lunes, abril 30, 2007

Hatos y toponimia: Un caso de apropiación de lugar en Valle del Tiznados. Siglo XVII

Marc Bloch (1978) señala que los nombres de los hatos sirven para recorrer la línea de los tiempos en sentido inverso. Sus topónimos –nombres propios de lugar– reflejan la flora, la fauna, las topografías e hidrografías de la antigüedad; trazan contornos borrosos de viejos hatos y haciendas; proyectan patrones de colonización y de explotación de la tierra; reafirman diluidas herencias y persistencias indígenas; y exhuman remotos colonizadores para develarnos su hablar, sus costumbres, sus imperativos, sus devociones, y por qué no, sus mentalidades.
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por José Obswaldo Pérez


Los hatos ganaderos son el legado presente de algunas de las más antiguas divisiones territoriales del actual estado Guárico. Fueron demarcaciones esenciales para organizar el entorno colonizado y reflejaron el interés y la ansiedad del Estado Español de hacerse presente en la vida cotidiana de los moradores del Alto Llano. Pero además, los nombres de los hatos son un importante documento para explorar la poco documentada historia rural de nuestros llanos guariqueños de los Siglos XVI, XVII y XVIII.

En nuestro estudio ubicamos los hatos ganaderos de Tiznados en el Partido San Antonio o Valle de San Antonio, jurisdicción de San Sebastián de los Reyes y eje del poblamiento europeo en la zona, la cual ocupaba un gran espacio geográfico aproximadamente de más 40.000 hectáreas, limitado por la parte oriente con Parapara, camino hacia los hatos de Paya; con el poniente con el río Tiznados; por el norte con la Serranía Alta de San Juan y por el sur con el Galera de Mapire, cerca del río de San Antonio. Estas tierras fueron concedidas “en deposito” por el Gobernador y Capitán de la Provincia de Caracas, Don Pedro de Porras y Toledo al Capitán Don Juan de Grezala y Oñate, en el año de 1660[1].

Sin embargo, las tierras pasaran de manos en manos a través de procedimientos de venta, herencias y donaciones. Una tercia parte de ellas las compró por 250 pesos el Capitán Don Domingo Pérez de Ávila y Zapata a Don Juan de Grezala y Aguirre, hijo del Capitán Don Juan de Grezala y Oñate en el año 1713. Su hijo el Alférez Juan Antonio Pérez de Ávila y Brea de Mendoza heredó de su padre las tierras con un lindero norte a sur desde la Serranía Alta de San Juan hasta las Galeras de Mapire[2]. Dentro de ellas, años después, serían erigidas las parroquias de San Francisco y de San José de Tiznados, que pertenecerían a las jurisdicciones de San Sebastián de los Reyes y de la Villa de San Luis de Cura[3].

Desde finales del siglo XVI se comprueba la presencia de dueños de tierras en el Valle de San Antonio de La Platilla, se trata de los primeros y principales terratenientes de estos lares liderizados por Capitán Don Juan de Grezala y Oñate, quien nada menos era Juez privativo de los Llanos de San Sebastián de los Reyes. Las familias o clanes económicos como los Bolívar, Ponte, Tovar y Mijares de Solórzano, entre otros, representan el mejor ejemplo de los que se posesionaron y se convirtieron en los Dueños del Suelo Tiznaeño; la declaración de tierras que poseían o decían poseer, manifiesta la magnitud extensiva de dichas posesiones heredadas por “estrategias matrimoniales” que permitían la estabilidad de la estructura de propiedad, mediante unos vínculos de parentesco (Langue, 2005). La ocupación, mantenimiento y reproducción de estas grandes propiedades se logró a lo largo de dos siglos, destacándose entre estas familias la formación de un gran grupo endogámico, a través de dichas alianzas como forma de protección del capital para no disgregar o desmembrar la riqueza lograda por sus antepasados. Estas alianzas matrimoniales constituían, en fin, alianzas territoriales que en consecuencia originaban la formación y constitución del latifundio familiar; por otra parte, también se aprovecharon de los altos cargos que ocuparon en el Cabildo de Caracas para así aplicar estrategias que le permitieron la apropiación y garantización de sus posesiones.

