miércoles, septiembre 17, 2025

El Ortiz preindustrial de 1886: Un relato por hacer.


Una revisión documental y hemerográfica permite valorar tres episodios fundamentales que nos aportan pistas sobre una forma de entender nuestra historia social, política y económica: la fábrica de jabón La Verdad, la empaquetadora de algodón en la parroquia Las Mercedes, y las unidades productivas impulsadas por Seijas, Alayón, Morales y Gutiérrez.


Por José Obswaldo Pérez

Hacia finales del siglo XIX, el pueblo de Ortiz comienza a mostrar signos de dinamismo productivo e incipiente industrialización, en un contexto marcado por la creatividad local, la apropiación de saberes técnicos y la consolidación de redes comerciales. Este proceso, sin embargo, se desarrolla en medio de un período de declive poblacional causado por el paludismo y otros morbos, lo que refuerza el carácter resiliente y estratégico de las iniciativas locales. Lejos de representar una expansión demográfica, la emergencia preindustrial de Ortiz revela una capacidad instalada que desafía las lógicas centralistas del desarrollo venezolano y reivindica la historicidad de las acciones individuales privadas.

Una revisión documental y hemerográfica permite valorar tres episodios fundamentales que nos aportan pistas sobre una forma de entender nuestra historia social, política y económica: la fábrica de jabón La Verdad, la empaquetadora de algodón en la parroquia Las Mercedes, y las unidades productivas impulsadas por Seijas, Alayón, Morales y Gutiérrez. Estos emprendimientos no sólo evidencian actividad económica, sino también la existencia de saberes técnicos, circuitos de intercambio y una vocación productiva que merece ser visibilizada y resignificada historiográficamente.

Al analizar un conjunto de datos estadísticos, se observa una formación social precapitalista, con el desarrollo de un grupo de comerciantes y artesanos que configura nuevas relaciones sociales de producción. Una fuente valiosa, aunque poco utilizada, es el Anuario de Comercio, de la Industria, etc, Venezuela (1885), publicado por los hermanos Rojas. Este documento permite una lectura discursiva sobre el comercio local de finales de siglo. En Ortiz destacaban especialmente las actividades artesanales de carpintería, zapatería, talabartería y albañilería, muchas de ellas altamente perfeccionadas (Castellanos, 1967, p. 136).

La transición entre formas de producción artesanales y el incipiente comercio capitalista se configuraba como una emergencia preindustrial. Por ejemplo, en 1884 se estableció en Ortiz una manufacturera de jabón denominada La Verdad, cuyos productos se comercializaban en distintas regiones del país. Este hecho revela la existencia de una red de distribución que conectaba lo local con lo nacional, posicionando a Ortiz como un nodo emergente en el mapa productivo venezolano.

Ese mismo año se instaló también una fábrica de añil, probablemente basada en conocimientos tintóreos heredados de prácticas campesinas y saberes provinciales. Esta unidad de producción fue propiedad de don Ceferino Seijas, y posteriormente vendida a Francisco Alayón. La fábrica generaba unas 50 fanegas del rubro, lo que indica una escala significativa para la época y una capacidad instalada que merece ser reconocida como parte de la memoria industrial del pueblo (Acosta, 2002). Igualmente, en la Calle Comercio de la parroquia Las Mercedes se estableció una empresa de empaquetado de algodón, inicialmente propiedad de Lorenzo Morales y luego adquirida por Juan Antonio Gutiérrez.

Finalmente, el 5 de mayo de 1886, el señor Manuel María Rodríguez inaugura una nueva fábrica de jabón, según reseña el periódico calaboceño El Progreso del 12 de mayo de ese mismo año. Este dato confirma la continuidad y expansión de iniciativas industriales en Ortiz, en un momento en que el comercio y la manufactura intentan transformar la dinámica social del pueblo, consolidando espacios de emprendimiento y una identidad productiva enmarcada en una geografía de saberes, trabajo y apropiación técnica.

