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Las vacilaciones de 1811

La hechura del mapa de la futura república es uno de los temas que más prevenciones concita.


ELÍAS PINO ITURRIETA |  EL UNIVERSAL

Los fundadores de la Independencia son parte de una memoria canónica cuyos secretos usualmente no se revelan, porque forman parte de un aglutinamiento afectivo y de una posibilidad de encuentro de la sociedad que hace mucha falta, en especial cuando sus miembros se enfrentan y dividen por situaciones del presente. Penetrar en el bosque de sus estatuas es riesgoso, porque las estatuas se levantan para que uno necesariamente las venere y porque, la verdad sea dicha, esos hombres convertidos en bronce no se merecen ni una mínima falta de respeto. Es mucho lo que se les debe para ponerse ahora a manchar una reputación, en torno a la cual sólo la injusticia y la mentira pueden encontrar mácula. Pero nadie puede dejar de ubicarlos en su contexto, enfrentados a las solicitaciones de su época y atenidos a una circunstancia ante la cual no les quedó más remedio que responder a su manera, a la manera de unos individuos perplejos que por primera vez deben resolver negocios de envergadura y tratar de remendarlos sin el riesgo de caer en un abismo. De allí la persistencia de unas vacilaciones sobre las cuales se tratará de seguidas, para verlos de veras cómo fueron y para calcular las barreras que, como criaturas de una situación de incertidumbre, no se atrevieron a derrumbar o sólo derrumbaron a medias. 

Una confesión del diputado Yanes, expuesta ante la Cámara en la sesión de 3 de julio de 1811, pone las cosas en su lugar. Dice: "Puede asegurarse que ninguno se levanta por la mañana con las mismas ideas que tomó en su lecho la noche anterior". No hace sino confirmar el parecer que en la sesión anterior expone el diputado Sata, sin que nadie lo rebata: "Somos ahora unos hombres nuevos en la ocupación en que estamos ... y yo mismo ignoro aún si estoy calculando para ser un tirano luego que me falte el freno de la censura pública, y esta creo que es la opinión de todos mis colegas". Debe recordarse que las palabras de los representantes del pueblo circulan en las vísperas de la Declaratoria de Independencia, es decir, justo cuando parecen más inoportunas las cavilaciones. Las expresiones nos remiten a un teatro agobiado por las dudas, del cual no pueden salir las conclusiones que el futuro reclama por ignorancia, o por el empeño de manipular el pasado para que diga lo que le conviene al presente. 

La hechura del mapa de la futura república es uno de los temas que más prevenciones concita, debido a que parte de la consideración de los intereses de las regiones representadas en el Parlamento. Muchos diputados consideran la necesidad de dividir la provincia de Caracas antes del establecimiento de la Confederación de Venezuela, para evitar que la región más rica y poblada se convierta en controladora de la nueva situación política. Duros debates suceden entonces, que llegan al extremo de temer una convulsión civil antes de que comience la guerra contra los realistas. La incomunicación de las comarcas del interior, en las cuales se han establecido desde antiguo microclimas capaces de hablar por sus intereses y de temer el predominio de una hegemonía de los caraqueños, estorba el proyecto que, en primera instancia, según suponemos en la actualidad, debía prevalecer en la intención de los padres conscriptos: la Independencia como meta a la cual se debía llegar sin escollos. 

Pero el tema que más problemas origina es el de la igualdad de los hombres en la república recién nacida. Apenas se plantea con cierta propiedad en la sesión del 31 de julio, después de la Declaratoria de la Independencia. Lo hacen en sesión privada debido a las espinas de su contenido, y se llega a proponer entonces que cada provincia lo resuelva según su necesidad, sin que se tome una medida genérica que satisfaga a todos los venezolanos. No es posible en ese día llegar a un acuerdo positivo, pese a que un diputado atrevido como Yanes habla de los derechos inalienables de los pardos y un diputado con los pies en la tierra, como Briceño, llama la atención sobre la amenaza de un movimiento armado si no se llega a la proclamación de la igualdad de todos los hombres. Sólo el 20 de marzo de 1812 llegan a un consenso, que consiste en la eliminación de los fueros personales sin detenerse en menciones "delicadas" sobre los derechos de las llamadas castas libres. 

Falta ahora espacio para detenerse en las polémicas sobre los derechos de Fernando VII, en cuya defensa se había convocado el Congreso de las siete provincias y sobre los cuales se discute con detenimiento, a favor y en contra, hasta el 4 de julio. No fue asunto que pudieron despachar a la ligera, sino un tema de conciencia que funcionó como una noria en la cual dieron trabajosas vueltas. ¿Por qué? Porque son hombres de su tiempo, formados en un clima de opinión que no permitía desembocar en situaciones drásticas que podían barrerlos con su fuelle. Porque no inventan los embrollos que vienen en su equipaje a la hora de emprender un enigmático viaje. Los traen en sus heterogéneas valijas. Porque podían perder la fortuna y la vida en el empeño de cambiar los hábitos en cuyo seno se habían aclimatado, por una vida nueva que todavía no tenían y de la cual podían esperar sorpresas perturbadoras. Ante esa encrucijada se encuentran, a la fuerza, atados a ella sin remedio, y lo más sensato es verlos así, no sólo para entender su desafío y admirarlos por ello, sino también para apreciar el reto que se debió asumir después para terminar la faena. eliaspinoitu@hotmail.com

Fuente: El Universal

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