En el caso de Tiznados y su jurisdicción, la hacienda ganadera, denominada en los documentos como “sitio de hato” o “hato de ganado”, constituía una unidad productiva sustentada en el binomio ganadería-usufructo de la tierra donde se genera una relación de peonaje entre un terrateniente, dueño de los medios fundamentales de producción y un trabajador, parcialmente separado de esos medios y con posibilidades de usufructuar la tierra a quien denominamos peón[4]. Su producción estaba destinada a un mercado intermediario, ya que no se descarta su participación- de una u otra forma- en el mercado exterior, sino que se orientaba hacia el mercado interno, “esencialmente en lo que se refiere al suministro de carne, queso, sebo y ganado mular y caballar para ciertas ciudades y pueblos del área costera donde estos no se daba” (Ortega, 19: 54). Esta unidad de producción no sólo originaba acumulación de bienes, sino que garantizaba las ambiciones sociales de sus dueños. Además estas formas de tendencias de propiedad van a predominar a finales del siglo XVII y a lo largo del XVIII, sufriendo ciertas modificaciones producto de la evolución interna de dichas organizaciones.

El sistema de apropiación en Tiznados y demás sitios del Alto Llano se inicia a partir del pie de monte perteneciente al paisaje cordillerano del interior, el cual está constituido por dos zonas montañosas de relieve orográfico distinto: la serranía de la costa al norte y la serranía del interior al sur con la formación de pueblos y encomiendas, donde los nativos tenían que trabajar las tierras en beneficio exclusivo de los encomenderos. Vila (1978:16) explica que cuando los hatos eran varios en un determinado ambiente, daba lugar a que en un sitio en condiciones óptimas para las comunicaciones, surgiera un pueblo que fungía de polo económico de un extenso territorio de economía ganadera. Este es el caso de los pueblos de San Francisco y San José de Tiznados.

Marc Bloch (1978) señala que los nombres de los hatos sirven para recorrer la línea de los tiempos en sentido inverso[5]. Sus topónimos –nombres propios de lugar– reflejan la flora, la fauna, las topografías e hidrografías de la antigüedad; trazan contornos borrosos de viejos hatos y haciendas; proyectan patrones de colonización y de explotación de la tierra; reafirman diluidas herencias y persistencias indígenas; y exhuman remotos colonizadores para develarnos su hablar, sus costumbres, sus imperativos, sus devociones, y por qué no, sus mentalidades.

La aparición de los hatos está vinculada con los comienzos de la propiedad territorial en los Llanos de la provincia de Caracas y los mismos están asociados con la persecución de indígenas, presuntamente caribes y su esclavización a través de las encomiendas como lo señala Adolfo Rodríguez[6]. Pero, a partir de la primera mitad del siglo XVII es cuando verdaderamente se sistematiza la estructuración de pueblos en el ambiente geográfico venezolano, cambiando el paisaje y ampliando el territorio hacia un espacio regional. Desde ese momento, las instituciones de la Iglesia y del Estado español crearon, de forma mancomunada, una nueva fisonomía histórico-geográfica del paisaje venezolano.

De este modo, la función formal inicial de los hatos fue representativa, como unidades económicas, las cuales tienen sus raíces en distintos procesos colonizadores y su aprehensión de la población nativa a través de la dinámica de apropiación socio-espacial del territorio. La organización de los espacios de las tierras de la comarca Tiznadeña quedan integradas por cantidades de sitios y hatos dominando el área del Valle de Tiznados, pero el hato es el que le da sentido de imposición territorial, ya sea como unidad de producción o como unidad geográfica de ocupación, sea en ambos casos y en base al ganado, se procedía a ocupar la tierra para componer y confirmar, proceso repetitivo y estratégico para así apoderarse de las tierras. Este proceso de ejecutaba en un determinado lugar, se fundaba casas y corrales, lo demás era llano abierto, sabanas y montes donde el ganado de todos pastaba libremente. El hierro o señal en la oreja que se les afincaba a las reses, “iba marcando la propiedad del ganado que en definitiva era el hato” [7]

Para finales del siglo XVIII se puede apreciar cómo quedó ocupada la comarca de San Francisco y San José de Tiznados, principalmente este ultimo que fue reducido a pueblo en la jurisdicción territorial del Curato de Tiznados, por el Obispo Mariano Martí en visita oficial realizada en 1780 y que, posteriormente, Don Bartolomé Pérez de Ávila, en abril de 1787, cedió al pueblo una parte de sus terrenos que poseía en la Barranca de los Pérez, para fomentar sus vecindarios y así contribuir con la fabricación de la Iglesia, la cual estaba en construcción. En el cuadro siguiente, el cual se elaboró a raíz de una matricula parroquial levantada en 1762, se aprecia con claridad la gran cantidad de hatos con su número de reses, además de la calidad de sus propietarios y mayordomos.