Sin dudas que estos ejercicios de emprendimiento son historias que urgen de una investigación exhaustiva, para tener un idea clara de lo que fuimos capaces, de nuestros logros, fracasos y potencialidades como municipio.

Bibliografía consultada

- Acosta, Nanci (2002). Factores que intervienen en la designación de Ortiz como capital del Estado Guárico en 1870-1880. San Juan de los Morros: Tesis de grado para optar al título de Magíster en Historia de Venezuela, UNERG.

- Rojas y hermanos (1885). Anuario de Comercio, de la Industria, etc, Venezuela. Caracas: Libreros Editores

- Castellanos, Rafael R (1967). Apuntes Estadísticos del Estado Guárico. Caracas: Biblioteca de temas y autores guariqueños.


Compártalo:

martes, agosto 26, 2025

Afrodescendientes en los llanos: la historia que el relato oficial marginó

En los llanos, los afrodescendientes eran mucho más que mano de obra. Fueron constructores de paisaje, cultura y economía. Sin embargo, la historiografía tradicional los ha reducido a figuras subordinadas o folclóricas desconociendo su aporte al mestizaje nacional como base fundamental en la construcción y configuración de nuestro país.


Por José Obswaldo Pérez

Portada del libro

En Venezuela, la historia oficial ha sido contada desde los balcones del poder. Caudillos, batallas y pactos republicanos han ocupado el centro del relato, mientras las voces de los pueblos llaneros, afrodescendientes e indígenas han sido relegadas al margen (aunque formen parte de contexto nacional) sin considerar las apreciaciones particulares de cada región.

En este aspecto, la obra de los autores, Armando González Segovia y Rosa Mujica Verasmendi, representa una ruptura necesaria. Su ensayo sobre Afrodescendientes en los llanos de Venezuela (Presencia, desagravio y reparaciones), con prólogo del doctor José Marcial Ramos Guedez y publicado recientemente por la editorial estatal El Perro y la Rana, no sólo recupera una memoria silenciada, sino que cuestiona los cimientos mismos de la narrativa nacional. Es el primer libro que aborda globalmente el tema sobre la afrollaneridad como un intento de “reparación epistémica”, como indican los autores.

González Segovia y Mújica Verasmendi parten de tres premisas fundamentales: 1) con la llegada de los colonizadores europeos, ya se registraba la presencia de africanos esclavizados desde el siglo XVI, especialmente mineros. Esto desmonta la idea de un poblamiento tardío y confirma que las africanías estuvieron presentes desde los inicios del proceso colonizador en los llanos; 2) Que aunque los índices de esclavitud oscilan entre 5 y 10 %, al incluir zambos, mulatos y pardos, se estima que más del 50 % de la población tenía raíces africanas. Esta cifra desmiente la creencia de que dichas culturas tuvieron poca incidencia en la región, y 3) que las comunidades afro-llaneras han sido históricamente invisibilizadas, desconociéndose que sus huellas están en la música, la religiosidad, la oralidad y las prácticas comunitarias. Reconocerlas es un acto de justicia y memoria.

De tal modo, en los llanos, los afrodescendientes eran mucho más que mano de obra. Fueron constructores de paisaje, cultura y economía. Sin embargo, la historiografía tradicional los ha reducido a figuras subordinadas o folclóricas desconociendo su aporte al mestizaje nacional como base fundamental en la construcción y configuración de nuestro país. González Segovia y Mújica Verasmendi desmonta esa visión y los coloca en el centro del proceso histórico, con una metodología que combina archivos locales, memoria oral y análisis crítico del discurso. Su enfoque se inscribe en el pensamiento decolonial y en una historiografía comprometida con la verdad histórica.

Pero su exhaustiva propuesta va más allá de la academia. Tiene implicaciones directas para la educación, la ciudadanía y la reconstrucción del tejido social. En tiempos de polarización y crisis de sentido, recuperar las historias de quienes han sido sistemáticamente excluidos es también una forma de sanar colectivamente. La historia no debe ser un museo de estatuas, sino un espacio vivo de reflexión y transformación.

