sabana, allí, donde el piloto elabora su bitácora de sueños, allí donde toda evocación está permitida por el olvido, la cicatriz, o nada más que un recuerdo licencioso.


El uso y abuso frecuente de espejos y espejismos en la ebria latitud de la página en La violenta maquinaria del olvido hace proyectar en el papel, un sin número de sombras de fabulados mitos y fauna; allí, cada cárcava dialoga con las paredes con el barro y su pastosa esencia. Espacio para la realización donde Raday funge de médium para propiciar en Selene o en las tripas del ganado o la llanera tinaja y el fogón; el padre y los aguaceros; los ladrillos atizados del hogar y el espumoso corazón de María Eugenia (Madre) donde funda una nueva voz, una nueva estancia y desde el lenguaje pronuncia sus apetitos u honra al nombrar las clavellinas; auspiciando sereno cual un Otomaco llorando a la luna la vendimia de sus palabras, en cuya esencia y ausencia, sólo insinúa la muda evocación.


La letra en Ojeda es tradición, entendiéndose esta noción bajo la sentencia de Guillermo D´Ors “Todo lo que no es tradición es plagio.” En el hacer poético de nuestro bardo encontramos reminiscencias simbólicas de todos aquellos que han sufrido la diáspora y el exilio ante la pérdida del origen, la familia o del amado suelo. Sin perder de vista la exaltación del terruño y su acervo. La palabra ante el sufrir se acendra a manera de vórtice en nuestro subconciente para generar desde los vocablos y tropos deliberados el hecho de la identidad. Empero, identidad asumida desde la distancia y la otredad. Estos menesteres de hilvanar esta tradición cargada de evocaciones, ausencias y heridas nos trasladan entre otros a la letra de Homero o bien a “La tierra baldía” de T. S. Eliot (1922) como ejemplos foráneos; así como rememora en sus acentos a otros nacidos en nuestro suelo, delos cuales citaremos a: Pío Tamayo en su ya antológico poema Homenaje y demanda del Indio que recitó en el Teatro Municipal de Caracas en 1928 tanto a los estudiantes como a la reina Beatriz I, en plena dictadura gomecista. He aquí, un canto contra el despotismo y un conjuro para redescubrirnos en la matria y su recuperación desde el ejercicio del lenguaje; osadía que le costó a nuestro vate, perder su libertad y su vida.


Otra grupo de poetas que se inscriben en esta modalidad tradicional de exaltar las virtudes de la tierra y su acervo, como la voz y mirada desde el éxodo y el destierro, incluiremos a manera de balance celebrar a: J. A. Pérez Bonalde y su “Vuelta a la patria”, José A. Ramos Sucre en su poema “El Mandarín”, Vicente Gerbasi y “Mi padre el inmigrante”; “Si el verano es dilatado” (1968) y “Resolana “(1980) por Luis Alberto Crespo ; cerrando con el círculo solar de nuestros elegidos con el poema “Derrota” (1963) de Rafael Cadenas y sus ponderados libros Los cuadernos del destierro (1960) y “Falsas maniobras” (1966) entre otros que me disculpo por obviar.


También concurren aquí las voces del río y la arena; los tremedales zurcidos en Flor de Bora, (2011) de J.G. González Vivas y en Tierra negra (1994), o Carama (2000) dados a la luz por Igor Barreto. Versos hijos de la espuma en los peces enhebrados en la aguja de oro de la escritura; vapores, sonidos, aves que hieren la página y el cuero del ganado. La sangre dilatada de su padre el día que la noche tasajeo la luna en los fragmentos del viento en los cuibas o en la oscurana muda de los otomacos; ¿y qué hay de lo sido en los murmullos y el lloro de los Yaruros bajo la nocturna sombra de un zamuro? Sólo, la poesía podrá respondernos.


