Pocas imágenes más coherentes con el fracaso del proyecto moderno en Venezuela como la del muchacho con expresión iracunda que empuña la pistola semiautomática 9mm desde la punta de la escalera en un barrio popular: el malandro. Desde hace 40 años, esta simbiosis de masculinidad y violencia encarna el miedo en las ciudades. Como imagen del “orden” fuera del Estado de derecho, el malandro metaforiza el desgaste de la democracia. A medida que la institucionalidad venezolana se erosionaba, este personaje —el “antisocial”, en los telediarios de mi niñez— dejaba de ser marginal para convertirse en el agente de un orden alternativo y, más recientemente, en sustituto extraoficial del orden jurídico. El cine, la literatura y la música popular han acompañado el encumbramiento de esta figura hasta convertirla en alegoría de la crisis venezolana.
Primero solo fue la alegoría urbana de la desigual distribución del ingreso petrolero, a veces vinculado con la guerrilla; con suerte, el bandido pícaro. El monstruo nació después del sacudón social en febrero de 1989 (el Caracazo) y del intento de golpe de Estado liderado por Hugo Chávez (1992), acontecimientos que, sumados a la destitución del presidente Carlos Andrés Pérez en 1993 signaron la quiebra de la institucionalidad democrática. El resultado fue el aumento de la violencia urbana: ese año por primera vez en la historia del país, se registraron 4.292 homicidios, el doble de la tasa anual de homicidios registrada hasta entonces, según cifras del Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV).
El lenguaje de la violencia entró a la cultura en aquellos años, cuando se introdujeron en el habla coloquial palabras provenientes de la jerga malandra como “chamo” y “pana” —ambas significan compañero— que hoy distinguen a los venezolanos. Presentes hasta en el lenguaje, los malandros son las metáforas por las que vivimos. Si esta figura retórica se propone comprender y experimentar algo específico en términos de otra cosa y, como dicen George Lakoff y Mark Johnson en Metáforas de la vida cotidiana (Metaphors we live by, 1980), los humanos estructuramos actitudes y comportamientos desde las metáforas, ¿qué significa la centralidad del malandro en las manifestaciones culturales venezolanas?
Con el fin de la democracia, en 1993 se registraron 4.292 homicidios, el doble que hasta entonces. En 2017 hubo más de 20.000
Entre otras cosas: la incorporación del miedo a la dinámica social. La telenovela Por estas calles (1992-1995) ejemplificaba la transformación del malandro en los personajes Eudomar Santos y Rodilla ‘e Chivo. Uno era el pícaro oportunista cuyo dicho “como vaya viniendo vamos viendo” se mantiene en el habla coloquial como lema del superviviente a las eternas crisis venezolanas; el otro, Rodilla ‘e Chivo, un niño que abandonó la escuela para robar y vender droga. Este criminal volátil tiene eco en filmes sobre delincuentes infantiles víctimas del sistema como Sicario (1994), de José Ramón Novoa, y Huelepega: La ley de la calle (1999), de Elia Schneider. Durante la extrema polarización política de la era Chávez, cuando los homicidios pasaron de 8.000 por año a más de 11.000, según estimaciones del OVV, en casi la mitad de las 200 películas de ficción que se produjeron allá el malandro fue el dispositivo preferente para mostrar el terror urbano y la desigualdad social, como ocurre con los criminales de las célebres películas Secuestro express (2005), de Jonathan Jakubowicz, y La Hora Cero (2010), de Diego Velasco.
Si bien los síntomas del malestar social y político aparecen desde finales del siglo pasado en la literatura, el malandro no pasa de personaje secundario. Si las novelas Calletania (1992), de Israel Centeno, o Sala y control (1996), de José Roberto Duque, introducen la gramática de la violencia asociada al quiebre de la democracia, Pin pan pun (1998), de Alejandro Rebolledo, establece un puente con el imaginario cinematográfico y localiza el conflicto social en el mapa de Caracas. En la novela que sería finalista en aquella edición del Premio Rómulo Gallegos que ganó Los detectives salvajes, los protagonistas son sifrinos (pijos) que compran drogas a los malandros para consumirlas en las fiestas al este de la ciudad, lo que reproduce el discurso polarizante de Chávez que contraponía a las urbanizaciones sifrinas del este, las barriadas populares del oeste. Más allá de la polaridad sifrinos/malandros, Rebolledo enhebra en el tejido de la urbe la violencia estructural ligada al tráfico de drogas. Para subrayar ese rasgo, el editor Ulises Milla escogió la fotografía Caracas Sangrante (1993), de Nelson Garrido, para la portada de la novela que en 2010 publicó Punto Cero.
La misma Caracas sangrante mancha a sus habitantes en la canción ‘Rotten City’ del compositor y cantante OneChot, cuyo estilo reggae y dance hall desplaza la violencia criminal del individuo al sistema, lo que valió criticas del gobierno. El videoclip de Hernán Jabes con imágenes explícitas fue censurado. Sin embargo, la ficción se convirtió en realidad, cuando el propio OneChot recibió un tiro en la cabeza durante un intento de robo en la Rotten City, del que afortunadamente se recuperó.
La deliberada ingenuidad del Gobierno no tardaría en desenmascararse. Durante la enorme conflictividad política que marcó la presidencia de Nicolás Maduro, la ciudad sangrante fue algo más que una foto o una canción. La severa crisis económica y el colapso del sistema democrático promovieron protestas masivas que el Gobierno reprimió violentamente. Entre 2015 y 2017, con la excusa de combatir la delincuencia, el gobierno organizó una serie de operaciones militares que concluyeron en asesinatos masivos. La OVV calcula que ese año se registraron más de 20.000 homicidios, no se sabe si por la acción de los delincuentes o de los policías. El malandraje se había convertido en el poder mismo.