Hoy, cuando el país busca nuevas formas de entenderse y narrarse, obras como la de González Segovia y su esposa nos recuerdan que no hay futuro sin memoria histórica. Y que esa memoria debe incluir, con dignidad y claridad, a quienes han sido históricamente invisibilizados.


(full-width)
Compártalo:

lunes, julio 21, 2025

Julián Correa Lozada: entre la gloria restauradora y las sombras del gomecismo

Foto: El General Juan Vicente Gómez en Maracay, durante los años 20. Imagen tomada de la revista "En el Tapete".


Su participación activa en las batallas de La Victoria y San Mateo, junto a jefes como Luis Crespo Torres, Roberto Vargas y Sixto Bolívar, lo ubica entre los cuadros militares más comprometidos con la causa restauradora.


Por José Obswaldo Perez

La historia venezolana de finales del siglo XIX y comienzos del XX está sembrada de nombres que fueron vitales en su momento y que, sin embargo, han quedado al margen de la memoria oficial. Uno de ellos es el del general Julián Correa Lozada, oriundo de San Juan de los Morros y protagonista clave en los procesos político-militares de dicho período, aunque hoy apenas es una figura poco conocida en la historia local y regional.

Fue hijo de Julián Correa y de Agapita Lozada. Contrajo matrimonio en Ortiz, el 3 de septiembre de 1886, con Juana Isabel Torrealba, hija de José Anselmo Torrealba y de Juana Josefa Torres.

De la Restauración a la guerra

En 1899, en pleno auge del movimiento Restaurador liderado por Cipriano Castro, Julián Correa fue designado primer jefe del Batallón Aragua y simultáneamente jefe civil de San José de Tiznados, en el estado Guárico. Esta doble responsabilidad refleja el estrecho vínculo entre lo militar y lo político en los momentos de reorganización nacional.

Su participación activa en las batallas de La Victoria y San Mateo, junto a jefes como Luis Crespo Torres, Roberto Vargas y Sixto Bolívar, lo ubica entre los cuadros militares más comprometidos con la causa restauradora. El general Diego Bautista Ferrer, en su obra La Victoria y San Mateo (1903), lo menciona como parte de los oficiales que sostuvieron el frente donde “la República se jugó su aliento” (p.14).

La caída en Ciudad Bolívar

Tras los eventos de 1899, Correa Lozada reaparece en 1903 como uno de los combatientes en la Batalla de Ciudad Bolívar, último episodio sangriento de la Revolución Libertadora. Allí, bajo el mando del caudillo oriental Nicolás Rolando, resistió el asedio de las tropas de Juan Vicente Gómez, en una lucha casa por casa que terminó con la rendición de los revolucionarios el 21 de julio.

Entre los más de 50 generales capturados, figuraba Correa Lozada, convertido entonces en prisionero de las fuerzas gubernamentales. Este episodio marcó el fin de su participación activa en la lucha armada o guerra civil en Venezuela, y también el inicio de una nueva etapa bajo el auspicio del poder gomecista.

Del fusil al presupuesto: caminos y fidelidades

En 1905, durante una visita del presidente Cipriano Castro a Ortiz, se tramitó un telegrama al general Gómez solicitando la liberación de Julián Correa y Carlos Capote, ambos implicados en la ya derrotada Revolución Libertadora. Un grupo de dirigentes políticos orticeños habían solicitado su libertad. La respuesta fue afirmativa, y tras su liberación, Correa Lozada se mantuvo leal al régimen gomecista hasta su muerte.

Este nuevo alineamiento le permitió asumir responsabilidades civiles importantes. Correa se vinculó a la mejora de infraestructuras viales en Guárico, particularmente la carretera entre San Juan de los Morros y Morrocoyes, obra que modernizó el trazado del ingeniero villacurano Luis Eduardo Power, a pesar de no ser él mismo ingeniero.

