El chavismo puso más generales en nómina que cualquier otro ejército y sin embargo estos no sirven para sacar a la gente de bajo las ruinas en un cataclismo.
Las imágenes aéreas de la devastación que ha causado el terremoto en Venezuela recuerdan las horribles estampas de la guerra en Gaza, en Aleppo, en Mariupol. Los edificios destripados como acordeones de hormigón con los inquilinos engullidos dentro. Resulta demoledor pensar que la naturaleza puede causar una tragedia de este calibre y que, sin embargo, también algunos seres humanos, supuestos líderes, puedan ordenar catástrofes así, teledirigidas desde sus despachos. El dolor inmenso de las familias de las víctimas se acrecienta ante la indefensión, la incapacidad para ordenar el caos, desandar el destino fatal. En el caso reciente de Venezuela, donde los muertos y desaparecidos se cuentan por miles, la impotencia señala a un país rico en recursos naturales que malgasta estos dones para perpetuar una economía precaria que carece de medios y personal cualificado para afrontar un rescate urgente, el mínimo de servicio público para amparar a tantos afectados. Era de sospechar en un país que meses atrás, pese a presumir de su militarismo, había presenciado el secuestro de su presidente por un comando norteamericano sin un arañazo a los helicópteros que protagonizaron la acción, probablemente pactada.
Conocer Venezuela antes de la llegada de Hugo Chávez al poder ya te invitaba a contemplar un país plagado de desigualdades que levantaban un rencor social considerable. Llamaba la atención una Caracas rodeada de ranchitos en la pobreza absoluta y al mismo tiempo poder visitar las fincas más lujosas. La inseguridad que aquella desigualdad extrema provocaba se evidenciaba en el absurdo de las urbanizaciones de lujo protegidas militarmente o que los edificios de veinte plantas tuvieran hasta en el último apartamento habitado rejas en cada ventana por el temor a los asaltos. Un país con recursos y una naturaleza impresionante se dejaba caer por la espiral de la corrupción. Los venezolanos eligieron a un militar golpista y retórico como Chávez para enderezar el destino violento del país, pero poco a poco, pese a las nuevas atenciones para los más desfavorecidos, se fue imponiendo la sensación de que el error de juicio saldría caro. Que la oposición interna y externa fuera también proclive al golpismo provocó que el enroque de las partes se hiciera perverso. Las últimas elecciones, con un Maduro que recurrió al amaño para permanecer en el poder, cedieron el protagonismo a Trump, que es a ratos otro Maduro pero con misiles atómicos. Estados Unidos reprogramó a la cúpula del régimen y corrió a apoderarse del dinero que produce la extracción de petróleo, verdadero fin de todos los principios.
Nunca sabremos si esa ingente cantidad de barriles que el país extrae de su subsuelo ha tenido algo que ver en los movimientos sísmicos que han provocado la tragedia actual en una zona de fallas submarinas. Tampoco en los Estados Unidos cuando conozcamos las consecuencias del fracking indiscriminado estará vivo Trump para rendir cuentas, pero eso sí, sus bisnietos seguirán siendo multimillonarios. Bajo la equivocada lectura de un populismo militarista que nada tiene que ver con las ideas de izquierda el chavismo puso más generales en nómina que cualquier otro ejército y sin embargo los generales no sirven para sacar a la gente de bajo las ruinas en un cataclismo así. La corrupción del militarismo autoritario siempre provoca el mismo espejismo. Una fuerzas armadas de lealtad a cobro y que se emplean más en amedrentar a la población local que en protegerla. Es curioso porque utilizamos la expresión salvapatrias pero nunca la de arruinapatrias. Y las tragedias llegan siempre, pero la sociedad que las sufre puede ser fuente de amparo o sencillamente multiplicar la indefensión.
Ruina sobre ruinas en Venezuela
El chavismo puso más generales en nómina que cualquier otro ejército y sin e...