martes, noviembre 05, 2019

Dimensión educativa de Simón Rodríguez en su tiempo histórico, desde una visión transdisciplinaria


Este trabajo se destaca en una  visión transdisciplinaria  su concepción educativa para Latinoamérica en momentos, cuando estos nacientes países alcanzaron y consolidaron su independencia de España. Desde esta perspectiva  la relación temporoespacial es clave para  comprender su acción educativa innovadora en momentos en que otros educadores valiosos también presentaban sus propuestas en referencia al hecho educativo.

Por José Aquino


Cuando hacemos referencia al Maestro Simón Rodríguez, que en el mes de octubre de 2019 se cumplieron  250 años de su nacimiento, es necesario no solamente recordar esta fecha conmemorativa  con discursos descriptivos y alegóricos, sino destacar esta  fecha  con un análisis y estudio comparativo de su ideario, al igual que también  estudiar  la dimensión educativa dentro del contexto histórico en que le tocó actuar  tanto a finales del siglo  XVIII y primera mitad del siglo XIX. En tal sentido, en este trabajo se destaca en una  visión transdisciplinaria  su concepción educativa para Latinoamérica en momentos, cuando estos nacientes países alcanzaron y consolidaron su independencia de España. Desde esta perspectiva  la relación temporoespacial es clave para  comprender su acción educativa innovadora en momentos en que otros educadores valiosos también presentaban sus propuestas en referencia al hecho educativo.
    Este proceso dialéctico estará determinado primeramente abordado por confrontación con  un modelo educativo  alternativo a  la concepción filosófica dominante , dentro del cual este insigne maestro defendía por considerar el más acorde  para combatir un modelo educativo  atrasado y descontextualizado del momento histórico que  estaba sucediendo no solo en América con el modelo colonialista impuesto por España sino también, en Europa por los distintos cambios ocurridos  a consecuencia  de  la Revolución Francesa y la consolidación de los ideales de la Ilustración. En sus reflexiones es un opositor consuetudinario  de  un proceso educativo  escolástico que   reproduce fielmente la  concepción del modelo español de mantener el control  férreo  en todas sus facetas del territorio  que inicialmente se encargaría de enseñar a leer, escribir y contar, y a aceptar la religión católica mediante textos, estilos cartillas y el catecismo o impulsar ( Ortuño, 2010) a través de un modelo educativo estratificado para cada uno de estos grupos étnicos,  el  cual especificaba el rol dentro de esta sociedad colonial.
     En lo referente al modelo educativo instaurado por el sistema colonial al cual se oponía Rodríguez, donde el maestro  en las escuelas debía inculcar al educando en la clase la repetición al pie de la letra las lecciones desarrolladas sin que el libre pensamiento actuara dentro de una lógica real y concreta en la elaboración de las conclusiones finales de cualquier aspecto del conocimiento. Por tal motivo, este singular maestro propone en su ensayo una serie de propuestas novedosas, estrategias de aprendizaje al Cabildo de Caracas en el año 1794, entre las cuales   destaca también la de formalizar e impulsar la educación pública, la creación de nuevas escuelas y la formación de buenos profesores; de esta forma, argumentaba que se podría incorporar más alumnos de los diferentes sectores sociales al proceso educativo  y de esta manera lograr la disminución progresiva de la escuela particular, entre otros aspectos.