En 1913, un documento oficial del Ministerio de Obras Públicas lo designa como jefe administrador de una junta encargada de reparar y construir carreteras clave en el centro del país. Se le asignó un presupuesto semanal de 3.000 bolívares, y junto a él trabajaban Enrique Ramírez y Elio Tulio Sánchez.

No obstante, a partir de 1916, su nombre comienza a figurar asociado a las llamadas “imaginarias”: sistemas de manejo discrecional de nóminas usadas por el régimen gomecista para premiar a militares afines. Se le acusó, como a otros, de reportar más obreros de los que realmente empleaba en obras públicas, quedándose con parte de los fondos.

Un silencio que también dice

La figura de Correa Lozada resulta difícil de clasificar. Fue combatiente restaurador, prisionero de guerra, servidor público, hombre de lealtades cambiantes. Como muchos actores de aquella Venezuela marcada por la violencia política y la centralización del poder, su nombre parece haberse disuelto entre telegramas, decretos, y memorias inconclusas.

Sin embargo, su historia ofrece una ventana fascinante al estudio de las transiciones políticas en Venezuela, al rol de las provincias en los grandes conflictos nacionales, y al vínculo entre poder militar y civil.

Hoy, recuperar su trayectoria no implica edulcorarla ni condenarla, sino comprenderla en su contexto y complejidad. Como bien señala Oldman Botello en Castro en Calabozo (2015), figuras como Julián Correa Lozada se movieron en “la delgada línea entre el protagonismo local y el olvido nacional”.

Referencias

  • Botello, Oldman (2015). Castro en Calabozo. En: Venezuela de Antaño. Bitácora en línea
  • Ellis, Mark St. Clair (1904). The Battle of Ciudad Bolívar and the End of the Revolution in Venezuela. Proceedings, Vol. 30/4/112.
  • Gaceta Oficial, Ministerio de Obras Públicas. Documento Nº 168. Caracas, 16 de mayo de 1913.
  • Ferrer, Diego Bautista (1903). La Victoria y San Mateo. Imprenta Nacional.
Compártalo:

jueves, julio 10, 2025

La malaria en Casas Muertas


Para plasmar esta obra, historia verídica y real, creación literaria romántica, costumbrista, poética, dramática y de conocimiento científico, el autor se sumerge en ese mundo, habla con sus habitantes, alguno de los cuales, sobrevivientes de la tragedia que asoló la población llanera de Ortiz, en el estado Guárico.


Por Fernando Aular Durant

LA ENFERMEDAD. El paludismo es una enfermedad aguda, que suele ser muy grave y a veces prolongada, causada por protozoarios parásitos del género Plasmodium, de los cuales varias especies puede afectar al hombre, entre ellas: P. falciparum, P. malarie, P. ovale y P. vivax., los cuales producen destrucción de los glóbulos rojos al multiplicarse dentro de ellos. Entre los principales síntomas se encuentran: fiebre, anemia y esplenomegalia. Los paroxismos febriles van precedidos de escalofríos y sudoración y suelen ocurrir con intervalos regulares: en días alternos (fiebre terciana) intervalos de dos días, (fiebre cuartana) o diariamente (fiebre cotidiana). El producido por la variedad falciparum puede ser mortal si el tratamiento no es adecuado. Por las otras especies suele ser menos grave, con tendencia a recaídas separadas por períodos de latencia. El paludismo crónico corresponde a un tipo clínico especial de infección recurrente, con anemia grave, esplenomegalia y desnutrición. Frecuente en regiones subdesarrolladas.

TRANSMISIÓN. El hombre es la única fuente de paludismo humano. El parásito se trasmite de un individuo a otro por la picadura de un insecto infectado (vector) del género Anopheles o por administración de sangre infectada con el parásito.