Roger Herrera Rivas nació el 7 de junio de 1962. Es licenciado en Teatro, mención Actuación, por el Instituto Universitario de Teatro (1987). Egresado de la Escuela de Artes Visuales Cristóbal Rojas (1992), mención Arte Puro. Realizó posgrado en Gerencia Cultural en Imprec-USR. Ha publicado Fragmentos (1986), La crin de Dios (1996), Desadaptado (2000), Elegías a Wolfing (2003), Octubre Rojo (2007), Mínimo y Varial I y II (edición digital de 2013), Apuntes sobre el teatro y su doble (2001), El lenguaje de los dioses (2005) y una obra de teatro, Yo, sólo Dios (2006). Ha desarrollado una extensa carrera como actor de teatro, cine y TV, paralelamente a su labor como artista plástico y docente, obteniendo múltiples reconocimientos dentro y fuera de Venezuela.

Correo: rhpunzon@gmail.com

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jueves, abril 07, 2011

‘Copy’, ‘paste’ y plagio

Hoy, ni siquiera es necesario leer con cuidado lo que se copia y pega. Tan extendida es la costumbre, que las alarmas suenan desde hace una década: el plagio en Internet se ha vuelto un recurso desesperado entre los estudiantes y entre no pocos profesionales urgidos de resultados académicos. ¿Cuál es la diferencia entre unos y otros?

Oscar Callazos, escritor y periodista colombiano
Por Óscar Collazos |PRODAVINCI
La más sencilla definición de plagio dice que es “copiar en lo sustancial obras ajenas, dándolas como propias”. Y eso es lo que Internet -dios y demonio de nuestra civilización- está facilitando: una más grande inclinación a la impostura y a la simulación. La biblioteca del mundo que se concentra y expone en la web es también una biblioteca expuesta al saqueo de simuladores grandes y pequeños.

Antes -no creo que todo tiempo pasado haya sido mejor- había que tomarse la molestia de ir a la biblioteca, buscar el tema, leer en las fuentes y reproducir con buena letra lo copiado. Aparecieron después las fotocopias y la posibilidad de burlar los derechos de autor, operación en la cual participaron educadores y educandos. Pero todavía se seguía leyendo y no era frecuente ni tan fácil presentar como propios textos de otros para beneficiarse en las pruebas académicas.

Hoy, ni siquiera es necesario leer con cuidado lo que se copia y pega. Tan extendida es la costumbre, que las alarmas suenan desde hace una década: el plagio en Internet se ha vuelto un recurso desesperado entre los estudiantes y entre no pocos profesionales urgidos de resultados académicos. ¿Cuál es la diferencia entre unos y otros?

Suelo empezar mis cursos diciendo que toda perfección me parece sospechosa; que desconfiaré de las coincidencias y que, casi por amor propio, seré implacable en la sanción del plagio. Les digo a mis alumnos que preferiría el método, digamos ecléctico, de copiar y pegar fragmentos de manera inteligente. Con este procedimiento se puede conseguir una pequeña obra propia, hecha con fragmentos ajenos.

Digo lo anterior en broma, pero también en serio. Como docente, aprecio el esfuerzo del estudiante que se toma la molestia de saber qué quiere escribir y decir, que “presta” pedazos de información y argumentación a otros y que, finalmente, mezcla en la batidora los ingredientes de su coctel. Si lo hacen numerosos artistas y les va bien en el mercado, ¿por qué no hacerlo en el aprendizaje de la escuela?
El plagio es otra cosa. Primero, es un autoengaño; segundo, es un intento de engatusar al docente; tercero, es un fraude, y, por último, quien comete fraude supone que quien recibe esa moneda falsa -el docente- es un tonto que nunca se dará cuenta de la estafa.

Es posible que existan docentes tontos (o perezosos y negligentes) y estudiantes más listos que ellos, pero lo que no se puede olvidar es que Internet ofrece herramientas para cometer “crímenes” y también para investigarlos. Y no existe ningún “crimen” de lesa honestidad más fácil de investigar que un plagio en la red. Para detectarlos, basta copiar una frase del texto y llevarla a un buen motor de búsqueda.