     Estas reflexiones no deben ser estudiadas desde una simple propuesta particular  de este caraqueño que recibió la licencia para ejercer la educación de primeras letras en 1791 por la corporación municipal, producto de una corta trayectoria de educador. Estos planteamientos vienen dados por un conjunto de consideraciones basadas en profundos cambios que se debatían y se ponían en práctica en Europa, modelos educativos modernos que sustituían la orientación educativa escolástica de corte medieval, citada anteriormente, en momentos cuando el liberalismo inspirado en el racionalismo que da lugar al gran movimiento intelectual  llamado Ilustración   que nació  en Francia, Inglaterra y Alemania y se propagó por todo Europa  que impulsó cambios  en  lo económico, político, social y cultural durante el siglo XVIII y comienzos del siglo XIX con la finalidad de desmontar definitivamente el modelo instaurado desde la Edad Media, de los cuales el maestro Rodríguez había leído y analizado a través de la bibliografía actualizada  que  llegaba de manera clandestina  a las  colonias americanas y en especial a  la ciudad de Caracas.
    En lo que respecta a ese modelo educativo propuesto por los grandes propulsores de la ilustración Jean Jacques Rousseau, Enmanuel Kant, Montesquieu, John Locke entre otros, en Europa con una caracterización político social inspirada en los principios de igualdad, libertad, fraternidad, experimentarán modelos de aprendizajes que cambiarán el enfoque puesto en marcha por el orden monárquico bajo el liderazgo del orden feudal  en las escuelas de Europa, a través de las propuestas educativas, centradas en fomentar las capacidades intelectuales de los educandos desde una visión integral en un contexto histórico de cambios geopolíticos impulsados por el liberalismo económico que exigía  un sistema productivo competente a los cambios de paradigma. Por tanto, Simón Rodríguez coincidía plenamente con estos grandes pensadores; en cuanto que el  proceso educativo debía ser laico sin las ataduras del clericalismo y del  estamentalismo, para formar un ciudadano capaz de asumir los retos que demandara el nuevo orden  inspirado  en el verdadero sentido humanista  que durante siglos no se había tomado en cuenta por haber jerarquizado el sentimiento religioso  sobre la libertad de pensamiento.
     Una vez que sus propuestas no fueron tomadas en cuenta por el Cabildo de Caracas en 1795, comienza su peregrinar en busca de  mejorar sus conocimientos en un mundo de  libertades. Llega a Kingston, Jamaica donde aprende el idioma inglés y a su vez enseña el castellano a  unos niños en una academia .Sigue su recorrido a la ciudad norteamericana de Baltimore, donde trabaja en una imprenta  que le va ser de gran utilidad, porque sus conocimientos  le servirán para realizar los moldes  para imprimir sus libros posteriormente.  Luego en 1898  llega a tierras galas , específicamente en Bayona en tiempos de efervescencia política, donde se estaba gestando la Revolución Francesa. Por tanto, en el epicentro de estos hechos  históricos discute con intelectuales los nuevos enfoques de aprendizaje propuestos por los insignes pedagogos, entre los cuales se puede señalar al suizo, Johan Pestalozzi quien proponía ideas en cuanto al desarrollo individual y libertad en la educación de los educandos, para que estos puedan actuar y pensar abiertamente  con todo lo que les rodea; a partir de la observación de la experiencia y al  interés por las actividades escolares; por tanto no se enseña nada que los estudiantes no puedan ver (Ortega,2008).
     De igual manera intercambiaba opiniones de otros destacados pedagogos como las de  Jean Jacques Rousseau que planteaba  la relación que deben tener   los educandos con el medio ambiente y la naturaleza, además de debatir la tesis propuesta por este ilustre pensador sobre el contrato social, en cuanto a la conciliación individual del ciudadano que debía tener con la comunidad en el ambiente escolar, con el fin de obtener mejor resultado en el proceso de aprendizaje se traslada a la ciudad de París, donde hace amistad con Fray Servando de Teresa de Mier, sacerdote mexicano con quien realiza trabajos de traducción en distintos idiomas, en  obras de gran importancia para la colectividad; de igual manera realiza estudios de perfeccionamiento de  asignaturas en especial en la química y la física que tenían gran demanda por darle importancia en esos tiempos a las ciencias naturales, de esta manera este gran maestro estaba con un conocimiento pleno de todos  los grandes cambios  que ocurrían no solamente en el plano pedagógico sino también de manera integral en todos los órdenes de ese momento histórico, partiendo del modelo liberal a finales del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX que obligó a generar cambios en las  nuevas estructuras sociales, políticas y culturales a través de la puesta en práctica de una  postura filosófica racionalista  de la cual se sustenta la Ilustración .
    Por tanto, la estada de Rodríguez en  la capital  francesa va a ser importante, porque ahí va a reflexionar acerca de cuál es el rol que va tener en su lucha por cambiar  el régimen colonial en la América hispana, con el fin de que libere a  sus habitantes de la hegemonía española que durante más de 300 años ejerce el control con la monarquía. Rodríguez está convencido de que sin un cambio de gobierno de orden republicano no puede haber avances sustanciales en las escuelas en esos territorios y la mejora de calidad de vida de sus pobladores  con criterio de igualdad social. Estas consideraciones se las hace saber a uno de sus discípulos, a Simón Bolívar, cuando se reúnen en París en 1803, en que es necesario luchar por la independencia en esas regiones para liberarlas de la opresión y construir unas naciones prósperas, donde el ciudadano sea el eje de su propio destino. Una vez consolidada la independencia en 1823 en gran parte del territorio hispanoamericano regresa a este continente después de un largo peregrinaje  por tierras europeas, con el fin de aportar sus ideas de cómo debe ser el proceso educativo en estas naciones.
    Este insigne maestro estaba convencido  que un cambio político era necesario para desarrollar un cambio  educativo, inspirado en principios expresados por Montesquieu, referente a que las leyes deben adecuarse al pueblo para que fueran decretados,  con el fin de que no resulten de una imposición ejecutiva; por tal motivo, este precepto rector esbozado por el gran maestro, en lo que respecta a la dinámica escolar debe resultar de consideraciones después de amplias  reflexiones compartidas  por la  idiosincrasia de los pueblos, de esta manera los ciudadanos respetarían y acatarían  un modelo educativo; del mismo modo, la educación debe adaptarse a las peculiaridades de cada nación, en particular con el fin de determinar las  potencialidades  y debilidades para establecer un modelo educativo pertinente; por consiguiente considera que ningún sistema educativo debe ser impuesto. De estos principios nace el carácter innovador de la propuesta educativa de este maestro cuando llegó a Colombia luego de su ausencia.
      La mente de este gran maestro estaba llena de proyectos, los cuales quería ver puestos en práctica en el continente americano una vez obtenida la independencia, en su llegada a Bogotá en 1823 instala una escuela de oficios, la cual fracasa por falta de recursos, no se amilana ante las adversidades y sigue proponiendo proyectos educativos por regiones ecuatorianas, peruanas y bolivianas, los cuales fracasan por diferente índole, ya sea por la parte  económica o la incomprensión de los gobernantes provincianos y la sociedad, como fue el  caso específico en la ciudad de Cuzco al cuestionar su modelo pedagógico de inspiración roussoniana, sin tener la más  mínima argumentación lógica para desecharlo al catalogarlo los sectores conservadores de  inadecuados.
    Tomando en cuenta lo anteriormente expuesto, debemos realizar un estudio comparativo de la dimensión pedagógica del maestro con otro educador que tuvo gran actividad docente durante el mismo tiempo histórico, el educador Joseph Lancaster, oriundo de Gran Bretaña, que realizó métodos pedagógicos en Inglaterra que lograron experimentarse no solo en Europa sino también en América, en momentos cuando Samuel Robinson empezaba a desarrollar su praxis escolar en tierras americanas; con el fin de determinar la dimensión educativa de este venezolano en su tiempo histórico a pesar de no haberse desarrollado a plenitud en el sistema escolar de esos tiempos; el modelo  educativo empleado por este europeo denominado Instrucción mutua en escuelas inglesas y aplicado también  con éxito  en Canadá, México, Argentina y Colombia entre otras naciones con  programas de instrucción  masiva   en momentos en que los centros educativos  no contaban con suficientes educadores para ocuparse de las labores docentes; por tanto tuvieron que utilizar monitores para cada grupo, estos eran alumnos destacados que enseñaban a los más pequeños, mientras recibían  las  orientaciones y supervisiones de los maestros; esto permitía que un solo docente pudiera trabajar con más de un centenar de escolares, la historiografía para la época señala que hasta 1000 educandos.       
     En este contexto tenemos que este método fue empleado por Lancaster para los niños en edad escolar de los sectores populares en Inglaterra en ese tiempo, por tanto  podemos decir que tenía un carácter clasista, ya que el presupuesto para el pago  de sueldos a los docentes era para  los hijos de las clases altas. Por tanto, este método de estudio utilitarista tenía un propósito y exclusividad definidos para un sector de la sociedad. En lo que respecta al continente americano precisamente en Bogotá, el general Francisco de Paula Santander, siendo presidente en 1825 asume el modelo por situación económica de otra índole, las  finanzas de Colombia estaban en condiciones precarias para el pago de los docentes debido a que  el gobierno  empezaba a recuperarse de los embates de la guerra de independencia. En cambio la propuesta pedagógica de Simón Rodríguez estaba centrada en la igualdad social, sin exclusión. Su modelo para todos los educandos  no tuvo éxito no solamente  por falta de recursos para él  pago de los docentes, sino también porque las autoridades provinciales y sectores pudientes cuestionaron sus métodos de aprendizaje, a pesar de compartir con estos  los ideales  de la Ilustración seguían manteniendo  mentalidades de corte  feudal (Montano, 2015).
    Desde esta perspectiva, el método empleado por Lancaster estaba conformado por las normas más  rígidas con la  exclusividad para  enseñar leer y escribir a través de una serie de pasos que el monitor va evaluando paso a paso, para lo cual se guiaban de carteles o afiches. Este modelo de aprendizaje era básicamente  para la formación primaria en  lectura, escritura, gramática, dibujo, canto y aritmética,  bajo una de didáctica  memorista y repetitiva de carácter  rígido, mediante la estrategia de la obtención de premio y castigo en el aprendizaje, con el fin de lograr conductas esperadas de los niños en edad escolar; por tanto estaba limitada a un primer nivel de formación escolar. En cambio la propuesta pedagógica de Simón Rodríguez estaba centrada en la formación integral del estudiante en todo nivel del proceso educativo, buscando siempre ir  más allá del aprendizaje de las herramientas básicas, lectura, escritura y aritmética; irá a la creatividad y a la innovación tanto individual y colectiva, mediante  el aprender haciendo y transformando en contacto siempre con todo  lo que lo rodea a través  del afecto al lugar como eje de transformación no solamente del ambiente escolar, sino  también de la comunidad y la región, con una formación   basada en valores tanto ciudadanos como de republicanos libres,  para de esta manera deslastrarse de cualquier vestigio colonial, tal como lo señaló también su discípulo, Simón Bolívar, específicamente en la Carta de Jamaica, 1815, y en el discurso de instalación del Congreso de Angostura, 1819, (Aquino, 2019),
     En consecuencia de expuesto, este ensayo trata de determinar desde una visión transdisciplinaria poder llegar a comprender  todas las dimensiones, desde la filosófica sustentada por este visionario educador, Simón Rodríguez, que en su momento histórico estaba  basada en la racionalidad para explicar el porqué  de las cosas, desde  una visión humanista  que  a través de la educación lograra la igualdad social en las recién independizadas  naciones y siendo el  modelo republicano la forma de  gobierno apropiado para dar al ciudadano un nivel de vida próspero y productivo con unos valores éticos que le darán el soporte necesario para mantener un orden institucional en libertad y de justicia social, tal como lo concibieron los libertadores.
     Este ilustre educador, Simón Rodríguez, desde su comienzo en su rol de docente, entendió que la práctica  educativa  era indispensable  para la formación de ciudadanos críticos y creativos, por eso combatió el método de aprendizaje tradicional de formación filosófica escolástica,  impuesto  por los conquistadores  con el fin de mantener las estructuras coloniales y sistema de gobierno impositivo. Por tal motivo, siempre propuso un modelos alternativo de aprendizaje y en su praxis educativa implementó  propuestas innovadoras, para producir un cambio en las mentalidades de los educandos de este continente y así buscar alcanzar el máximo bienestar  posible de los pobladores de estas nacientes repúblicas como diría uno de los discípulos, destacado estadista y el más trascendente del continente americano en el siglo XIX y de vigente proyección aun para los tiempos actuales del siglo XXI,  Simón Bolívar.
Referencias bibliográficas
Aquino, José M, (2009) Discurso del Libertador Simón Bolívar al Congreso de Angostura y su vigencia en el tiempo. FuegoCotidiano.blogspot,com
Bolívar, Simón (2009) Doctrina del Libertador. Tercera Edición, copias de la Biblioteca Ayacucho.
Echeverry, Alberto (1989) Santander y la instrucción. Bogotá. Foro Nacional de Colombia.
Escudero, Carlos (1978) Pensamiento pedagógico ilustrado. Quito: Editorial de la presidencia de la República.
Martínez, José (2010). La Ilustración el Siglo de la Educación. Libros de España.
Montano, Joaquín (2000). Joseph Lancaster
Ortega, Francisco (2008). Tomen lo bueno, dejen lo malo: Simón Rodríguez y la Educación Popular.
Ortuño, Manuel (2012). La escolástica de la ilustración. www.Academía.edula_escolastina
Padiso, Juan (2007) escuela de la Ilustración, www.facebook.com.
Palazuelos, Oscar (2014). Escuela Lancasteriana. www.monografías.com; Trabajos de Educación 107 (Educación Escolar).
Rodríguez, Simón (1975) Obras Completas (dos volúmenes). Caracas
Rodríguez, Simón (2004). Inventamos o Erramos, Caracas, Monte Ávila


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sábado, noviembre 02, 2019

La historia de la mujer del escritor

La hija de un destacado ex ministro del gobierno de Juan Vicente Gómez y esposa de un escritor norteamericano estaba involucrada en una trama de pasión y muerte; era la protagonista principal de un relato digno de una novela de Conan Doyle (1859-1930), el autor inglés y creador de Sherlock Holmes o simplemente un caso de clínica siquiátrica.