HISTORIA. Posiblemente esta enfermedad se originó en África. Existen referencias sobre fiebres intermitentes en antiguos textos médicos asirios, chinos e hindúes. Hipócrates, en el siglo V a. C. fue quien estableció la entidad clínica del paludismo. Los antiguos romanos la conocían y la relacionaban con las zonas pantanosas, por lo que trataron de controlarla mediante drenajes. Julio César padeció la enfermedad. Alejandro Magno (356-323 a.C.) rey de Macedonia, discípulo de Aristóteles, conquistó y organizó un gran imperio y proyectaba nuevas conquistas cuando una fiebre palúdica acabó rápidamente con su vida. Falleció a los 33 años, cuando era dueño del mundo Oriental. Luchó en tantas batallas arriesgando la vida, pero lo mató el paludismo.

La corteza de la quina usada en su tratamiento fue introducida desde el Perú a Europa a comienzos del singlo XVII. El aislamiento de la quinina y otros alcaloides derivados se produjo en 1820 por Pelletier y Caventou. El parásito fue descubierto en la sangre de enfermos por Laveran en 1880 y la trasmisión por el mosquito vector fue descubierta por Ronald Ross en 1897. La primera demostración a gran escala del control del paludismo por medidas contra el mosquito fue hecha en Cuba y en la zona del canal de Panamá. Luego se descubrieron varios compuestos antipalúdicos como la plasmoquina, atebrina y la metoquina.

En 1939 se descubren las propiedades insecticidas del DDT lo que da lugar a campañas antipalúdicas de mayor amplitud. Para el período que corresponde a los finales de la década de 1920 y comienzos del 1930, en el cual se puede ubicar el ámbito de la novela “Casas muertas” de Miguel Otero Silva, según la opinión de muchos profesionales de la medicina de la época, era muy poco lo que se hacía desde los organismos públicos para combatir esta enfermedad. La acción antimalárica se limitaba al reparto esporádico de quinina y al ataque local de focos epidémicos.

El 19 de diciembre de 1923 el gobierno venezolano emite el decreto denominado “Saneamiento de los llanos de Venezuela para el tratamiento del paludismo”, la anquilostomiasis y la tripanosomiasis llamada “derrengadera” que afectaba al ganado bovino.

Aún por los comienzos de los años 50 del pasado siglo, siendo un niño, me daban a tomar la metoquina como preventivo y pude ver el curioso espectáculo de los hombres bien protegidos con trajes, cascos y máscaras regando el DDT en las casas, los solares, corrales, ranchos de techos de paja o palma y montes aledaños, lo que además servía para combatir el chipo. (Rhodnius prolixus) transmisor del mal de Chagas.

DIAGNÓSTICO. Examen de sangre por el método de la gota gruesa que permite reconocer la variedad y cantidad de plasmodium en el paciente, obteniéndose el índice parasitario, importante para el tratamiento y la prevención. Palpación del bazo: aumentado de tamaño (esplenomegalia) en los enfermos, abdomen globuloso. Palidez cutánea. Abulia.

MIGUEL OTERO SILVA. Nació en Barcelona, estado Anzoátegui (1908). Murió en Caracas (1985) Poeta, novelista, ensayista y político. Fundador del semanario “El Morrocoy Azul” y del diario “El Nacional” Su obra novelística lleva siempre una intención político social relacionado con sus principios revolucionarios. Entre sus obras: “Fiebre”, (1930), que describe la descomposición político-social del régimen de Gómez y la rebelión estudiantil.

“Casas Muertas”, (1955), Describe la epidemia del paludismo en una población venezolana. “Oficina Número 1” (1960), considerada la gran novela del petróleo y es como una continuación de “Casas Muertas.” “La muerte de Honorio”, (1968), “Cuando quiero llorar no lloro”, (1970), “Lope de Aguirre, príncipe de la libertad”, (1979) “La piedra que era Cristo” 1984. “El cercado ajeno” 1961, opiniones sobre arte y política. Entre sus obras poéticas: “Agua y cauce” (1937), “Elegía coral a Andrés Blanco”, (1957), “La mar que es el morir”, (1965), “Umbral” 1965) Su obra humorística “Un morrocoy en el cielo” 1972 y “Un morrocoy en el infierno” 1981, que incluye: Sonetos elementales, Sinfonías tontas, Versos circunstanciales, Crónicas morrocoyunas, Teatro y Las Celestiales.