La explicación más fácil de esta mala costumbre lleva a decir que los jóvenes no han sido educados en el respeto a valores como la honradez, por ejemplo. Que en nuestra sociedad, entre personas llamadas a ser ejemplo de transparencia, se cometen grandes estafas a la comunidad; que hay fraudes en la justicia y en los negocios, acciones repugnantes en los gobernantes y… en fin, que el mundo en que vivimos no es el más limpio de los mundos y, menos, un mundo que pueda servir de espejo a los jóvenes.

No pretendo ser predicador ni vaticinar que, por el camino de la impostura y el fraude, un joven de ahora será dentro de poco un profesional inescrupuloso que “copiará y pegará” conductas ajenas. Quiero señalar, simplemente, que las costumbres reprobables tienden a empeorar y a convertirse en faltas leves cuando no tienen la sanción oportuna.

salypicante@gmail.com

FUENTE: eltiempo.com

Óscar Collazos (Bahía Solano, 1942), es un escritor, periodista, ensayista y crítico literario colombiano.
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sábado, enero 01, 2011

Sobre la belleza, de Zadie Smith

Epifanías de lo cotidiano: Zadie Smith escribe un tratado sobre estética disfrazado de ficción en una trama de triángulos amorosos y celos profesionales que será difícil de olvidar.

La escritora británica Zadie Smith | FotoKATJA LENZ/Getty Images
Por Michelle Roche Rodríguez | 30 de Diciembre, 2010
Sobre la belleza es una novela obligatoria para los amantes del arte y quienes deseen comprender su significado para la vida. La tercera publicación de la británica Zadie Smith, autora de Dientes Blancos (1997) y El cazador de autógrafos (2006), es un tratado estético vestido de narración, escrito con una prosa vibrante y que tiene personajes con sólidas tramas narrativas, así como epifanías contundentes. En esta ficción, el concepto abstracto de belleza se encarna en los temas favoritos de la escritora como la negritud, la femineidad y las relaciones sentimentales.

La maestría de Smith consiste en construir por medio de signos de la teoría estética, sin aburrir al lector, lo que en cualquier otro escritor menos virtuoso hubiera sido una historia más de infidelidades y celos profesionales. La crisis de la mediana edad que enfrenta Howard Belsey, profesor de la Universidad de Wellington, tiene matices trágicos. Por una aventura con la joven Victoria peligra su matrimonio de 30 años con Kiki, un ama de casa obesa que otrora fuera una sensual y ferviente activista afroamericana. Además, su futuro académico está amenazado por la llegada al campus su adversario intelectual, Monty Kipps, que como él es especialista en Rembrandt.

Sus tres hijos, Jerome, Zora y Levy están absortos en sus propias vidas. Cada uno representa una definición propia de arte, así como tres maneras distintas de ver y verse en el mundo. Jerome cree que la belleza es un concepto único e irrebatible. Zora imita el tipo intelectual de su padre. El menor busca su propia identidad fuera de la casa, entre definiciones estereotípicas de su raza, como el rap, el gueto, y la calle.

Las confrontaciones entre los personajes pueden resumirse en dos escenarios: el de la erudición y el de la cultura popular. Los representantes de la academia son Howard, Monty, Zora y Victoria. Kiki y Levi encarnan el mundo externo a la universidad, junto a Carl, un poeta callejero. Entre ambos escenarios está la figura romántica de Jerome, que busca un lugar que no encuentra. El bagaje intelectual de los personajes, sin embargo, queda reducido a un lustroso pero frágil escudo individual diseñado para protegerlos del desamparo ante la experiencia de lo sublime.

La descripción de las epifanías individuales permite que el discurso subyacente en la novela se mueva de la definición de la belleza hacia la descripción de la importancia del arte para los seres humanos: acceder a lo sublime.