Antes del siglo XIX, en documentos y fuente estudiadas, la referencia usual era a “sitios” y no a hatos. Por ejemplo, en el Siglo XVII se informaba que en el Partido de Tiznados, antecedente del pueblo de San Francisco de Tiznados, existía una antigua capilla que estaba ubicada en el llamado sitio o Hato Tiznados, propiedad del latifundista Agustín Ceballos. La misma funcionaba como “la matriz y la principal”, junto a siete oratorios más distribuidos en el propio Tiznados. Esta ermita había funcionado hasta 1728, y había sido una vicefeligresía hasta que, en 1720 o 1722, fue elevado el sitio a parroquia, por disposición de las autoridades eclesiásticas. El sitio no era un poblado ni una aldea, era meramente un lugar que, por alguna razón, había desarrollado un carácter propio -ya no genérico– y por tanto mereció un topónimo o nombre de lugar particular. Por ejemplo, Tiznados y San José, a secas.

Los hatos prevalecen bajo el absolutismo como parte de un imperativo tributario: eran útiles para la captación de tributos. Los hatos se censaban en el Siglo XVIII para fijar la obligación a la pesa o el abasto forzoso –un tributo principalmente en reses, proporcional a su extensión y riqueza– para sostener a la poblaciones como Valencia y Caracas. Aunque hemos documentado como los hatos evolucionaron y se formalizaron en el Siglo XIX, sus nombres y parte de sus perímetros son mucho más antiguos. Postulamos que los antecedentes geográficos y toponímicos de buena parte de los caseríos y comunidades rurales del Valle de Tiznados son los hatos y los criadores ganaderos. Por tanto, los hatos son una fuente crucial para inferir y reconstruir los rasgos geográficos de los primeros siglos de la colonización.

Nuestra tesis es que la configuración inicial de los actuales caseríos y comunidades rurales del Valle de Tiznados guarda estrecha relación con la situación de hatos entre 1660 y 1762. En otras palabras, que la unidad geográfica inmediatamente precedente a una cantidad considerable de caseríos y comunidades rurales fue el hato, cuyo nombre y perímetro sirvió para configurar y denominar las comunidades rurales. Aclaramos que no todos los hatos evolucionaron en caseríos y comunidades rurales y que algunos antiguos topónimos de hatos han desaparecido o fueron sustituidos.

Los datos sobre hatos en la parte final del Siglo XVIII abonan a su vínculo actual con los caseríos y comunidades rurales de la región de Tiznados. Una de los rastros más contundentes de este vínculo territorial entre el hato, los caseríos y las comunidades rurales de Tiznados es la toponimia. Mediante los nombres de estos lugares, hemos podido documentar que al menos 30 por ciento de todos los nombres de hatos del Valle de Tiznados son atribuibles a antiguos hatos, usualmente anteriores al Siglo XIX. Por ejemplo, en San Francisco, San José y San Lorenzo de Tiznados, los nombres de los hatos de La Lajas, Platilla, El Totumo, El Limón, Casanga, Cacheo, son los legados de antiguos sitios de hatos. En la mayoría de los casos, estos hatos ya existían y estaban denominados mucho antes de que se constituyeran en caseríos donde hoy están ubicados.

La toponimia nos ofrece muchas más pistas: Un treinta por ciento de todos los hatos rurales del Valle de Tiznados tienen nombres de origen indígena. Más aún, el 70 por ciento de todos los sitios del Valle de Tiznados tienen al menos un lugar de topónimo indígena. En curato de Tiznados predominan: Hato Chirgua, Chirguita, Jagüey, entre otros. A pesar de extinguirse, los indígenas aseguraron una presencia toponímica permanente en nuestra vida cotidiana. Por otra parte, muchos hatos en el Valle de Tiznados han sido denominados con nombres propios de personas, por lo que sus topónimos se definen como antropónimos. Algunos de estos nombres corresponden a los colonizadores. Entre ellos cabe destacar los antropónimos de los hatos Barranca de los Pérez, Barrancas de Arana, Hato Estévez, Félix, entre muchos otros. Otros antropónimos hacen referencia a los nombres de caciques, pobladores iniciales, antiguos moradores, dueños de hatos, terratenientes, misioneros religiosos y figuras históricas de todo tipo. Aparte de estas categorías, los topónimos de los caseríos y comunidades rurales del Valle de Tiznados también nos ayudan a reconstruir la flora y la fauna de la antigüedad, su representan el 27 y el 8 por ciento, respectivamente de los topónimos. Algunos topónimos congelaron en el tiempo imágenes de antiguas cosechas, como en los hatos El Limón , Bucaral, Cocuizal, entre otros. Las especies de nuestra fauna también están presentes en topónimos como Las Palomas.