CASAS MUERTAS, Miguel Otero Silva, publica la novela “Casas Muertas” en 1955, con la cual obtiene el Premio Nacional de Literatura “Arístides Rojas” de Venezuela. Para plasmar esta obra, historia verídica y real, creación literaria romántica, costumbrista, poética, dramática y de conocimiento científico, el autor se sumerge en ese mundo, habla con sus habitantes, alguno de los cuales, sobrevivientes de la tragedia que asoló la población llanera de Ortiz, en el estado Guárico. Fue recogiendo notas de sus entrevistas con personajes reales, cuyos testimonios fidedignos fueron forjando la trama, el ámbito, el tiempo de aquel doloroso episodio. Durante varios meses vivió entre aquellas ruinas, recuerdos de aquellos terribles días, allí hablaba largamente con aquella gente, fue llenando cuadernos de notas con sus vivencias, memorias, anécdotas, historias, de las cuales fueron emergiendo los personajes de ficción encarnados en los propios moradores, como la maestra anciana, Beatriz de Rodríguez, en cuya casa pernoctó y que se convierte en la señorita Berenice de la novela. Por lo que a la par de la imaginación, propia de la ficción literaria, se utilizan datos obtenidos de la realidad, fruto de una seria y meticulosa investigación mediante entrevistas a personas conocedoras del lugar, algunas testigos o protagonistas de los hechos acaecidos en el pueblo, rescatando del olvido sucesos, personajes que constituyen parte de la historia de esa comunidad.

Los relatos apegados a la verdad de los hechos y por tanto históricos debido a los acuciosos trabajos de investigación documentada, plasmados en clara y amena prosa poética y por obra de la creatividad propia del novelista, le dan a la novela el carácter de historia novelada; el ambiente formado por un pueblo en ruinas, la mortandad causada por la enfermedad, la migración de los habitantes hacia otros lugares, constituyen los hechos de la realidad de ese pueblo y de la generalidad del país. Los personajes actuantes en la novela, que, si bien parecieran de ficción, bien se pueden correlacionar con los mismos habitantes.

En la novela, la descripción del inicio de la epidemia, el brote de los criaderos, son verdaderos cuadros epidemiológicos, pincelados de prosa poética, fluida y verídica. El análisis de los parásitos y los vectores, las afecciones tisulares, las reacciones celulares, son reales descripciones de patogenia y patología, tales como bien pudiera describirlas un experto parasitólogo, pero plasmadas en un lenguaje translaticio, más poético que técnico, más literario que epidemiológico, pero con el acierto de la ciencia médica, como cuando expresa:

“Fueron días, noches, semanas de lluvias.” … “Se estancaba el agua en los barrancos, en los altibajos de la sabana, en los corrales de las casas.” … “Al cristal fangoso de los charcos, al limo verdoso de los pozos, al caldo sucio, a la linfa clara, siempre que estuviese quieta la superficie, llegaban los mosquitos… a vivir su breve vida de veinte días, a nutrirse, a reproducirse y a morir en aquel anegado recodo de la tierra llanera.”

Ahora veamos como describe Miguel Otero la reproducción de los insectos en una verdadera lección entomológica: “Sobre una hoja inmóvil, detenida en mitad del agua muerta, se paraba una brizna imperceptible provista de alas y de vida. Era una hembra que venía a poner sus huevos. Los huevitos caían por centenares, hermanados en una cinta finísima, sostenidos a flor de charca por flotadores microscópicos. Nutriéndose de sustancias misteriosas de la naturaleza, o de despojos de insectos muertos, o comiéndose a la propia madre, se desarrollaban las larvas que de las cáscaras de los huevos surgían. Eran largos gusanitos de anillos peludos que en su madurez se enroscaban en negros signos de interrogación antes de transformarse en mosquitos recién nacidos… abandonaban el agua de la poza en el primer vuelo, los machos hacia los árboles en demanda de jugos vegetales, las hembras hacia las casas en busca de sangre humana,” …” Ávidas agujas de la noche, caían sobre los cuerpos dormidos, clavaban los empuntados estiletes y sorbían la primera ración de sangre. El silencio se cruzaba con agudos zumbidos y una pequeña voz gimoteaba en el catre: - ¡Mamá, que me pica la plaga!”