JOSE OBSWALDO PEREZ

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IMAGE Reproducción JOP | Virginia Pereira Álvarez.

HACE UN TIEMPO la prensa norteamericana se hizo eco de la historia de la doctora Virginia Pereira Álvarez. La profesional de la medicina de origen venezolana -residente en Estados Unidos-, hacía de su vida un escándalo en 1928. El affaire, como la titularon algunos medios periodísticos, re­sultó un caso curioso y sensacional para los mass media estadouniden­ses. La hija de un destacado ex mi­nistro del gobierno de Juan Vicente Gómez y esposa de un escritor norteamericano estaba involucrada en una trama de pasión y muerte; era la protagonista principal de un relato digno de una novela de Conan Doyle (1859-1930), el autor inglés creador de Sherlock Holmes o simplemente estábamos al frente del entramado de un caso de clínica siquiátrica.

Todo empezó en la primavera de 1927, cuando los esposos Hus­sey-Pereira sufrieron un accidente en un viaje automovilístico cerca de Collegeville, un borough del condado de Montgomery. En aquel evento, nada lamentable, Virginia presentó una contusión cerebral y su marido, a penas, excoriaciones leves. Cuando ocurrió el incidente, la doctora Virginia Pereira Álvarez prestaba sus servicios profesionales en el West Philadelphia Hospital for Women de Norristown, Filadel­fia. Allí fue atendida por sus cole­gas.
Aquel día marcó un antes y un después en la vida de esta mujer que se convirtió en la figura cen­tral de una larga serie de eventos ampliamente publicitados por los medios locales de Estados Uni­dos; pero también por las agencias internacionales. Su marido definió aquellos acontecimientos como una “tragicomedia de errores” que al final socavaron la vida marital de aquella pareja.

Guayanesa de sangre llanera
Virginia Pereira Álvarez fue guaya­nesa, nacida en Ciudad Bolívar, en 1886. Hija del periodista orticeño Ismael Pereira Álvarez, ex ministro del General Juan Vicente Gómez, quien había servido en diversos períodos como el Secretario de Es­tado, Ministro de Guerra y Secreta­rio de Marina de Guerra, y de doña Heraclia López, dama de casa, también natural de Ciudad Bolívar. Fue la mayor de cinco hermanos: Ismael Aníbal, Alejandro, Héctor y América Pereira Álvarez. Ninguno utilizó el apellido materno.
Ismael Aníbal se hizo periodista  como su padre. Fue el fundador de la Asociación de Cronistas Deportivos de Venezuela y redactor de Deportes del Diario El Universal de Caracas, en la especialidad de ciclismo; pero, también, se desempeñó en la fuente política como lo comprueba una entrevista que  le realizó al Capitán Luis Rafael  Pimentel, Director Ejecutivo del recién fundado partido cooperativista  de izquierda Bloque de Avance Nacional (BAN). Fue defensor de Derechos Humanos y miembro del Partido Comunista de Venezuela (PCV). En 1936 fue expulsado del  país por el gobierno del general Eleazar López Contreras (El Universal, 27 de junio de 1936). Casó con Vivita de Pereira.
Alejandro se gradúa de abogado en la UCV y más tarde obtiene en el Paraninfo de esa Casa de Estu­dios el grado de Doctor en Ciencias Políticas. En una reseña del Diario El Universal, del 15 de enero de 1911, se le califica de “inteligente y acucioso estudiante de la juven­tud venezolana”. Más tarde, ejerce como juez en el estado Carabobo y es designado Director de la Escuela de Derecho de la Universidad de Carabobo, en el año 1934. Casó con María de Lourdes de Pereira, con descendencia (La Esfera, lu­nes 25 de abril de 1927. No.39).
Por su parte, Héctor fue diplo­mático, se desempeñó como cónsul de Venezuela en Puerto Rico y en Filadelfia, Estados Unidos, desde 1911, manteniéndose en esa fun­ción durante tres años. Posterior­mente, fue profesor de español en la Universidad Médica de Hahne­mann. Igualmente, se desempeñó en el Departamento Comercial para América Latina de Pensilvania hasta su muerte en 1932. Dejó tres hijos, Gladys, de 17 años; Dorothy, de 10 años y Donald, de cinco.
América se desposo con el di­plomático F. Armando de Pedraza. También, vivió en Filadelfia y se desconoce si dejó familia.