Kiki consigue su epifanía en el Réquiem de Mozart. “La experiencia de oír una hora de música que casi ni conoces, en una lengua muerta que no comprendes, es una extraña experiencia de caída y asunción”, dice en el libro. Su marido se burla del simplismo grosero de su arrobamiento, frente a la pieza que él defenestró como un “sublime cristiano”, marcado por “ideales metafísicos que intentaban colarle por la puerta trasera”.

El “intelectualismo escrupuloso” de Howard no le impidió, unas 300 páginas después, hallar a su propio sublime, al escuchar otra pieza de Mozart, el Ave Verum. Allí su incapacidad de comprende con algo diferente a la razón se convirtió en el obstáculo para la epifanía. Antes que la experiencia de salirse de su cuerpo, lo sublime le aterroriza, como un abismo. Tanto tiempo pasó con la cabeza entre los libros, que se le opacó la visión de la vida y, peor, de la belleza.

He allí el mensaje que intenta transmitir la autora en la novela ganadora del premio Orange 2006 y finalista del Booker 2005: para encontrar la belleza hay que trascender la academia y los libros ya hay que saber buscarla en la vida.

Michelle Roche Rodríguez es periodista, crítica literaria y narradora. Sus reflexiones ensayística son plasmadas en su blog personal.

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miércoles, octubre 13, 2010

Vargas Llosa y los bárbaros

El cronista colombiano Alberto Salcedo Ramos critica la frivolidad con la que muchos comunicadores reseñaron el Premio Nobel de literatura a Mario Vargas Llosa

Foto: Cristóbal Manuel
Por Alberto Salcedo Ramos
En cierta ocasión un periodista que no había leído a Jorge Luis Borges tuvo la osadía de abordarlo, micrófono en mano, a la salida de un aeropuerto. Las dos primeras preguntas que hizo dejaron en evidencia su colosal ignorancia. Entonces Borges, perverso como siempre, le dijo: “tranquilo, amigo, que yo tampoco leo mis libros”.

Me acordé de este episodio al oír la retahíla de banalidades con la cual muchos informadores radiales y televisivos registraron la noticia de que Mario Vargas Llosa había obtenido el Premio Nobel de Literatura. Volvieron a cotorrear abundantemente – cómo no – sobre el puñetazo que, a principios de 1976, el peruano le dio en el ojo a Gabriel García Márquez. Dijeron que era apuesto, que se casó primero con una tía y después con una prima. Un reportero se explayó en el veto que, según él, le fue impuesto a Vargas Llosa por el presidente de Venezuela, Hugo Chávez. Otro se preguntó olímpicamente por cuál de todos los libros de Vargas Llosa sería que los académicos suecos decidieron concederle el galardón. En medio de esta sucesión de frivolidades, las referencias a la obra del escritor laureado fueron mínimas e insulsas.

Hace más de 15 años, María Kodama, la viuda de Jorge Luis Borges, fue ultrajada en Colombia por un entrevistador cuya fobia a la lectura es legendaria. De repente, casi en los albores del diálogo, el tipo planteó un asunto grotesco: ¿qué tal era Borges en la cama? Aquel periodista pretendía encontrar en los coitos del escritor argentino las claves que jamás había buscado en sus libros. Lo hacía por burdo, claro, pero también porque era consciente de que las cobijas que le sirvieron a Borges para resguardar sus relaciones íntimas podían servirle a él para esconder su incultura.

Guardadas las proporciones, fue lo mismo que pasó esta vez con los informadores encargados de transmitir la noticia de Vargas Llosa. Al extenderse en el chismecito fácil sobre la figura del autor, esquivaban su obra. ¿Para qué perder el tiempo siguiéndoles el rastro a los personajes de sus ficciones, a Antonio Conselheiro, el predicador que desencadena una guerra sangrienta en Brasil; a Ricardo Arana, el alumno paralizado por el miedo dentro de un colegio militar, o a Fonchito, el niño lujurioso que fisgonea a su madrastra, si es posible salir del paso recitando los títulos de la bibliografía o comentando una minucia de su vida personal?

La aversión por las letras no es exclusiva de los gacetilleros encargados de escribir sobre frivolidades: está presente, incluso, en muchos de quienes manejan el tema cultural. Algunos de ellos parecieran tomarse a pecho lo que el escritor George Creoly aconsejaba en broma. Y así, cuando tienen que comentar un libro no lo leen, “para no llenarse de prejuicios”. En estos países nuestros – lo dijo el propio Vargas Llosa en Cartas a un joven novelista – “la literatura no significa gran cosa y sobrevive en los márgenes de la vida social”. Eso, que suena como una calamidad, en realidad es una bendición. El problema no es que estos bárbaros excluyan a la cultura de sus agendas sino que se ocupen de ella como si fuera un aspecto más de la farándula.

Fuente: El Heraldo Colombia.
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domingo, agosto 01, 2010

Pedro Díaz Seijas: Guáriqueño de siempre

profesor Pedro Díaz Seijas
Por: FELIPE HERNÁNDEZ GUNESR

Hace apenas un mes, el pasado 30 de junio del corriente año falleció en Caracas, el profesor Pedro Díaz Seijas. Ilustre hijo de Valle de la Pascua, nacido el 24 de diciembre de 1921 en el caserío Santo Domingo Requenero, del municipio Leonardo Infante. Escritor, académico, ensayista, crítico literario, educador y miembro de importantes instituciones culturales nacionales y extranjeras. Profesor del Pedagógico de Caracas y director-fundador del Instituto Pedagógico de Barquisimeto y por ende, promotor e iniciador de nuevas ideas pedagógicas, reconocido nacional e internacionalmente. Fue director de la Academia Venezolana de la Lengua, y Director de Cultura de la Universidad Nacional Experimental "Simón Rodríguez" y Miembro del CONAC (Consejo Nacional de la Cultura). Cursó estudios en el Instituto Pedagógico de Caracas y en la Universidad Central de Venezuela, graduándose de profesor en castellano y Literatura y Magíster en Literatura Venezolana e Hispanoamericana. 
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viernes, julio 09, 2010

¿La pintura roja en las edificaciones patrimoniales hace la Revolución?

Marinela Araque
marinelaaraque@yahoo.com


Los barineses y barinesas sabemos que el proceso de construcción de la imagen de la ciudad, está estrechamente ligada con el desarrollo de su historia y nunca podremos olvidar las atrocidades ejecutadas en estas tierras por los españoles, como tampoco podemos olvidar el criterio insociable que impusieron como norma: lo mío y lo tuyo no. Actitudes y posiciones mezquinas que todavía se mantienen hoy día, sino observemos a la cofradía de eruditos en material cultural que todos conocen y que han estado enquistados desde la cuarta en las estructuras de poder en el estado Barinas imponiendo sus puntos de vista, que no es el de la mayoría.
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domingo, junio 06, 2010

Nuevos monólogos de la vagina

Una escritora visita a científicos que estudian el comportamiento sexual femenino para responder a una pregunta universal: ¿Qué ocurre dentro de las mujeres cuando ven a un hombre desnudo?



Mary Roach| Fotografía de Alexis Huaccho |Etiqueta Negra. No. 82
La vagina humana está habituada a los visitantes. Incluso el lenguaje ana-tómico le confiere a la vagina una hospitalidad interna al nombrar a la estructura de entrada «vestíbulo vaginal». Quítese el abrigo y espere un momento. En 1910, el ginecólogo Robert Latou Dickinson documentó la naturaleza maravillosamente complaciente de la vagina, para lo cual empleó sus propios dedos como herramienta de medida. La vagina de una mujer virgen mide «un dedo» y la de una mujer casada, «dos dedos enteros». Cuando la mujer comienza a tener hijos, su medida va de «tres dedos» a más, hasta llegar a la Paciente N° 163, cuyo vestíbulo (y salón) aparecen ilustrados en el Atlas de la anatomía sexual de Dickinson con toda la mano del médico introducida en ella.

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