Y así sigue describiendo ahora la forma del contagio, del huésped portador, mediante el insecto vector, a la persona sana, en una audaz descripción parasitológica como si nos llevara a contemplar la escena desde el lente de un poderoso microscopio.

“Se hundía el aguijón aquí y allá, una y mil veces. En la piel del niño sano y del niño enfermo, en la choza del hombre sano y del hombre palúdico. La sangre contaminada irrumpía en el organismo del insecto, estallaba en flameantes rebenques, copulaban hasta fusionarse las células macho y hembras, se enquistaban en las paredes del diminuto estómago y se rompían luego en menudos globos estriados que se esparcían por el pequeño cuerpo y se estancaban en el pocito mínimo de la saliva.”

Luego describe la síntesis de la patogenia del proceso y la irrupción de la enfermedad. “… Volvía una y otra vez el mosquito en busca del hombre, de la mujer, del niño, pero llevaba entonces la trompa envenenada. Sepultaba con el espolón las células malignas que se diseminaban carne adentro, se albergaban en una víscera e irrumpían finalmente en la sangre humana. En el torrente de la sangre cada núcleo se estrellaba en cien núcleos, en cien protoplasmas cada protoplasma y todos a un tiempo se nutrían de rojas sustancias vitales, segregaban pigmentos que eran gérmenes de fiebre y hacían arder el cuerpo entero en la llama estremecida del paludismo.”

Para plasmar estos exactos procesos parasitológicos, para concebir con la creatividad literaria un estudio microscópico de algo que acaece como violentas transformaciones en el diminuto espacio de un glóbulo rojo, de un eritrocito, con la maestría de un investigador científico, Miguel Otero Silva tomó lecciones de Parasitología Tropical con reconocidos científicos estudiosos e investigadores de la materia, como Francisco Tejera, José Francisco Torrealba y Félix Pifano.

La narración de los síntomas y signos que sacuden a sus personajes, la fiebre, los escalofríos, la hematuria, los abdómenes globulosos, la palidez, son verdaderas lecciones de Semiología clínica. Por ejemplo:

“… se sintió invadido en pleno trabajo por pastosas oleadas de pereza, de lasitud, de abandono, sacudido por breves latigazos de frío.”

“… sabía que ya venía a su encuentro el ramalazo de un acceso palúdico y se dispuso a recibirlo. Acurrucado sobre los hilos del chinchorro sintió llegar a su piel, a la pulpa de su carne, a la raíz de sus cabellos, a la masa blanca de sus huesos, un frío que iba creciendo como un caño y haciéndose más hondo como una puñalada. Se estremeció el chinchorro bajo el temblor de sus miembros y el entrechocar de sus dientes…”

Tras los escalofríos glaciares, describe la fiebre, tan terrible como las llamas de un pavoroso incendio: “…El frío se extinguió al rato. En su lugar surgieron aletazos de calor cada vez más intensos, cada vez más frecuentes… y comenzó a arder como una lámpara, encendido el rostro como flor de la cayena, de arcilla los labios resecos, de espejo brillante las pupilas dilatadas…Era un sudor a raudales que traspasaba las ropas… y goteaba al suelo como el rocío.”

Miguel Otero describe la epidemia con el rigor trágico de una catástrofe, del paso despiadado de la muerte: “La salida de las aguas arrojó sobre Ortiz, sobre Parapara, sobre todos los caseríos contiguos, una implacable marca de fiebre y muerte que amenazó con borrar para siempre el rastro de aquellos pueblos.”