Mujer de precoz feminismo
Virginia Pereira Álvarez fue una mujer sobre saliente y culta. Ade­lantada en su “feminismo”. En 1902, obtuvo el título de Profesora Normal expedido por el Colegio Nacional de Niñas de Caracas, lue­go de cumplir con todos los requi­sitos de Ley y de presentar un exa­men individual ante una Junta de 22 profesores de distintas materias curriculares, con el cual alcanzó la calificación unánime de sobresa­liente en grado máximo en  todas y en cada una de las materias (Reco­pilaciones de Leyes y Decretos de Venezuela, 1902; p.248-249). Así que fue una de las primeras edu­cadoras normalistas de Venezuela, producto de los cambios pedagógi­cos del país. Su padre la homenajeó con un trabajo ensayístico titulado Profesorado Normal de la Mujer Venezolana (1903), publicado por la Imp. Editorial de Soriano Sucs. Relata su progenitor que se graduó el 18 de agosto de 1902, en el Cole­gio Nacional de Niñas, dirigido por la señorita Francisca M. Andueza. Aunque fue estudiante un tiempo del Colegio de Nuestra Señora del Socorro.
Cuando obtuvo el título de pro­fesora con el “sobresaliente en toda y cada y cada una de dicha materias con el número máximo de puntos que dispone la ley”, contaba con 16 años y fue homenajeada con todos los honores. Virginia solicitó su grado, de acuerdo a un resuelto del Ministerio de Instrucción Pública, el nueve de mayo de ese año. Un testimonio de su hacer pedagógico lo demuestra una resolución del 16 de octubre de 1903 del Ministerio de Instrucción Pública,  donde se le nombraba miembro  de la Junta Examinadora de las señoritas Jose­fina Osorio, Francisca L Machado, Emilia Lafée, Trina Menginou, Carmen Galarraga y Ana L. Bre­mont, alumnas del Colegio Nacio­nal de Niñas de Caracas, en la cual manifestaron que deseaban optar al grado de Maestras. Elementales de segunda enseñanza en dicho Instituto. Además de la señorita Virginia, la Junta estaba compues­ta por su padre el  General Ismael Pereira Álvarez, Doctor Enrique Delgado Palacios, Profesor M. M. Villalobos y la señora Julia Soto de Garban (Recopilaciones de Leyes y Decretos de Venezuela, 1903; p.231-232).
Asimismo, la Memoria que presenta el Ministro de Instrucción Pública al Congreso del año 1905, da cuenta de la presencia de la se­ñorita Virginia durante un examen realizado el 15 de julio de 1906. Dice el documento:
“A las 3 p. m. del día de hoy se practicó el examen de Geografía de Venezuela (2 sección) de que es Profesora la señorita Virginia Pereira Álvarez, encontrándose presentes las 40 alumnas de que consta esta asignatura. Transcurrido el tiempo que marca la ley la Junta examinadora se declaró satisfecha aprobando a todas las alumnas y calificando de sobresalientes a las señoritas: Lucía Toledo, Aída Ellul, Adela Osorio, Carmen Badillo, An­gelina Ortiz “, entre otras jóvenes.
También, fue una de las primeras mujeres que optó en la Universidad Central por el grado de Bachiller en Filosofía, en la cual presentó el trabajo titulado Hidratos de carbono. Ideas generales (Imprenta Bolívar, 1910). Así, desafió todos los estereotipos de la época. Cuando se le examinó en Caracas, en 1910, tal hecho fue un suceso curioso, “pues además de los examinadores asistieron numeroso público y hombres de Ciencias, así sería el asombro que causaba el acontecimiento”.
El hecho lo narra una crónica del periódico El Noticiero-Diario de la Tarde-, en su edición del 30 de agosto de 1910:
“Ayer en la mañana optó en la Universidad Central al título de Bachillerato, la distinguida señorita Virginia Pereira Álvarez, ante una junta presidida por el doctor Alber­to Smith y compuesta, además, por los doctores Enrique Delgado Pala­cios, Luis Soriano, E. Gómez Fran­co y José Miguel Crespo Vivas. En la concurrencia había muchos hombres de ciencias, tales como los doctores Agustín Aveledo, Miguel Ruiz, Elías Toro, Núñez de Cáce­res, Obelmejías, Abrahams, Ovalles y alumnos de todos los cursos. Hallábase también allí el ilustrado orador sagrado Padre Mendoza, el presbítero doctor Calixto González y el aventajado Director del Cole­gio Francés, padre Michaud...”
Más tarde – y por primera vez-, esta joven mujer se matricula en la Universidad Central de Venezuela, junto con treinta estudiantes más, para estudiar la profesión de la medicina. Era la única mujer. Allí cursó estudios entre 1910 y 1912 obteniendo, en el primer año de la carrera, notas sobresalientes en las unidades curriculares de Anatomía, Histología, Microbiología, Física y Química Médica. Dicho acon­tecimiento mereció que el general Juan Vicente Gómez, Presidente de la República de Venezuela, se refiriera a ella durante el mensaje anual al Congreso Nacional, el 19 de marzo de 1911, como resultado de su gestión gubernamental sobre “los avances que ha tenido la mujer venezolana a estudiar ciencias en nuestra Universidad Central, habiéndole tocado a la señorita Virginia Pereira Álvarez iniciar el luminoso derrotero”, señala el periodista Luis Correa.
Dado a sus extraordinarios co­nocimientos, Virginia Pereira con­cursó como docente de la UCV, en calidad de estudiante, puesto que el Concurso de Oposición celebrado el 7 de septiembre de 1911, ganó el cargo de preparadora de la Cátedra de Química y Física Médica de esa Casa de Estudios, asistiendo  al profesor de la cátedra, el doctor G. D. Palacios, en una importante investigación sobre química pato­lógica tropical, donde su nombre aparece como colaboradora en el prefacio de esta obra. También, Vir­ginia formó parte de un curso para estudiantes sobre Química Agrí­cola, promovido por el Ministerio de Fomento para familiarizar a los jóvenes con las operaciones de esta materia.
Durante sus estudios, Pereira Álvarez fue becada por el Ejecu­tivo Nacional, según resolución de 23 de setiembre de 1910, por la cual se le pensionaba con Bs. 100 mensuales, para que continúe sus estudios superiores en la Uni­versidad Central.(Gaceta Oficial, número 11.112).
En un artículo, escrito en inglés, para la publicación de la Asociación Norteamericana de Mujeres Universitarias (Journal of the American Association of University Women, en inglés), Virginia P. Álvarez, hace un análisis del sistema educativo venezolano para la época; así, como sobre las enfermedades prevalentes en el país. En este escrito, su autora testimonia su experiencia durante el primer año de su carrera en Venezuela.
“Hasta ahora, he sido la única mujer en tomar una carrera en la Universidad Central, aunque la universidad ha estado abierta a las mujeres desde hace algún tiempo. Las ventajas son las mismas para ambos; pero, en verdad, los hom­bres no aceptan a las mujeres con buen agrado”.
Sin embargo, como sostiene Ro­dríguez Jiménez (1964; p.311) “al principio tuvo que sufrir hostilidad declarada, amarguras sin cuento, burlas...”. No obstante, el doctor Miguel González (2009), profesor de la cátedra de Historia de la Me­dicina de la Escuela Luis Razzeti de la UCV, relata que  “Virginia debió tener un carácter fantástico e impresionante. Nunca hubo una mujer estudiando medicina y la primera que ingresa es la mejor de todo el grupo, eso es llamativo”.
Por su parte, Willmen Ortega (2009), en su libro La Asociación General de Estudiantes en Vene­zuela refiere sobre las manifesta­ciones encontradas entre las postu­ras de movimiento estudiantil y la joven estudiante de medicina. “Una de ellas tiene que ver con la acla­ratoria que hiciera Virginia Pereira Álvarez, primera mujer cursante de los estudios médicos en la UCV y destacada preparadora de la cátedra de química y física médica, quien, al hacer uso de las páginas de El tiempo, trata de aclarar un malen­tendido entre el bachiller Núñez Carrillo y el rector Guevara Rojas, a raíz de la elaboración por parte de los estudiantes de medicina de una hoja suelta en donde exigían su renuncia. Para limar las aspere­zas, Pereira Álvarez hizo pública la conversación que sostuvo con Núñez Carrillo, en la que aclaró le habían tomado su firma sin su autorización, creándole problemas con el rector Rojas quien le había dispensado favores y ante el cual no deseaba aparecer como un desa­gradecido”.
Con 26 años, Virginia se verá obligada a trasladarse a los Esta­dos Unidos en 1912, porque Juan Vicente Gómez clausuró la Uni­versidad (debido a la huelga de los estudiantes que solicitaban la re­nuncia del ministro Felipe Guevara Rojas en ese año). Allí continúa sus estudios de medicina. Se establece en Filadelfia, matriculándose en el Woman’s Medical College of Pennsylvania, donde se graduó en el 1920. En esta institución se le recordará como una de sus mejores estudiantes extrajera. Fue así que, en 1917, recibió como premio una beca internacional para apoyarla en sus estudios médicos, otorgada por la Asociación Norteamericana de Mujeres Universitarias, cono­cida por sus siglas en inglés como AAUW (American Association of University Women), la cual se le re­novó por cuatro años consecutivos. El premio denominado Latin Ame­rican Fellowship consistía de mil dólares establecido por este gremio feminista para fomentar las rela­ciones de amistad con estudiantes féminas de las repúblicas latinoa­mericanas y para apoyarlas en la preparación para servicios públicos de sus naciones.
En aquel evento, donde concur­só junto con 10 participantes, la jo­ven venezolana obtuvo un porcen­taje de 99.9 de 100 puntos. Lo más cercano para esta alta puntuación fue hecho por otros concursantes que alcanzaron sólo 95 puntos. La joven ganadora premiada fue receptora de muchas felicitaciones por los integrantes de la facultad de medicina y amigos.
Al recibir el premio, Álvarez manifestó que, una vez termina­dos sus estudios, pensaba fundar en su país una institución para la prevención y cura de enfermedades infantiles. Tal establecimiento se necesitaba, en gran medida, porque la tasa de mortalidad infantil era, en extremo, alta en Venezuela.

El amor llega
Un año antes, la doctora Pereira Ál­varez había contraído matrimonio con el investigador norteamericano Lindley M. Hussey - nacido Pen­nsylvania, el 13 de agosto 1884-, quien vivía en Los Ángeles, Esta­dos Unidos, con quien –al parecer- no tuvo descendencia. Hussey era químico y farmaceuta de profesión, dedicado a los estudios farmaco­lógicos y quimioterápicos. Pero, también, se destacó como escritor, cuyo talento literario se manifestó en diversos artículos para revistas científicas y literarias, como la prestigiosa The American Mer­cury. Es autor de la novela Odalis­que, publicada en 1927; obra que narra, en estilo costumbrista, las aventuras de una señorita venezo­lana en Venezuela y Nueva York. Este libro fue tributado a su mujer a “quien será para mí la siempre bien amada”, dice en su dedicatoria.
Aquel hombre, dos años mayor que Virginia, la había conocido en Caracas, en una de esas fiestas oficiales del Gobierno de Juan Vicente Gómez y empresarios petroleros norteamericanos. En esos días, ambos, terminaron enamorándose. Lindley había quedado atrapado por aquella morena de ojos negros y singular belleza. Su matrimonio se anunció el 26 de marzo de 1919, en The Philadelphia Inquire, donde se publicó la licencia matrimonial de los contrayentes: Virginia P. Álvarez, 6015 Ossage ave y Lindley M. Hussey, 5254 webster st.

Un triunfo en el exterior
El 16 de junio de 1920, Virginia P. Álvarez Hussey recibió el título de médico, en la Woman’s Medical College of Pennsylvania, con su tesis de grado sobre quimioterapia. Aquello fue un acontecimiento que la prensa nacional, como el diario caraqueño El Universal, se dio eco de la noticia y la calificó de “in­sólita”. Por otra parte, el autor de Al filo de los años veinte: expo­siciones y crítica de la pintura en Venezuela, Simón Noriega, también asume como asombroso aquel suceso y agregaba que “… un periódico de Filadelfia reporta­ba que, cuando Virginia optó por estudiar esa carrera, sus parientes la contrariaron y sus amigos la pros­cribieron “.
Más tarde, la joven médica abandonó el internado para iniciar estudios de cuarto nivel en me­dicina interna con el doctor A.C. Morgan, profesor de Posgrado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Pensilvania. Sus investigaciones con él se basaron principalmente sobre enfermedades cardiacas y pulmonares. Además, de manera regular, estuvo traba­jando en la clínica ambulatoria genitourinaria de la Universidad Médica de Jefferson, bajo la di­rección del Dr. S.W. Jackson. Sus conocimientos en este centro de salud serán muy importantes para el estudio de enfermedades comu­nes de Suramérica. Con su marido, también, investigó sobre ciertos fármacos que parecía mejorar el tratamiento de la lepra (Journal of the American Association of University Women. V.15, Año 1921-22; p.21).
En 1921, después de retornar a Venezuela, trabajó en Caracas con su esposo en un proyecto de investigación sobre el tratamiento de la lepra con aceite Chaulmugra. Este procedimiento médico había estado estudiando para tratar a los enfermos de esta  enfermedad en el país. Sin embargo, tantas difi­cultadas surgieron que finalmente desistieron del estudio y regresaron a los Estados Unidos. Durante su permanencia en Caracas, Virginia y su esposo Lindley M. Hussey compartieron experiencias con los doctores A. Benchetrit, quien fuera director del Leprosorio de Cabo Blanco e impulsor del proyecto; el médico colombiano Juan Francisco Pesticott, Andrés Eloy de la Rosa, entre otros destacados especialistas sobre leproserías
Por otra parte, la doctora Virginia Pereira Álvarez conoció y trató el caso del poeta cumanés Cruz María Salmerón, a quien le ordenó un tratamiento a base de ampollas de heterogetílico, con el fin de agilizar el movimiento manual del paciente. Sobre esta y otras enfermedades publicó trabajos de investigación en la Gaceta Médica de Caracas, Vol. 22 Nº 20, convirtiéndose en la primera mujer que hizo un artículo científico en 1939.
En referencia a esta aseveración, el doctor Jaime Requena Mandé, de Biblios (citado por el Boletín Antropológico de la Universidad de los Andes, Julio–Diciembre, 2015. Nº 90, pp. 151-186) informó durante su conferencia titulada ‘Algo más de un siglo de publicaciones científicas en Venezuela: una revisión bibliométrica que “en la base de datos plana que maneja sobre ciencia en Venezuela hay registradas, desde el año 1893 a 2015, 181 mil 664 entradas, 61mil 320 trabajos y 56 mil 449 autoras y autores. El primer artículo científico en el país se publicó en 1893, de Dominici Otero, y la primera mujer que hizo una publicación científica fue Virginia Pereira Álvarez, en 1939, en la Gaceta Médica de Caracas”
 También, trabajó en el Labora­torio de Bacteriología del entonces Ministerio de Sanidad y Asistencia Social, el cual dirigió el doctor Analdo Gabaldón, en el estudio del paludismo en Venezuela. Integró parte del equipo de médicos del Instituto de Higiene, también, bajo la dirección del doctor Gabaldón. Según el profesor Augusto Germán Orihuela, quien ha sido quizás la primera persona que ha publicado un artículo de opinión sobre esta mujer venezolana en el diario El Nacional, indicó que la doctora Virginia realizó importantes estu­dios en la UCV y en Nueva York, la cual requiere una revalorización histórica.
Entre otras facetas de su vida, la investigadora venezolana se des­tacó como poeta y narradora. Es autora de la novela El Ávila mira hacia abajo, con la cual concurrió al certamen de novelas inéditas his­panoamericanas y fue publicada en la Revista Nacional de la Cultura (RNC), en su edición número 1-50, en el año de 1946. Dicha obra fue escrita originalmente en inglés y traducida al español por su misma narradora. También formó parte de la Junta Directiva de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, como delegada de Ciudad Bolívar y ter­cera vocal a nivel nacional.

Amor y celos
Como las investigaciones sobre la lepra se paralizaron, la pareja decide regresa a EEUU en 1927. Vuelven a su hogar en Parkerford, a seis millas de Pottstown, Ches­ter, en una acogedora mansión. Virginia regresa a Nueva York, al Centro Clínico Privado de Lans­downe, donde colabora con la doctora Susan R. Corson. Pero los episodios de celos fueron afectando su relación personal.  No hay nada más cruel en una historia de amor que la mentira. Pero, la galena ve­nezolana estaba afligida a la idea de perder a su marido. Aunque no es­taba segura de que su historia fuera de amor, su paroxismo intermitente de obsesiones e impulsos la llevaría a la paranoia, a un delirio sistemá­tico y coherente, creyéndose lo que decía.
Fue en julio de 1928, después de una investigación, cuando la policía descubrió que Virginia alu­cinaba todo; inventaba sus propias historias de celo. Desde el punto de vista médico, el Dr. H. Metz Miller, superintendente del hospital psiquiátrico local la examinó y dijo que estaba loca. Aunque voceros del  centro de salud dijeron a la prensa que la paciente se encontra­ba, de manera temporal y mental­mente, desequlibrada debido a una terrible tensión mental o emocio­nal. Así fue, la médico recayó con sus obsesiones y, en una trama inventada, confesó a la policía que había asesinado a su marido Hus­sey y su amante, la cual Virginia denunciaba como la “otra mujer”.
-No puedo creerlo; los he ma­tado a ambos; puedo asegurarlo. Recuerdo haber visto a mí .esposo caer del auto cuando dispare dos veces, y ella también cayó. Ambos están muerto y los maté yo, y vi la sangre corre- dijo la médico a los policías del condado.
Pero su esposo y su amiga fue­ron encontrados con vida y salud, en un bungalow (búngalo o chalet para artistas), cerca de Sergeants­ville en Nueva Jersey, tres días después que la doctora Hussey había dicho que los había matado. El señor Hussey confesó al Jefe de la Policía de Montmery que su acompañante se llamaba Grace Tet­low Saauveur, una adinerada dama divorciada con tres separaciones encima, hija del millonario Henry J. Tetlow, un fabrícate de perfumes de Filadelfia y hermana de un reco­nocido escritor de ese estado. Vivía en Broad Axe, cerca del municipio de Ambler.
Otro de sus episodios de locura fue aquella noche del 16 de no­viembre de 1928, en el Condado de Montgomery, Pensilvania, cuando fue hallada inconsciente por la señora M. Cherriere, quien dirige una casa de apartamentos. Se había intentado suicidar. Tenía dos heri­das en el pecho y apretada en sus manos una pistola calibre 32. En una mesita cercana había una nota escrita a puño, con la siguiente ins­cripción “A quien pueda interesar”.
“Nadie es responsable por mi muerte. Hussey ha sido muy amble y bueno conmigo, él no tiene nada que ver con mi muerte. Simplemente estoy destrozada y no quiero vivir más”. La anotación estaba firmada como Virginia Hussey.
Al día siguiente fue recluida en estado crítico en el Misericordia Hospital de la localidad y, durante ese lapso, fue sometida a un tra­tamiento y observación médica. Sufría de trastorno mental, según sus antecedentes médicos. Dos meses después de su rehabilitación fue dada de alta y se fue a vivir con su hermano, Héctor; pero, sólo por unas pocas semanas. En seguida, alquiló un apartamento en avenida Larchwood, a pocas cuadras don­de su esposo vivió. Los amigos dijeron a la prensa que Hussey subvencionaba a su esposa con una pensión semanal y la visitaba casi diariamente para verla en su habi­tación. Lindley se había retirado a New England a encontrar paz y sosiego literario para terminar un nuevo libro.

La separación
Virginia y Lindley conciliaron su matrimonio en 1929. Pero, la pareja continuó teniendo problemas y, finalmente, se divorciaron en 1943. Siete años antes, la médico había entablado un juicio judicial contra la amante de su esposo, la señora Grace Tetlow Saauveur, por supuesta enajenación del cariño de su esposo. En 1934, un tribunal de Common Pleas Court de Pensilva­nia, se pronunció a su favor según un informe periodístico de Tyrone Daily Herald.
El veredicto del tribunal llegó a su clímax durante dos días de asombrosos testimonios, lo que le permitió al jurado compuesto por 12 jueces deliberar durante cuatro horas y 15 minutos. Durante sus alegatos, la Dr. Álvarez Hussey dio cuenta de una batalla de siete años para recobrar el amor de su marido. “El corazón deshecho de Dr. Vir­ginia Álvarez, hija de un estadista venezolano, tuvo hoy una valora­ción de $25,000, cantidad conque fue rescindida por  los daños de alienación del cariño de su mari­do, otorgadas por 12 magistrados contra una dama divorciada, pro­minente y rica”, destacaron medios impresos de la época.
Sin embargo, la señora Grace Tetlow Saauveur apeló la decisión y el juez Albert S.C. Miller, des­pués de una revisión del caso, le concedió a la amante la invalidez del veredicto. Por lo tanto, Virginia perdió a su marido y los $25,000.

De nuevo a Venezuela
Regresó a Venezuela en 1938 y funda la Sociedad Venezolana de Bacteriología, Parasitología y Me­dicina Tropical de la Universidad Central de Venezuela; pero, no se sintió bien recibida y regresó a Es­tados Unidos, donde se concentró en sus investigaciones hemáticas. Al parecer, Virginia Pereira Álva­rez había manifestado al presidente de la República, Eleazar López Contreras, su interés de revalidar su título de médico y ejercer la profe­sión en su país, tal como lo reveló en una carta dirigida al mandata­rio nacional, el 9 de diciembre de 1939.
Sin embargo, Arturo Uslar Pie­tri, quien era ministro de Educación Nacional, le manifiesta al secretario de la Presidencia  de  la  República,  Doctor Tulio Chiossone, que según un informe emanado de la Direc­ción de Educación Secundaria, Superior y Especial del Despacho a su cargo se indicaba lo siguiente:
“La Doctora Virginia Pereira Álvarez no ha hecho por escrito ninguna solicitud acerca de la re­válida de su Título, ni al Ministerio ni al Consejo Universitario, que es a quien corresponde conocer del asunto.
Verbalmente ha manifestado su deseo de que dicha reválida se le conceda sin presentar examen y alega que para la época en que ella se graduó no se exigía tal requisito en Venezuela.
Parece ser que en efecto en dicha época se concedieron algunas reválidas en tal forma; pero la Ley actual en su artículo 81 establece que “los venezolanos que hayan obtenido en el Extranjero títulos que permitan ejercer en los respec­tivos países alguna de las profesio­nes a que se refieren la Ley Orgá­nica de la Instrucción y la presente Ley, pueden obtener el equivalente título venezolano mediante un exa­men integral de tres horas”.
Más adelante, el ministro Uslar Pietri explica que este asunto pro­cedimental rige la Ley que acaba de citarse, y así lo expresa el Con­sultor Jurídico de este Ministerio en el memorándum que a continua­ción se transcribe:
“El examen de reválida del Título de Doctor en Medicina de la señora Virginia Pereira Álva­rez no puede verificarse sino de acuerdo con las disposiciones de la Ley vigente, y de ninguna manera mediante las posiciones de la Ley que regía para 1920, pues ésta ya no existe por haber sido derogada en todas y cada una de sus partes por los estatutos legales sucesivos. Por lo Tanto, mal puede acogerse la solicitante, para verificar el acto de reválida, a disposiciones ya sin ningún efecto legal, por ser inexis­tentes en la actualidad”.
Luchadora por los derechos de la mujer
Virginia Pereira Álvarez fue una mujer con un empuje social admi­rable. No sólo en su vida intelec­tual y académica sino en su postura ideológica y en su emancipación femenina en pro de la igualdad de los derechos de la mujer (Rodrí­guez Jiménez, 1964; p.58). Durante el tiempo que estuvo en Venezuela, Virginia participó en algunas acti­vidades políticas. En 1941, formó parte de un grupo de damas de la sociedad caraqueña organizadas en pro de la candidatura de Isaías Medina Angarita, la cual aupaba demandas democráticas en el país. En este sentido, fundo la Agrupa­ción Independiente, con un directo­rio presidido por ella, junto con la señora Lola Rangel de Rodríguez y la señorita Carmen Rosa Rodrí­guez. Dicha organización se dedicó a promover el derecho al voto de la mujer a que este estaba privada en Venezuela (El Candidato de las mayorías venezolanas; p.141). En esta circunstancia, Virginia revivía su sangre política que venía de sus ancestros. Primeramente, empezan­do por su padre, quien muy joven se había formado en la política en tierras de Guárico; o por el linaje de los Álvarez, líderes regiona­les que pertenecieron a esa casta de políticos liberales federalistas que, algunas veces, aparecían bajo la  roja bandera goda, y otras bajo la amarilla bandera liberal, y sus diversas ramificaciones.
En el campo científico, Virginia fue una gran investigadora venezo­lana. No ejerció la medicina como tal, como lo atestiguan los docto­res S. de Wittl Ludlum y William Drayton, ambos de Filadelfia. Su pasión siempre fue la investiga­ción. Uno de los grandes aportes fue el uso de mercurio en diferentes infecciones mediante la utilización de inyecciones intramusculares, propuesto en algunos casos, en enfermedades intestinales crónicas que parecían incurables.
La doctora Virginia Pereira Ál­varez falleció el sábado 12 de abril de 1947, a la edad de los 58 años, a causa de una hipertensión maligna y un infarto cardíaco, según pu­blicó The Wisconsin State Jour­nal, – un periódico del Estado de Pensilvania-. En aquella ocasión, la Sociedad Bolivariana de Venezuela se pronunció sobre este lamentable hecho:
“Dolorosa sorpresa nos ha cau­sado la muerte de la señora doctor Virginia Pereira Álvarez, acaecida recientemente en Filadelfia, Es­tado Unidos de América, donde se encontraba residenciada desde hacía largo tiempo- Distinguían a la apreciable compatriota relevantes dotes de cultura, bondad, de talento y vasta preparación, y ostentaba el mérito de habido la primera dama venezolana graduada en Ciencias Médicas (Revista de la Sociedad Bolivariana: órgano de la Socie­dad Bolivariana de Venezuela, No 15-22 Coop de Artes Grafica, 1944; p.712).
Igualmente, el Colegio de Médi­co de Caracas suscribió un acuerdo de duelo con motivos de su muerte. Los restos de esta destacada inves­tigadora venezolana fueron sepul­tados en el Cementerio Fernwood Lansdowne, Pennsylvania, Estados Unidos.
Bibliografía                  
Fuentes heMeroGráficas                        
Diario El Universal, 1911
The Wisconsin State Journal
Revista de la Sociedad Bolivariana: órgano de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, No 15-22
Gaceta Médica de Caracas, Vol. 22 Nº 20
Revista Nacional de la Cultura No.1-50       
Journal of the American Association of University Women. V.15, Año 1921
The Philadelphia Inquirer, 1928
Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, pp. 154-160

BIBLIOGRAFÍA
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NÓBREGA,   ENRIQUE   (1998).   La mujer y la medicina en el proceso de modernización: discurso y prácticas de un siglo que se resistía a morir (1870-1930).
NORIEGA, SIMÓN (2002). Al filo de los años veinte: exposiciones y crítica de la pintura en Venezuela. Mérida: Ediciones del Vicerrectorado Académico, Universidad de los Andes.
PEREIRA ÁLVAREZ, VIRGINIA (1910).Hidratos de Carbono /. Caracas: Imprenta Bolívar.
PEREZ  A, JOSÉ OBSWALDO (1995). Ismael Pereira Álvarez: pionero de la prensa en Venezuela. Tesis de Grado para Optar el título de Licenciado en Comunicación Social. Caracas: Universidad Central de Venezuela, UCV.
PÉREZ A, JOSÉ OBSEWALDO (2012). Una pionera de la medicina moderna venezolana.Revista Electrónica Fuego Cotidiano. Ultimo acceso, 17 de noviembre de 2017: http://fuegocotidiano.blogspot.com/2012/07/una-pionera-de-la-medicinamoderna.html
PÉREZ, ANA MERCEDES (1967). 25 vidas bajo un signo. Caracas:
RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, CARLOS (1964).Upata – Vol. 1
RODRIGUEZ, RAMÓN A (1957).Diccionario Biográfico, Geográfico e Histórico de Venezuela. Madrid:
TORRES, ANA TERESA (2010) “Del hospital a la pediatría social”. En: Lya Imber  de  Coronil.  Caracas: Biblioteca Biográfica Venezolana de El Nacional.
UNIVERSIDAD CENTRAL DE VENEZUELA. Anales de la Universidad Central de Venezuela, Vol. 12.


* Periodista, docente e historiador venezolano
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jueves, octubre 31, 2019

La llaneridad de don Simón Rodríguez




No conozco evidencias de que estuviese alguna vez atraído por esa región. Casi todos, si no todos los intelectuales caraqueños de la Colonia parecían ajenos a ese inmenso traspatio ganadero.

Adolfo Rodríguez

Aunque buena parte de la familia de don Simón Rodríguez era llanera o llanerizada, no conozco evidencias de que estuviese alguna vez atraído por esa región. Casi todos, si no todos los intelectuales caraqueños de la Colonia parecían ajenos a ese inmenso traspatio ganadero. Como si la obligatoriedad de residir en zonas urbanas (reducción a poblados), fuese para ellos concentrarse en la capital de la provincia. No hay testimonios de tal interés por los llanos como tampoco ninguna respecto a otros miembros de la familia nativos o residentes en esta región. Sin que exista tampoco escritos referido a la importancia que pudo concederle Esteban Palacios, tío de Bolívar, quien visita la zona de Tiznados antes de emigrar a la Península y hacer carrera como diputado por Valencia a las cortes de Cádiz en 1812.

Don Esteban, quien comparte con Simón Rodríguez la crianza de Bolívar, era dueño allí de caballos andones y yeguas, que no quiso vender cuando la partición de 1794.

Bolívar estuvo recluido en la escuela de Rodríguez, hombre andariego, que probablemente pudo aplicar algunas de sus ideas pragmáticas en la formación de los niños que atendía. Era tutor de Bolívar por decisión de los Palacio y cabe la posibilidad de paseos instructivos, como los que cumplirían después por Europa. Aunque fuese en las proximidades caraqueñas. No obstante sus relaciones familiares con el Llano adentro. Una escueta cronología nos permite conocer los nexos de la familia de don Simón con dos pueblos del actual Estado Guárico:

El 18.de enero de.1743, don Mathías Rodríguez, su bisabuelo, figura en remate de tierras de su hijo Juan Rodríguez. Hato de ganado mayor en Ipire y un rincón de tierra al lado de la quebrada de Santa Inés, en la misma zona, exactamente el 18. 1. 1743. Otro en Ledesma.
Pedro, en la misma fecha efectúa remate de un sitio de hato en Ipire. Y al año siguiente otro remate a Joseph Becerra en el sitio de Zuata.
Tanto él como Antonio, el abuelo de Simón, eran nativos de Caracas, ciudad desde la cual se iba hasta la actual ciudad de San Sebastián de los Reyes, saliendo de Macarao y pasando por San Luis de Cura; o por Orituco, saliendo por los valles del Tuy.
Es probable que esta fuese la ruta trazada por don Mathias cuando decide establecerse en la región de Ipire. Quizá por Santa María de Manapire donde residían sus socios Ledezma, entre Orituco y la recién fundada Chaguaramas. De donde se proseguía por el camino hacia la Nueva Barcelona.
Aunque Antonio Rodríguez Díaz, hijo de don Mathías y la esposa de éste, María Teresa Álvarez Carneiro, pasan un tiempo en El Sombrero, donde nace en 1746 Juan Rafael Rodríguez, posteriormente destacado sacerdote en Caracas y, probablemente, quien habría asumido la formación de su sobrino don Simón.
El bisabuelo Mathias hace en 1759 una nueva composición de tierras de pasto en Ipire, entre Santa Inés y Coporo, en medianía con su yerno Julián García. La genealogía de esta familia, de acuerdo con la investigación de Irma Mendoza, sería la siguiente:
Mathias nace en La Vega, Caracas, hijo de los canarios Juan Rodríguez Garbuso y Francisca Gil. Y casa con (cc en adelante) en 1696 con Apolonia Díaz, de Buenavista (Tenerife), hija de los canarios Francisco Martínez y Polonia Díaz. Y son los padres de Juan de la Cruz cc Josefa Duarte, Antonio, Bartolomé, Rosa María que cc Francisco Manchal, María Pascuala que cc José Esparragoza, Margarita que cc Florencio Rodríguez, Paula Polonia que cc Julián García y Miguel.
Antonio Rodríguez Díaz cc María Teresa Álvarez Carneiro son los padres del Pbro. Juan Rafael Rodríguez, famoso letrado, y de Rosalía Rodríguez, madre del músico caraqueño Cayetano Rodríguez y, don Simón Rodríguez según la mayoría de los biógrafos del maestro del Libertador. Rosalía Rodríguez Álvarez nace en Caracas el 25 de febrero de 1743. Casa en primeras nupcias con don Alejandro Aseste y Reina en 1759, de quien enviuda en 1765. Y procrean a Petrona Aseste y Reina, quien casa con Francisco López, hijo del pintor Juan Pedro López, convirtiéndose en concuñada de los músicos Manuel Sucre y Bartolomé Bello, padre de don Andrés Bello. Simón y Cayetano, nacen, respectivamente, en 1769 y 1774, durante la viudez de Rosalía. En 1799 fue fiadora del presunto padre de estos, Alejandro Carreño, en la hipoteca de una casa en La Candelaria, Caracas (Calzavara,p. 245).

Quizá desencantada porque Carreño opta por los hábitos sacerdotales en lugar del matrimonio, Rosalía contrajo nupcias en 1780 con Ignacio Abay, de quien tuvo a María Josefa Joaquina, nacida en 1781.

Cree Calzavara que residió en Caracas hasta 1792, en que viajó a Santa María donde fallece en 1799 (Ibidem, pp. 182 y 250). Una mujer de este nombre aparece en un censo santamarieño de 1781 como dueña de Mahomito. Rosalía, hija de Antonio y madre de Simón, era mayor que Juan Rafael. Fue organista o pianista en Caracas y pudo compartir con su hermano Juan Dionicio Rafael Rodríguez las diligencias requeridas en la preparación de sus muchachos habidos con Alejandro Carreño.

Y esperaba unirse en Santa María de Ipire con sus padres una vez que su hijo Simón emprendiese su apostolado como maestro de lectura y escritura para niños. Ello ocurre en 1791 y ella viaja al Llano un año después. Quizá con Abay, su nuevo esposo, para residenciarse definitivamente en el solaz que siempre ha sido el pueblito. Sin perder contacto, desde luego, con sus nexos caraqueños. Cartas, recados, arreos que conducen los preciosos productos pecuarios apetecidos en la capital. Lo cierto es que Rosalía, cincuentona ya (había nacido en 1743) pudo regresar a la ciudad natal. Entre otras veces, ese 1797 en que Simón se marcha al exterior porque lo han complicado en la conspiración de Gual y España. Y nada extraño que fuesen con él, hasta la Guayra, ella, Juan Rafael, Cayetano, Ignacio Abay, don Alejandro, peones de Santa María. Y regresará inmediatamente, pues son varios los historiadores que atestiguan que fallece ese mismo año en Santa María. Otros que en 1800. ¿Quebrantos por tales ajetreos? Una de las interrogantes que podrían responder registros públicos, archivos públicos y privados, la arqueología, la tradición oral. Dios mediante.

BIBLIOGRAFÍA CONSULTADA
CALZAVARA, Alberto. Historia de la Música en Venezuela. Caracas: Edición de la Fundación Pampero, 1987.
CASTILL O DIDIER, Miguel. Cayetano Carreño. Caracas: Biblioteca
Ayacucho, 1993.
CASTILL O LARA, Lucas Guillermo. Villa de Todos los Santos de Calabozo. Caracas, 1975.
DICCIONARIO DE HISTORIA DE VENEZUELA. Caracas: Fundación Polar, 1997 (1988).
´
ESCRITOS DEL LIBERTADOR. Caracas: Sociedad Bolivariana de Venezuela: 1969-1989.
ITURRIZA GUILL EN, Carlos. Algunas familias de Caracas. -Caracas: Talleres Tipográficos Salesianos, 1967.
---------Matrimonios y velaciones de españoles y criollos blancos celebrados en la catedral de Caracas, desde 1615 hasta 1831. Caracas: Publicaciones del Instituto Venezolano de Genealogía, 1974.
FERNÁNDEZ HERES, Rafael. Biografía de don Simón Rodríguez. Caracas. Colección Biblioteca Bibliográfica Venezolana editada por el diario El Nacional y el Banco Caribe (2005).
O´LEARY, Daniel Florencio. Memorias del General... Caracas: Publicaciones del Ministerio de la Defensa, 1981.
RODRÍGUEZ, Adolfo. Las Tierras del Guárico en la Infancia de Bolívar, en Boletín de la Sociedad Bolivariana de Venezuela, 1983 (Capítulo de “El Llano en Bolívar, Bolívar en el Llano”, inédito).

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martes, octubre 29, 2019

La herencia familiar


Una heurística arqueológica, en los documentos hallados en Registro Principal de San Juan de los Morros, arrojan pruebas del lugar verdadero donde nació el ilustre jurisconsulto guariqueño, los cuales contribuyen con nuevos aportes al revisionismo historiográfico regional y local

José Obswaldo Pérez


EN 1865, doña Juliana Meléndez Roscio de Yánez - hija de don José María Meléndez y Pereira y de doña Paula María Roscio y Nieves -, promovía una justificación sobre sus derechos en la Posesión La Guamita, propiedad de los Roscio Nieves y lugar donde vio luz nuestro insigne patriota, el doctor Juan Germán Roscio. Al igual que su madre, doña Julia fue una mujer que, como actora, se nos devela con una particular dinámica social, la de ser protagonista de una historia de sucesión de mujeres en una herencia familiar.
Sabía leer y escribir. Era viuda, casada con el general don Encarnación Yánez, ganadero y hombre público de San Francisco de Tiznados. Don Encarnación dejó la política y se dedicó a la vida privada, atendiendo su familia y sus actividades agrícolas hasta que la muerte lo sorprendió.

Así pues, la sobrina del prócer de la Independencia, como mujer, no fue un sujeto ausente del quehacer cotidiano de la primera mitad del siglo XIX, todo lo contrario, la podemos ver actuando, litigando, reclamando ante la Ley a través de testimonios registrados por funcionarios de la justicia, en pro de sus derechos como heredera de bienes familiares. No era la primera vez que se procedía a estos menesteres legales sobre la histórica posesión, la cual estuvo ubicada en el siglo XVIII, en el sitio La Guamita, jurisdicción de San Francisco de Tiznados y que, hoy, pertenece a la nueva parroquia de San Lorenzo de Tiznados, debido a la división político territorial ocurrida en 1980.

Una heurística arqueológica, en los documentos hallados en Registro Principal de San Juan de los Morros, arrojan pruebas del lugar verdadero donde nació el ilustre jurisconsulto guariqueño, los cuales contribuyen con nuevos aportes al revisionismo historiográfico regional y local. Dos documentos de 15 folios escritos componen el expediente de la referida propiedad, los cuales narran no sólo la historia de la antigua posesión sino que, también, son excelentes fuentes para observar la vida y las virtudes de la familia Roscio y sus descendientes durante esa época. Así, como también, nos devela a parte el funcionamiento y dinámica del sistema jurídico imperante.

El 11 de octubre de 1819, doña Paula María Roscio Nieves – la única hermana hembra de los Roscio y madre de Juliana, Ángela, Domingo, Decio, Manuel Francisco y Hermenegildo Meléndez Roscio-, solicitaba ante el Teniente de Justicia Mayor de San Francisco de Tiznados, Julián Nieves, un reconocimiento y certificación sobre la propiedad de La Guamita. Debió ser aquel jefe civil un pariente por línea materna y natural de allí. Fue capitán y obtuvo nobleza personal de Rey, por su valiente participación en la infausta Batalla de la Cuesta de Ortiz, el 26 de marzo de 1818, junto con su famoso Escuadrón de San Francisco de Tiznados, integrado por llaneros partidarios de la causa monárquica. De modo que Nieves fue un furibundo realista (Botello, 1998; p.82).

De dichos documentos, los diez primeros, corresponden a los argumentos esgrimidos por doña Paula María para solicitar la justificación legítima de su propiedad. De estos escritos se desprenden que dicha señora poseía desde “hacía muchos años”, entre otras bienes, tres leguas de tierras de labor y cría en el sitio La Guamita, cuya posesión le vino por herencia de sus padres quienes “naturalmente la gozaron con justo título antes de sus fallecimientos y por haber cedido sus derechos y acciones en testamentaria en favor de sus referida hermana la señora Paula María Roscio, sus legítimos hermanos los señores doctores Juan German, José Félix y también Félix Roscio”.

Juan Antonio Paul, vecino orticeño, fungía de abogado de Doña Juliana Meléndez Roscio de Yánez describe las incidencias históricas de la Posesión La Guamita, en un documento introducido ante Juez de Primera Instancia de Calabozo, Martín Fierro, el 19 de agosto de 1865. En él se desprende que doña Julia es la cabeza visible de una herencia patrimonial que, a través del tiempo, deviene de su abuela materna y con ella, es la hembra quien ha tenido el privilegio en el orden de la sucesión.
Con el triunfo de Domingo de Monteverde en 1812, la primera república se perdió y Juan Germán Roscio fue hecho preso y enviado a las cárcel de Cádiz, España. En ese transcurso, nuestro prócer pierde “(…) su fortuna y con ellas sus papeles, entre estos los títulos de la Guamita, su cuna dichosa”, expone Paúl en el manuscrito. Roscio era el primer albacea en la última testamentaria de su mamá y custodio de sus últimos deseos. Sin embargo, en este papel de curador no pudo cumplirle a su madre. Al momento que ocurre su descenso se hallaba como Vicepresidente de Colombia, en cuya función se consagro hasta su muerte. Ya antes lo había sido de Venezuela.

Cuando Roscio se escapó de la cárcel de España, las requisitorias lo describían como un hombre “(…) alto de cuerpo y robusto, moreno, de aspecto adusto, sañudo, como de cuarenta a cincuenta años y barbilampiño. Letrado en su profesión” (Botello, 1998; p.101). En Norteamérica, ya próximo a cumplir los cincuenta y cinco años de edad, nuestro insigne patricio dictó testamento en la ciudad de Filadelfia, el 14 de abril de 1818, en ocasión de sentirse “en peligro de muerte pero en mi entero y sano juicio”. Este documento es un testimonio de recuerdos y de gran valor historiográfico, al que no hemos podido acceder en totalidad y contribuir a su análisis.

A pesar de todo, el gobierno de España respeto los patrimonios familiares de los Roscio, como lo testimonia un dictamen del nueve de diciembre de 1819 del doctor Francisco Rodríguez Tosta, abogado de la Real Audiencia del Distrito. Aunque el Hato La Guamita no fue embargado; sí, los bienes semovientes fueron consumidos por las fuerzas realistas y patrióticas durante los episódicos días de nuestra gesta independentista. Del resultado de aquel éxtasis social, en la posesión “ ya no había más que unas vaquitas”, arguyó doña Paula María. Sus esclavos, que formaban parte de la servidumbre doméstica, fueron puestos al servicio de la “revolución”. Diego Villalobos, un vecino de San Francisco de Tiznados, testimoniaba el 20 de octubre de 1810, ante el Teniente de Justicia Mayor de esa localidad, don Manuel Antonio Rodríguez, al mencionar a tres de ellos: Tiburcio y Nicolás, mientras Bonifacio había muerto en la guerra.

A lo largo de este juicio de reconocimiento de la propiedad La Guamita se puede destacar una línea en el tiempo del relato jurídico que tiene su inicio, en la pareja fundadora, recorriendo una geografía de sus herederos, protagonizada por dos mujeres directas del linaje familiar. El relato no sólo revela una trama jurídica sino la trama social de los Roscio, las normas sucesorias y los sistemas de valores en la naciente República. Es decir, el análisis de los documentos nos ha permitido no solamente atisbar o inferir los actos de los individuos sino también articular el relato en función de las normas jurídicas que lo sustenta.
Como hemos podido observar, Doña Juliana, es una de las mujeres relatadas en las fuentes y es sujeto jurídico perteneciente a una familia con linaje y solvencia moral; así pudo acercarse a los tribunales a pleitear, con abogado de por medio, por los bienes que por justicia y equidad le corresponde en el sistema legal imperante. Esta dama falleció en Santa Rosa de Lima de Ortiz, el 24 de mayo de 1873, a la edad de 70 años.
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