Del mismo modo, mediante los descriptores geográficos tanto topográficos como hidrográficos podemos captar algunas de las nociones y mentalidades de los primeros colonizadores al denominar lo que les rodeaba. En ocasiones, estos nombres tienen un gran poder de evocación, creando imágenes visuales que reproducen el contexto físico del lugar, como en el caso del Hato Las Animas. En algunas razones, estas imágenes han dejado de reflejar la actual realidad físico-topográfica del lugar –como en el cado del Hato La Montuosa --constituyéndose un rastro histórico de su entorno físico original. Algunos topónimos de hatos de vínculo topográfico-geológico genérico no son evidentes a menos que se indague más a fondo el español medieval, las lenguas indígenas y los usos populares. Por ejemplo, un topónimo como La Plantilla, pudiera generar diferentes interpretaciones. Muchos topónimos no sólo preservaron las imágenes visuales que encontraron los colonizadores, sino también su forma de hablar y de describirlas.

En conclusión, la importancia continua de los hatos reside en su historia, que poco a poco comenzamos a definir. Los hatos son un vital puente entre el Siglo XIX y los siglos “en oro” de nuestra región (siglos XVI, XVII y XVIII), de los que sólo se conocen las incidencias de un pequeño grupo de comunidades incipientes. Los topónimos de los hatos, como herencia de los antiguos hatos y “sitios”, son un espejo del ánimo del colonizador ante la gran empresa a la que se enfrentaba. Son su interpretación del carácter de la comarca, de los ríos, de los montes, de la flora y de la fauna, que personalizaba y animaba la soledad de su aislamiento. Reflejan su esperanza y su individualidad. Nos ayudan a reconstruir la soslayada historia rural, esa menos conocida, menos documentada pero más autóctona, por ser en la ruralidad donde emergió la identidad local y regional.

NOTAS
[1] AGN, Sección Tierras, Tomo 2, 1745, Letra P, Nº 1, f. orig. 1-8
[2] Caracas, Registro Público, Testamentarías, Escribanías Hugo Cróquer, 1743.
[3] Testamento del Capitán Juan Antonio Pérez de Ávila y Brea, 1718
[4] CARBALLO, GASTÓN (1985). El Hato Venezolano 1900 – 1980, Caracas: Edit. Tropikos, p 14
[5] BLOCH, MARC (1978): La Historia Rural Francesa. Barcelona: pp. 32, 34 y 78.
[6]RODRÍGUEZ ADOLFO (1994). El Estado Guarico: Orígenes Mundo y Gente. San Juan de los Morros: Ediciones de la Comisión regional Conmemorativa del V Centenario del Encuentro de Dos Mundo, pp. 42 - 46
[7]CASTILLO LARA (1984). San Sebastián de los Reyes. La ciudad Trashumante. Tomo I Caracas: Biblioteca de la Academia Nacional de la Historia.; p. 218



BIBLIOHEMEROGRAFÍA


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________________ (1979): La Geoeconomía de la Venezuela del Siglo XVI. Caracas: Ediciones de la Facultad de Humanidades, UCV.
———————— (1978): Antecedentes Coloniales de Centros Poblados de Venezuela. Caracas: Ediciones de la Facultad de Humanidades, UCV.




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jueves, abril 12, 2007

EL DENGUE Y ALGO MÁS

Por Arturo Alvarez D´Armas

El dengue es una enfermedad viral transmitida por la picadura del mosquito Aedes aegypti (Linnaeus, 1762). El Aedes es originario de la región etiópica, nuclea la mayor cantidad de especies del Subgénero Stegomyia Theobald, 1901. Hoy día es un insecto cosmopolita.

El dengue se presenta de dos maneras: fiebre de dengue y fiebre hemorrágica del dengue. El primero es una enfermedad de tipo gripal que afecta a los niños y a los adultos, pero rara vez causa la muerte; el segundo es otra forma más grave, en la que pueden sobrevenir hemorragias y a veces un estado de choque, que lleva a la muerte. En los niños es sumamente grave.

Los primeros casos de dengue hemorrágico comprenden a Curazao y Venezuela en la década de los 60. Honduras, Jamaica y Puerto Rico en los 70. En 1981 hay un fuerte brote en Cuba, Venezuela es atacada de nuevo en 1989. De allí en adelante el dengue hemorrágico se expande por toda América Latina. Anterior a ello, en 1953-1954 se encuentra en Trinidad y Tobago un dengue en una situación no epidémica.

Por intermedio del Aedes aegypti también se produce la fiebre amarilla. Las dos enfermedades llegaron a América con los esclavizados africanos, quienes vinieron a trabajar en las plantaciones y minas recién descubiertas. Como ya lo dijo el sacerdote jesuita Alonso de Sandoval “el hacinamiento de los barcos y de las barracas para su hospedaje determinarían una rápida y mortífera dispersión de las enfermedades”.

Investigadores como Dotres Martínez opinan que el origen del dengue se remonta al año 1823, donde esclavos procedentes de África Occidental introdujeron en América los términos dinga o dyenga con la que se nombró una epidemia de la enfermedad en su tierra natal. Dotres Martínez cree que dengue es una palabra proveniente del idioma swahili, muy utilizado en África Oriental. Otra opinión nos la da Bernardo Fernández Chelala: Benjamín Rush descubrió una epidemia en Filadelfia en 1780 y otra en 1801 en Madrid, con las mismas características del dengue.

La voz dengue es originaria de África y se le conoce a través de los idiomas kimbundu (ndengue: “niño pequeño, crío”) y el kikongo (ndengue: “recién nacido”). En Brasil se le llama “meu dengue” a los niños y en Venezuela, Cuba, Colombia y el resto del continente americano, la palabra dengue se relaciona con el virus del dengue hemorrágico.

En la santería cubana hay el vocablo dengué, bebida elaborada a base de maíz seco, azúcar y unas gotas de miel de abejas; la misma se ofrece a las deidades antes de dar inicio al rito. A este brebaje se le llama también ñanguerí.

En el calé, léxico del lumpen venezolano, se decía por los años 60: ¿cómo está el dengue?, como está la cosa. El calé estaba compuesto por muchas palabras de origen africano.

A principios de los años 60 del siglo XX, el famoso músico y compositor cubano –radicado en México desde los años 40- Dámaso Pérez Prado uno de los padres del mambo, -el otro es Orestes López, el macho- crea un ritmo que sigue la línea del mambo, con raíces de la guaracha-son y elementos de la música de los pueblos del Congo y Angola; ese nuevo ritmo Pérez Prado lo bautiza con el nombre de “El dengue”. El sonido que sobresale en la orquesta es a base de un hierro percutido con dos baquetas, donde se repite la misma figura durante toda la pieza. Al imponerse la moda efímera del dengue las parejas bailaban realizando figuras como si tuvieran una tembladera. Entre las melodías más conocidas de la época tenemos “el dengue universitario”; anteriormente Pérez Prado había producido otro ritmo llamado “La Chunga”.

En el año 1966 el público cubano se llenó de gozo con la puesta en escena de la zarzuela “El dengue” del compositor y director Rodrigo Prats, autor de la afamada zarzuela Amalia Batista.

Fuentes consultadas:


ALVAREZ NAZARIO, Manuel. El elemento afronegroide en el español de Puerto Rico. Contribución al estudio del negro en América. Segunda edición. San Juan de Puerto Rico: Instituto de Cultura Puertorriqueña, 1974. 489 p.
CABRERA, Lydia. El Monte (Igbo – Finda; Ewe Orisha. Vititi Nfinda) Notas sobre las religiones, la magia, las supersticiones y el folklore de los negros criollos y el pueblo de Cuba). Cuarta edición. Miami: Ediciones Universal, 1975. 564 p.
DOTRES MARTÍNEZ, Carlos et al. “Dengue hemorrágico en el niño”. En: Cadernos de Saúde Pública. Río de Janeiro: Vol. 3, Nº 2, June 1987. pp. 158-180.
FERNÁNDEZ CHELALA, Bernardo. “Fiebre hemorrágica por dengue”. En: www.monografias.com/trabajospdf/fiebre-hemorragica-dengue/fiebre-hemorragica-dengue.pdf
GARCIAPORRUA, Jorge. “Yo soy así”. En: Clave. La Habana: Nº 13. pp. 23-27. Nota: Entrevista imaginaria al músico Rodrigo Prats.
OROVIO, Helio. Diccionario de la música cubana. Biográfico y técnico. Ciudad de la Habana: Editorial Letras Cubanas, 1981. 442 p.
Palabras de Origen Bantu Inseridas no Portugués”.
En: http://www.geocities.com/kimbundohp/palavras2.htm
Situación histórica del dengue en América”.
En: www.ahora.com.de/Ediciones1335/SECCIONES/actualidad7.html
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lunes, abril 09, 2007

ADIOS GILBERTO, MAESTRO DE PERIODISTAS

José Obswaldo Pérez

En horas de la madrugada del pasado domingo (8/4/2007), en el Hospital Militar Dr. Carlos Arvelo, ubicado en San Martín, falleció el periodista venezolano Gilberto Alcalá tras haber sufrido una embolia cerebro vascular. El profesor Alcalá fue un gran maestro de generaciones de periodistas venezolanos, entre los que me encuentro.

Fue destacado gremialista y le tocó presidir el Colegio Nacional de Periodistas (CNP) en 1976. Durante su gestión al frente del gremio periodístico el comunicador social impulsó el proyecto de reforma de la Ley de Ejercicio al Periodismo en el año 1984, la cual tuvo su bastión de debate en nuestra querida escuela de Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela. Allí, donde nuestro querido profesor también ejerció la docencia. Cátedras como de periodismo de investigación fueron suyas. La redacción, la interpretación, el análisis de la información y el debate nos unió en la aula.

Gilberto Alcalá fue un profesor ejemplar y un destaco periodista de admiración. El año pasado, Alcalá cuestionó duramente la solicitud del fiscal general República, Isaías Rodríguez, de prohibir la publicación de las actas relacionadas con el asesinato de Danilo Anderson. Al respecto señaló que se estableció la censura previa a todos los medios de comunicación social y a los periodistas. Adiós, maestro de periodista!
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lunes, marzo 26, 2007

Concho Lara/Un descendiente del Mocho Hernández

Concho Lara llegó a Parapara en 1949. Se vino a trabajar con un señor llamado Salvador Solórzano. Allí se formó como funcionario público. Fue policía y estuvo por cinco años de Presidente de la Junta Comunal de Santa Catalina de Sena de Parapara, donde se vanagloria de ser aún apreciado por los parapareños.


Por José Obswaldo Pérez

RAMÓN CONCEPCIÓN HERNÁNDEZ, mejor conocido como Concepción “Concho” Lara vive en San Francisco de Tiznados (municipio Ortiz, estado Guárico), con sus 73 años acuesta. Nació el 8 de diciembre de 1932. Se dice ser el segundo sobrino del General José Manuel Mocho Hernández, a quien admira como “un hombre histórico” y que el historiador José Antonio Armas Chitty en su libro “El Mocho” Hernández. Papeles de su archivo (1973), lo considera como “el caudillo que arrastró las más grandes simpatías a finales del siglo pasada en procesos eleccionarios e igual fervor popular bajo las dictaduras de los generales Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez. Sorprendía su influencia en los hombres que habían llegado a la treintena y se le admiraba en el exilio por su protesta noble en aquella Venezuela que se fue acomodando, no obstante los alzamientos, al carácter pétreo del caudillo de La Mulera”.



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viernes, marzo 23, 2007

ORTIZ: UN ANTROPÓNIMO HISPANO


EL NOMBRE DEL PUEBLO de Ortiz es un topónimo de difícil transparencia de origen hispánico. Se conoce como un antropónimo de origen patronímico, derivado del nombre del padre del progenitor de esta familia. Aparece este apellido en tiempos remotos y es apellido mozárabe originario de la ciudad de Toledo. Según, Bizén d´O Río Martínez (1998), en su Diccionario de Heráldica Aragonesa hubo ramas importantes y antiguas del apellido Ortiz en Castilla la Vieja, León, Castilla la Nueva, Vascongadas, Navarra, Aragón, Andalucía, Murcia, y Extremadura, aunque posteriormente se extendieron al resto de las regiones y pasaron a América Hispánica. En tierras del antiguo Reino de Aragón, tuvieron casa los de este apellido en las poblaciones de Tauste, Pilzán, Quinto de Ebro, Calatayud, La Almunia de Doña Godina, Tarazona y San Martín del Río. También se documenta a portadores de este apellido en varias poblaciones aragonesas, que tienen por origen las ramas primitivas de este linaje.

En relación con el origen etimológico, el Diccionario de Apellidos Españoles (2001) señala que según la interpretación tradicional, éste apellido sería el resultado castellano del nombre personal latino Fortis, derivado de fortis, -e, "fuerte, robusto". (Marrero, 1975: 30-32). No obstante, algunos autores sostienen que Ortiz viene del nombre Fortunio, nombre que se le daba al recién nacido para augurarle un futuro próspero. Aunque Francisco Piferrer (1992) señala que la etimología del apellido Ortiz no es fácil de explicar debido a la dificultad del origen de este linaje, y muchísimo más cuando se añade que de todo lo que se lee sobre el apellido, en su inmensa mayoría, no pasan de ser conjeturas más o menos motivadas.

Las interpretaciones más modernas sobre este patronímico explican que su evolución deviene de Fortunatus a Fortún y de Ortún o Fortunio, lo cual dio lugar a los apellidos Fortúnez, Fortúniz, Fortiz, Hortiz, Ortiz y Orti, durante los siglos VII al X. Piferrer (1992) explica que el apellido Ortiz procede de los Duques de Normandía por dos hermanos apellidados Orti que vinieron a pelear en España. Es uno de los apellidos más antiguos de Castilla y se extendió en los demás reinos de España, con sus peculiaridades modificaciones según la región, denominándose Ortí, Ortis, Ortiza, entre otras, de acuerdo con la variación de la escritura.

Alberto y Arturo García Carraffa (1952-1963) señalan que el apellido Ortiz y Orti (u Ortis) son el mismo de "Ortiz" y sus variantes obedecen, sin duda alguna, a errores de copia. Así lo comprueban expedientes de pruebas de nobleza para ingreso en Ordenes Militares y otros documentos. Y también los escudos de armas de algunas casas de Ortiz, que varios autores aplican a Orti y Ortis, debido a los errores de trascripción.

Pero mucho antes que Piferrer, otro historiador, escritor y filólogo, Diego Ortiz de Zúñiga (Sevilla, 1633-1680) agregaba que el origen de este apellido provenía en parte de España, principalmente del solar de Carriedo, el cual se extendió por Andalucía y Extremadura, donde se puede encontrar múltiples muestras de sus asentamientos. Por ejemplo, en Vizcaya (país vasco) hubo dos casas con este apellido: una muy antigua e infanzona, en el lugar de Santecilla, del Ayuntamiento de Carranza, y otra en la villa de Gordejuela, ambas en el partido de Valsameda.

También existe otra explicación sobre el significado del topónimo Ortiz, ésta la ofrece el investigador venezolano Adolfo Salazar Quijada (1994), quien señala que este nombre proviene de la lengua cántabra (vasca) y que significa 'lugar donde abundan árgomas. La árgoma (Ulex beaticus) es una planta espinosa, de flores amarillas, conocida también con el nombre de aulaga y de retama espinosa[1]. Según, el autor plantea que el nombre de este pueblo está relacionado con esta planta, muy común en los llanos y muy apetitosa por el ganado cuando tiene sus hojas tiernas[2].

Diversas líneas derivadas de las casas españolas difundieron el apellido Ortiz en América. En la historia colonial de esta localidad, este apellido estuvo representado en 1776 por Juan Ortiz y la familia de Juan Francisco Ortiz, casado con doña María Josefa Silva y sus hijos José Toribio, María Antonio y Juan Gabino. (Botello, 1994: 26).

Históricamente, el topónimo Ortiz surge a partir de la conformación de los espacios geográficos en los llanos de Paya, mediante el partido Paya o “sitio Paya” que, posteriormente comenzó a llamarse Valle de Ortiz, por sus ocupantes fundadores de hatos durante el siglo XVI. Su núcleo inicial se inició en Puepe y Las Patillas (Matute, 1971). Sin embargo, el nombre geográfico “Ortiz” sufre una modificación al agregarse la “santificación” del entorno natural: el de Santa Rosa de Lima, una vez que en 1696 es denominado vicefeligresia, adscrita al pueblo de Parapara (Botello, 1994; Pérez, 2002).

Pero, mucho antes, este hagliotopónimo se utilizaba con el genérico "Paya". Por otra parte, la historiografía colonial recoge el nombre del lugar en diferente grafías o variaciones, como " Santa Rosa de Paya" (1696)[3] "Santa Rosa de Lima de Ortis "(1764), "Santa Rosa de Lima de Hortiz"(1780) o "Santa Rosa de Lima de Ortiz"(1800). Igualmente, el topónimo Ortiz aparece en distintas referencias cartográficas, durante los años 1778, 1818,1884 y 1889.

Desde la época colonial, Ortiz fue considerado como un pueblo de "gente blanca" o "pueblo de vecino españoles" y, a través de la historia contemporánea, es conocido por la novela Casas Muertas, de Miguel Otero Silva. Como otras localidades guariqueñas, surgió espontáneamente en el transcurso del tiempo a mediado del siglo XVII. Su origen se generó a expensa del hato ganadero y la actividad agropecuaria, mediante el proceso de penetración y conquista del llano (Rodríguez Mirabal, 1987). De este modo, muchos de nuestros pueblos llaneros surgieron bajo este fenómeno sociológico y cultural, con el levantamiento de las casas de los vecinos "criadores" y las viviendas de los peones; es decir, casas y corrales, en términos de la época; y, poco a poco, a su alrededor, aparecieron las misiones religiosas que, posteriormente, contribuyeron a darle prestigio y solidez a las comunidades agrícolas dispersas en la región.

Según el imaginario colectivo de sus habitantes se ha extendido, de generación en generación, una leyenda ad hoc de representación oral que identifica la fundación del pueblo con la de un Cacique, al que llamaban Ortiz (o Cacique Ortiz), y quien gobernó una tribu en la región. Esta fábula es recogida por la historiografía venezolana. Ramón Armando Rodríguez (1957) explica que el poblado "fue fundado por un cacique a quien los españoles llamaban Ortiz, de la misma región, por lo que el incipiente pueblo derivó su nombre de aquel indio".

Asimismo, Telasco A. MacPerson (1941: 374) dice que, a finales del siglo XV, "se estableció en el valle que está en esta ciudad, un indio de apellido Ortiz, cuyo nombre conservó la población que progresó. Luego por los esfuerzos de él y de sus descendientes, y de algunos vecinos españoles que allí se radicaron". De este modo, este topónimo podría ser considerado como un historiotopónimo, porque homenajea a un primitivo poblador cuya memoria es nombrada y retomada a través de la toponimia.

Pero, ¿quién era ese cacique fundador llamado Ortiz, que este pueblo había tomado su nombre y que muchas veces nos hemos preguntado? Difícil la repuesta cuando no se encuentra con suficientes documentos historiográficos que demuestren la existencia de este indio, salvo lo que recogen los dos autores anteriores. Sin embargo, dice la historia - anotamos en una ocasión - que un colonizador encontró a un tal Pero o Pedro Ortiz, cacique cumanagoto llamado Guararima, que se cambió o le cambiaron su nombre por este de castellano. Era un indio guerrero, hábil negociador con los colonos y un conocedor del territorio cumanagoto; donde tenía su gente. La altivez de Ortiz o Guararima se manifestaba por su capacidad de presentarse como una naboría (o vasallo) de los españoles para ayudarlos, siempre y cuando hubiese algo que negociar, por ejemplo, un barril de aguardiente. (Silva Montañez, 1993).

Desde los días de la conquista de los llanos, el mito y las conjeturas cabalgan aún en la memoria histórica de este pueblo. Quizás el conquistador – en su travesía por tierras de Guárico- como el capitán de las tropas de Antonio Sedeño, Juan de Miranda, sea quien en un septiembre de 1536 halló un pueblo o bohío llamado Ortiz, nombre derivado de un cacique ¿Acaso sería, después, el pueblo de Santa Rosa de Lima de Ortiz? (Pérez, 1995; Silva Montañez,1993).

NOTAS


[1] Veáse a SALZAR QUIJADA, Adolfo (1991, Enero, 12): Ortiz. Caracas: Vespertino El Mundo. También del mismo autor: Orígenes de los Nombres de los Estados y Municipios de Venezuela (1994). Caracas: Universidad Central de Venezuela/Servicio Autónomo de Geografía y Cartografía Nacional., p.203.
[2] Según el Diccionario General de la Lengua Española VOX (1997) : también se conoce como Aulaga vaquera, planta muy ramosa, con ramillas de espinas cortas y axilares (Ulex bœticus)
[3] Veáse el Libro de Bautismos de los Partidos de Ortiz, Las Cañadas y San Juan de Paya por el Capellán Miguel Antonio Dueñas.(1689). Caracas: Arzobispado de Caracas. Sección Parroquia No. 129.


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