Debió tratarse del falciparum, porque no eran fiebres que bajaban a las pocas horas con períodos de acalmia, sino que eran continuas, día y noche, entre contorsiones y delirios. Era la “Económica” porque mataba a los cuatro días sin gastos en quinina, curanderos o médicos. La fiebre fría que mató a Epifanio el bodeguero que se creía inmune. La fiebre perniciosa. “…-Nos estamos quedando solos -dijo melancólicamente el padre Pernía”. “- ¡Dios mío haz un milagro! -gimió la señorita Berenice.” “ -Mándanos al menos un médico -gruñó el señor Cartaya.”

La enfermedad masacraba a la población con furia implacable. Pero el capítulo más desgarrador, más intenso y conmovedor es el de la hematuria.

“…cuando el enfermo vertió en el peltre blanco de la bacinilla un líquido rosado color de la pulpa del cundeamor… se quedó mirando fijamente la orina rosa y exclamó con atónito y atormentado acento: - ¡Hematuria!”


Compártalo:

miércoles, julio 09, 2025

Cartaya bajo el sol de Ortiz


Me tocó representar a Cartaya, el viejo masón y librepensador, ese personaje que camina entre las ruinas con la dignidad de quien ha perdido todo menos la memoria.


Por José Obswaldo Pérez

Eran finales de los años ochenta y el sol caía oblicuo sobre la plaza Bolívar de Ortiz. El calor parecía inmóvil, como si él también esperara que comenzara la función. En el aire flotaba una mezcla de nerviosismo estudiantil y solemnidad improvisada. Aquella mañana no era como las demás: se celebraba el aniversario de la Unidad Educativa Beatriz de Rodríguez y, sobre todo, la publicación de Casas Muertas, esa novela que, sin saberlo del todo, ya me habitaba.

Me tocó representar a Cartaya, el viejo masón y librepensador, ese personaje que camina entre las ruinas con la dignidad de quien ha perdido todo menos la memoria. Me ajustaron un sombrero de pelo e’ guama, me colocaron un frac negro y un bigote postizo que picaba como si quisiera recordarme que el personaje no era cómodo, ni debía serlo. Yo, adolescente aún, me sentía convocado por algo más grande que una simple actuación escolar. Era como si, por un instante, me hubieran prestado una voz antigua para decir algo que aún no sabía qué quería decir.

Dianit Salgado, en el papel de Carmen Rosa, llevaba un vestido blanco que parecía resistirse al polvo de la calle. Caminaba con una delicadeza que contrastaba con la aridez del escenario, como si aún creyera en la posibilidad de ternura en medio de tanta desolación. Gómez Daboin, como el padre Pernía, imponía una gravedad que no era sólo teatral: su voz tenía el tono de los sermones que aún se escuchaban en las paredes de la iglesia del pueblo. Y yo, en medio de ambos, era Cartaya: el que recuerda, el que duda, el que no se resigna.

No sé si actuábamos bien. Tal vez no importaba. Lo que sí recuerdo.

Luis Alberto Crespo, invitado especial, nos miraba con esa mezcla de ternura y severidad que tienen los poetas cuando reconocen una llama. No recuerdo sus palabras exactas, pero sí su mirada: como si supiera que, en ese instante, algo se había sellado en mí.

Años más tarde, en los pasillos de Venpress, bajo la dirección de nuestro querido Humberto “Camuco” Álvarez , paisano y amigo, volvimos a cruzarnos. Ya no era el muchacho que temblaba bajo el sombrero de Cartaya, pero seguía siendo el mismo: alguien que buscaba en la palabra un refugio, una trinchera, una casa. Allí, entre cables informativos y titulares por venir, Luis Alberto y yo comulgamos silencios llenos de literatura, en momentos de compartir una noticia o una chanza del momento. La sala de redacción tenía su propio ritmo, pero la poesía, el relato y los libros encontraban momentos para colarse en un rincón entre teclas y tazas de café.

Hoy, al ver esta fotografía, comprendo que no fue sólo una actuación estudiantil. Fue un rito de iniciación. Cartaya no se fue de Ortiz: vive en cada palabra que escribo, en cada archivo que desentierro, en cada fuego cotidiano que intento avivar.

Tu contribucion es importante


Compártalo: